Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 30 » Laura

Página 97 de 113

Laura

 

 

—¿Te gustan?

—Ay, me encantan. Todo. —Nela, arrodillada a mi lado sobre la alfombra que acabo de colocar en el cuarto del bebé, la acaricia casi con devoción, metiendo sus dedos entre las largas y suaves hebras mientras observa las cortinas también recién puestas.

Nos hemos decidido por unos visillos blancos bastante finos, con otras cortinas mucho más gruesas superpuestas en gris. Las segundas cuelgan de un riel de forja del mismo color y, recogidas a los lados, arrastran un pelín por el suelo. La alfombra, espesa y pesada, es del mismo tono que las nubes del techo, azul grisáceo. Conseguirla fue cuestión de suerte… y de mirar muchos catálogos.

—Bueno, nos falta el sillón. Nada de butacas, ni de mecedoras como tenías pensado —le digo muy segura—. Comodidad, Nela, eso es lo que buscamos. ¿Y qué te parece si nos volvemos locas y lo tapizamos con una tela muy parecida a la cenefa? Quedará alegre, vistoso, divertido…

—Oh, Dios. Divino, así quedará. Pero te va a costar muchísimo encontrarla, ¿no? Así, con números… ¿La habrá tan siquiera?

—Tú déjame a mí. Si no la encuentro pronto, ya pensaremos en otra cosa, ¿vale?

—Vale, lo dejo en tus manos. Ay, cómo me alegro de que estés aquí. Tengo que reconocer que estaba un poco histérica, la verdad. Cada vez que entraba en el cuarto y pensaba que el niño iba a nacer antes de que llegaras… Creo que a Colás se le ponían los pelos de punta. Me tenía miedo —acaba susurrando, logrando que a mí se me escape una carcajada.

—Mira que eres exagerada…

—Nada de eso, te lo aseguro. Y si no me crees, tengo un buen testigo de ello, pregúntale a… —Se calla abruptamente, baja la vista y pierde la sonrisa, concentrada como nunca en la alfombra.

—Nela… ¿Qué? ¿A quién? ¿Qué pasa?

—Joder… —murmura, llevando su mirada a un punto indefinido de la habitación—. ¿Tú no lo notas? ¿Siempre en medio como un fantasma?

—¿Qué? ¿De qué hablas? —Y sé que mi voz tiene un deje frenético, pero es que esto de los fantasmas no lo llevo muy bien desde que… Bueno, desde que oí a Clara. Porque la oí, estoy convencida. Y la foto que todavía conservo es un recordatorio de que muy desencaminada no ando.

Nela me clava los ojos. Se queda así fija durante unos instantes y luego suspira.

—De Rubio, Laura. De Rubio. Hablo de él.

Trago saliva y me pongo en pie como si alguien hubiese tirado de mí.

—¿Qué pasa con él?

—Todo. Nada. No sé… Tú no lo nombras y yo no lo hago porque tú no lo haces. Cambias de tema o te haces la loca cuando alguien habla de él, y las pocas veces que he coincidido contigo y con Rubio en el mismo sitio… Es de locos, Laura. No sé si solo yo noto la tensión que hay entre vosotros porque sé lo que se cuece, o si es real… Pero, Dios…, a mí me resulta brutal.

—No, no hay tal tensión —niego, obviando el hecho de que yo soy la primera que la percibe. Pero no quiero admitirlo. Ante nadie, ni siquiera ante Nela, a la que no le he contado nada sobre aquel primer encuentro. Porque quiero olvidarlo.

—Laura… Por favor. Que estoy gorda y sufro de acidez, pero no estoy ciega ni me he vuelto tonta, joder.

—Nela, ya. No quiero…

—¿Ves? No quieres hablar de él, ¿verdad? Por eso no he sacado el tema en todo este tiempo, pero…

—Pero nada. Nada.

—Laura, ¿te quedas a cenar? Voy a meter unas pizzas en el horno —nos interrumpe Colás apareciendo en la puerta.

—No, gracias. Yo me voy, tengo cosas que hacer y…

—Laura… —se queja Nela, tendiéndole una mano a Colás, que corre a ayudarla a incorporarse del suelo.

—No, en serio…

—¡Vaya! ¿Quién será? —Colás ni nos mira al decir eso, soltando con todo el cuidado del mundo a Nela, como si fuese una figura de cristal que pudiera romperse. Luego va hacia la puerta, en donde el timbre ha sonado por segunda vez.

Nela sale tras él y yo, por no quedarme aquí sola y porque, de todas formas, ya he decidido irme, la sigo.

—Hola, Rubio. ¿Y tú por aquí?

Me quedo clavada en mitad del pasillo, que ya es pequeño de por sí, pero que ahora se ha convertido en diminuto. O así lo siento.

—Pues… ¿estás liado? —Aunque la pregunta va dirigida a Colás, es a mí a quien mira, cambiando la sorpresa por encontrarme aquí por una expresión que solo puedo definir como… intensa. Sí, Dios, intensa. Mierda.

—No… No mucho —le dice Colás—. ¿Por qué?

—¿Podrías echarme una mano? No tardaremos mucho. Media hora, exagerando.

