Por nosotros
CAPITULO 31 » Chema
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Chema
You’re Beautiful llena la estancia. Y soy yo el que lo hace posible. Me la sé de memoria, ya que la he tocado infinitas veces. Últimamente, siempre para ella.
Mis dedos se mueven creando la melodía, aunque con la ayuda del peso de mis manos y controlando los movimientos de las muñecas y los brazos, tal como me enseñaron en el conservatorio.
Interpreto la composición desde el centro del piano, alejando mi mano izquierda un poco, jugando con mi derecha, luego con las dos. Es una canción que me encanta, podría decirse que una de mis favoritas, sobre todo para tocar al piano. Romántica, elegante, dulce… Ideal para dedicarle a mi amor. You’re Beatiful. Sí, cariño, tú eres hermosa. Preciosa. Única.
Cuando el ritmo cambia y mi mano izquierda se aleja del centro buscando otras notas, levanto la mirada hacia los ventanales, donde veo a mi mujer de espaldas a mí. Sonrío y amplío mi sonrisa cuando ella se gira.
Está vestida de época, con unas amplias y largas faldas que hacen su cintura muchísimo más estrecha, a la vez que sus pechos también se ven más grandes, perfectos.
No veo su cara, pero, no sé por qué, eso no me supone ningún problema. Espero a que se aproxime, emocionado, dedicándole esta canción, tocándola ya sin mirar al piano.
Y ella se acerca. Muy despacio. Dejándome admirarla mientras lo hace, acariciando su cuerpo con mi mirada.
Me muerdo el labio inferior mientras separo una de mis piernas y se la ofrezco como asiento, cosa que acepta al instante. Siento su peso, su calor, su perfume…
Espera. Ese no es su perfume… ¿O sí? Apoya su cabeza en mi cuello, sé que sonríe contra él y, después de tocar la última nota, meto una mano entre su pelo, apreciando su sedosidad, deslizando mis yemas por sus… ¿rizos?
Como si hasta ahora estuviese con los ojos cerrados sin saberlo, los abro de pronto y me encuentro con un pelo rojo a escasos centímetros de ellos. Levanto mi mano, sorprendido, y observo como entre mis dedos se entremezclan tirabuzones gruesos y pelirrojos. Su olor se hace más fuerte. Cítricos. Flores. No sé…
De pronto, me mira. Con esos ojos tormentosos. Por primera vez, puedo ver su cara, pero… Jesús.
Y, entonces, ella pierde la sonrisa. Se aleja de mí. Sus rizos del color de la sangre se escurren de mi mano hasta que desaparecen del todo.
Abro los ojos sobresaltado. Mi respiración es un caos, demasiado rápida, o demasiado lenta. No tengo ni idea. Me siento en la cama y aprieto mis manos sobre las sábanas, formando puños, arrugándolas. Frenético. Confundido.
Estoy encharcado. Noto gotas de sudor corriendo por mi espalda, mientras trato de entender qué demonios acaba de pasar.
El sueño. El mismo de siempre. Con la misma canción. En el mismo lugar. Tocando el mismo piano. Pero… ella. Ella no era Clara. No era Clara.
Joder, era Laura.
Salgo de la cama medio ido. Llevo mis manos a la cabeza y me echo el pelo hacia atrás, corroborando que está húmedo gracias a ese sudor que recorre cada milímetro de mi piel. La resaca tampoco ayuda, con un dolor persistente en mis sienes y el estómago casi del revés.
Aturdido, me dirijo a la ducha, pensando, estúpidamente, que el agua ahuyentará la imagen que el sueño ha grabado en mi mente.
Meto mi cuerpo bajo el agua y estoy ahí durante mucho tiempo, intentando aclararme. Centrarme. Olvidarme, a ser posible, del macabro juego que mi perturbada mente se trae conmigo. Perturbada y muy espesa, que a ver quién me mandó a mí beber anoche.
Dejo que litros y litros caigan sobre mí, me enjabono sin apenar ser consciente e incluso acabo apoyado en los azulejos, mirando embobado el agua que sale de la alcachofa, como si quisiera hallar en ella alguna explicación.
Es inútil. No la encuentro. Quizá ni la hay.
Salgo, comienzo a secarme y, ya con la toalla alrededor de la cintura, aparto el pelo de mi frente y me observo en el espejo.
