Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 28 » Laura

Página 89 de 113

Laura

 

 

María tenía razón. Y no solo en lo de abrirme de piernas para un cualquiera, sino en algo todavía más importante. En que, el día menos pensado, yo sabría que había llegado el momento de volver. Y sí, lo supe.

Tamborileo mis dedos contra el volante y luego le subo el volumen a la radio, recordando lo sucedido hasta este instante en el que abandono la autopista, en dirección a El Pilar.

No sé si mi aventura en plan mujer fatal tuvo que ver. O si hubiese sucedido de igual manera. Lo único que sé es que, poco más de dos semanas después de aquello, sufrí «el sueño». Sí, lo sufrí. Porque no es que lo disfrutara mucho nunca, pero, desde que sé lo que sé, la cosa hasta acojona. Y lastima. Hace un daño de la hostia.

Pues eso. Que soñé con lo de siempre. Yo, en la casa de Chema, de cara al cristal, contemplando el mar, el cielo y el verde recién cortado que se perdía hasta el acantilado. Y la música sonando. No reconocí la melodía, pero la oí más clara que nunca, nítida casi. Era preciosa. Tan bonita que, aún ahora al recordarla, se me ponen los pelos de punta. Me giré en busca del sonido y… lo vi. A él. A Chema. No era una sombra. Ni un hombre sin cabeza. Era él. Vestido de época, con ese mechón de pelo cayendo sobre su frente y concentrado en las teclas. Tengo la sensación de que lo observé durante mucho tiempo. Hasta que él levanto la vista y la clavó en mí, perforándome con esos ojos que brillaban como el oro. Sonrió. Me sonrió. Dios. Y yo moví un pie para aproximarme a él. Me parecía imposible resistirme, era lo que siempre hacía, ir hasta él. Dormida y despierta. Lo mío era acercarme a él. Pero, de pronto, me detuve. Aun dormida, sentí que era dueña de mis propias decisiones. Y estas no querían que me moviera del sitio. Él era peligroso. Él era sufrimiento. Él no era para mí, por mucho que un estúpido sueño me lo repitiese de vez en cuando. O aunque mi hermana me lo insinuase de una forma que dolía recordar. No, Chema era de ella. De Clara. Así que no fui. Él perdió su sonrisa, pero no dejé que me afectara. Le di la espalda a cámara lenta y volví a mirar hacia el mar.

Y entonces desperté.

Casi jadeando, sudando y cardíaca perdida, encendí la luz de la mesilla. Era la noche del sábado al domingo. Cuatro y once de la mañana. Era hora de regresar a casa. A mis niñas.

Cuando esta mañana he entrado en la sala con la maleta y la mochila a cuestas, María las ha mirado a ellas, y luego a mí, esbozando una sonrisa. Barajó las cartas que tenía en la mano y las levantó.

—¿Quieres?

Negué con la cabeza, divertida. No se cansaba nunca, en serio.

—No pareces sorprendida —dije, señalando mis petates. Y ahí fue ella la que mostró diversión.

—No. No sabía que sería hoy, pero sí pronto. Muy pronto. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo lo has sabido?

Le conté lo del sueño. Hacía meses que me había sincerado del todo y, si alguien creía en ese tipo de señales, era ella.

—Sí, supongo que esa es una buena pista. —Se mordió el labio inferior y me observó un instante, pensativa—. Laura, ¿puedo decirte algo?

—Claro. Después de todo lo que has hecho por mí, lo mínimo es escucharte —bromeé, aunque era una verdad como un templo.

—Te va a ir bien. Créetelo. Te va a ir muy bien en todo. Solo quiero que…

Hizo una pausa y suspiró, de pronto, nerviosa. O, no sé, preocupada. No le pregunté. Estaba demasiado interesada en lo otro. Yo, que presumía de no querer saber nada de sus premoniciones y cosas raras.

—¿Qué?

—Ya sé que te has recubierto de orgullo. De dignidad. De cinismo, incluso. Y estás en tu derecho. Todo lo que te haga sentir mejor es bueno. Pero… Por favor… —Otro suspiro, más largo, más sentido—. Que eso no te ciegue, ¿vale? Que no te destruya. Que te deje saber cuándo hay que ceder y acoger la felicidad en tus manos.