El dueño de la casa mira a su mujer, que lo despacha con un movimiento de manos y una sonrisa.

—Ve, cariño, ve. Ya me encargo yo de la cena.

—Oye, si te cojo mal… —comienza Chema.

—No, no, qué va. Vamos. —Colás saca de detrás de la puerta su cazadora, colgada en un perchero, y sale de casa haciendo que Rubio lo imite—. ¿Qué tenemos que hacer?

—Ahora te digo. Y por favor, no te burles, ¿vale?

Chema le dice eso después de despedirse con la cabeza, ya de espaldas a nosotras, lo que, todo sea dicho, despierta mi curiosidad.

—¿Que no se burle? —me pregunta Nela. Otra cotilla más.

Me encojo de hombros, dándole a entender que no me interesa absolutamente nada el asunto. Y sin darle tiempo a decir una palabra más, le doy un beso rápido en la mejilla a modo de despedida y también me voy.

Aunque de camino a casa sí que me cuestiono su frase, así como la mirada que me lanzó y que estoy segura de no haber imaginado. Y la conversación mantenida con Nela. Y me pregunto dónde habrá dejado a las niñas, pues han estado conmigo en el apartamento un par de horas por la tarde, pero luego se las he llevado a su casa. Vamos, que mi mente no para. Menuda novedad.

 

***

 

Le doy el primer mordisco a mi hamburguesa y no puedo evitar un gemido de puro gozo. Dios, esto está de muerte.

—Está rica, ¿eh? —se cachondea Pedro, sonriendo sobre su bocadillo, al que no tarda en meterle un buen bocado.

—De cine —contesto con la boca llena, pero tapándomela con la mano para que no se vea su interior.

—Eso es el hambre. O el tiempo que hace que no las catas —comenta Nela a mi lado, mientras le da vueltas a una ensalada que no parece apetecerle mucho.

—¿Por qué no te has pedido algo más sustancioso? —le pregunto, porque ella no es mucho de verde, la verdad.

—Y yo qué sé. Yo también quiero una de esas… —se queja con un mohín antes de rodar los ojos y suspirar resignada—. Bueno, en realidad, sí lo sé. Anteayer me pasé con la pizza y vaya nochecita… Y como no soy muy lista, ayer merendé lo que sobró y… Buf, qué mal. Así que estoy en modo saludable. Además, si sigo cogiendo kilos van a tener que ensancharme las puertas o, no sé, saldré volando, como un globo.

Me da la risa, aunque su disgusto sea más que evidente. De todas maneras, está exagerando. No está tan gorda y eso se le pasará en cuanto mi ahijado salga de su cuerpo. Seguro. Nela siempre ha sido de complexión delgada y nunca ha tenido problemas con su peso ni con la comida.

—Venga, cariño. Míralo por el lado bueno… Tienes un albañil en casa por si hace falta hacer alguna obra, y te prometo que siempre estaré ahí para sujetarte si veo que empiezas a elevarte —bromea Colás, cariñoso, pero lo único que consigue es una mirada de reproche de su mujer.

—No tiene gracia. Y yo también voy a prometerte algo, cariño —machaca esa última palabra y yo muerdo otro trozo para no soltar una carcajada—. El próximo lo tienes tú.

Misión fallida. Con comida en la boca y todo, me echo a reír.

—Joder, Nela… —Pedro tampoco puede evitar troncharse, mirando al pobre Colás, que se ajusta las gafas varias veces seguidas—. Eso me gustaría verlo.

—Pues lo verás. O no habrá ninguno más.

—A ver, cariño…, era una broma. Estás preciosa y…

—Ah, cállate y come —le ordena, mientras comienza a atacar su ensalada como una posesa, mientras Pedro y yo nos miramos, meneamos la cabeza, nos sonreímos y seguimos a lo nuestro.

—¿De verdad ya os vais? Si es supertemprano —les digo en cuanto acabamos de comer. Y no miento, que ellos han querido venirse a la que yo llamo «hora adolescente», que es cuando el comedor se llena de ellos. Sobre las nueve, nueve y media. Y hoy, por cierto, está a reventar. Supongo que el ser primeros de mes ayuda, si ya lo decía Dora, que se notaba cuando la gente cobraba.

—Ay, sí, ya sé que es temprano, pero no puedo con los pies. Y antes de que la carne de mis tobillos me tape los zapatos y la tenga que arrastrar por el suelo hasta llegar a casa, nos vamos.

—Dios, pero qué excesiva eres.

—No, cariño. Excesivos son ellos, mira. —Levanta como puede un pie y, vaya, hinchado sí que está.

—Vale, vale. Tienes razón. Será mejor que los pongas en alto.

—Primero en agua templada y con sal —comenta Colás, abandonando la mesa y dándole una mano—. Y luego un masajito y en alto. Eso siempre te los alivia, ¿verdad?

—Sí, es verdad. Oh, eres un amor. Te quiero, cariño.

Él le da un beso en la frente, le pasa una mano por los hombros y, tras despedirse de nosotros, la conduce a la puerta como si de una inválida se tratase.

—Oh, los dos son unos amores —suelto repitiendo la frase de Nela, pero sin ninguna burla, porque lo que realmente siento son ganas de achucharlos.

