Por nosotros

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CAPITULO 30 » Laura

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Laura

 

 

Indiscutiblemente, lo mejor de las mudanzas es cuando ya están hechas.

Y eso que al apartamento solo me he traído lo básico. Mi padre y Lidia se han encargado de abastecerme de todo lo necesario para comenzar una nueva vida. Utensilios de cocina, sábanas, toallas y demás. No hubo manera de hacerles ver que se estaban pasando, que me sentía fatal aceptando todo aquello. Mi padre chasqueó la lengua y me dijo que lo tomase como un regalo para mi primer hogar y Lidia… Ella me hizo reír al objetar que, total, les había salido a precio de coste.

Nela y Colás también aportaron su granito de arena. Él me prestó sus fuertes brazos para subirlo todo arriba y, entre los dos, me ayudaron a colocar lo imprescindible. Fue al terminar cuando también me sorprendieron con un obsequio que me hizo una tremenda ilusión. Una cafetera de esas modernas para la que yo ahora no tengo que ir demasiado lejos a por un portacápsulas.

Y en eso estamos. Estrenándola. Apoyada en el ridículo trozo de encimera al lado del fregadero de obra, observo como el café gotea dentro de una taza violeta.

—Huele de maravilla. Gracias, chicos, pero no teníais por qué.

—No nos des las gracias, Laura. Creo que, al final, te va a salir caro el regalo, porque me voy a pasar por aquí unas cuantas veces para que me invites a uno de esos —dice la graciosa de mi amiga.

—Y yo encantada. —Sonrío, pasándole la taza a Colás—. Pero no será hoy. Se supone que las embarazadas no tomáis café, ¿no?

—Anda, no me toques las narices y mete dentro una cápsula de las rojas. Esas son descafeinadas, guapa.

—Joder, estás en todo —finjo protestar mientras la obedezco.

—Mmmm. Está bueno. —Colás, tras darle un sorbo, pone la taza sobre la pequeña mesa y recoloca las piernas para no tocar las mías. Porque sí, la cocina un tanto pequeña sí que es.

Sonrío observándola de nuevo. Un fregadero, una cocina de las antiguas y una nevera ¡verde! Esto es vintage del de verdad y lo demás, burdas imitaciones. Y frente a todo ese despliegue de antiguallas, una estrecha mesa amarilla con dos taburetes a juego, los que ahora ocupan mis amigos.

—¿Y para cuándo la inauguración de la tienda, Laura? —se interesa él, mientras contempla con una sonrisa como Nela le echa azúcar al café para tres.

—Pues no sé. Pensamos en abrir a primeros del mes que viene, pero no va a ser posible. Los proveedores se están retrasando con la mercancía, aunque toda la culpa es mía, que les dije que nada corría demasiada prisa porque no pensaba venirme tan pronto y ahora… Ahora toca esperar.

—Bueno, tampoco te urge tanto, ¿no? —interviene Nela.

—No, no mucho. A ver, queremos abrir de una vez, pero que José María se haya empeñado en no cobrarnos el alquiler mientras no lo hacemos es un buen motivo para no sentirnos presionadas. Se está portando genial.

Nela asiente con la cabeza y luego se encoge de hombros.

—Bueno, ya sabes cómo son estas cosas… También pensabas estar solo dos noches en casa de tu padre y mira. Ya llevas casi dos semanas en el pueblo y aún estrenas hoy tu pisito.

—Sí, eso es verdad. Miriam se obstinó en cambiar el baño y… En fin, que por un lado me dio rabia esperar y que se metiera en gastos, pero la verdad es que se lo agradezco porque era muy feo de Dios —expongo haciendo una mueca al recordarlo.

—Joder, y tanto. El váter era de los de tirar de la cadena. —Se ríe Nela—. Y ahora, por lo menos, no te duelen los ojos al ver esos azulejos verdes con dibujos estrambóticos que tenía.

—Ajá. ¿Y de quién fue el mérito? —Colás nos guiña un ojo y se señala a sí mismo—. Nuestro. Hicimos muchas horas extras, pero lo terminamos rápido, eh.

—Venga, no os echéis tantas flores —le suelta su mujer—. El mérito es de Miriam, que pagó la obra, ¿no?

—En realidad…

El timbre interrumpe a Colás, aunque lo cierto es que él, de repente, no parecía muy seguro de querer acabar la frase. Juraría que hasta se ha puesto nervioso, porque ha empujado las gafas contra el puente de su nariz y tiene las mejillas más coloradas de lo normal. ¿O son imaginaciones mías?

