Por nosotros
CAPITULO 30 » Chema
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Chema
Vale, ahora sí que he vuelto a la adolescencia. Pero a esa tonta, en la que no eres muy consciente de cuándo estás haciendo el gilipollas.
Laura lleva casi dos semanas en el pueblo. Las mismas que llevo yo comportándome así, de esta forma insólita que ni yo mismo logro entender del todo. Porque, claro, una cosa es que me porte como un impresionado e inseguro adolescente en determinados momentos, y otra es que, luego, a solas, no recapacite sobre ello y me sienta idiota. Tonto del culo. Y confuso. Sobre todo, confuso.
Porque, vamos a ver, ¿qué coño me pasa? Es Laura. La de siempre. La que conozco desde hace un porrón de años. De hecho, vivimos juntos, joder. Me acosté con ella. ¿Qué le veo de diferente para que me sea imposible quitarle los ojos de encima? ¿Para visitar a mis padres casi todos los días con la intención de encontrármela en la tienda? ¿Para que el deseo que despierta en mí haya crecido hasta el dolor? Joder, esto ya no es ni normal. Me falta mandarle notitas, tirarle del pelo, subirle la falda para verle las bragas o ponerme colorado y comenzar a sudar en su presencia, vamos. Y así ya haría el papel completo.
Aunque lo de sudar… Bueno, eso sí lo hago. Sobre todo porque no hay manera de coincidir con ella a solas y terminar aquella conversación que nos quedó pendiente. La que ella no parece tener las mismas ganas que yo de zanjar. Se dedica a ignorarme, eso cuando no me fulmina con la mirada ante el mínimo comentario que hago. Y sí, vale que a veces me habla normal, tampoco voy a exagerar, supongo que por respeto a los demás, pero a mí eso aún me repatea más. ¿Cómo puede hablarme normal después de todo lo que nos dijimos? ¿Es que es de piedra y yo no me he enterado?
—Papá, he estado pensando y… —Marta se sienta a mi lado en el sofá y me mira con atención, haciendo que yo frunza el ceño. A saber con qué va a salir ahora. Y no estoy yo para muchas gaitas.
—¿Y? —la apremio, a la vez que observo por el rabillo del ojo lo que está dibujando Llara, que me da que va a traer cola también.
—Mientras no nos vamos para la casa nueva…, ¿puedo dormir en el cuarto de la tía? Es que ya soy mayor para tener mi propia habitación y, además, allí hay un escritorio. Sabes lo que me gusta tener uno, papá.
—Sí, ya… —Trago saliva y siento como se me encoge el estómago. Joder, al final tengo un trauma o algo así con ese maldito sitio. Primero no quería quitar de ahí las cosas de Clara y, ahora, desde que Laura se ha ido…, pues solo he entrado en él en un par de ocasiones y no hace mucho; y únicamente para quitarle el polvo rápido y corriendo. Demasiados recuerdos. De las dos. Que se entremezclan de una manera casi enfermiza—. A ver, cariño, tú el escritorio, de todas formas, ya lo utilizas, ¿no? Así que…
—Sí, pero los cajones están llenos de las cosas de la tía. Y no duermo allí. Y yo quiero, papá. ¿Qué tiene de malo que quiera mi propio cuarto?
—Nada, Marta. No tiene nada de malo. Pero Llara…
—A mí no me importa, papi. Yo no tengo miedo y así, también tendría uno para mí sola. Me parece bien.
—Joder… —mascullo por lo bajo para que no me oigan.
—¿Ves? No hay ningún motivo por el que no pueda usarlo —insiste la marisabidilla de mi hija—. Bueno, habría que quitar las cosas de la tía Laura. Eso sí. ¿Sabes que aún tiene ropa en el armario?
—Tenemos que llevárselas a su piso nuevo, papi. E ir a verlo. Nos prometió enseñárnoslo mañana, pero podríamos ir hoy y llevarle todo, ¿qué dices? —me presiona ahora Llara, consiguiendo que comience a sudar. Pues sí, lo de sudar se cumple hasta sin verla. Dios, ¿qué será lo siguiente?
Me levanto y froto mis manos en los muslos. No tengo ningún motivo coherente para oponerme a lo que Marta me pide. Y con respecto a lo que dice Llara, tengo tantas ganas de hacerle caso… que me niego a ello.
—Vamos a ver, niñas. Hoy la tía seguro que está muy ocupada con la mudanza, ¿vale? Así que es mejor no molestarla y…
—Pero no la molestaríamos. Y tú podrías ayudarla a…
—No. Ya tiene ayuda, me consta —rumio, porque así es—. Mañana lo veréis a tiempo. Y, Marta…, está bien. Puedes dormir en el cuarto de la tía. Ahora mismo voy a meter todas sus cosas en bolsas y ya se las acercaremos, ¿de acuerdo?
