Por nosotros
EPÍLOGO » Marta
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Marta
«Dejar atrás para seguir adelante.
Perder para ganar, perdonar para vivir.
Pero recordar siempre. Las risas. Las lágrimas.
Las culpables de cada surco que arrugará tu rostro.
Esa es la vida. Mágica, desconcertante.
Eterna. Aunque tú ya no estés en ella».
A pesar de que no soy mucho de sensiblerías, tengo que reconocer que un escalofrío recorre mi cuerpo en cuanto leo esas líneas. La sinopsis de la novela que tengo en mis manos. Esa vida que no te pertenece, de Diana Figueroa.
Sacudiendo la cabeza y reprendiéndome por semejante tontería, coloco el libro sobre el montón de ellos, iguales, que hay encima de la mesa y me giro para mirar hacia la cola formada para que la autora firme sus ejemplares. ¡Joder, es inmensa!
Resignada, me encojo de hombros, porque no me quedará otra que esperar si quiero conseguir un autógrafo, pero malditas las ganas que tengo de hacerlo. Si no fuese porque a Llara le fascinan sus novelas, y si la mala suerte no hubiese hecho que justo hoy se encontrase aquí… Sí, mala suerte. Porque si la famosa Diana no estuviese ahí sentada, yo no me sentiría culpable por regalarle la novela sin su firma. De hecho, si no se lo digo, Llara nunca se enterará y se alegrará igualmente al ver el libro que quería por Navidad.
Bufo, sabiendo que no voy a hacer tal cosa. Porque ahora es tarde, ahora yo sé que puedo hacerlo todavía mejor. Que puedo, además de sacarle una sonrisa, arrancarle un grito de júbilo cuando vea que lleva una dedicatoria para ella del puño y letra de su escritora favorita. Alguien a quien busco con la vista por simple curiosidad. Y a la que encuentro observándome de una forma un tanto… vehemente.
Le aguanto la mirada, porque, sin saber muy bien por qué, tampoco soy capaz de retirarla. Extraña… Esa es la palabra exacta para describir cómo me siento. Estoy segurísima de que es la primera vez que la veo, pero… Pero también es verdad que me resulta familiar, conocida…
Es más joven que yo. No sé cuánto más, pero indiscutiblemente más joven. Su pelo es de un color muy similar al mío, rubio oscuro, y lo lleva cortado a la altura de los hombros con la raya al medio. Tiene los ojos azules y un rostro de belleza serena. Vamos, que es guapa pero no llamativa, sino, más bien, científica y armoniosamente perfecta. Sin embargo, también tiene ese algo más, aunque no sé decir qué.
Vaya, estoy desvariando. Seguro que lo que sucede es que se parece a alguien que ahora mismo no recuerdo. O quizá haya visto su foto en algún sitio. Sí, será eso. Ya me acordaré. Desde luego que lo haré.
Y aprovechando que es ella la que retira sus ojos de los míos para dirigirlos al chico que está a su lado, me giro con ímpetu y siento mi trenza rebotar sobre mi espalda. Me prometo volver más tarde, a ver si la fila ha menguado un poco. Que va a tener razón Llara y sus libros son increíbles, porque, si no, no me explico tal cantidad de gente esperando por un minuto de su tiempo.
Aunque, ahora, después de leer la sinopsis, sí entiendo por qué a Llara le gusta tanto. Supongo que sus novelas son emotivas y sentimentales, tanto como lo es mi hermana. Incluso creo que pecan de espirituales y contemplativas, como también lo hace Llara. Mística, así nos ha salido la niña. Tan diferente a mí que hasta tiene su gracia.
Famosos son nuestros debates con Clara, nuestra hermana pequeña, en el papel de testigo y, en ocasiones, moderadora. Y menos mal que, pese a ser la más pequeña, tiene tanto carácter como las dos juntas y nos hace frenar, porque sí, se nos ha ido de las manos alguna vez. Llara es tan… espiritual. Y yo tengo los pies tan clavados en la tierra que nuestros contrastes no pueden dejar de ser excesivos.