Sin pensar más en ello, corro a la puerta, donde encuentro a Teresa y Julián, este último cargando con una planta enorme que casi lo tapa entero.

—Hola, ¿se puede? Como buenos vecinos, hemos venido a cotillear y también te traemos un regalito. —Teresa me da un beso en la mejilla en cuanto termina de hablar, compone una sonrisa traviesa y pasa por mi lado, mientras Julián intenta seguirla, haciendo números para entrar por la puerta con semejante bicho.

—Dios mío… Es preciosa, pero… el apartamento es muy pequeño, chicos. Ya os lo había dicho —comenta Nela al salir de la cocina y observar el percal.

—¡La Virgen! ¿No la había más grande? —Colás no esconde su sorpresa y a mí todo esto comienza a resultarme tan divertido que me echo a reír.

—Anda que no sois exagerados. Ni el piso es tan pequeño ni la planta es tan grande. Es perfecta. Y muy bonita. Gracias, pareja.

—¿Dónde te la pongo, Laura? Y decídete pronto, que esto pesa de cojones.

Riendo, los hago pasar al salón, la puerta justo a la izquierda de la principal y frente a la cocina. No es muy grande, pero tampoco tiene muchos muebles, así que le indico que la deje al lado del sofá, entre la ventana y él, donde descubro que me encanta cómo queda. Además de darle un toque hogareño al lugar, parece hecha exclusivamente para ese sitio, en el que no tenía muy claro qué poner.

—¡Me chifla! ¡Es perfecta para ahí, ¿a qué sí, chicos?!

—Sí, lo cierto es que sí —opina Nela.

Los chicos se encogen de hombros y Teresa parece muy ocupada recorriendo con la vista el salón, por lo que ni me contesta.

—A ver cómo te lo digo sin que te ofendas, Laura. Este sitio… da repelús.

Suelto una carcajada. Sí, sé que no es muy bonito y lo poco que tiene es bastante viejo y parece sacado de casas diferentes, sin ton ni son, pero yo le veo muchísimas posibilidades. En realidad, yo lo que le tengo ya es un cariño inmenso a este apartamento, así que solo puedo ver lo bueno de él.

—Sí, ya sé que es viejo y su decoración es… extraña. Pero dadle una oportunidad y pasaos en unos días, cuando lo tenga de mi mano… Después me contaréis.

—Yo, desde luego, confío en que te va a quedar precioso —asegura Nela—. No sé qué o cómo lo vas a hacer, pero sé que, con cuatro cosas, lo vas a dejar genial.

—A mí no me parece tan horrible ni así —dice Colás—. Y para ti sola, Laura, es perfecto.

—Ajá. Y más que lo va a ser. —Sonrío.

—Vale, vale. Te creo. Si, al final, Miriam va a tener que pagarte a ti y no al revés, tú espera. —Teresa me guiña un ojo y sonríe, cambiando su actitud.

—Bueno, tampoco será tanto. Que, pobre, con lo bien que se ha portado y el poco alquiler que me cobra… No sé yo si le saldré muy rentable. —Entonces me giro hacia la planta para observarla de nuevo y frunzo el ceño—. Ah, una cosa. ¿Necesita mucha agua? ¿Mucha claridad? A mí es que… las plantas me encantan, pero se me mueren todas.

Teresa abre los ojos como platos, mientras Julián rompe a reír como un demente. A carcajada limpia.

—¿Qué pasa? —pregunto sorprendida por sus respuestas a mi comentario.

—Puedes ahorrarte el agua y tenerla a oscuras —dice Julián entre risas, dejándose caer en el sofá.

Lo miro perpleja. Pero… ¿qué le pasa a este? Mi duda ha sido muy normal, ¿no?

—Teresa… —insisto, buscando una explicación a sus conductas, pues ella también parece muy divertida con la situación.

—Pues verás… —Sonríe ella con guasa—. No es necesario que le hagas nada, Laura, salvo sacarle el polvo de vez en cuando. Ya sabía que no se te daban nada bien, cariño, por eso la planta es artificial.

—¿Artificial? —Flipando, me acerco a la susodicha y acaricio sus hojas como si necesitase cerciorarme de que no es de verdad.

—Joder, pues sí que está lograda —dice Colás, a mi lado y haciendo lo mismo.

—Pues sí. Alucinante. —Miro de nuevo a la pareja—. Joder, ahora aún me gusta más.

Y las risas llenan mi casa. Sí, mi casa. Esta es solo mía, cómo mola.

 

 

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