—¿En serio, papá? ¡Gracias, muchas gracias! —Se sube al sofá y se abalanza sobre mí para besarme mientras me piropea.
—Venga, no seas pelota. —Sonrío acariciándole el pelo y besando su frente—. Y ahora, a la ducha, que, cuanto antes os metáis en la cama, antes puedo yo vaciar tu dormitorio nuevo.
—Oh, sí. A la ducha. Rápido.
—Espera, papi —demanda la pequeña—. Mira mi dibujo primero. ¿A que nos he hecho muy guapos?
Bajo la vista al folio que me tiende, temiéndome lo que me voy a encontrar, que algo ya he visto. Con las figuras características de los niños, ha dibujado a un hombre, una mujer y dos niñas. El hombre soy yo, las niñas son ellas y la mujer… Pelirroja, bajita, vestida con un vestido negro que va pegado a su cuerpo… Joder, blanco y en botella… Pues eso.
Aunque, en realidad, eso no es lo peor, sino que Laura y yo estamos en medio, cogidos de la mano, mientras ellas nos escoltan a ambos lados con unas radiantes sonrisas.
—Es muy bonito, cariño… —digo con suavidad—. Pero… tu madrina y yo… no… Vamos, que… aquí parecemos una… una pareja. Y no… Nosotros no…
—Ay, papá, por favor… —interviene Marta, con sus brazos cruzados y mirándome como una madre mira a un hijo tonto—. Es solo un dibujo. Cosas de niñas. ¿Por qué le das tanta importancia?
—Pues… —Joder, estoy sin palabras. Maldita inteligencia superior de los cojones—. Pues… no sé. Para no dar lugar a malentendidos, supongo.
—Papá… Nosotras ya sabemos que la tía y tú no sois… eso que dijiste. Aquí el único que lo ha malinterpretado has sido tú, ¿no? Y la abuela dice que quien se pica, ajos mastica.
Abro los ojos como platos, mientras la sangre me sube a la cabeza toda de golpe. Pero… ¿qué coño?
—¡Marta! ¡Que sepas que estás castigada! —me escucho decir, sin pensar, cabreado y abochornado.
—Pero… ¿por qué?
—Porque… Porque… Porque sí, joder. Acabas de faltarme al respeto. Así que sin postre hasta nueva orden. Y ya veremos si este fin de semana duermes con tía Laura.
—Pero, papá…, yo no he dicho nada malo, yo…
—Tú eres demasiado lista para tu propio bien. Y no alcanzas a comprender lo que pueden ofender tus palabras, eso te lo concedo, pero tienes que aprender a callarte, Marta. Eso es un don.
—Pues la tía dice que uno tiene que decir todo lo que piensa. Que eso es ser sincero y…
—Y yo digo que quizá estés pasando demasiado tiempo con tu tía. Así que…
—Papi, papi… —Llara tira de mi pantalón para llamar mi atención—. Este finde no la castigues, porfa. Mañana queremos ir a la casa nueva de Mina, pero el viernes nos prometió que podíamos dormir allí. Y el sábado lo hacemos con Sofi, ¿te acuerdas? Nos invitó Teresa, porque… —Se muerde la yema del pulgar y me mira entre sus pestañas, avergonzada—. Porque nos enfadamos un poco cuando Mina nos dijo que ese día iba a salir con sus amigos. Así que… porfa… Castígala otro, porfa. Yo quiero que Marta venga conmigo. Porfi…
Miro a la una y a la otra sin saber qué hacer. Porque si bien es verdad que las palabras de Marta todavía me escuecen, también sé que no son para tanto y que a ellas les hace mucha ilusión ver el apartamento de Laura y pasar allí la noche. Además, joder, que me he quedado solo con que el sábado sale de marcha y ya estoy haciendo cábalas para unirme a la fiesta. Así que, no queriendo pecar de hipócrita, que ya lo hago a menudo, cedo.
—Está bien. Pero que no se repita, ¿me oyes, Marta? Piensa antes de hablar, sobre todo conmigo. Soy tu padre, no uno de tus amiguitos del cole.
—A ellos no les hablo así, papá. No me entenderían —me dice, muy digna.
Joder. Porque es mi hija y la adoro; si no, le cogería manía, de verdad.
—Gracias, papi. —Se acerca Llara, poniéndose de puntillas para besarme. Le pongo la mejilla, pero me sorprende juntando sus labios con los míos en un beso fugaz.
—¿Y esto? —pregunto sorprendido.
Ella suelta una risita y se encoge de hombros.
—No sé. Mina dice que es un gesto cariñoso y que lo puedo hacer con la gente muy cercana.
Abro la boca. Y la cierro sin emitir palabra. Pero… vuelve a abrirse, sin mi permiso.
—¿Ella lo hace con alguien? —cuestiono sintiéndome un poco idiota.