—Sí, las pasaron putas, pero ahora… da gusto verlos. Se lo merecen.

—Desde luego que sí. —Jugueteo con la servilleta y apoyo los codos sobre la mesa—. ¿No nos lo merecemos todos? —me encuentro preguntando sin haberlo pensado.

—No sé. —Pedro sonríe de medio lado y aparta su plato hacia un lado para colocar sus antebrazos sobre la madera—. ¿Tú crees que vale la pena?

—¿Tener lo que tienen ellos? Joder, sí. ¿Tú no?

—No sé. —Mira un segundo por encima de mi hombro y luego busca mis ojos—. ¿Qué crees que es lo peor que te puede pasar al enamorarte, Laura?

—Pues… —Me muerdo el labio inferior y lo dejo salir. No sé si es lo peor, pero ahora mismo es lo que me duele a mí, así que supongo que es una buena respuesta—. Que no te quieran de la misma manera, ¿no?

—Que no sea recíproco —susurra Pedro, pensativo—. Sí, supongo que eso es bastante jodido.

—¿Qué otra cosa puede ser peor? Y no me digas los cuernos, porque, para el caso, es lo mismo, ¿no?

—Sí, lo mismito. —El poli se ríe entre dientes, pero no tarda en ponerse muy serio. Golpea la mesa con los dedos, los observa durante un rato, y yo no interrumpo lo que sea que le pasa por la cabeza, dándole un espacio y un tiempo que parece necesitar. Cuando se decide a hablar de nuevo, levanta la mirada hacia mí—. Yo, en cambio, eso es algo que nunca he considerado. Quizá porque no me ha pasado. Yo…

—¿Tú? —lo apremio esta vez, al ver que se calla.

—Yo le tengo miedo a querer, Laura. Y a que me quieran. Simplemente a eso. Ya sé que suena raro, ¿no? Pero… es lo que hay.

Guardo silencio, porque creo adivinar por qué siente eso. Sé cosas de Pedro que nadie sabe y… lo comprendo. Aunque también me parece muy triste que piense así.

—¿Por eso no llegaste a nada con aquella chi…?

—Por eso, sí. Porque soy un cobarde. Un idiota. Pero hubo algo que… Uff, ni siquiera quiero hablar de ello. Solo te diré que prefiero pasar por el dolor de apartarla de mi lado, aunque la eche de menos, que… que el miedo a perderla una vez… una vez sepa lo que es tenerla de verdad. Una vez que ya no pueda vivir sin ella.

—Dios, Pedro, pero eso es muy triste. Es un pensamiento muy… —Ni siquiera encuentro la palabra para describirlo, así que solo le hago saber que estoy aquí para él—. Conmigo sabes que puedes contar, ¿verdad? A veces hablar es bueno, es…

Pedro se echa a reír y rompe nuestro momento profundo. Vuelve a ser el risueño y divertido chico de siempre, con esa pillería en la mirada. Lo miro sorprendida un instante, aunque lo cierto es que no sé por qué lo hago. Ambos somos demasiado idénticos. Camuflando y aliviando el dolor a base de risas, de bromas. Y, en realidad, nos ayuda. Conmigo, al menos, funciona.

—Laura… Por Dios. ¿Tú? ¿Tú crees que hablar es bueno? ¿Y cuándo vas a aplicártelo?

—Yo… no tengo nada que decir. Yo…

—Tú podrías comenzar ahora a dar ejemplo, antes de que venga Rubio y…

—¿Rubio? ¿Va a venir Rubio?

Gracias a Dios, Pedro ignora o hace que ignora la sorpresa que no pude esconder y sonríe mientras asiente con la cabeza.

—Sí, pensé que ya te lo había dicho. Lo que pasa es que se retrasa porque lo llamó su madre para no sé qué, cuando ya había dejado a las niñas en casa de Teresa y Julián.

—Ah…

A ese monosílabo y a tragar saliva es a lo único que me da tiempo antes de verlo acercarse a nuestra mesa. Tal como si lo hubiésemos invocado.

—Hola. Ya habéis cenado, por lo que veo —comenta, mirando nuestros platos vacíos.

—Sí, Nela y Colás querían irse temprano —le explica Pedro—. Pero, anda, siéntate y pide tú, que en el otro lado seguro que no hay ni ambiente.

Él le toma la palabra, acomodándose en la silla al lado del poli y cogiendo la carta del menú. Que aquí todos nos la sabemos de memoria, pero vamos… a lo mejor no sabe ni lo que quiere. Por no variar. Es pensar eso y que él la vuelva a dejar sobre la mesa, mirándome por primera vez desde que ha llegado.

—Hola, Laura. ¿Qué tal en tu nuevo piso? ¿Estás a gusto?

—Sí, gracias. Muy a gusto —respondo, forzándome a aparentar normalidad.

—Me alegro. El piso es pequeño, pero tiene muchas posibilidades.

—Joder, Rubio. Laura y tú debéis de ser los únicos que pensáis eso. El apartamento es enano y más viejo que Dios.

—Bueno… Ya me estoy cansando de que insultéis mi pisito, eh.