Como dice su marido, en lo único que nos parecemos es en que ninguna de las dos cede nunca un mínimo su postura. Y eso que Llara es mucho más dulce y pacífica que yo, pero no se achanta a la hora de defender sus ideas. Unas que siempre tuvo muy claras. Como ser maestra en el colegio en el que ella estudió, cosa que consiguió. O conquistar a ese senderista malagueño que llegó un verano a El Pilar buscando rutas distintas y que se enamoró de las dos. De la localidad y de Llara. Solo les llevó tres meses enamorarse, casarse y concebir su primer niño. Y ya tienen tres. Aunque a ninguno de nosotros nos sorprendería el anuncio de otro embarazo un día de estos.
En fin… Que no podemos ser más distintas, en serio. Pero eso no impide que nos queramos. Y muchísimo. Yo la adoro con todo mi cerebro… Sonrío para mí al pensar que oírme decir algo así ya sería motivo de otra discusión. Ella dice quererme con todo el corazón, con toda su alma… Y eso son tonterías. Es en el cerebro donde se construyen y se guardan los afectos, pero no hay manera de hacérselo entender.
En realidad, da igual. Lo que importa es el amor que nos tenemos. Todos. Mi familia es maravillosa, tierna, cariñosa, zalamera… De esas que hasta resultan empalagosas. En ese aspecto, soy un poco la oveja negra, pero también sé que eso les causa más diversión que pesar. Como siempre comenta la pequeñaja de casa, somos una piña, y yo la dureza de su interior. Esa parte que la mayoría de la gente aparta a un lado y que a mí, y no es por fastidiar, me encanta.
La pequeñaja… Otra que, si me oye, se me rebela.
«Que ya tengo casi veinte», me diría, muy resuelta. Y tiene razón. Pero para mí Clara siempre será la niñita, el bebé que desesperó a mamá con sus llantos hasta que cumplió casi los dos años. Recuerdo aquella época con una mezcla de ternura y desesperación. A mi padre consolando a mi madre, en vez de a la niña. A mi madre diciéndole a mi padre que la próxima vez que sintiera deseos de aumentar la familia adoptarían a alguien ya crecidito. Los suspiros de alivio cuando lograban dormirla. Las risas cuando el cansancio nos superaba. Los turnos entre todos para concederles a mis padres unas pocas horas a solas, que se las merecían.
Paseando por los pasillos de la sección de deportes, busco algo para Clara, alias pequeñaja, alias la deportista de casa, que por algo se decidió a estudiar INEF, y me recreo pensando que lo de mis padres tampoco es muy normal.
Ahora incluso me atrevo a burlarme un poco de ellos. Eso, cuando no me los quedo mirando con orgullo, pero cuando era una adolescente… Uy, ahí pasaba hasta vergüenza. Creo que ni se dan cuenta de lo sobones que son el uno con el otro. Son incapaces de estar juntos en el mismo cuarto sin tocarse. Y también supongo que no son conscientes de las calientes miradas que se lanzan sin venir a cuento, o de que ella ha hecho del regazo de él el mejor sillón. Y lo mejor, sin duda, o lo peor, según se mire, es lo de la manita de mi padre, que se pasa más tiempo sobre las nalgas de su mujer que en otro lugar. Es tenerla cerca y ahí está, con la manaza plantada en su culo, por favor.
Así el primer novio que les presenté les pareció alguien frío. Quizá porque sí lo era, en realidad. Pero también porque los contemplaba incrédulo, incluso abochornado… Y eso que ya lo llevé avisado.
—Lo de tus padres es química. Brutal y absoluta.
Esa fue la frase de mi marido cuando los conoció. Y si lo dice él, que es catedrático de eso mismo, pues voy yo y me lo creo, claro.
Sobre todo porque nosotros también tenemos la nuestra. Quizá no la exteriorizamos como mis padres, pero seguro que la disfrutamos por igual.
Saco la tarjeta para pagar la pala de pádel por la que Clara suspira y me cruzo de brazos mientras me la empaquetan para regalo, pensando en que creo que ya lo tengo todo.
Juguetes para los niños, una brújula antigua para mi cuñado, la noche en un hotel spa para mis padres… Bueno, las dos noches. Que, cuando Llara se enteró, la idea le pareció tan buena que no tardó en ampliarla a otra. Y después de hablar con Sofi y su hermana, Iván, Hugo y los mellizos, ni siquiera irán solos, pues todos ellos también reservaron en el mismo hotel y en las mismas fechas para sus padres. Y lo que venía siendo una noche romántica, lo convertimos en un fin de semanas de amigos. Algo que creo, y no me equivoco, les hará todavía más ilusión, pues la relación entre esos ocho sigue siendo absolutamente envidiable.
