Por nosotros
CAPITULO 29 » Laura
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Laura
Chema se mete en el baño con sus herramientas para hacer lo que sea que Lidia le ha pedido. Yo me acerco a la escalera para continuar con lo que estaba haciendo, pero, con un pie en el primer peldaño, cambio de idea. Rematar la pared para que quede una línea lo más perfecta posible es un trabajo que requiere paciencia, y de esa, ahora mismo, ando más bien escasa. Por no decir que la he perdido absolutamente toda, joder. Cierro la escalera con ademanes bruscos y la llevo a un pequeñísimo cuarto que hay al lado del aseo, destinado a guardar este tipo de cosas. Sé que abro la puerta con demasiada fuerza, de la misma manera que la meto dentro y vuelvo a cerrarla. Así que, cuando me pongo con las cajas, me obligo a relajarme un poco, más que nada para no cargarme los pequeños y delicados artículos que hay en ellas.
—¿Qué haces, cielo? Hasta la semana que viene, con un poco de suerte, no llegan las estanterías para colocarlos.
—Lo sé —rumio por lo bajo—. Solo quiero ponerles el precio.
—Ah, claro. ¡Qué tonta! Eso sí que podemos hacerlo. Espera, que busco los albaranes.
Concentrarme en desembalar, buscar el dichoso objeto en la interminable hoja, calcular el porcentaje de ganancia y marcarle el precio no consigue serenarme demasiado, pero al menos me mantiene ocupada, para que mi mente no se torture con lo sucedido. Y, ante todo, para que ignore al hombre que sigue en el baño todavía.
Sé que Lidia suelta alguna que otra frase entre medias, supongo que como cualquier persona que tenga a otro ser humano al lado, pero ni siquiera intento entenderlas o hacer que la escucho. Creo que mis «mmm» y mis «ajás» la han hecho decantarse por mantener la boca cerrada, cosa que agradezco.
Joder. Menudo primer día de trabajo. ¡Indiferencia, dije! ¡Pero qué ingenua soy a veces, coño!
A ese chico lo descuartizaría. O lo atropellaría con el coche. Lo besaría. O me lo follaría sobre esta preciosa tarima que Lidia ha elegido para el suelo. Pero lo que es la indiferencia… es imposible con él. Algo tan inconcebible como que amanezca rubia y sin pecas.
No sé cuánto tiempo después, pues estoy y no estoy ahí presente, Chema se despide de nosotras.
—Bueno, eso ya está. Cualquier otra cosa me avisáis, ¿vale?
«Eso será cuando las vacas vuelen, Rubito».
—Sí, claro, cielo —le contesta Lidia, todo sonrisas—. Muchísimas gracias.
—Nada, por favor. Las niñas… Te encargas tú hoy, ¿no?
—Sí, des…
—A las niñas voy yo a recogerlas al cole —les digo a ambos, que parecen idiotas, joder. La una, por no pensar en la ilusión que me hace y él… Él, porque lo es y punto.
Por si mi tono no fuese lo suficientemente concluyente, acompaño este con una mirada desafiante hacia Chema, que, como me ponga problemas, se niegue o diga algo que no me guste, se va a enterar.
—Ah, perfecto, Laura. Les va a encantar verte. Hablamos a la tarde, entonces, cuando venga a por ellas. ¿Te las recojo aquí o en casa de tu padre?
Mierda. ¿Por qué coño me lo pone tan fácil?
«Dios, no hay quién te entienda, bonita».
—No sé. Búscanos.
Él arquea sus cejas, pero no dice nada al respecto. Solo esboza una media sonrisa que me saca de quicio y se encoge de hombros antes de desaparecer por la puerta.
—Eh… ¿Qué sucede? ¿Por qué le hablas así? —me interroga Lidia en cuanto nos quedamos a solas.
—No preguntes, Lidia, no preguntes —le espeto, volviendo a meter mis manos en la caja.