Pedro se echa a reír y, justo en esas, llega el camarero.

—Una Pantera Rosa con gabardina y paraguas, patatas y una cerveza, por favor —pide Chema la hamburguesa más completa del local. Doble de carne, con huevo y beicon. Y cuando el chico al que, por cierto, no conozco, lo apunta en un papel y se va, nos mira de nuevo a nosotros, robando una patata, ya fría, de las que a mí me han sobrado—. Joder, espero que no tarde mucho, estoy famélico.

—Se te nota, se te nota —se burla Pedro—. La verdad es que siempre pienso que hay que estar medio muerto de hambre para atreverse a pedir algo con un nombre tan ridículo, eh.

Nos reímos ante su frase, es inevitable. Y también le damos la razón.

—Sí, eso es cierto.

—Sí, lo es, aunque se los han currado, tenéis que reconocerlo —comento yo—. A ver… ¿cómo será la cosa? Nunca le he preguntado a Dora, pero yo creo que el huevo es el paraguas y el beicon, la gabardina.

Pedro se monda de la risa.

—¿Qué? ¿Y cómo has llegado a esa conclusión?

—Eso, Laura, instrúyenos, por favor —se cachondea también Chema, turbándome con una mueca traviesa.

—Es fácil —respondo, demasiado deprisa—. Un paraguas abierto es redondo, lo más parecido a un huevo frito. Una gabardina no se le parece en nada, ¿no? La gabardina… Pues es algo que cubre, ¿no? Y el tocino cubre al cerdo. Y de ahí sale el beicon. Porque cerdo y paraguas, pues… como que no tienen mucho que ver. Así que… ya está. Paraguas igual a huevo. Beicon igual a gabardina. —Cuando termino con mi parrafada y me doy cuenta de las tonterías que acabo de soltar, dejo escapar un gemido y apoyo la frente sobre la mesa—. Ay, por Dios, ¿por qué no me mandáis callar?

Al atreverme a mirarlos de nuevo, me muerdo el labio inferior, nerviosa. Así es como me pone Chema. Atacada, joder. Pedro me contempla divertido, con los ojos muy abiertos, antes de comenzar a descojonarse de la risa. El culpable de mi estado se tapa la boca con dos dedos y me observa con esos ojazos en los que se le han formado arruguitas en sus comisuras, lo que me hace saber que está sonriendo con ganas. Oh, no, por favor, arruguitas a mí, no. No puedo con ellas. Entonces aparta su mano y ahí está, su maravillosa dentadura expuesta en la sonrisa más bonita del mundo. Oh, no, Dios, esto es todavía peor. Y va el tío y traga saliva, y yo me pierdo en su nuez, en su movimiento descendente–ascendente. Ahora me he derretido, literalmente. Seguro que soy un charco en la silla y ni me he enterado.

Y tan pronto como pienso eso, me cabreo. En serio, soy patética. Me levanto tan rápido que por poco vuelco la silla.

—Voy al baño —comunico.

Eso es, una escapada a tiempo para recuperar la sensatez. Que me conozco. Y, a veces, no me gusto nada.

 

***

 

Ariana Grande y demás suenan por los altavoces a un volumen perfecto. Su canción Bang Bang tiene un ritmo pegadizo y bailable hasta el delirio. Me encanta.

Me contoneo en medio de la pista intentando mantener la mente en blanco, los ojos cerrados y mi concentración puesta en la música, sin prestarle atención al chico que está frente a mí, que me habla en ese momento. Ni siquiera tengo que pensar cómo moverme. Me sale solo, piernas, caderas, cintura, brazos… Todo sincronizado y haciéndome sentir genial. Últimamente pocas cosas me hacen sentir así.

La tienda y las niñas ayudan, mucho, pero no es esto. Esta libertad. Esta paz, aunque esté envuelta en bastantes decibelios. Y bueno, supongo que el alcohol también hace su parte. Que no estoy borracha ni mucho menos, pero sí contentilla. Con el puntito, vamos.

Cuando acaba la canción, Raúl, el hermano de Teresa y mi compañero de baile los últimos minutos, se despide de mí guiñándome un ojo y haciéndome el gesto de que va a beber algo.

—¿Me acompañas? Venga, yo invito —dice en alto, para que lo oiga, pero sin necesidad de gritar.

Sonrío, pero niego con la cabeza, mientras comienzo a bailar la siguiente por inercia, pero, al rato, me quedo muy quieta en medio de varias parejas que se han agarrado como si su vida dependiera de ello. Joder, una lenta. Así, sin avisar. Esto debería ser ilegal.

Doy un paso para salir de ahí en medio, pero una mano me sujeta un brazo y me gira, por lo que acabo pegada a un torso conocido. Muy conocido. Todo en él resulta tan familiar que me atenaza el corazón. A mi estómago le pasa lo mismo, que parece que lo han estrujado tanto que va a salírseme por la boca. Pero es superior a mí. Su olor, con la colonia de siempre mezclada con su propio aroma corporal. Bestial. Su calor, siempre tan cálido que dan ganas de quedarse a vivir en sus brazos. Demencial. Y él, su presencia, su cuerpo, su cara, su boca, sus ojos. No es el hombre más guapo que conozco, lo sé, pero para mí es el más perfecto. No cambiaría ni sus imperfecciones. Ni esa pequeña redondez en su mentón, ni que, quizá, sí tiene los ojos un pelín juntos. Ni esa minúscula cicatriz que parte una de sus cejas. Ni ese mechón rebelde que nunca sabe estarse en su sitio. No, mucho menos eso. Lo único que quiero es tocarlo, retirárselo de la frente, acariciarlo hasta que me salgan agujetas en los dedos.