La miré, sorprendida. Sorprendida, emocionada y asustada. Porque aquello era muy profundo, joder. Y claro que no iba a permitir que mis niñas me viesen infeliz. Eso nunca.

—Te lo prometo. Voy a ser feliz.

—Vale. —Se incorporó, se acercó a mí y me dio un abrazo de esos que querrías recibir todos los días de tu vida—. Yo sigo aquí para ti. Si me necesitas, ni lo pienses. Siempre estaré aquí. Pero no va a ser el caso. Solo abre los ojos y escucha a tu corazón.

—Bueno… A mi corazón no mucho, eh, María, que no es muy inteligente. Ahora, lo de los ojos… cuenta con ello —aseguré, haciéndola reír—. Oye, y despídeme de Nico, porfa. Dile que lo adoro y dale las gracias por todo. Y cuídalo, María. Cuidaos mutuamente.

—Eso dalo por hecho. Es el hombre de mi vida, ¿sabes? Y sabe cocinar, joder.

Nos reímos, nos besamos y nos abrazamos un poquito más antes de que me dejara convencer para acompañarla a la cocina, donde desayunamos la famosa tarta de zanahoria que había traído Nico. Y el dulce, junto con un par de cafés, fue la mejor despedida que podría haber tenido con ella.

—Lo escucharás. En algún momento tendrás que hacerlo. A tu corazón, digo —me soltó, casi a gritos, cuando las puertas del ascensor ya se cerraban, consiguiendo que riera ante su dramatismo y por, simplemente, ser como era.

El segundo adiós fue para Marcos. Pero primero quise poner kilómetros entre Oviedo y yo. Quizá por miedo a no ser capaz de marcharme, como las últimas veces, o tal vez porque así era más fácil. No sé. Últimamente no sé mucho, ¿verdad?

Paré en una estación de servicio al azar y aparqué lo más lejos que pude de cualquier ser humano. Él llevaba dos semanas fuera, pues desde Barcelona se había ido directo a Madrid por problemas en un proyecto que tenía entre manos.

—Hola, Laura —contestó al segundo timbrazo—. ¿Cómo estás, preciosa? ¿Has perdido alguna peca?

Me eché a reír. Él y mis pecas. Tenía fijación.

—No, eso estaría bien, pero me ha pasado algo mejor.

—¿Estaría bien? Que pierdas las pecas no es bueno, tonta. Sería desastroso. ¿Qué haríamos con tanta piel blanca? No podrías ni andar por la calle.

—Oh, Marcos, por Dios. ¿Estás gracioso o me lo parece a mí?

—Bueno, sí, estoy de buen humor. Las cosas se están solucionando por fin. Pero cuéntame tú, ¿qué sucede?

—Estoy en el coche. —Me callé un par de segundos, para ver si adivinaba, pero al otro lado solo escuché silencio—. Camino de El Pilar.

—Camino de… Joder. Bien. Muy bien, ¿no? Es lo que quieres, ¿verdad? Y supongo que te ha llegado el momento.

—Sí, sí a todo.

—Vale. Pues a ello, preciosa.

—Marcos… —lo llamé, componiendo un mohín tan infantil que hasta me dio algo de vergüenza. Menos mal que nadie me veía—. ¿Por qué suenas contento? ¿No vas a echarme de menos?

Y entonces comenzó a reírse de tal manera que hasta me molestó.

—Ya te vale, ¿no? —protesté, pero, muy a mi pesar, su risa era contagiosa.

—A ver, Laura… —dijo en cuanto pudo—. Te voy a echar mucho de menos. Muchísimo. Te adoro, nena. Y juro que te voy a visitar, esta vez no vamos a poner distancia entre nosotros como si fuésemos dos extraños. Pero también sé que era algo que tenías que hacer. Irte. Volver a tu hogar. ¿Quién te diría que El Pilar iba a acabar siendo eso para ti, eh?

—Sí, quién lo diría… —susurré—. Marcos… Yo también te adoro. Te quiero, joder. Te quiero mucho. Ojalá hubiese podido quererte más y…

—No, Laura. Estamos bien, cariño. Ninguno de los dos sentía todo lo que hay que sentir. Querer algo más, a veces, es acabar con lo que ya se tiene. Y nosotros nos tenemos. A nuestra manera, pero nos tenemos.