Y solo cuando acabo con ella, me permito sacar un cigarrillo del bolso y salir a la calle a fumármelo. A ver si, además de ennegrecer mis pulmones, la nicotina me calma un poco.
Apoyada en la puerta, lo enciendo y observo el cielo. Varias nubes se desplazan con suavidad, dejando tras de sí una lluvia tan fina y delicada que el sol, ganando la batalla, se encarga de secarla casi en cuanto toca el suelo.
Levanto mi cara hacia ella, mientras expulso el humo de mi primera calada. Algunas gotas caen sobre mis mejillas y me provocan cosquillas. Pero ni siquiera sonrío. Al notarlas deslizarse sobre mi cara, me recuerdan tanto a las miles de lágrimas derramadas desde que me enamoré de él que solo logran entristecerme.
Exhalo mucho aire y vuelvo a meterme el pitillo en la boca. Joder. No quiero estar triste. Me niego a estarlo. Dentro de unas horas veré a mis pequeñas, y maldita sea si van a verme de otra forma que no sea alegre y con la sonrisa más grande del mundo.
Puestos a elegir, prefiero la rabia. Esa que me poseyó ahí dentro, en cuanto vi a Chema. Bueno, eso después de sufrir una impresión tan grande que no sé cómo no caí redonda desde la escalera.
Es que, Dios, todo seguía ahí. Ese amor que yo creía haber escondido bajo capas de hielo, ese que pensé medio moribundo después de tanto llanto y decepción. Seguía ahí, más fuerte que nunca. Mi corazón quería salírseme del pecho y posarse a sus pies, mientras mi piel gritaba por él. Por eso la furia, el alejarlo, mi actitud despectiva, casi violenta.
Y cuando me tocó… Ay, mamá. Su tacto me quemó. Su cercanía me aturulló. Y sus ojos… Sus ojos, con las pupilas algo dilatadas y hambrientos, eran, con seguridad, el reflejo de los míos; me aclamaban que él padecía exactamente lo mismo.
Fui incapaz de callarme nada de lo que sentía. A estas alturas, poco me importa que sepa que aún lo quiero. No me siento orgullosa de este amor, ni pienso declararlo a los cuatro vientos, pero negarlo ante él, después de mi confesión, es absurdo. Al menos me queda que soy lo suficientemente valiente como para no retractarme de lo que le dije antes de irme y, por lo visto, también para admitir mi deseo.
Joder. Pequé de sincera, lo sé. Es que ni pensé. Y mi parte cobarde quizá se arrepiente, pero esta nueva Laura, no. Esta sabe que puede ganarle al dolor, al rechazo, porque ya lo ha hecho una vez. Esta está solidificada. Y ese es un buen ejemplo, ya que, cuando me pongo poética, siempre comparo mi amor por Chema con un volcán. Un volcán dormido, latente… que, en plena erupción, arrasó con todo a su paso. Pero yo salí de debajo de la lava, quemada y herida, pero más resistente, más fuerte. Solidificada, sí. Y lo que tengo claro es que, si la indiferencia no funciona, sí sé que no voy a admitir la mínima hipocresía entre los dos. Eso sí que no. Eso se lo dejo a él, que se le da muchísimo mejor.
***
—¿Tía? ¿Tía Laura? ¡Tía Laura!
La primera en salir de clase es Marta, que me mira con los ojos muy abiertos, alucinada, antes de tirarse a mis brazos de una manera que por poco nos vamos las dos al suelo. Eso provoca nuestras carcajadas mientras no nos llegan las manos para abrazarnos, ni los labios para besarnos.
—¡Estás aquí! ¡Estás aquí!
—Sí, cariño. Para siempre.
—¿Para siempre? —pregunta con una ligera sospecha, apartándose unos centímetros y entrecerrando los ojos.
