Por nosotros

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CAPITULO 28 » Chema

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Chema

 

 

—¿Sí?

—Hola, Rubio. Soy Lidia.

—Ah, hola, Lidia. Dime.

—Lo siento, es un poco tarde, ¿no?

—No, qué va.

—¿Las niñas ya duermen? ¿Qué tal os lo habéis pasado?

—Bien, sobre todo ellas. Saltando en los hinchables y atiborrándose de dulces. Y sí, ya están dormidas. Se quedaron fritas en el coche —explico con una sonrisa en los labios y los ojos en blanco al recordar lo que me costó subir a las dos hasta casa.

—Normal. Estarán agotadas. ¿Y tú? ¿Cómo estás? ¿Todo bien?

Me siento sobre la cama y apoyo los codos en mis muslos mientras me froto la frente con la mano libre. Desde aquella noche, esa pregunta se ha convertido en un ritual para Lidia cada vez que habla conmigo. Nunca se ha referido a ella directamente, pero sé que tiene todo que ver.

—Bien, estoy bien, Lidia. Muy bien.

—Me alegro. De verdad.

—Lo sé. Pero dime, no creo que solo me llames para preguntarme eso, ¿no? ¿Qué necesitas?

Ella se echa a reír. Los dos sabemos que últimamente parece necesitarme siempre para algo. No solo le hice la obra en la ferretería, sino que me encargué de hablar con el fontanero, el electricista e, incluso, con la gestoría. Eso sin contar todas las chapuzas en las que le pude echar una mano. Algo que hago con gran gusto, por otra parte.

—Pues sí. Lo cierto es que te necesito para una cosilla. Estoy abusando, ¿no?

—Para nada. Anda, dime.

—Verás… Ya han llegado los accesorios del baño. Y el espejo. ¿Podrías colocarlos? Se lo pediría a Abel, pero no es muy diestro con el taladro y además…

—No te preocupes. Yo me encargo. ¿A qué hora te viene bien que me pase?

—No sé. Mañana, a primera hora, ¿podrías?

—¿A primera hora? —repito frunciendo el ceño. Joder, a esa hora debería irme al trabajo. ¿Por qué narices le he preguntado? Pero, aun así, me escucho aceptando—. Vale, eso me llevará poco tiempo y los chicos ya saben lo que tienen que ir haciendo. A las nueve, ¿entonces? En cuanto deje a las niñas en el cole.

—Perfecto, cariño. Eres un cielo. Ya no te molesto más. Te dejo haciendo lo que… —Otra risa—. Lo que estuvieses haciendo. ¿Viendo una película, tal vez?

Miro al frente, hacia esa pared ahora vacía salvo por unos tristes e innecesarios clavos.

«Ni te imaginas lo que estoy haciendo, Lidia. Hasta a mí me cuesta asimilarlo».

—No, nada de tele. Venga, nos vemos mañana, ¿vale?

—Vale, Rubio. Ciao. Un beso.

Cuelgo el teléfono y lo dejo caer sobre la colcha de cualquier modo. Suspiro y vuelvo a observar la pared blanca. Luego bajo mi vista hacia el suelo, donde una caja de cartón guarda en su interior todas las fotos que una vez la ocuparon. Y que antes habían llenado de color y amor otra pared en otro cuarto. En su refugio.

Sí, lo he hecho. Eso que me prometí hace un par de semanas y para lo que no había encontrado el valor hasta hoy. Un valor que me llegó de forma extraña, sin casi pensar en ello. Fue entrar en el dormitorio después de acostar a las niñas y encontrarme haciéndolo casi sin pensar. Como si una fuerza extraña me obligara a ello. Algo raro pero tan necesario que me alegré de que sucediera.

Porque dormir cada noche en un santuario dedicado a Clara no es sano. No es la mejor manera de dejarla marchar. Lo sé y lo supe siempre, supongo, pero hasta hace poco era algo que tampoco me importaba demasiado.