—Sí, nos tenemos. —Sonreí—. Pero tienes que venir a visitarme, eh, no te perdonaría lo contrario. Te espero allí. Siempre.

—Iré. Te lo prometo. Y ahora, venga, conduce. Que hasta que no me llames desde tu casa, no me lo creeré del todo.

Me despedí sonriendo con tristeza, pero colgué contenta. Eran sentimientos distintos pero complementarios. Sí, en ese caso, sí. Porque volvía a casa. Pero dejaba atrás a gente muy especial.

A casa… Bueno, esa era otra. Esperaba que Miriam tuviese todo preparado para mí. Volver a vivir con mi padre no me hacía mucha ilusión. Quizá un par de noches fuesen divertidas, pero… necesitaba mi independencia. Quería empezar de cero en todos los aspectos de mi vida.

Por eso, un par de meses atrás, cuando Lidia tuvo la loca idea que me llevó a flipar primero y a emocionarme después, hablé con Miriam y le pedí si podía alquilarme el apartamento sobre la pastelería. También le supliqué máxima discreción. Aunque de ella me fiaba. Era demasiado directa para que le gustase cotillear.

—Dios mío, Laura. Está muy viejo —me dijo—. No es que no quiera alquilártelo, faltaría más. Estaría encantada. Pero, de verdad, es una antigualla. Los muebles son del año de la polca y eso por no hablarte del espacio. Son apenas cuarenta metros, los quince restantes se los llevan las escaleras, que en la época que construyeron el edificio debían de subir de cinco en cinco, porque, si no, no me lo explico.

Me eché a reír. Pero insistí. Insistí tanto en que era perfecto que, al colgar, ya tenía su promesa de que estaría lo más adecentado posible para cuando llegara. Del resto ya me encargaría yo. Era diseñadora de interiores, ¿no? ¿Qué mejor carta de presentación que convertir un pequeño vejestorio en un mini apartamento envidiable?

Sonrío pensando en ello. En mi futura casita. Solo mía. Me hace muchísima ilusión. Casi tanta como el negocio. Vale… Tal vez algo menos, pero mucha, también.

Es que lo del negocio… Lo que es la vida. Las vueltas que da. ¿Quién se iba a imaginar que un chisme de esos para las cápsulas de café iba a ser el causante de semejante empresa? Yo no, desde luego. Pero así fue como sucedió.

Mi padre le regaló una Nespresso a Lidia, harto de oírla sugerírselo cada vez que ella veía al Clooney en la tele. Encantada con su nueva cafetera, se fue a los chinos, a por un portacápsulas o como se llamen esas cosas. No había. Probó en la ferretería. Y Adela y José María no sabían ni de qué les hablaba. Fue incluso a la tienda de electrodomésticos, no fuera a ser. Pero tampoco. Cápsulas sí, fíjate, a precio de oro, por lo visto, pero la cosa esa, no. Probó incluso en Bellota, la aldea de al lado, pero, evidentemente, tampoco tuvo suerte. Al final fue hasta Luarca, donde sí las encontró y hasta tenía donde elegir.

Y entonces la mujer, ya de vuelta en su casa, se puso a pensar. Y pensó. Pensó mucho. Vaya si pensó. Tanto que me llamó para proponerme esta idea que, en un principio, hasta me pareció surrealista. Pero, como no podía ser de otra manera, acabó convenciéndome de que no solo era viable, sino que era el momento perfecto para hacerlo.

—No me renuevan el contrato en el súper, Laura. Ricardo se ve casi en la obligación de darle mi puesto a una sobrina suya que se ha separado recientemente y que tiene dos niños a su cargo… Y yo puedo entenderlo. La niña esa me da mucha pena; aquí en el pueblo, sin conocer a nadie y teniendo que empezar de cero con dos criaturas que… —se lanzó a explicar con su empatía habitual.

—Vale, vale. ¿Y crees de verdad que es buena idea que…?

—Es una idea estupenda. ¿Qué pegas le ves? Las dos trabajaríamos en algo que nos gusta, yo como dependienta y tú de lo tuyo, que algo seguro que te va saliendo. Venga, Laura, di que sí…

—Yo… Yo es que… —no sabía ni qué contestarle, en serio, porque todo ese asunto me había cogido por sorpresa. Me veía entre la incapacidad de decir que no y lo intimidada que me hacía sentir el sí.