Pero, claro, todo esto que siento está tan fuera de lugar, es tan insano, que no lo hago. Incluso me aborrezco por sentirlo. Así que, después de ese primer repaso que no he podido evitar, rescato la fortaleza y el genio que siempre salen en mi auxilio.

—¿Qué haces? ¿A qué viene esto? —le espeto, aunque no lo aparto, porque quiero que esta sensación dure solo un poco más. Y sí, soy incoherente, pero nunca me he considerado perfecta, y mucho menos en lo referente a él.

Chema hace más fuerte su agarre en mi cintura y con la otra mano cubre las mías a la altura de su pecho.

—Quiero bailar contigo. Puedo, ¿no?

—Hombre… Un poco tarde para esa pregunta, ¿no? —suelto con retintín.

Él se ríe por lo bajo y me guiña un ojo.

—Bueno, vale… ¿Quieres? —pregunta un tanto socarrón.

—Lo cierto es que, a cada segundo, menos. No me gusta tu actitud.

—¿Mi actitud? —Chema frunce el ceño—. No entiendo. ¿Qué he hecho? Si no quieres bailar conmigo, dímelo y en paz. Quizá le moleste a Marcos, claro. ¿Es eso?

Yergo la cabeza, mientras comienzo a enfadarme de verdad, y lo observo con atención.

—Pero… ¿qué coño dices?

—Pues eso. —Se acerca mucho a mi oído—. A lo mejor es que puedes bailar con todo Dios menos conmigo, porque yo sí soy competencia para él.

—Ay, Dios, no me lo puedo creer. ¡Eso es lo más prepotente y…! Mira, Rubio, sí, suéltame. Yo no bailo con idiotas —digo dando ya un paso atrás y escapando de sus brazos.

Él me deja ir, pero me retiene con su mirada, más brillante que nunca y llena de algo que no logro descifrar. Y lo conozco, sé que ha bebido de más y que también está cansado, pero hay otra cosa más ahí que me mantiene frente a él como una tonta.

—¿Hay algo entre vosotros? —pregunta de repente, alzando lo justo la voz para que pueda oírlo.

—¡Desde luego que hay algo, joder! ¡Somos amigos! —respondo sin pensar, bastante alucinada—. ¡Él y yo somos amigos! ¡Porque nosotros sí podemos serlo!

Él baja un poco la cabeza y me mira intensamente, supongo que pensando si creerme o no. Pero, cuando comienza a sonreír, hasta me pesa no haberle mentido para quitarle esa sonrisa de suficiencia que se gasta.

—Bueno… Pues esta noche sé mi amiga también. Venga… Por favor —dice, despacio, componiendo un puchero y tendiéndome la mano para que vuelva a bailar con él.

—Estás borracho… —murmuro, ahora más asombrada que cabreada, porque debe de estarlo más de lo que imaginaba. Era lo que me faltaba, un Chema del todo desinhibido.

—Nah… Bueno, quizá un poquito. —Sonríe enseñándome todos sus dientes y mueve la mano en el aire para que se la coja.

Pestañeo alucinada. Nunca lo he visto así, en serio.

Creo que el día que peor lo vi fue cuando nos acostamos por primera vez y tampoco era para tanto. Cierra y abre la mano llamándome y se dobla en una reverencia al estilo de los hombres de época. Ay, mamá… Hasta me hace gracia, muy a mi pesar.

—Vamos… ven —insiste.

—No —susurro, y no sé cómo ha pasado, pero nos hemos acercado mucho. Aunque, a pesar de mi negativa, no me muevo un ápice para ponerle remedio a eso. Supongo que mi boca y mi cuerpo no están muy de acuerdo en qué es lo que quieren.

—A ver… Si tienes miedo a que tropiece, no voy a hacerlo, ¿vale? No he bebido tanto como para no saber lo que hago —dice casi sobre mis labios. Y entonces suelta una risita absurda—. Pero sí lo suficiente para estar así contigo y que me importe todo un carajo.

—¿Qué? —Abro mucho los ojos, sin saber si lo he escuchado bien. Si me está insultando o halagando.

En contraposición, Chema entrecierra los suyos, pensativo.

—Oh… ¿He dicho algo malo? No me mires así. No pienses. No recuerdes. Solo baila, Laura. Baila conmigo. Aquí parados en medio sí que vamos a llamar la atención.

Despertando del trance, me cabreo muy rápido, porque sus consejos, o sus órdenes, han obrado lo contrario de lo que él quería. Y esa última frase… Joder, esa ha despertado a la zorra que llevo dentro.

