Por nosotros
CAPITULO 29 » Chema
Página 92 de 113
Chema
No sé qué ha llamado su atención, porque juraría que no he hecho el más mínimo ruido. Quizá un coche al pasar por la calle, el aire que entra por la puerta, que sigue abierta de par en par. O mi respiración, algo más agitada de lo normal; ahora que me doy cuenta.
Sea lo que sea, me encuentro mirando sus ojos de nuevo. Tan tormentosos como siempre, tan tormentosos como ella.
Sus mejillas, algo coloradas debido al esfuerzo, adquieren de pronto su palidez característica, destacando las pecas que cubren su cara. Su nariz, respingona y tan perfecta, se arruga en un mohín que dura una milésima de segundo, mientras su boca, esa boca grande y preciosa, entreabierta al verme, se cierra, apretando sus carnosos labios uno contra el otro.
—¿Qué haces aquí? —rompe ella el silencio, entrecerrando los ojos y bajando la escalera con tanto ímpetu que esta se tambalea y yo doy un paso al frente para ir en su ayuda—. No.
Ella me frena con esa sola palabra, a la vez que se estabiliza y salta los dos últimos peldaños hasta el suelo. Y, maldita sea, no solo ha roto el silencio, sino que también me ha despertado de ese trance en el que caí al verla. ¿No? ¿Cómo que no? ¿Prefiere matarse a que yo la ayude?
—Solo pretendía echarte una mano —le digo, un poco molesto con su actitud.
Si es posible, ella entrecierra más sus ojos, convirtiéndolos en dos rendijas con las que me fulmina. Pone los brazos en jarras y hace una mueca llena de cinismo mientras niega con la cabeza.
¿Qué coño…? Mierda. No me digas que se ha tomado mi frase con segundas. Estará de broma, ¿no?
—¿Qué haces aquí, Rubio? —repite su pregunta, sin deponer esa pose arisca que me está poniendo de los nervios.
—Yo… He venido a… —Miro a mi alrededor, donde varias cajas se apoyan en las paredes de los extremos y pequeños muebles, todavía embalados, ocupan una esquina de esos metros cuadrados que logran no hacer del local un rectángulo perfecto. Y antes de darme cuenta, invierto los papeles—. ¿Qué haces tú aquí? Esto… Tú… ¿Tienes algo que ver?
Laura sonríe. Vaya, sonríe. Estira su boca y comienza incluso a reírse. Pero no es una risa alegre, sino burlona. Sarcástica, ronca, amarga…
—Me echaste de tu vida y de tu casa, Rubio, pero el pueblo sigue siendo también el mío, ¿sabes? Y sí, tengo mucho que ver en esto. Justo un cincuenta por ciento. ¿Algún problema?
—No, no, no, ningún… —Joder, parezco idiota, pero es que no puedo creerme que se haya quedado tan ancha después de soltarme algo como lo que ha dicho—. Y yo no te eché de…
—¿Ah, no? ¡Coño! Pues sí que tenemos conceptos distintos de lo sucedido. A veces no es necesario gritar algo para darlo a entender.
—Laura. —Me acerco a ella, consiguiendo que dé un paso atrás. Y al ver su gesto, las siguientes palabras salen solas—. Entiendo que estés enfadada. Yo no sé ni cómo pedirte perdón, pe…
—¡No! No quiero tus disculpas. Ni tus arrepentimientos. En realidad, no quiero nada de ti, ¿sabes?
Me quedo quieto, con las piernas separadas en un paso que no me decido a acabar de dar. Pero ¿qué le pasa? Sé que la última discusión se nos fue de las manos, a los dos. Quizá más a mí… Vale, puedo aceptar eso. Pero esto… es desproporcional, ¿no? Al fin y al cabo, vamos a tener que vernos, vamos a…
—¿Ni siquiera a mis hijas? —me encuentro diciendo. Y aunque odio la mirada horrorizada y dolida que me lanza al oírme, no puedo evitar sentirme un poco mejor. Joder, es que me está reduciendo al tamaño de una cucaracha, al tiempo que siento como una sensación de pesadez abarca mis extremidades.
Vulnerable. Así me hace sentir. Y no lo soporto.
—A mis sobrinas déjalas fuera de esto. Es patética esa manía tuya de nombrarlas cuando no sabes cómo defenderte, joder.