Todo cambió aquella noche. La lluvia no solo me empapó entero, causándome una amigdalitis bestial, sino que me aclaró en muchos sentidos. No es que los sentimientos y pensamientos que me corroían desaparecieran bajo el agua como lo hace la suciedad de la obra bajo la ducha, pero sí dejaron espacio al entendimiento, a la razón. Ya no sentía que me gobernaban, sino que cohabitaban conmigo como uno de mis brazos o mi piel. Las lágrimas derramadas, esas de las que aún hoy me avergüenzo un poco, también ayudaron, porque arrastraron con ellas la angustia de aquellas últimas horas. Y luego estuvo la visita inesperada de Colás, lo que supuso que todo pareciese ordenarse un poco más en mi mente.

Me lo encontré sentado en el descansillo, apoyado contra mi puerta, cuando, cabizbajo y calado hasta los huesos, salí del ascensor. Cargaba en aquellos momentos con el bochorno de haber llorado en los brazos de Lidia, con el agradecimiento de que Abel no estuviese en casa y con un pequeño alivio que no comprendía del todo. Y también con la horrible sospecha de que este era solo pasajero. Una ilusión que al día siguiente se esfumaría con la primera claridad de la mañana.

Colás no abrió la boca. Se limitó a levantarse del suelo y a esperar pacientemente a que abriera la puerta, para luego sentarse en el sofá, aguardando que fuese yo el que comenzara a hablar. En mi estado, que tenía mucho que decir era más que evidente. Conociéndome, que no lo hiciese supongo que tampoco lo hubiera sorprendido mucho.

Después de verme durante unos minutos andando en círculos sin emitir ni una sílaba, me aconsejó ir a darme una ducha y quitarme esa ropa mojada, cosa que acepté idiotizado. Cuando mis pies volvieron a pisar el salón, Colás ya había preparado café, aunque yo me incliné por una cerveza. Lo cierto es que incluso necesitaba algo más fuerte.

Y entonces, tras otro extraño pero, contra todo pronóstico, cómodo silencio, me abrí. No entré en detalles, no es mi estilo, pero sí fui honesto. Le confesé mi deseo ciego por Laura, mi caída ante él, la culpa inmensa que me hizo alejarla el día del segundo aniversario de la muerte de Clara. Aquel día en el que él con sus palabras, sin saberlo, me mostró que todo lo que tenía que ver con Laura me venía grande, era un error y me confundía. Sin dramatismos y tratando de ser del todo objetivo, acabé el relato resumiendo nuestra última discusión. Pero me callé a conciencia el amor que ella dijo sentir por mí. Aquello era algo que no podía contar. Una ridícula muestra de respeto hacia ella, lo mínimo que se merecía.

Él me escuchó en el más absoluto mutismo. Y yo apenas lo miraba, pero las veces en que mis ojos buscaban en su cara algún tipo de juicio, esta era indescifrable.

—¿Y qué ha pasado hoy? ¿De dónde venías con esas pintas? —preguntó en cuanto yo dejé de hablar.

—De intentar aprender cómo decirle adiós a Clara.

Fue la primera vez que su rostro dejó entrever algún tipo de emoción. Le brillaron los ojos y no pudo esconder una mueca de disgusto que pronto transformó en una sonrisa triste.

—Eso es algo que tienes que hacer, sí —dijo al cabo de un rato—. Pero no lo hagas por las razones equivocadas. Porque debas o… porque quieras. Si vas a hacerlo, hazlo porque lo sientes, Rubio. Porque realmente algo te diga que ha llegado el momento.

Lo observé con atención. Era muy bonito lo que decía, pero yo lo único que sabía era que esas tres cosas estaban enmarañadas dentro de mí. El deber, el querer, el sentir… No sabía dónde terminaba una y comenzaba la otra. Lo único que tenía claro era que, hasta entonces, en cuanto pensaba en dejarla ir, la culpa lo ocupaba todo.

—¿Llegaste a quererla? —me soltó de pronto, mientras yo todavía les daba vueltas a sus últimas palabras—. A Laura. ¿Llegaste a…?

Apoyé con demasiada fuerza la cerveza sobre la mesa. Resoplé y me mesé el pelo varias veces, pero, cuando contesté, no medí mis palabras.