—Laura, sería genial y… —interrumpió ella mis pensamientos—. Espera. Porque… Porque vas a volver, ¿no?

—Sí, sí, sí… Desde luego que sí. —Eso me salió solo y con una seguridad aplastante.

—Entonces…, ¿es por el dinero? —Pues mira, ahora que lo decía, también—. Por eso ni te preocupes. No he tocado ni un duro de la herencia de mis padres y voy a solicitar el pago único del paro. Ya me irás pagando tu parte con las ganancias.

—Pero…

—No hay peros. El único que habría sería que no te apetezca tener tu propio negocio. O compartirlo conmigo.

—No. Eso… Eso sería maravilloso. Las dos cosas.

—Pues ¿a qué esperas para aceptar mi proposición, por Dios? ¿Dónde está esa impulsividad y ese coraje que te definen?

—Vale, vale. Sí. ¡Sí! —Recuerdo que empecé a reírme como una loca, con esa risa casi histérica con la que una celebra la emoción que produce la inesperada realización de un deseo adormecido—. Hagámoslo, Lidia. A por ello. Lo primero es mirar local, comenzar a ponerse en contacto con proveedores, hablar con un gestor y…

—Bueno, bueno, con calma. —Rio ella—. Hagamos una lista de todo lo necesario para llevarlo a cabo, reposemos un poco la idea y vamos hablando, ¿de acuerdo?

Y lo hicimos, vaya que sí. Horas de conversaciones telefónicas, repartiéndonos la responsabilidad de crear nuestra pequeña empresa, aconsejándonos y volviéndonos un poco locas, pero lo conseguimos. O, al menos, ya tenemos todo más o menos atado. Alquiler firmado, alta solicitada, el local arreglado y los artículos pedidos. Solo falto yo. Y que envíen la mercancía al pueblo.

Tendremos un poco de todo. Enseres para la casa, originales y funcionales, muebles auxiliares no muy grandes por cuestión de espacio, objetos decorativos y cualquier cosa que alguien necesite para darle un cambio a su hogar. Papel pintado, pinturas a la tiza, vinilos y muchos otros artículos, dependiendo de su demanda. También ofertaremos sobre catálogo una amplia variedad de muebles, estores, cortinas y demás. Y, desde luego, yo no voy a centrarme solo en esperar a que me salga un proyecto de decoración. Ofreceré varios tipos de servicio, desde colocar ese papel pintado que podamos vender hasta restaurar un mueble que alguien tenga ya en su casa.

El plan está bien, ¿no? Debería resultar. Pretendemos poner al alcance de todos los bolsillos cosas bonitas y atenernos a las necesidades de un pueblo pequeño.

Reconozco que tuve mis momentos de dudas. Las inseguridades y el miedo a que no saliera bien me mantuvieron bastante ocupada. Pero quizá era algo que también necesitaba, porque así no pensaba en lo que no debía y, además, siempre acababan ganando los pros y esa sensación de sentirme realizada. Poder regresar con el orgullo más alto, como una mujer emprendedora y dependiente, con una meta propia por la que luchar y un trabajo que me fascinaba.

Y ahora, a minutos de entrar en el pueblo, no sé lo que deseo hacer primero. Si achuchar a mis niñas o correr al local para ver con mis propios ojos lo que será mi segunda casa por, espero, muchísimos años. Me muero por comenzar a decorarlo, a organizarlo. Por pisarlo por primera vez y ver que no pasa nada, que solo es un bajo más y no aquel que fue testigo del inicio de mi desafortunado interés por mi cuñado.

Porque sí. Hemos alquilado lo que fue la ferretería del pueblo para montar nuestra tienda. Es un poco de suicida emocional, lo sé. Me estoy metiendo en la boca del lobo, y ya no hablo de Adela. Pero, en la búsqueda de un lugar con los metros cuadrados que precisábamos, tampoco tuvimos muchas opciones. Más bien, ninguna otra, y menos después de que Aída alquilase el bajo más grande de El Pilar. Así que ignoré lo que mi corazón chillaba y me dejé guiar por la razón y la visión de mi nueva faceta como empresaria. Y por todas las virtudes que Lidia veía en él, que no tenía forma de refutar sin ponerme en evidencia.