En fin, a lo que iba. Los regalos… Ya he comprado los de mis amigos, los de mis abuelos y…
Oh, joder… Me falta todavía el de mi abuela. ¡Leches! Siempre la dejo para el final porque no sé qué narices comprarle y por poco este año se me olvida. Pero es que ese sí que es difícil… ¿Qué le regalo a mi abuela Adela? ¿Qué?
Porque esta mujer lo que es fácil… pues no es. Le lleve lo que le lleve, seguro que tiene algo que decir. Y no será bueno. Luego esconderá una sonrisa agradecida y lo usará, pero, en principio, tenemos que oírla. Todos.
Si yo soy la dureza de la piña, ella es la corteza, con cada uno de esos pinchitos que sobresalen.
Es un placer casi morboso verla interactuar con mi madre. Parecen el perro y el gato, pero, en el fondo y después de tantos años, se profesan un cariño mutuo que ninguna demuestra ni admite. Al menos, no delante de la otra.
Recuerdo una ocasión en especial, cuando yo tenía catorce años, en la que mi madre estuvo cuidándola durante más de una semana debido a una neumonía que la postró en la cama. Todos nos cansamos de oír sus protestas y alguna que otra discusión, porque mamá tampoco es de las que se callan, precisamente. Pero una tarde en la que yo hacía los deberes en el mismo cuarto, observé algo muy curioso. Mi madre subió a llevarle la merienda, la incorporó, la ayudó a tomársela y luego la arropó con la manta antes de darle un beso en la mejilla.
—Oh, por Dios, tanto beso y tanto beso —masculló mi abuela en cuanto mamá salió por la puerta, ignorando el comentario. Pero fue perderla de vista y la misma, esa señora fría y déspota, sonrió con cariño y se llevó la mano a la cara, al lugar justo que había sido besado.
—Abuela, ¿por qué tratas tan mal a mamá si…?
—No es tu madre, Marta. Estoy cansada de repetírtelo, es tu tía.
—Ya, ya sé —contesté, también harta de oírle la dichosa frase. Sí, biológicamente era mi tía, pero desde que papá nos había dado permiso, hacía ya muchos años, llamarla mamá era nuestra manera de demostrarle que no la queríamos menos por no serlo de verdad—. Pero ahora no estamos hablando de eso. ¿Por qué te comportas así? Tú la quieres… No entiendo ese empeño en demostrarle que no.
—Claro que la quiero. ¡Qué tontería! Es solo costumbre, niña, tú no lo entiendes. A la gente no puedes darle todo hecho, tienen que ganárselo.
—¿Y crees que mamá no se lo ha ganado?
—Oh, sí, Laura tiene el cielo ganado, criatura. Pero no se te ocurra decírselo. Flaco favor harías subiendo más esas ínfulas que se gasta. —Arrugó el ceño y frunció la boca, pensativa, antes de continuar—. Y el día que aprenda a vestirse como Dios manda…
Resoplé. Por su conducta. Por sus palabras, que ni comprendía ni compartía. Y volví a resoplar. Porque aguantarla era complicado, muy complicado. Sí, de existir el cielo ese en el que cree la mayoría de la gente, con su Dios y sus almas, cosa que no sucede, mi madre se lo tendría ganado, sí.
Al final me decido a comprarle una chaqueta. Siempre se está quejando de que tiene frío, así que resulta bastante apropiada. Y la acompaño con un broche de azabache que veo al pasar por la zona de joyería. Este dejaré que sea Sergio el que se lo dé. A los dos les harán chiribitas los ojos. A mi abuela, porque flaquea ante cada uno de sus bisnietos. Y a mi pequeño, porque ha salido a mi verdadera madre y es tan dulce y bueno… Lo suyo es hacer feliz a la gente.
A su padre y a mí nos tiene enamorados. Ese ser diminuto de solo tres añitos es capaz de convertir a dos inteligentes licenciados en un cúmulo de babas y sonrisas. Quién me lo iba a decir a mí, que me costó tanto decidirme a traer a otro ser humano al mundo.