—Sí, cariño. Te lo prometo. No te voy a decir que a lo mejor no desaparezca unos días para visitar a mis amigos en Oviedo, pero serán pocos y regresaré. Siempre regresaré. Porque ¿sabes? Después de comer te voy a llevar a un sitio que, como vosotras, me va a mantener atada a este pueblo, espero que para siempre.
—¡¡Mina!! ¡¡Mina!! —los gritos de Llara, mientras corre hacia nosotras, hacen voltear más de una cabeza.
Me importa un comino. Me pongo de cuclillas en el suelo con los brazos abiertos, esperando con ansia que se lance a ellos.
—Hola, princesa.
—Ho… Hola, Mina —balbucea ella llorando a moco tendido, con la cabeza escondida en mi cuello—. Vol… Volviste. Volviste… No te vayas más. No… Te quiero, Mina. Te quiero mucho.
—Lo sé, tomatito —susurro, tragándome las lágrimas que suben por mi garganta y ya humedecen mis ojos—. Y yo a ti. A vosotras. Mucho. Muchísimo.
—Me has llamado tomatito —se extraña mientras limpia sus mejillas, apartándose apenas de mí—. Como mamá.
—Sí, lo sé. —Y ahora ya río y lloro, todo al mismo tiempo. Qué más da. Estoy tan feliz, joder…—. ¿Te gusta? ¿Te gusta que te llame así?
—Sí, me gusta. Me encanta. Pero tú nunca… Tú…
—Yo no lo hacía porque me parecía algo muy vuestro, ¿sabes? Tuyo y de tu mamá. Pero también creo que es una pena que algo que te arranca una sonrisa quede en el olvido, así que si te gusta…
—Sí, puedes llamarte tomatito cuando quieras, Mina.
—¿Yo también, Llara? —pregunta Marta, mirándola con un pelín de burla.
La pequeña observa a su hermana durante un ratito y niega con la cabeza.
—No, tú no. Solo Mina.
—No sé por qué, pero sabía que dirías eso —expone la mayor con retintín.
Y yo rompo a reír, abrazándolas a la vez. Dios, las adoro. ¡Cómo las adoro!
***
—Y aquí es donde vamos a trabajar. La abuela Lidia y yo. ¿Qué os parece? —pregunto, con la ilusión desbordando por cada uno de mis poros después de casi arrastrarlas hasta ahí al terminar de comer en casa de mi padre.
—Es bonito. Pero… no entiendo —dice Llara, mirando a su alrededor—. Esta es la casa de los otros abuelos. Aquí estaba la ferretería.
—Pero la cerraron, Llara. ¿No lo recuerdas? Ya te lo explicamos en su momento. Los abuelos ya no van a trabajar más, porque son muy viejos y…
—Marta, no los llames viejos. Eso es muy feo —le digo entre risas.
—Bueno, lo que sea. Que ya no trabajan más. Así que ahora le han dejado el local a la tía para que…
—Me lo han alquilado —explico. Las cositas claras… Que luego ya estoy oyendo rumores por el pueblo de que me han prestado el local, algo más tarde de que me lo han regalado y, en cuanto me descuido, me han montado el negocio, vamos.
—¿Qué es eso?
—Pues verás, Llara. Yo les pago un dinero al mes para poder usarlo, y así, todos contentos.
—O eso espero.
¡Ay, la Virgen! Lo que me faltaba hoy.
—Hola, Adela. ¿Qué es lo que esperas?
—Que todos estemos contentos —responde ella, seria, pidiéndoles un beso a las niñas inclinándose un poco y poniendo su mejilla—. ¿Qué tal, criaturas? ¿Qué tal el cole?
—Bien, abuela. Como siempre.
—Bien, pero lo mejor fue ver a Mina al salir —se explaya Llara con una inmensa sonrisa, en cuanto cumple con el requisito requerido—. Y se va a quedar, abuela. Para siempre. Mira, ¿a que ahora está mucho más bonito que cuando era la ferretería?