Total… No es como si no fuese a toparme con él, de todas maneras…

Busco otra emisora para alejar ese pensamiento y, a ritmo de Lady Gaga, pongo el intermitente para adelantar al coche que va delante de mí. Por el amor de Dios, deberían multarlo por ir a esa velocidad. Llevo con ganas de empujarlo desde que me lo he encontrado a la salida de la autopista. Un dominguero, así los llamaba Chema.

«Oh, no, ¿otra vez dejándolo pasear por tu cabeza? Por ahí, mal. Muy mal, Laura».

Primer punto de mi nueva vida: olvidar todo lo vivido con él, por muy nimio que sea.

El segundo podría resumirse en prácticamente lo mismo. Ser indiferente a él.

Porque voy a tener que verlo, vale. Y tengo que tratarlo, eso también lo sé. No puedo llegar y fingir que no nos conocemos, que sus hijas no son importantes para mí, que él no es el viudo de mi hermana o el yerno de mi padre. Pero en eso me tengo que centrar. En que es alguien que está en mi vida, pero no forma parte de ella. Y nunca lo hará.

Lo superaré. Desde luego que lo haré. Llegará un momento en que conoceré a otro chico. Y no sé si lo amaré como a él, pero lo querré. Estaré cómoda a su lado, feliz. Me hará reír, me querrá, se orgullecerá de mí y pasearé de su mano por las calles, a la vista de todo el mundo. Y volveré a tener sexo. No por las razones equivocadas, sino porque me apetecerá hacerlo. Lo disfrutaré. Porque el sexo mola un montón y con ese chico no me sentiré una segundona, sino especial.

Y si no es así, pues no pasa nada. Ser una mujer soltera, autónoma y alegre también suena bien. Seré esa tía con la que mis sobrinas puedan salir de marcha cuando sean mayores. La alocada pelirroja, dueña de la tienda de decoración del pueblo, que hace lo que le viene en gana. Pasarse los días libres delante de la tele, hacer escapadas a Oviedo para estar con mis amigos, follarse a tíos buenos después de una cita y buena conversación… Sí, eso tampoco estaría mal. Sin prejuicios. Sin falsas pretensiones. Ser solamente yo y aprender a gozar de los pequeños placeres de la vida.

Me conformo con lo que venga. Solo quiero ser feliz. Sin Chema. No es mucho pedir, ¿verdad?

 

***

 

Lidia y mi padre me reciben con los brazos abiertos. Los he avisado de mi llegada en cuanto he salido de casa de María y me esperan con la mesa preparada y unas cervezas fresquitas.

—¡Jamón! ¡Uy, qué rico! —exclamo cuando veo el plato sobre la mesa, con ese jamoncito cubierto de vetas blancas que me vuelve loca—. ¡E ibérico! ¡Dios, habéis echado la casa por la ventana!

—Bueno, la hija pródiga ha vuelto a casa —dice mi padre con una sonrisa inmensa, pasándome la botella que acaba de abrir.

—Y ahora somos empresarias —apunta Lidia guiñándome un ojo, mientras coge un trozo del embutido y se lo mete en la boca.

Me echo a reír y me sirvo también del plato antes incluso de sentarme.

—Joder, pues sí que mola eso. Aún no hemos ganado un euro y ya podemos permitirnos el jamón de pata negra. A este paso cambio a Ibi por un Golf antes del verano. Y de primera mano, eh.

Mi padre menea la cabeza, divertido, mientras Lidia se parte de la risa.

—Ay, sí, Laura. Cómpratelo nuevecito, que ya debes de estar harta de que todo te llegue usado, ¿no?

Frunzo el ceño. Es inevitable que lo haga ante su frase, dicha con toda la picardía del mundo. Lo frunzo a pesar de que mi boca no ha perdido la sonrisa. Porque estoy más extrañada que ofendida.

—Creo que me he perdido —comenta mi padre mirándonos a las dos con atención—. ¿Por qué dices eso, Lidia?

—Por nada, hombre. ¿Por qué voy a decirlo? Por su coche, por su móvil —sí, ese me lo compré de segunda mano en eBay un poco antes de irme— y por ese apartamento donde va a vivir. Por Dios, Laura, que debe de ser de la época de María Antonieta.