Sonrío ante las vueltas que da la vida y, ya con todas mis compras de última hora en las manos, vuelvo a la planta baja, donde la cola no es que se haya reducido, sino que ya es inexistente.
De hecho, observo con un poco de preocupación como la tal Diana se levanta en esos momentos de la silla y echa mano al abrigo.
Oh, por favor… No.
Cogiendo un libro casi al vuelo de una de las mesas, camino decidida hacia ella.
—Lo siento, sé que es tarde y seguramente quieres irte, pero…
Ni siquiera acabo la frase. Ella me lanza otra de esas miradas inquietantes y se queda inmóvil. Soy consciente, al instante, de que se le ha acelerado la respiración, de que su piel ha perdido algo de color, de que la que tiene al descubierto se le eriza de repente. También de la mirada preocupada que le dedica su acompañante.
—Oye… ¿te encuentras bien? ¿Estás mareada? Siéntate, por favor. ¿Notas pérdida de fuerza en las extremidades? ¿Sufres de tensión baja? ¿Eres diabética? ¿O quizá…?
—No, nada de eso —me interrumpe apresurada y compone una sonrisa tímida—. ¿Eres médica?
¡Vaya, ¿en qué lo habrá notado?!
—Eh… Sí. Lo siento. Ya sabes, deformación profesional. Pero es que, en serio, creí que no te encontrabas bien. Te has puesto pálida y…
—No, estoy bien, de verdad —me asegura, olvidando el abrigo y dejándose caer en la silla mientras me tiende la mano—. ¿Quieres que…?
—¿Qué? —La miro, confusa.
—¿Que te lo firme?
Llevo los ojos a mis manos, donde sigue el libro. Oh, qué tonta…
—Sí, sí, claro. Si no es mucha molestia. Estuve antes aquí, pero…
—Sí, ya te vi.
Aunque es admirable su memoria, no le doy demasiada importancia a su frase y comienzo a disculparme, un poco avergonzada.
—Tenía otras compras que hacer y no quise ponerme a la cola y por poco… Lo siento, de veras. Pensarás que…
—No, no, no pienso nada. En todo caso, que eres una mujer ocupada. ¿Médica, has dicho? ¿De qué especialidad?
—Bueno… Me dedico a la investigación. Mi equipo y yo somos esos bichos raros que estudian las enfermedades poco comunes y tratan de dar con una cura para ellas.
—Vaya… Como suele decirse…, sois pocos pero valientes.
Me echo a reír.
—Sí, o pecamos de soberbios, como diría mi abuela Adela. Pero alguien tiene que ocuparse de ello, ¿no? Y eso son palabras de mis padres.
—Estarán muy orgullosos de tu labor —comenta ella mientras me mira con fijeza.
—Sí, lo están —respondo con una sonrisa—. Ellos… Tengo la suerte de que siempre apoyan cada una de mis decisiones, aunque también he de decir que, la mayoría de las veces, aun sin comprenderlas.
Y en cuanto digo eso, me encuentro pensando qué narices hago confesándole todo esto a una desconocida. Yo no soy abierta por naturaleza, ni siquiera una persona de esas que habla por el simple placer de socializar. Sin embargo, con ella me resulta tan sencillo…
—Eso es lo bonito, ¿no crees? Que, aun así, siempre estén ahí. No hay nada como la familia, Marta. —Sonríe—. La de nacimiento y la que uno mismo forma —prosigue, mirando con adoración al chico que sigue ahí, a su lado.
—Sí, supongo que tienes razón. —Y entonces, caigo en algo—. Pero… ¿cómo sabes mi nombre? ¿Nos conocemos?
Ella entrecierra los labios y abre mucho los ojos. Traga saliva y comienza a golpear el bolígrafo contra la mesa con nerviosismo.
—No. Creo que no. Pero… —Se calla, sin saber cómo continuar. Y cuando yo estrecho mis ojos, desconcertada y un poco mosqueada, baja su mirada a la mesa, de nuevo pálida. Y juraría que abochornada.
—Verás… Marta. Ha acertado, ¿no? —interviene su acompañante, mientras se pone en pie y me tiende una mano que, en principio, no acepto—. Yo soy David, su marido y su editor.