—Es que, en realidad, no sé por qué coño tengo que defenderme, Laura. Vale, fui un gilipollas. Un malnacido, un…
—Anormal, engreído, prepotente, cobarde, mentiroso, retrasado mental…
—¡Hostias, ya vale! —grito, levantando las manos en el aire—. ¿Cuántos años se supone que tenemos, joder? ¿No podemos hablar como adultos por una vez?
—¿Por una vez? —Ella se ríe de nuevo, alejándose un poco más de mí—. Creo que hicimos muchas cosas como adultos, Rubio. Muchas veces. Solo que ninguna de ellas valió la pena, porque te encargaste de matar cada recuerdo bonito aquel último día. Lástima no poder odiarte como mereces, así que al menos mantente lejos de mí. Tú. No tus hijas. Por ellas es por lo que estoy aquí y, esta vez, follar con su padre no entra en el paquete.
Ahora soy yo el que se aparta de ella, impresionado y apuñalado por sus palabras. En algún momento he dejado el maletín en el suelo, pero no me molesto en buscarlo, solo en llegar cuanto antes a la salida y acabar con esto. Me porté mal, de acuerdo, pero esto no me lo merezco. Quizá no las comprenda, más que nada porque tal vez nunca me expliqué muy bien, pero tenía mis razones para todo lo que hice. No fue por capricho ni por crueldad. Y, desde luego, lo que no voy a hacer es discutir sobre ello con alguien que se niega a razonar. Con alguien que, aquel último día, tampoco se quedó callada, precisamente.
Sin embargo, una vez ante la puerta, soy incapaz de cruzarla. Mil pensamientos atraviesan mi mente a una velocidad apabullante, mientras la rabia y muchas más emociones que no logro definir me llevan a cerrarla de un portazo, conmigo en el interior.
Me giro y la miro, decidido a no ser ese cobarde que huye, o que la hace huir. Por una vez, vamos a mantener una discusión hasta el final, sin dejar nada pendiente.
—Te crees poseedora de toda la verdad, ¿no? —digo sin pensar, solo guiado por el instinto y por todo lo que bulle en mi interior a muchos grados centígrados—. Desapareces el tiempo que te da la gana y vuelves con aires de reina sin ninguna culpa a tus espaldas. No, Laura, esto no funciona así. Acepto mi parte de culpa, desde luego. La tengo y mucha. Tanta que sé que un «perdón» es insuficiente para todo lo que hice. Pero tú no eres una santa, ¿eh? Estuviste conmigo en el ajo durante todo el tiempo, cuando comenzamos a desearnos y cuando dimos un paso más. Nunca te exigí más de lo que tú me dabas. ¡Nunca! E incluso seguiste ahí, por voluntad propia, después, cuando quise ponerle fin a… a algo que te hacía daño, joder. Porque si estabas enamorada de mí, tal y como…
—¿Si estaba? ¡Si estaba! Vete a la mierda, Rubio. De no haberte querido, no habría aguantado ni la cuarta parte. Ni siquiera habrías acabado en mi cama, joder. No vayas ahora de héroe cuando sabes que acabar con lo que teníamos no tuvo nada que ver con lo que yo podía o no sentir. ¡Y no! ¡Desde luego que no soy una santa! ¡Ni tampoco quiero serlo! Santa ya tuviste una, ¿no?
Hasta ella parece afectada cuando suelta su última frase. Da un paso atrás y se lleva una mano al pecho, respirando muy rápido.
—Dios, perdona. No debí decir eso. Lo siento —continúa atropelladamente—. Dios mío, me haces hasta insultar a mi hermana. No… No… Olvida lo que he dicho. Yo…
Comienza a andar deprisa hacia mí y sé con exactitud lo que pretende hacer. Lo mismo que yo hace unos segundos. Irse. Pero como yo no abandono mi puesto frente a la puerta, no le queda otra que acercarse mucho a mí para conseguirlo, así que la detengo sujetando sus dos brazos.
Lo que siento al tenerla tan cerca es superior a cualquier cosa vivida hasta ahora. Inexplicable. Una mezcla de sensaciones que me confunden. Se me seca la boca ante las ganas de besarla, de zarandearla, de cargármela al hombro y llevármela lejos de esta vida que nos tocó vivir. Pero también quiero seguir creyéndola en Oviedo, muy lejos de mí, para que mis emociones sigan a buen recaudo. Controladas.