—Buff… ¡Qué exagerada! —exclamo, mucho más cómoda tras su explicación. Lo que hace la mente cuando esconde algo, eh—. Miriam lo ha adecentado un poco. Y el resto, déjamelo a mí. Ya verás que hasta lo usamos como publicidad para el negocio cuando acabe con él.

—Muy bien visto, Laura —se enorgullece mi padre, observándome con calidez—. Además, yo entiendo que quieras independizarte, hija. De ti me hubiese sorprendido lo contrario.

—Sí, en eso tienes razón, cariño —asevera Lidia—. Laura siempre se ha caracterizado por ser una chica con las ideas claras. Sabe lo que quiere. Siempre. Ojalá pudiéramos decir de todos lo mismo.

Ay, Dios, ¿otra insinuación? ¿O es que estoy un tanto susceptible?

«No, cariño. No lo estás. Esta las tira a matar».

Respiro hondo y escondo una sonrisa incrédula tras mi mano, apoyando un codo sobre la mesa. Creo que Lidia y yo vamos a tener una conversación de mujer a mujer un día de estos. Solo que no seré yo la que me anime a iniciarla, por descontado.

—Bueno, cariño, ¿y qué quieres hacer?

—¿Comer? —pregunto, traviesa, alargando la mano de nuevo hacia el manjar.

—Sí, claro, eso sí. Además, te he preparado una de tus comidas favoritas —dice señalando hacia los fogones, donde varias sartenes tapadas esperan a ser servidas—. Calamares y risotto de setas.

—Oye, que si esto va a ser siempre así me voy los fines de semana y vuelvo los lunes, eh. Por mí no hay problema —bromeo.

—Ya te dije que ibas a acabar malcriándola —se burla mi padre.

—Bueno, no tengo hijos… —explica Lidia, al tiempo que se levanta para calentar la comida—. Y Laura se deja, mírala.

Y yo me echo a reír, con la boca haciéndose agua ante el olor que ha invadido la cocina cuando ha quitado las tapaderas.

—¿Y al final, qué? ¿Qué quieres hacer esta tarde? —pregunta Lidia de nuevo, ya con el café en la mano y mirándome con expectación.

—Querría ver a las niñas —confieso mientras echo un vistazo el reloj—, pero supongo que, si no están aquí, estarán en casa de sus otros abuelos, ¿no?

—Pues no. Hoy era la comunión de Fernandito, ya sabes, el hijo de Fernando —explica mi padre—. Así que allá estarán todos, celebrándolo.

Abro la boca sorprendida. ¡Vaya, menuda casualidad! ¿Cuántas probabilidades había de llegar al pueblo uno de los escasos días en que ellas no están en él?

—Bueno… Entonces no tengo mucho que pensar. ¡Quiero ver el local! ¡Ya mismo!

 

***

 

—Así que vienes de ver el bajo.

Asiento y saco un cigarrillo del bolso. Le pregunto por señas a Nela si le molesta, pues no fuma desde que está embarazada, y, tras su negativa, me lo enciendo en una calada larguísima.

—Es perfecto —contesto con la vista clavada en el humo que flota a mi alrededor—. Perfecto. No tenía ni idea de lo mucho que ocupaba la trastienda, pero hoy, al verlo todo en un espacio, flipé. Además, hay un hueco al fondo a la izquierda, como de unos treinta metros cuadrados, ideal para esas cosas que no lucen demasiado. Ya sabes, papel pintado, pintura y esas historias. Hasta el baño ha quedado divino, joder.

—Pues genial, ¿no?

—Sí, todo maravilloso —casi escupo junto a otro poco de humo.

—¿Entonces? ¿Ese tono? —y lo cuestiona divertida, la muy cabrona.

—Entonces, sigue siendo una putada. Es el bajo de la casa de los padr… De Adela y José María —rectifico muy rápido—. Y con él no tengo ningún problema, pero ella… Dios… Que vive ahí, justo en la misma casa. Esto va a ser difícil.

—No creo. Ya verás, a lo mejor tienes que recordarle un par de veces que ella no puede mandar en nada de lo que suceda del local para adentro, pero, al final, acabará entendiendo que tiene que meterse en su vida y punto.

—Ya. Eso espero.

—¿Algo más que te moleste del local?