Llevo mi mano a la suya muy despacio, porque no quiero ser maleducada, pero estoy demasiado sorprendida y perpleja ante todo esto.
—Encantada. Y sí, mi nombre es Marta.
—Un placer, Marta. Diana no suele equivocarse a menudo —dice él con una sonrisa, y le echa una mirada de puro amor a su mujer—. Ella es un pelín… especial. Supongo que como científica te costará creerlo, pero a veces sabe cosas que no debería saber, así, de pronto. Y también pensarás que estamos un poco locos por admitir esto ante ti, toda una desconocida, pero, por alguna razón, parece ser que ya no lo eres tanto, ¿no?
Patidifusa, lo miro con los ojos como platos.
Vamos, han dado con la indicada para que pueda creer en este tipo de cosas, sí. Pero, como en el fondo yo también noto algo raro en el ambiente, no salgo corriendo.
—En fin… Sí, me cuesta… creerlo.
—Ya, no te preocupes. No me ofendes —vuelve a hablar Diana, un poco más recompuesta.
—Tampoco era mi intención.
—Lo sé. —Sonríe ella, abriendo el libro—. Será mejor que…
—Espera —la freno, antes de que comience a escribir—. El libro no es para mí. Es para mi hermana, Llara.
—¿Llara? Ese nombre… —Su palidez es de nuevo casi enfermiza, lo que empieza a preocuparme en serio—. Ese nombre no es muy común.
—No, no lo es. Es cierto. Oye, ¿seguro que te encuentras bien?
—Sí, sí. ¿Tienes más hermanos? —sigue preguntando, al descuido. O creo que eso es lo que pretende, pero a mí esto ya me parece un interrogatorio en toda regla. Aunque contesto con una sonrisa, oye, lo que todavía es más extraño.
—Sí, tengo otra. Más pequeña. Clara.
Diana traga saliva y me observa fascinada.
—Clara…
—Sí. —Arqueo las cejas ante la manera de pronunciar el nombre. En un susurro ahogado. Sorprendido. Maravillado.
—Le pusieron Clara… —vuelve a murmurar, esta vez todavía más bajito, sin apartar sus ojos de los míos. Y yo elevo las cejas aún más, alucinada.
—¿Qué…? ¿Qué has dicho?
—Eh… Nada, nada. —Fuerza una sonrisa y continúa aparentando una profesionalidad que, creo, está muy lejos de sentir—. ¿Así que el libro dices que es para Llara?
—Sí. Y si pudieras escribirle una pequeña dedicatoria, una simple frase o algo, te lo agradecería mucho. Se ha leído todas tus novelas y…
—Tú no, ¿verdad? —suelta ella, ahora derrochando naturalidad, un pelín de diversión y una curiosidad aplastante. Esta mujer es muy rara. Pero mucho.
—No, yo no. Lo siento.
—Oh, no tienes por qué hacerlo, faltaría más. ¿Así que para Llara? ¿De quién ha heredado la afición a la lectura? ¿De vuestros padres, tal vez?
—No, no… —Me río. Y acabo bromeando—. Ellos, en todo caso, se esperan a que salga la película.
Los dos dejan escapar una carcajada a la vez y luego intentan ponerse serios, tan compenetrados que me hacen sonreír.
—Pues también es una forma de arte —comenta David, imitando mi sonrisa.
—Sí, desde luego —digo.
—¿A qué se dedican, Marta? ¿Alguno de ellos es médico, como tú? —prosigue él.
—No, papá es constructor y ella es decoradora, tiene una tienda y… Hace un poco de todo. Es una todoterreno. Es mucha Laura.
—Y en realidad no es tu madre, ¿verdad? —susurra Diana en cuanto dejo de hablar.
—¿Qué? —pregunto, pasmada. A ver, que un acierto vale, pero dos… Esto ya es surrealista. Así que trato de buscarle una explicación. ¿Lo adivinaría al llamarla por su nombre? Sí, quizá haya sido eso. Algo que no sé por qué he hecho. Nunca lo hago. No tiene sentido. ¡Maldita sea! ¿Qué carajo está pasando?
—Perdona, no es asunto mío. Olvídalo, por favor —ruega ella, que parece tan sorprendida como yo. Y casi más impactada.
De hecho, observo como el bolígrafo tiembla en sus manos y su cara… Su cara ha vuelto a perder todo el color, joder. Pero eso no me impide ser yo ahora la que pregunte.