Jesús… Todo esto es una puta locura…
Tardo unos segundos en ser capaz de centrarme y poder retomar el tema donde lo habíamos dejado o, al menos, hablar de nuevo, porque bien sabe Dios que no tengo ni idea de dónde estábamos.
—No te vayas —acierto a decir—. Tenemos que solucionar esto de una vez.
—¡Esto no tiene solución, Rubio! —grita iracunda.
—Joder… —Ahora sí que la sacudo, una sola vez, deteniéndome, perplejo, al ver a lo que he llegado—. No pretendo nombrar a las niñas para molestarte, pero tenemos que hacerlo por ellas, ¿o es que no lo ves? Me niego a que nos tratemos como un matrimonio divorciado que no puede ni verse, coño. Así que, si quieres formar parte de sus vidas, pon algo de tu parte, joder.
Ella ni pestañea, juraría que turbada. Se pasa la lengua por sus labios resecos y cierra un instante los ojos, ahogando un suspiro. Pero cuando vuelve a abrirlos, ha recubierto su expresión de tanta frialdad que soy yo el que tiene ganas de suspirar. Dirige la vista a sus brazos, donde mis manos siguen manteniéndola casi pegada a mí.
—Suéltame.
—Vale. Pero prométeme que no vas a salir por esa puerta en cuanto lo haga —le pido sin soltarla aún.
—¡¿A ti qué más te da?! —chilla, poniéndose incluso de puntillas para encararme mejor.
—¡Me da, joder! Me da porque me importas, ¿vale? ¡Me importas demasiado! Quizá si no lo hicieras tanto no habría reaccionado como reaccioné aquel día en el festival. O antes, cuando yo… cuando yo…
La suelto. La suelto con tanta premura que ella se tambalea. La suelto asustado de lo que estoy diciendo. La suelto porque lo siguiente era besarla hasta metérmela dentro, joder. ¡Dios! ¿Qué me hace esta mujer?
—¿Te importo? —susurra ella, mirándome incrédula, confundida, mientras yo doy dos pasos atrás, intentando borrar a base de distancia lo que he dicho. Supongo que no contesto lo deprisa que ella desea, porque repite su pregunta, esta vez más alto—. ¿Te importo? ¿Demasiado?
Carraspeo para aclarar algo más que la voz. Las ideas, que van por libre; los deseos, que rigen cada cosa que digo y hago. Me rasco la nuca, nervioso, hasta el extremo de hacerme daño y, cuando ella avanza hacia mí, me obligo a contestar.
—Claro que me importas. ¿Cómo coño no vas a importarme? Yo te aprecio, Laura. Desde siempre. Tú…
—¿Me aprecias? ¿Desde siempre? —reitera—. ¿Me aprecias?
—Sí, te aprecio. ¿Por qué me miras así? ¿Qué sucede?
Y es tan evidente el momento en que su confusión se transforma en furia que hasta resulta escalofriante.
—Sucede que apreciar se aprecia a los perros, Rubio. O a los gatos. O al vecino de enfrente. Mierda, me aprecia, dice —masculla, girándose y soltándole esa frase a la escalera.
No soy tan gilipollas para no saber qué ha pasado en estos últimos momentos. Cómo ha interpretado mis palabras, lo cobarde que he sido al negárselas, pero… Pero yo también estoy confuso. Mucho. Más que nunca. Siento como si nunca se hubiese ido y, al mismo tiempo, como si la viera por primera vez. O con otros ojos. Yo qué sé… Lo dicho. Estoy desconcertado. Exageradamente desconcertado. Porque había aceptado que ella no volvería a mi vida, que nunca tendría que enfrentarme de nuevo a los sentimientos que despertó en mí. Y que estos no parezcan haber cambiado, que aún sacudan mi mundo y mis convicciones… me está volviendo loco.
Suspiro y la miro con súplica.
—Laura, hagámoslo fácil, por favor. Por ellas y por nosotros. Seamos amigos y…
—¿Amigos? —Me mira, furibunda—. Nosotros no podemos ser amigos. Nunca hemos sido amigos, ¿es que no te das cuenta?
—Sí que lo fuimos. ¿Por qué dices que…?