—No. En realidad, ya te lo he dicho, es perfecto. Es solo que…

—Nada. No le busques peros. Si es perfecto, lo es y punto. Y ahora olvídate del trabajo durante un rato, por favor. ¡Que aún no me creo que estés aquí! ¡Y tan guapa! El pelo corto te quedaba genial, pero ahora vuelves a ser tú, la de siempre, con esa melena leonada que me encanta —habla muy deprisa, toqueteándome el cabello.

—Tú sí que estás guapa, Nela. Estás… radiante.

—Oye, sin burlas, eh.

Me echo a reír con ganas.

—No me estoy burlando, tonta. Estás guapísima. Redonda, eso sí, pero…

—Mira que te pego.

—Uy, y agresiva, por lo que veo.

—Sí, un poco. Las hormonas, supongo… —dice Colás mientras entra en la cocina con una sonrisa enorme.

—¡Joder! ¡Laura! —Y, de pronto, me veo en brazos de Pedro, con los pies sin tocar suelo y girando como una peonza. Muerta de risa y tan contenta de verlo que, aprovechando que estoy a la altura de su cara, me como sus mejillas a besos.

—¡Dios! ¡Cómo te he echado de menos! —exclamo. Y paseo mi vista por los demás, por Nela, todavía apoyada en la encimera de la cocina, y por su marido, que se ha acercado a ella y rodea sus hombros con un brazo—. ¡A todos! ¡No os lo podéis ni imaginar!

—Sí lo hacemos, preciosa. Nosotros también te hemos extrañado. Muchísimo —me contesta Nela acariciándose la barriga.

—Sí, mucho —corrobora Pedro, que me deja en el suelo y me mira de arriba abajo—. Estás como siempre. O mejor. Estás cañón, pelirroja.

Suelto una carcajada y le devuelvo el repaso.

—Tú también sigues siendo el niño bonito del pueblo, ¿eh?

—Ya ves, hay cosas que no cambian.

Nos reímos de nuevo todos y, haciéndole caso a Nela, nos sentamos a la mesa, donde unos bocatas que el mismo Pedro ha traído del bar de Paco nos esperan para cenar.

Después de ver el local, fue inevitable que le pidiese a Lidia que me acercara aquí, a casa de mi mejor amiga. No solo me moría por verla, a ella y su inmensa barriga, sino que Nela no me perdonaría en la vida si no llego a hacerlo.

Después de muchos besos y abrazos, nos pusimos al día con rapidez, interrumpiéndonos casi la una a la otra. Ella me habló de su embarazo, de sus chequeos, me empujó hasta el cuarto del bebé y me ordenó ponerlo de mi mano y, después, le pidió a Colás que llamase a Pedro para que viniese y, de paso, trajese la cena, con la promesa de una gran sorpresa. Yo.

Por mi parte, también le conté lo de mis trabajillos en Oviedo, lo de mi renovada y maravillosa amistad con Marcos, de cómo le iba a María, y de su novio, Nico. Le confesé lo mucho que he echado de menos a las niñas todos estos meses, que sus visitas eran casi necesarias para mí y lo feliz y orgullosa que estaba de haber regresado al fin.

Que estaba un pelín asustada me lo guardé. Que cada vez que pensaba en verlo de nuevo mi estómago se desplazaba hasta la garganta, también. Como tampoco lo nombré en ningún momento. Y ella respetó mi silencio imitándome, ya que es en esos pequeños detalles en los que se diferencia a las amigas de verdad. En conocerte aunque no te muestres entera. En honrar tus deseos a pesar de creerlos erróneos. Porque yo sabía que Nela no estaba de acuerdo en que yo intentara cicatrizar lo sucedido con Chema callando; pero, de la misma manera, ella era consciente de que lo venía haciendo desde aquellas primeras llamadas en las que me sinceré y lloré a moco tendido. Obviarlo, ignorarlo, convertirlo en un tema tabú. Y, aunque negárselo a mi boca no fuera a arrancarlo de mis entrañas en breve, a mí me ayudaba. O eso quería creer.

—¿Así que ahora vas a ser toda una empresaria, eh? —se cachondea Pedro a medio bocadillo.

—Eh, sí —respondo mirando a Nela. Porque se suponía que eso tampoco lo sabía nadie. El culpable de tanto secreto: el de siempre.

—Lo siento —dice ella encogiéndose de hombros y poniéndome morritos—. No pude evitar contárselo. Me hacía tanta ilusión tu vuelta que cuando comenzaron con las obras yo… pues… se me escapó. Pero solo eso, eh.