Disimulo una sonrisa ante su manera de saltar de un tema a otro y, sobre todo, ante la cara que ha puesto Adela. Con el ceño, la nariz y la boca fruncidos, le echa un vistazo al local.
—Bueno, sí. Está bien —se digna contestar un rato después—. Pero ¿qué se supone que vais a vender aquí, Laura? Porque me imagino que esto es más cosa tuya que de Lidia, ¿o estoy equivocada?
—En realidad, sí, lo estás. —Y ni me molesto en tratarla de usted—. La idea fue toda suya. Aunque, claro, tratándose de una tienda de decoración, podríamos decir que ha dado en el clavo al proponerme ser su socia, ¿no te parece?
—Vaya, cuánta complicidad, ¿no? Normalmente nadie se lleva tan bien con la novia de su padre.
—Pues ya ves —rumio con los dientes muy apretados.
—Es que la abuela Lidia es una madrastra buena —aclara Marta mirando a su abuela—. ¿Por qué no se iban a llevar bien?
—Sí, eso. ¿Por qué? —Y esto únicamente lo digo por chinchar.
—Oh, por nada. Por el amor de Dios, era solo por decir algo. ¿Así que de decoración?
—Sí, abuela. Va a poner bonitas las casas de todo el pueblo —se emociona Llara—. ¿Verdad, Mina? ¿Verdad?
—Bueno, voy a ayudar en lo que me dejen, princesa.
—Te va a ir bien. No tengo ninguna duda. Así pagarás el alquiler religiosamente y, si me prometes no poner música demasiado alta, no tendremos ningún problema.
—Desde luego que no lo vamos a tener —contesto, todavía algo asombrada ante su primera frase, mucho más que ante las siguientes, lo que resulta una verdadera lástima—. Vamos a pagar hasta el último euro y tú vas a ser una casera ejemplar, ¿verdad? No vas a meterte en lo que no te importa y, ya sabes, así, todos contentos.
Ella me observa con mucha atención durante un largo minuto. Menea la cabeza y frunce la boca antes de dirigirse a las niñas.
—Marta, Llara, ¿por qué no vais a casa y le decís al abuelo que lo estoy esperando para dar nuestro paseo?
—Vale, abuela.
En cuanto las niñas salen por la puerta, se cerciora de que el moño apretado que lleva siga en su lugar y se ajusta la rebeca al cuerpo.
—Entiendo que te resulte sumamente difícil mostrar un poco de respeto a tus mayores, pero te agradecería que, por el bien de tu negocio, aprendieras a morderte un poco la lengua, Laura —dice, modulando su voz de tal manera que podría estar subida a un púlpito.
—¿Como haces tú? —Y no, va a ser que a mí lo de morderme la lengua no se me da bien.
—Yo… —Entrecierra un poco sus ojos y menea la cabeza antes de comenzar a recorrer el local en cortos pasos. Después de darle una vuelta entera, se planta delante de mí y se sujeta la chaqueta contra el pecho—. Yo quiero que te vaya bien, Laura. Las dos sabemos que eres demasiado alocada y deslenguada para mi gusto, pero no te deseo ningún mal. Todo lo contrario. Quiero que puedas vivir de esto y que nunca tengas que volver a dejar el pueblo.
Abro mucho los ojos, sorprendida ante ese deseo suyo. Pero todavía no ha acabado.
—Nunca creí que diría esto, pero las niñas te necesitan aquí, con ellas. Llegué a pensar que no regresarías, pero me has sorprendido. Para bien. No solo lo has hecho, sino que has montado tu propio negocio y, supongo, volverás a vivir con tu padre, así que yo quiero lo…
—No voy a vivir con mi padre. —Y sí, eso es lo único que se me ocurre decir. Porque tanto elogio me ha dejado alucinada.