—Y claro… tú no quieres llamar la atención —hablo en su cuello, sorprendiéndolo al echarle también los brazos a él y comenzar a menearme contra su cuerpo. Chema no tarda nada en rodearme la cintura con sus manos y, ahí, voy a por todas—. No conmigo, al menos. ¿O estoy equivocada, Rubio? ¿Quieres acabar el baile con un buen beso aquí delante de todos? ¿No te gustaría besarme? Yo creo que sí, ¿verdad?

Lo noto tensarse. Pero es lo que pretendo, dejarlo tan jodido como lo estoy yo. Estoy harta de jugar según sus reglas. Como, donde y cuando desee, hasta que diga basta, como siempre. Y a escondidas. Porque yo no soy suficiente. Nunca lo he sido y la cosa parece no haber cambiado.

—Joder, Laura, eso es un golpe bajo —se queja, aflojando su agarre.

Suspira y yo me trago su aliento. Me dan ganas de volver a pedirle otro suspiro para inhalarlo de nuevo. Joder, parezco una yonqui y eso me hace odiarme todavía más, así que me separo un par de centímetros para mirarlo a la cara.

—No, eso es una verdad como una catedral, Rubio. Por eso no podemos ni ser amigos. Por eso vamos a dejar aquí este absurdo baile —afirmo, mientras bajo mis manos de sus hombros y me quedo muy quieta.

Chema frunce el ceño y ladea la cabeza, mirándome con pesar.

—Laura… Sé que no me porté bien, pero…

No quiero oírlo. No, no quiero. Oírlo es el primer paso para perder la voluntad, lo sé. Me separo tan rápido que incluso trastabilla hacia atrás. Y aunque estira una mano, la ignoro y comienzo a alejarme de él, dándole la espalda y no dedicándole ni una última mirada.

Lejos, lejos es como mejor estamos. Cerca me hace demasiado daño, demasiado. Porque nunca podrá estar todo lo cerca que yo quiero que esté.

Ya en la mesa que hemos pillado al entrar, y que ahora está vacía, me pongo la chaqueta y cojo mi bolso.

—¿Te vas? —me pregunta un Pedro sorprendido, que llega en ese momento.

—No, solo voy a salir a fumar. ¿Dónde estabas?

—Hablando con alguien en la puerta y ahora vengo del baño. ¿Por qué?

Aliviada de que no haya sido testigo de lo sucedido en la pista, le sonrío con sinceridad.

—Por nada. Por saber. Nos vemos ahora, ¿vale?

—Vale, preciosa —dice y me guiña un ojo. Se sienta en la silla y le da vueltas a su vaso antes de llevarlo a la boca, pero su vista ya está perdida en algún lugar del local, por lo que, sin más, me giro y me encamino hacia la puerta.

Justo al lado de ella, en unos sofás pegados a la pared, veo a Nieves y pandilla. Saludo con la cabeza, pero ella no parece conformarse con eso, así que se levanta y viene hacia mí. Pero no lo hace sola; de hecho, hasta se le adelantan.

—Hola, pelirroja. ¿Qué tal? Desde que has llegado, apenas se te ve el pelo —me saluda Selmo con una sonrisa menos burlona de lo habitual. Es que este tío no sabe sonreír normal, de verdad.

—Bueno, estoy un pelín liada —contesto sin demasiadas ganas de hablar.

—Ah, sí. El negocio. Has tenido una buena idea —interviene Lucas—. También me han dicho que ahora vives sola, encima de la pastelería. ¿Es verdad?

—Ajá. —Muevo los pies en el sitio, porque… a ver, no tengo por qué ser desagradable con ellos si me hablan así, con educación, pero tampoco somos amigos ni vamos a serlo. Se portaron bastante bien el día que me comí la puerta que tengo a mi espalda, pero, vamos, me es inevitable marcar una cierta distancia.

—Hola, cariño. —Nieves me da un abrazo y un par de besos, colgándose de mi cuello con tanto énfasis que nos tambaleamos—. Bien… Bienvenida de nuevo.

—Ehh… —Sonrío—. ¿Qué estás celebrando, guapa?

Ella suelta una carcajada y menea sus caderas, confirmándome lo que creía. Que ha bebido hasta el agua de los floreros.

—Nada en especial. Solo lo estoy… pasando bien. Muy, mucho, bien.

—Genial. —Me río—. Pues a ello, no te entretengo más. Voy a… fumarme un cigarrillo fuera.

—¿Quieres que…?

Ni siquiera la dejo terminar.

—No, Nieves. Prefiero ir sola, si no te importa.

—Vale, vale. Venga, a tomar el aire —me dice, apurándome con las manos.

Meneo la cabeza, divertida, me despido con un gesto y una leve sonrisa de los otros dos, que siguen ahí parados, y, con un suspiro sonoro, salgo al callejón trasero.

Paseando por ese espacio desierto y silencioso, sobre todo en comparación con el interior del pub, consumo a caladas lentas y profundas mi pitillo.

Es la primera noche que salgo desde que he llegado y, visto lo visto, habría sido mejor quedarme en casa. Pero me apetecía bailar, estar con Pedro, ver gente… Y no es que precisamente esté sola a menudo, pues tanto las niñas como yo intentamos pasar tiempo juntas y la tienda… Pues la tienda espero que, una vez abierta, atraiga a tanta gente como ahora. Que si no es alguna vecina cotilla, son mis amigos, o Adela, o los proveedores… Pero nunca parece estar vacía.