—Tranquila, cariño, que tu secreto ha estado a salvo conmigo —explica Pedro mientras me guiña un ojo—. No sé a santo de qué no se podía contar, pero, vamos, que yo no he dicho ni mu. Y oye —se dirige ahora a Nela—, ¿qué es lo de «solo eso»? ¿Qué otras cosas escondéis vosotras dos?

—Nada, tonterías de Nela —respondo con rapidez, improvisando sobre la marcha—. Y tienes razón, mantener en secreto lo de la tienda no era tan importante; es solo que me hacía ilusión que las niñas se enterasen por mí y cuando ya estuviese aquí.

Pedro me observa pensativo y esboza una sonrisa torcida antes de volver a morder su bocadillo.

—En fin… Sé que hay algo más, pero ya me enteraré —masculla, apenas traga.

—Como de todo —interviene Colás, guasón—. Oye, ¿tú no podrías hacerte unas oposiciones para la CIA o para alguno de esos organismos? Apuntas maneras, tío.

—Se me da muy mal el inglés —responde el poli con chulería, como si ese fuese el único motivo por el que sigue siendo policía local.

Y, claro, todos nos tronchamos de él. O con él.

A partir de ahí, si algo sobra en esa mesa, son risas. Y cachondeo. Y complicidad. Como si ayer mismo hubiera compartido una cena con ellos. Como si estos seis meses y siete días que hace que no nos vemos no hubiesen existido.

En realidad, es extraño, pero, a pesar de llevar un día escaso en el pueblo, mi vida en Oviedo parece demasiado lejana. Como un sueño, una especie de transición. Quizá es lo que fue. Un paréntesis obligado para reencontrarme. Un intermedio en el que han cambiado la película.

A veces pienso que en mí conviven dos Lauras, iguales y distintas a la vez, que sienten lo mismo, pero se juzgan diferentes. Dos Lauras que ahora mismo creo que he podido anudar, y que, por primera vez, se entrelazan la una con la otra sin odiarse, sin reproches. Comprendiéndose, consolándose. La emprendedora pero realista, la independiente pero familiar, la que cree poder con todo, pero ya conoce sus límites.

Así que, pensando en todo esto, con el café en la mano, me subo a una silla y propongo un brindis.

—Por un nuevo comienzo. Por los sueños inalcanzables que casi podemos tocar con los dedos. Por nuestra amistad. Y, sobre todo, por nuestra felicidad, porque solo depende de nosotros mismos.

Los tres me contemplan asombrados y pensativos ante este impulso loco, pero al rato sonríen y levantan sus tazas hacia mí.

—Por todo eso.

—Claro que sí. Por nosotros.

—Esa es mi Laura.

Y entre nuevas carcajadas, atacamos el congelador para repartirnos helados y hielo para nuestros chupitos.

—Venga, vamos, te llevo a casa —me dice Pedro una hora después, mientras se pone la cazadora.

—Oh, quédate un poquito más, Laura. —Nela hace un mohín y pone carita de pena, pero yo sonrío e imito al poli, abrigándome.

—Mañana me paso de nuevo. Te lo prometo. Y vendré con varios catálogos para la alfombra y las cortinas del cuarto de Iván. Pero ahora tengo que irme, barriguitas. Tengo que madrugar muchísimo y ponerme a currar. Se me acabaron las vacaciones.

Pedro se queda muy quieto, con una manga a medio poner.

—¿Vacaciones? ¿Pero tú no fuiste a encargarte de un trabajo maravilloso que no podías rechazar?

—Ehh… Sí, claro. —Oculto mi cara bajo el pelo mientras me giro con disimulo. Joder, estoy perdiendo práctica mintiendo. O tal vez ya no sepa cuándo lo hago y cuándo no.

—Es que eso para ella fueron vacaciones, Pedro —explica Nela, salvándome el tipo—. Ya sabes que para Laura su trabajo es más un hobby que otra cosa.

—Sí —afirmo—. Y, además, me trataron a cuerpo de rey. Así que sí, fueron unas vacaciones. Y ahora toca currar de verdad, así que andando.

—Que es gerundio —remata el poli subiéndose los cuellos de la chaqueta—. Anda, vamos, preciosa. Que yo mañana también madrugo.

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page