—¿No vas a vivir con tu padre? —Ahora es ella la que abre los ojos como platos—. No me digas que mi hijo te ha propuesto irte al piso con ellos otra vez. Por Dios, no me lo digas. Ahora no habría rumores, ahora afirmarías que hay algo entre…
—Oh, por favor, Adela. Cálmate, que te va a dar un telele. Me voy a vivir sola.
—Ay. —Se lleva la mano al pecho y suspira—. No es lo ideal para una chica soltera, pero infinitamente mejor que lo que hiciste antes. Cada uno en su casa y Dios en la de todos, muchacha. Así es como tiene que ser.
—Y así es como será. No te preocupes que, por mi parte, la reputación de tu hijo no se verá afectada —ironizo.
—No lo entiendes, ¿verdad? —Ladea la cabeza y compone una mueca ¿tierna? Joder, ahora estoy delirando—. La reputación de Chema era lo que menos me preocupaba. Él es un hombre, Laura. Y, en el fondo, todo el pueblo sabe que, después de haber estado con Clara, no habría podido fijarse en ti. No para lo importante, al menos. Supongo que sabes a qué me refiero. Los hombres son muy básicos y, bueno, no le hacen ascos a…
Ella misma se interrumpe, supongo que sin querer nombrar algo tan grotesco como debe de ser el sexo para ella. Aunque lo cierto es que podría haber hecho el gesto más grosero del mundo que yo ya ni parpadearía, no después de lo que ha dicho.
Después de estar con Clara, yo… ¿Qué?
«Pues va a ser que eres muy poca cosa, bonita».
La madre que parió a la vieja esta.
—¿O sea que puede follarme pero no quererme? ¿Es eso lo que estás diciendo?
Adela da dos pasos atrás, tan pálida que lo del telele aún va a ser verdad.
—¡Por el amor de Dios! ¡Virgen Santísima del Pilar! ¿Cómo puedes decir semejante vulgaridad?
—Bueno, lo has dicho tú primero. Con más finura, pero lo has dicho, ¿no? Que al lado de Clara, yo soy poco más que un trapo al que tener en cuenta, pero, bueno, para chingar valgo, porque los hombres son muy básicos y eso. ¿O te he malinterpretado, Adela?
—Ay, Santo Cielo. Contigo no se puede hablar. En ningún momento he insinuado algo parecido. Me refería a que sois tan distintas como la noche y el día, y a que… a que los hombres…
—¿Qué pasa con los hombres, Adela? —pregunta José María, entrando por la puerta con un gran bastón de madera en la mano y las niñas corriendo tras él.
—Que… que… que tenéis vuestras necesidades —susurra bajito, echándoles miradas furtivas a las niñas—. Eso trataba de explicarle a Laura.
Él arquea sus cejas y suelta un resoplido al esconder una carcajada.
—Por Dios, y ¿cómo habéis llegado a ese tema?
—Pues… Pues…
A pesar de todo, me relamo al verla tan apurada. Lo de verme envuelta en situaciones surrealistas es lo mío, joder.
—Creo que ha sido porque le he dicho que me voy a vivir sola —digo yo.
—Ah, pues muy bien, Laura. —José María se acerca a mí y me planta un beso en la mejilla—. Es un placer verte de nuevo y tan bien, muchacha. Aunque yo ya me olía que este negocio no era solo cosa de Lidia, y eso que ni leí el contrato de alquiler.
Me guiña un ojo y coge una mano de su mujer para entrelazarla en su brazo.
—Vamos, Adela. Que yo también tengo mis necesidades. Dar el paseo después de comer y luego irme a jugar una partida al pádel, que he quedado.
—¿Al pádel, José María? —pregunto, sorprendida.
—Sí, Laura. Ya ves. Alonso se ha construido una pista fabulosa y me ha reclutado. Y ¿sabes lo mejor? Que me encanta.
Aunque las palabras de Adela me han tocado y hundido, me encuentro sonriendo con sinceridad. Este hombre sí que me encanta a mí.