Quizá todo esto sea lo que me hace disfrutar tanto de la soledad de mi casa. A mí, que nunca me gustó demasiado el silencio. Pero necesito esos momentos, y no para reflexionar o atormentarme, sino para ver una película acurrucada en el sofá, escuchar música a mi aire o adecentar el piso a mi manera. Lo que, por otra parte, se lleva casi todo mi tiempo libre. Aún le falta, pero, día a día, objeto a objeto, lo estoy poniendo precioso. O, por lo menos, muy mío, que es lo importante.

La puerta se abre con un chirrido, haciendo que lleve los ojos allí. Expulso el humo en un resoplido al ver que quienes salen no son otras más que Angelines y Tina. Joder…

Las ignoro y me apoyo en una pared, de perfil a ellas, consumiendo el cigarrillo ahora un poco enfurruñada porque me hayan robado mi intimidad. Aunque bueno… la calle es de todos, ¿no?

—Venga, Tina. Fúmatelo rápido, que la noche está fresquita —oigo que le dice Angelines a la rubia.

—Vale… Pero eso no es nada elegante. Ni me va a sentar bien.

Pongo los ojos en blanco y sonrío para mí. Ahí, la salud para el final, Tina, pienso casi divertida, aunque también planteándome entrar y alejarme de ellas. Pero no me muevo y le doy otra calada al cigarrillo. Con lo caros que están… como para tirarlo a medias.

—Lo que deberías hacer es dejarlo. Eso no es que no te vaya a sentar bien, es que va a acabar matándote y… —Se calla de repente y yo miro hacia ella; me encuentro con que se ha dado cuenta de mi presencia. Estoy amparada en las sombras pero ver, un nada que te fijes, se me ve.

—¿Qué? ¿Por qué te has callado?

—Porque está ahí esa. Oí por ahí que había vuelto de Oviedo más madura y con más clase, pero no sé… Sigue igual de maleducada, ¿no crees? Ni siquiera nos ha saludado.

Aprieto los dientes ante la frase maliciosa de Angelines, que ya está de nuevo buscándome las cosquillas, pero no entro al trapo y mato mi frustración en dejar caer la ceniza con un movimiento brusco.

—¿Más clase? —Se ríe Tina, a la que, por el rabillo del ojo, veo encenderse aún ahora el pitillo—. ¿De quién hablas?

—¿De quién va a ser? —Supongo que me señala con la cabeza, porque lo que escucho a continuación son una serie de exclamaciones superpijas.

—¡Oh! ¡Ah! ¡Vaya! No la había visto.

—Para lo que hay que ver —continúa Angelines, a la que, más bien, deberían llamar Diablines—. Sigue vistiendo con el mismo mal gusto de siempre.

Pero bueno…

«No entrar al trapo es una cosa, Laura. Ser tonta, otra, guapa».

Y tanto.

En dos zancadas, estoy frente a ellas, que se han quedado muy cerca de la puerta, delante de los bidones abiertos que usan los camareros para echar las latas o botellas vacías.

—A ver —digo sin elevar la voz, con una frialdad que hasta a mí me asombra y dirigiéndome a la morena—, entiendo que tu vida sea muy aburrida, de verdad. Pero ¿por qué no pasas de mí y te entretienes, no sé, yendo al dentista o al psicólogo? Te hacen falta las dos cosas. Porque, en serio, tía, ¿cómo puedes guardarme tanto rencor por lo sucedido hace tropecientos años? Yo ni lo recuerdo, joder —acabo por soltarle, sin saber ni que lo iba a hacer. Pero es que toda esta inquina ya roza lo absurdo.

Angelines entrecierra sus ojos con odio, y la rubia los abre como platos y se lleva una mano al labio inferior.

—Ay, que se lía —murmura por lo bajo mientras la otra da un paso hacia mí.

—¿Te crees muy lista, no, Laura? Ahora juegas la baza esa de «ni me acuerdo». Pues yo sí, ¿sabes? Fueron años de burlas, de risas a mi costa —me dice con rabia.

—¿E insultarme cada vez que me ves te ayuda en algo? ¿Qué quieres, Angelines? ¿Que te pida perdón por algo que hice con ocho años, que de verdad no recuerdo y que seguro que te merecías? Pues vale, lo siento. Y siento también lo mucho que te afectó. Pero ya…

—¡No quiero tu perdón! ¡Y menos ahora, hipócrita! —grita.

—Pues, entonces, supéralo. Y por tu bien, hazlo de una vez, porque comienzas a darme pena, en serio —le suelto. No muy acertadamente, lo reconozco. Pero es que esta tía saca lo peor de mí.

—¿Pena? ¿Te doy pena? —Se ríe con malicia—. A mí la que me das lástima eres tú. Y pensar que Rubio me dijo que dejara de actuar como una envidiosa de manual. Por favor…

«¿Qué? ¿Que Chema le dijo qué?». Vaya… Tuvo que ser aquel día en la pastelería.