—Sí, con Marcos. —Y tras otra risita de esas ridículas e infantiles, sale del salón con su hermana.
Joder…
«¿Para qué coño has preguntado, tío?».
Aprieto los dientes y me encamino al baño.
—¡Llara! Escucha… Prefiero que tú esperes a ser más mayor para dar besos en los labios, ¿vale?
La pequeña me mira frunciendo el ceño.
—Ah… ¿Cómo de mayor?
—Muy mayor. Treinta o así.
Y entonces la de la risita es Marta. Pero… ¿será posible? Ahora sí que me siento idiota del todo.
Hora y media después, inhalando aire como si fuese a entrar en una cámara de gas, abro la puerta del cuarto de Laura cargado con varias bolsas y esperando finiquitar este asunto de una buena vez.
Ni siquiera le echo un vistazo a la cama. Reconozco que ando tan salido que soy capaz de empalmarme solo con verla, joder.
Jesús… Pues sí que estamos bien. Cabreado conmigo mismo, abro el armario y meto todo lo que hay dentro en las bolsas, sin pararme a observar de qué se trata. Jerséis, pantalones, vestidos… Todo adentro, de cualquier manera. Y con lo que todavía guarda en el tocador y en la mesilla, lo mismo.
Ya sentado ante el escritorio, compruebo que Marta tenía razón. Salvo el ordenador, Laura parece ser que se lo dejó todo. Y, esta vez, mis manos van más lentas vaciando los cajones, pues mis ojos no pueden evitar detenerse en esos folios dibujados, en esas fotos grapadas a ellos, en esos cuartos ficticios que ella convirtió en maravillas solo para pasar el rato.
Dios… Podría decorar un hotel entero con todos los proyectos diferentes que hay aquí, pienso admirado. Pero, al ir guardándolos en una caja que he traído para ello, uno en especial llama mi atención como si estuviera rotulado en fosforito. ¿Qué narices…?
Asombrado, observo los planos de mi casa. Sí, de mi casa. Esos que creía a buen recaudo en el mueble del salón. Y por si eso no supusiese suficiente sorpresa, encontrarme junto a ellos un diseño de cada uno de los espacios me deja petrificado.
Es que no solo ha dibujado cada estancia con sus muebles en el lugar que ella consideró, sino que también hay fotos de ellos, lo que me hace ver las horas que le dedicó a la cuestión. Una parte muy, pero que muy pequeña de mi cerebro, asimila que ha dejado mi casa tan bonita como una de revista, pero el resto… El resto no sabe ni qué pensar. Pero… ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué coño…?
Y cuando mis ojos reparan en el salón, entonces, incrédulo y casi asustado, los papeles me caen al suelo. Eso… ¿Eso…? ¿Eso es un piano? ¿Ahí, entre estanterías y al lado de unos sofás frente a la chimenea, tal como yo imaginé?
No, no puede ser. No puede, ¿verdad? Sin embargo… Sin embargo, lo es.
Recojo los pliegues y los coloco sobre el escritorio, recorriendo con la vista lo que tantas veces he visto en mi mente… Y en mi sueño. Porque no sé si lo primero derivó de lo segundo, o al revés, pero así es como me lo imaginé siempre. Tal cual lo hizo ella también.
Increíble. Tanto que acojona, joder.
Parpadeo y me froto la nuca, tratando de buscarle un sentido a todo esto. Porque tiene que tenerlo.
A ver… ¿Le hablé en algún momento de cómo lo quería? No. Nunca. Es más, ni con ella ni con nadie. Si durante los últimos años el tema de la casa era casi tabú, joder.
Y lo del piano… Bueno, eso sí. Aquel día en que me encontró allí, se lo confesé. Vuelvo a parpadear, más confundido si cabe. Pero porque ella me lo preguntó primero, ¿no? Clara… Ella se lo diría, evidentemente. Ahora que lo recuerdo, ya lo pensé en aquella ocasión.
Y entonces dibujó el piano en el salón. Después de aquello. Claro. Bien. Esto ya tiene más sentido.
No. En realidad no tiene ninguno. ¿Para qué se molestó?
Dios, ahora resulta que hasta ella estaba más ilusionada con la casa que yo en aquel entonces.
«Entonces y ahora, Chema. Que aún no has comprado ni un mísero mueble».
Sí. Es verdad. Tan entusiasmado como estaba hace unas semanas, que me forcé a acabarla aprovechando cada minuto libre y ahora… Pues, ahora, desde que llegó Laura al pueblo, la he dejado en un segundo plano. Ahora solo pienso en verla. Ahora soy gilipollas. Y estoy más resuelto que nunca a hablar con ella, a ver si puede explicarme esto que tengo en mis manos.
Pero antes… Antes tengo que hacer otra cosa. Empezar lo que dejé aparcado. Y ya sé con qué.