—Laura… Ella me ponía cachondo y me cabreaba como nadie lo ha hecho nunca. Y, al mismo tiempo, me arrancaba una sonrisa sin proponérselo. Es tan divertida, tan auténtica, está tan llena de vida… que era imposible no desear dejarse llevar por su fuerza y por su magia. Pero… ¿quererla? Desde luego que la quiero, ¿tú no lo haces? La quiero porque es una gran persona y tuvimos algo especial… Algo más que sexo. Sí, claro que hubo más que eso. ¿Es eso lo que querías oír? —Hice una pausa por si tenía algo que decir al respecto, pero él solo asintió con la cabeza, así que proseguí—. Pero si lo que me preguntas es si llegué a enamorarme de ella, la respuesta es no. ¿Cómo podría haberlo hecho cuando aún lo estaba de Clara, Colás? ¿Cómo?

—Fuiste injusto con ella, Rubio —aseguró tras un tiempo que se tomó para pensar—. Y no me refiero a que os acostarais, sino… a no haber sabido ver que ella sí era una madre para tus hijas, la única que tenían en ese momento. Debiste saber gestionar…

—Lo sé. ¡Joder, lo sé! Fui injusto y un miserable. ¡Me cegué! Jesús… Necesitaba tanto echarlo fuera… Hacerle entender que no podía desprenderme de Clara. Y lo que ella me hacía sentir… eso… Eso tampoco ayudaba.

—¿Y estás seguro de que…?

La mirada que le lancé frenó en seco su pregunta. Negué con la cabeza y me froté las sienes apoyando los codos en mis muslos. Sí, claro que estaba seguro de que no la amaba. No como a Clara. ¿Cómo se pueden tener dudas sobre eso?

Y lo que también tenía claro era que Laura no se merecía cómo me había comportado con ella. Y no solo en aquella maldita discusión. Hasta comprendía que me hubiese ocultado sus verdaderos sentimientos. Algo que, por otra parte, ni me perdonaba ni entendía no haber sospechado. Siempre creí lo que quise creer, supongo. Me negué a ver su propia vulnerabilidad, pensando que se trataba, más bien, de lástima hacia mí.

No, ya no podía guardarle rencor por esconderse tras la mentira para protegerse. Al principio, de mi mal humor, fruto de la frustración por desearla. Y después… de mis proposiciones poco ortodoxas, pidiéndole sexo mientras afirmaba mi amor hacia mi mujer; de mi búsqueda incansable del placer, que solo parecía poder encontrar en su cuerpo; de mi rechazo, pero siempre tendiendo una red invisible a su alrededor para que me esperase.

Porque, ya que estábamos siendo del todo sinceros, tenía que reconocer que eso era lo que hacía, aunque la mayoría de las veces fuese de manera inconsciente. Mantenerla a mi lado de forma egoísta, por si la culpa se extinguía un día.

Egoísta… Así fui con ella desde siempre. Pensando únicamente en mí y en lo que yo deseaba.

No sé cuánto tiempo me pasé sumido en esas elucubraciones. Cuántos minutos le dediqué a sentirme cruel, déspota y un malnacido con la única mujer que me había hecho descubrir que había vida después de Clara. Pero sí sentí, de repente, la mano de Colás apretándome un hombro, en una despedida silenciosa que agradecí.

Aquella noche pensé mucho. Una parte de mí precisaba pedirle disculpas a Laura, mientras la otra supuraba solo de pensar en verla o hablar con ella. En el fondo, con ella lejos todo era más fácil. No había decisiones que tomar, ni anhelos que evitar.

Miro de nuevo las fotos, ahora a mis pies, y me acuclillo para observarlas de cerca. Paseo mis dedos por ellas sabiendo que esto es tan necesario como doloroso. Colocaré algunas en el dormitorio de las niñas y el resto las guardaré. Pero eso será mañana.

Me desnudo y coloco mi ropa sobre la butaca, agotado, como si hubiese hecho un esfuerzo descomunal al descolgar aquellos retratos de la pared. Pero así me siento, tan cansado que solo quiero cerrar los ojos y olvidarme de todo por unas horas.