—No, no quiero olvidarlo. ¿Cómo sabes…?
Ella coge mucho aire y cierra los ojos un instante.
—Fue intuición. Nada más. A él lo llamaste papá y a ella, ya sabes… Simplemente fue una percepción sin importancia.
¿Sin importancia? ¿Y qué se supone que sé? No, yo no sé nada. Ay, que esto comienza a dar repelús. Y yo soy la persona más escéptica que te puedes encontrar en el mundo, a mí nunca me suceden estas cosas. A Llara, sí. O eso dice…
—Sí, da mal rollo, lo sé —comenta David y me guiña un ojo—. Créeme, sé a la perfección qué estás sintiendo ahora mismo. Convivo con ello a diario.
Sonrío algo tensa, mientras miro a Diana, que está escribiendo ya algo en la primera página del libro. Aunque, la verdad, debe de estar haciéndolo por inercia, porque su atención parece centrada en nosotros, mientras le reprocha con humor a su marido el último comentario y se disculpa conmigo por la impresión que haya podido causarme.
Niego con la cabeza para quitarle importancia a la cuestión, pensando, no demasiado contenta, que estará escribiendo una dedicatoria ya preparada, seguramente la misma que lleva plasmando durante toda la tarde. Aunque también es normal… ¿Quién improvisa algo así para decenas de personas y logra que sean distintas y originales?
—Bien… Aquí tienes, Marta. Ha sido un placer conocerte. Y, en serio, no es una frase hecha. Me ha encantado hacerlo, de verdad —dice, un ratito después, mientras se levanta y me entrega el libro.
—Gracias. E igualmente. A pesar de que, si soy del todo sincera contigo, esta ha sido la conversación más extraña que he mantenido en mi vida.
Ella se ríe y rodea la mesa para sorprenderme con un abrazo tan cargado de ternura que me hace sentir incómoda.
—Lo sé —susurra, mientras me aprieta contra ella. Y al soltarme y apartarse un paso, se muerde el labio inferior, nerviosa—. Cuídate, Marta. Y cuida a los tuyos, por favor.
—Claro —respondo, aturdida y turbada—. Lo haré. Por descontado.
—Eso también lo sé —susurra, ya girándose para volver junto a su marido, que la espera con una mano estirada hacia ella. Mano que la escritora agarra con fuerza, como si necesitara un consuelo del que yo no alcanzo a comprender el porqué.
Extrañada y un tanto atónita, me encamino a la salida del centro comercial después de pasar por caja y pagar el volumen. Ni siquiera pido que me lo envuelvan. De pronto, solo quiero salir de aquí.
Atravieso las inmensas puertas acristaladas, que se abren solas al percibirme, e inhalo una gran bocanada de aire al encontrarme en la calle, donde la noche ya ha caído pese a que no es muy tarde.
Por todas las vacunas del mundo… ¿Qué narices acaba de suceder ahí dentro?
Casi con prisas, aprovecho que estoy bajo una farola para abrir el libro. No me paro a analizar la necesidad que se me acaba de despertar por leer lo que sea que haya escrito en él. Simplemente, lo hago.
Paseo mis ojos por sus letras, formo las palabras, asimilo las frases. Y…
—Dios mío, Dios mío, Dios mío… —me escucho repetir, como una plegaria, el nombre de ese ser en el que no creo.
Y por si mi imaginación me ha jugado una mala pasada, vuelvo a leerlo. Pero no. No me he imaginado nada. Nada.
«Para Llara, con todo mi amor.
Gracias. Gracias por leerme. No alcanzarás a saber nunca lo mucho que significa para mí.
Ojalá la disfrutes tanto como lo he hecho yo escribiéndola.
Ojalá te lleve a aquella época en la que eras niña. En la que todo era más fácil. En la que todo era un poco más mágico.
No pierdas nunca tu esencia, tomatito. Nunca.
No la pierdas, por favor.
Y ayuda a tu hermana a comprender».
Diana Figueroa.
Aturdida y con un nudo enorme en la garganta, levanto la vista buscando no sé qué. Porque es imposible. Imposible. Pero, sin ser apenas consciente, una palabra ya ha abandonado mis labios.
—¿Mamá?