—¿Qué coño iba yo a envidiar de ti? Si no eres más que una pobre tonta —prosigue ella—. No te creas que no sé por qué has vuelto, por qué pasas tanto tiempo haciéndoles la rosca a tus sobrinas y…

—Para. A ellas ni…

—No es por tu gran bondad, Laurita —alza ella el tono—. Es por él. Por Rubio. He visto cómo lo miras, cómo…

—¿Ah, sí? ¿Y cómo lo miro? —la interrumpo, con chulería, aunque por dentro estoy temblando. Dios, por favor, esto no. No permitas esto.

Ella se echa a reír con más fuerza, como las brujas de los cuentos, lo juro.

—¿No lo sabes tú? Vamos, Laura… Que a mí no me engañas. Solo había que veros hace un momento en la pista. Pero dime una cosa, ¿no te da vergüenza? Es tu cuñado, por Dios.

Oh, mamá, esto duele. Duele mucho. Y me enciende más.

—Angelines, por favor… —susurra Tina.

—Eres maligna, pero maligna de verdad —siseo—. Yo solo era una niña que quizá se pasó, vale, pero tú… Joder, tú eres penosa como persona.

—Penosa eres tú, bonita —continúa Angelines con saña. Como si lo disfrutara—. ¿De verdad pensaste que podrías sustituir a Sor Clara? Por mucho que les limpies los mocos a sus hijas o…

—¡Ni la nombres! —grito, sin saber ni cómo la he dejado proseguir después de que nombrara a mi hermana—. A ella no, ¿me oyes?

—¿O qué? ¿Qué pasa? ¿Te jode que nunca puedas estar a su altura por mucho que hayas jugado a las casitas con su marido?

Me hierve la sangre y me hormiguea la cabeza en cuanto la oigo. Y una furia roja me hace verlo todo de ese color. Quizá porque sus palabras son demasiado acertadas. Demasiado dolorosas. Demasiado todo. De pronto, solo soy instinto. La humillación convertida en rabia. No controlo. No soy yo.

Me doy cuenta de que he transformado mis manos en puños porque me clavo las uñas en las palmas. Pero apenas soy consciente del instante en que las uso para empujar con fuerza a esa víbora y alejarla de mí. Le pisaría también la cabeza, como a la serpiente que es, pero me temo que el momento de ira descontrolada pasa al ser consciente de lo que acabo de hacer.

Con la fuerza del impacto, Angelines ha terminado sentada dentro de una de las cubas, con las piernas en alto y el culo allá dentro. Suelta un grito y se apoya como puede en los bordes, con los ojos casi saliendo de sus órbitas. La escena hasta resultaría graciosa, porque vaya imagen… Pero yo soy incapaz de verle la gracia. Allí despatarrada, solo siento deseos de rematarla, joder. Aunque ahora sepa que únicamente se van a quedar en eso, en ganas.

Doy un paso hacia ella, pero la voz de Tina, que salta sobre sus pies y sacude las manos en el aire, me para en seco.

—Oh, Angelines… ¡Tu vestido! ¡Ay, se te ven las bragas, tía! Pero por lo menos no has caído de dientes… De cara, digo, de cara.

Es tan surrealista oírla… La tía esa es tan superficial, tan boba… Joder. Asombrada, la miro, pero Angelines pronto me saca de mi estupor.

—¡Estás loca! ¡Loca! ¡De puto manicomio! —chilla desde allí, haciendo malabarismos para salir de su trono sin conseguirlo.

—¡Y sabiéndolo, ¿por qué coño te metes conmigo, joder?! —hablo casi entre dientes, sulfurada—. Escúchame bien, la próxima vez que nombres a mi hermana o a mis sobrinas… te juro que me hago un coletero con tu pelo y un collar con tus dientes, ¿te enteras? Y con respecto a mí… ¡No me mires, no me hables! ¡Nunca! ¡En tu puta vida!

—Hazle caso, tía… —opina Tina, en un murmullo, pero sin tenderle una mano a su amiga. Supongo que no querrá mancharse.

Y entonces, cuando yo ya me he girado y echado a andar para irme a mi casa dando por terminada esta desastrosa noche, la puerta vuelve a abrirse y escucho a una llorosa Angelines.

—Ella… Ella me ha empujado. Y me ha amenazado. Y…

—¡Por Dios, Angelines! ¿Y tú qué le has hecho? —le pregunta Aída, a la que reconozco la voz perfectamente.

—¿Yo? ¿A esa? Nada.

Un resoplido enorme y la Alonso habla de nuevo.

—Anda, a ver que te ayudo, sal de ahí. Y la próxima vez, mejor calladita, que…

Al dar la vuelta a la esquina, el área sensata y responsable de mi cerebro me obliga a sacar el móvil del bolso para mandarle un mensaje a Pedro para avisarlo de mi marcha. Pero, justo al terminar de escribir y con el teléfono todavía en la mano, la otra, la saturada, la trastornada, se apoya contra la primera pared que encuentra y respira hondo, muy hondo, para después reír como una loca. Histérica.

¡Madre mía! Mi vida es de película. De serie C, seguramente. Pero de película, joder.

Ir a la siguiente página

Report Page