Ya en la cama, es inevitable que mis ojos vayan hacia la foto que sigue sobre la mesilla de noche. Otra que debería de retirar, pero que me cuesta más que ninguna.

—Otro día, cariño. Poco a poco, ¿verdad? En realidad, olvidarte va a ser imposible y ambos lo sabemos, mi ángel. Pero necesito seguir adelante sin sentirme culpable, Clara. Retomar mi vida como pueda, sin basar mi futuro en ti, porque ya no estás. Sé que me entiendes, mi amor. Sé que, estés donde estés, tú me entiendes.

Cierro los ojos sintiéndome un poco estúpido. Si normalmente no me entiendo ni yo, no sé cómo demonios pretendo que lo haga ella desde el más allá, joder.

Pero lo estoy intentando. Comprenderme. Seguir viviendo. Lo estoy intentando con ganas.

Me acomodo en la cama boca abajo y meto un brazo bajo la almohada. Dejó la mente vagar en buscar de la paz que da el sueño y sonrío irónicamente al recordar la noche del sábado de la semana pasada, en la que salí con Pedro después de obligarme a llamarlo, y terminamos en Cudillero.

No sé cuál de los dos se sorprendió más ante aquello. Si él por saber de mí en aquel plan después de meses intercambiando solo frases concisas y educadas; o yo por atreverme a hacerlo, después de unos días en los que discutí conmigo mismo hasta el cansancio. Porque sabía que tenía que salir de nuevo, airearme, buscar algo de emoción en mi vida después de prometerme un nuevo comienzo, pero aún costaba. Joder, cómo costaba. El pánico a una recaída como la del anterior aniversario me abrumaba y me descolocaba por igual. Pero también fue el miedo el que me hizo coger el móvil y no prolongar más la llamada. El miedo a seguir en las mismas.

Pedro aceptó encantado y fue el de siempre, el amigo divertido con el que una noche de marcha siempre es un acierto. Fue el de antes de Laura. Sin pullas, sin reproches…

Bebimos algo de más, bailamos un poco e incluso ligamos con unas chicas en la barra de un pub. La cosa no pasó de unos besos y un poco de manoseo que, en realidad, compartí solo para asegurarme de que podía hacerlo sin sentirme mal después, pero funcionó. Estuvo bien. Tanto como para repetir y buscar otra noche en la que volver a sentirme joven de nuevo. Vivo, joder.

 

***

 

—Portaos bien, princesas. —Beso las mejillas de mis niñas y les guiño un ojo antes de que echen a correr hacia la puerta del colegio.

Espero a que entren en él antes de regresar al coche, mal aparcado en la acera de enfrente, como muchos más a estas horas de la mañana. Sin encender la radio, conduzco los escasos metros que me separan de la ferretería y me bajo justo frente a ella.

La casa de mis padres es una construcción de piedra bastante antigua, de esas enormes de dos plantas con ventanas demasiado pequeñas para ella. La parte de abajo la forman el comercio, una inmensa cocina y un baño completo, mientras arriba tienen la sala que nunca se usa, los dormitorios y un segundo cuarto de baño. Lo cierto es que, a pesar de que fui yo el primero que insistió para que alquilaran el local, quizá la opción que barajé primero de hacerles una habitación en la planta baja no hubiese estado mal. Esta casa les queda muy grande para los dos y, con los años, subir las escaleras no les va a resultar fácil. En fin, con el tiempo aún pueden ampliar hacia atrás, porque terreno es lo que les sobra, me digo un segundo después, considerando otras ideas que nadie me ha pedido.

Pensando en las alternativas para el futuro, frunzo el ceño ante cuatro gotas que noto sobre mi cara. Miro al cielo, confuso. El día está bastante claro, pero parece que comienza a llover. Joder, otra vez. Vaya primavera que llevamos. Al menos las temperaturas han subido unos grados y lo corroboro con la necesidad de arremangarme la camiseta que me he puesto esta mañana.