—¡Joder, joder, joder! —Alza las manos y mira al techo, buscando ayuda en él, al parecer. La única que se me ocurre, estúpidamente, que pueda brindarle es que se desplome sobre mí, a ver si así soy capaz de poner algo de orden en este cerebro mío, o quedarme tonto de por vida. Porque, Jesús, sé casi con exactitud lo que va a soltar ahora por esa boca—. ¡No fuimos amigos, Rubio! ¡Nunca! Cuñados, compañeros de piso, la tentación el uno para el otro, sí. Y luego amantes, también. Pero amigos… no, Rubio. Ni tampoco podemos serlo. Y lo sabes.
Con tremenda exactitud. Joder. Pero, como debo de ser el único hombre que tropieza una y otra vez en la misma piedra, como no encuentro otra solución, insisto.
—Podemos intentarlo, Laura. No puede ser tan difícil. Nos caemos bien y…
Un suspiro intenso interrumpe mis palabras. Su mirada, desolada, agotada, dolida, acaba con mis últimas neuronas.
—Sí, nos caemos bien —murmura con la voz enronquecida y los ojos tan brillantes que parecen estrellas—. Eso, cuando no queremos matarnos. O besarnos hasta morir, Rubio. Como hace un momento. Dime que no querías hacerlo. Dime que no te mueres por tenerme entre tus brazos. No solo yo puedo haber notado esa conexión animal que sigue habiendo entre nosotros. No solo yo…
—Jesús… Laura —susurro, expulsando el aire demasiado deprisa.
Ella se echa a reír sin humor alguno y se muerde el labio inferior, escondiéndolo casi entero dentro de su boca.
—¡Por Dios! Esto todo es absurdo —exclama negando con la cabeza—. Me prometí sentir solo indiferencia hacia ti. ¿Cuánto me ha durado la promesa? ¿Cuánto? ¿Cinco segundos? ¿Diez? Soy penosa, Rubio, penosa. Pero tú eres peor, porque, además de tan penoso como yo, también eres un cobarde y un hipócrita.
—Joder, Laura. No sé… No sé qué quieres que te diga. Qué quieres que haga. Yo… Yo… —Me aprieto las sienes, recordando sus insultos, tan acertados, y, resignado, dejo caer los brazos apretando los puños—. Sí, también lo sentí, ¿contenta? Pero eso no… Eso…
—Ya, ya sé. Ahórrame tus traumas, ¿de acuerdo? Estoy hasta el puto moño de ellos. De hecho, te repito que no quiero nada de ti. Lo que te acabo de decir solo es el motivo por el que no podemos ser amigos, no que quiera volver de alguna manera a retomar lo que un día tuvimos. No me llega, ¿sabes? No me llena, no me hace feliz… Y te juro, te lo juro por mis sobrinas, que son lo que más quiero en este mundo, que no voy a permitirte que me vuelvas a convertir en una amargada infeliz.
Abro la boca, pero la cierro. ¿Qué coño le contesto yo a eso? Tanta sinceridad me desborda. No puedo con ella. Sin embargo, el orgullo hace otro intento, por lo que mi boca se abre otra vez.
—Hola, chicos. ¿Qué tal? ¡Dios mío, la de gente que había en el banco! Oh, Laura, esa pared ha quedado preciosa. ¿Te has dado cuenta de que es casi del color de tu pelo? ¡Vaya! ¡Increíble! ¿Y qué, Rubio, tú ya…?
—Él ya se iba —le dice Laura a una jovial Lidia, que ha interrumpido con su llegada, entusiasta y alegre, lo que fuese que yo iba a decir.
—Ah, ¿ya están colocados…?
—No, en realidad, no me voy. Todavía no he empezado, Lidia. Nos entretuvimos charlando.
Laura me aniquila con su mirada, a lo que, por una razón que se me escapa, yo correspondo con una sonrisa. Una triste, pero sonrisa al fin y al cabo. Será que le he ganado en algo. O que, joder, ¡cómo echaba de menos ese carácter!
—Claro, normal. Supongo que teníais mucho que contaros, ¿no?
Ahora la mirada fulminante es para Lidia, aunque ella parece no darse ni cuenta.
—Sí, mucho. Y todavía no hemos terminado.
Laura me mira de nuevo a mí.
Y esta vez no sonrío. Porque mi frase no ha podido ser más certera. No, nosotros aún no hemos terminado.