Ya con mis antebrazos al aire, saco del maletero el maletín con el taladro y todo lo necesario para colocar los accesorios en el baño, y me encamino a la puerta. Esta, como la gran cristalera casi hasta el suelo que hay a su derecha, continúa empapelada con ese papel marrón con la que protegimos los cristales durante la obra. Ahora supongo que lo que pretende Lidia es guardar el misterio de qué esconde en su interior. Porque mira que se las trae esa mujer con el tema. Ni siquiera dice qué va a vender en su tienda, y eso que más de una vez le he insinuado que la publicidad sobre ella, cuanto antes, mejor.

Con una sonrisa ante su tozudez, empujo la puerta al ver que solo está entornada. Y, sin haber aún puesto un pie en el local, arrugo la frente y entrecierro los ojos al percibir y reconocer la música que sale de su interior.

Joder. Amy Winehouse. Y no es que yo sea un fan de la desaparecida cantante, sino que esa música la he oído mucho en los dos últimos años. Era la que escuchaba Laura cuando trabajaba en sus proyectos. La ponía bajita en su móvil si se encontraba sentada en la cocina, con más volumen en su cuarto, y todavía puedo verla bailándola y recorriendo la pastelería de un lado a otro, en plena faena durante su remodelación. Jesús… Incluso reconozco la canción. Wake Up Alone. Una de sus preferidas. ¿Cómo puedo recordar algo así?

Sin embargo, aún parado en el mismo lugar, mi mente va por libre. Evoca aquella noche en la que me hizo un recorrido por la discografía de la gran Amy, como la llamaba ella. Noche en la que nos reímos de nuestra pronunciación del inglés y que rematamos follando al ritmo de Black to Black. Mierda, no. ¿A qué viene esto? Es absurdo, coño. Llevo meses sin permitirme pensar en ella, y ahí está, colándose sin permiso de nuevo. Cosa que hace mucho más a menudo de lo que me gustaría admitir.

Sacudiendo la cabeza ante mi estupidez, abro la puerta del todo y accedo al local.

Y entonces, sí. Entonces tengo que sacudirla de nuevo, porque, joder… O estoy alucinando, o la que está frente a mí, subida a una escalera, es la misma Laura. La que se entromete en mis pensamientos cuando menos me lo espero. La que prometió volver al pueblo y a la que yo no creí. A la que le debo una disculpa… o varias. La tía de mis hijas. Mi… Mi nada. O mi algo, ¿no? Porque también es la misma del polvazo que acabo de recordar.

Mierda. Dios…

Inhalo aire muy rápido y cierro los ojos un instante, sin poder creerme que esté aquí. Pero, al abrirlos, ahí sigue, con un pie en el penúltimo peldaño y otro en el último, usando un diminuto pincel para retocar con meticulosidad la línea superior, tratando de que el color rojo oscuro con el que ha pintado toda esa pared quede lo mejor posible contra el blanco del techo.

Al estar de espaldas a mí, me tomo mi tiempo en observarla a conciencia. Tampoco parece que pueda hacer otra cosa, petrificado en el mismo sitio como una puta estatua. Noto como el peso del maletín clava su asa en mi palma, pero no hago nada por soltarlo. Estoy atontado, comparando el color de la pared con su pelo, porque son bastante parecidos. Lo lleva recogido en un moño deshecho en lo alto de su cabeza, del que varios rizos caen sobre sus hombros y espalda. El peto vaquero que se ha puesto para la ocasión, corto de por sí y reducido a la mínima expresión después de haberle dado varias vueltas sobre sus muslos, está manchado de pintura y es holgado, pero la hace más tentadora de lo que recordaba.

Joder.

El peso que empezó a construirse en mi estómago al verla ha mutado en una gran bola que me llega a los pulmones. Mis oídos son presos de un zumbido extraño que parece aislarme de la realidad y las manos… Jesús, las manos… Me pican con las ganas de tocarla. ¿Qué cojones me está pasando?

«Despierta, tío. Habla, muévete. Haz algo, coño».

Eso. Tengo que moverme. Hablar. Colocar las puñeteras piezas en el baño, pero, por alguna razón que no alcanzo a comprender, no hago ninguna de esas cosas. Sigo ahí, anclado al suelo. Perplejo. Impactado. Esa, esa es la palabra. Impactado, joder.

Y, entonces, se gira.

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