Joder… El sueño sigue ahí dentro. Bullendo en mi cabeza a un ritmo vertiginoso. Girando en ella, buscando un lugar en el que aposentar la idea de que… ¿De qué? ¿De que lo que he soñado tiene algún significado que me niego a ver? ¿Tal vez durante todo este tiempo…? ¿He podido estar tan equivocado? ¿Nunca ha sido Clara sino…? ¿Laura?
Dios. ¿Es eso posible? ¿O solo es una jugarreta de mi subconsciente? Ese que, de un tiempo a esta parte, no puede dejar de pensar en ella. Ese que me obliga a buscarla, que mezcla sus recuerdos con los de mi mujer. Ese que cada día desplaza a Clara a un lugar lejano, encerrándola en ese trozo de corazón que siempre le pertenecerá, pero dejándome el camino libre para…
Jesús… ¿Para qué?
Me va a estallar la cabeza, joder. En todos los sentidos. Porque ahora el dolor se ha intensificado tanto que hasta veo algo desenfocado. Tal vez sea esa la razón de que casi no me reconozca en el espejo.
Frustrado y confuso, aprieto la cerámica de la pila bajo mis manos con tanta fuerza que temo romperla. Y, dos segundos después, me separo de golpe y me encamino al dormitorio, donde abro el armario y me visto en un tiempo récord.
Necesito verla. A ver si así soy capaz de ordenar mis pensamientos.
Aunque resulte del todo irónico recurrir a Laura para ello, a la única mujer que parece tener el don de hacérmelos papilla.
***
El paseo me ha servido para despejarme un poco. Eso y los dos calmantes que me he tomado antes de salir de casa. De hecho, ya casi veo el sueño como lo que debió de ser, una mezcla absurda e insensata de todo lo que siento desde que Laura ha regresado al pueblo. Y del alcohol, que seguro que no ha sido un testigo inocente de lo ocurrido.
Pero, a pesar de ello, ahora que he llegado hasta aquí, voy a subir a su casa. Sigo necesitando verla, hablar con ella. Y ya de paso, dejarle sus cosas, esas con las que cargo y que, en el último momento, consideré la mejor de las excusas para venir.
Haciendo números para que no me caiga la caja con sus bocetos, que pesa lo suyo, empujo la puerta de abajo, pero no se abre. Maldigo en voz baja. Joder. Tanto que critiqué su manía de dejarla siempre abierta y hoy que precisaba que estuviese así…
—Hola, Rubio. ¡Qué madrugador! —me saluda Miriam, mientras saca un manojo de llaves del bolso para abrir la pastelería.
—Ya ves. Le traía esto a Laura, pero…
—Oh. Ya le dije que era una lata que no hubiese telefonillo. Bueno, al menos me deja más tranquila saber que la cierra de noche.
—Sí, a mí también. —Y es cierto. A pesar de que ahora mismo me joda, me preocupaba el hecho de que cualquiera pudiese esconderse en las escaleras y darle un buen susto. Solo que la vez que se lo insinué… ¿adónde fue que me mandó?
—Ah, pero espera, que te abro yo. ¡Qué cabeza la mía! Me dejó una copia por si las moscas —dice, ya buscándola en el llavero.
Tengo que morderme la lengua para no pedirle también la del apartamento, porque eso sería echarle mucha cara, ¿no? Así que me limito a agradecerle el gesto con una sonrisa y subo las escaleras todo lo rápido que me permiten los fardos que llevo entre manos.
Claro que, una vez arriba, no resulta tan fácil despertarla. Después de llamar al timbre por tercera vez, golpeo la puerta con los nudillos, impaciente. Por suerte, el dolor de cabeza ha remitido bastante, porque ruido estoy haciendo como para despertarme uno nuevo.
—¿Sí? ¿Hola?
Su soñolienta voz, a través de la madera, se asienta en mi estómago. De hecho, me sorprende tanto oírla que ni contesto a la primera.
—¿Hola? ¿Quién es?
—Laura… Soy yo. Abre.
Silencio. La puerta sigue cerrada y no parece tener intención de cambiar su estado. ¿Qué esperaba? ¿Que me abriera feliz y contenta y me invitara a desayunar croissants?
—Laura, por favor. Abre. Te traigo algo.
—¿Qué? ¿Qué traes? ¿Qué quieres, Rubio?
Rechino los dientes y aprieto la mandíbula al escucharla. Joder, cómo me molesta que me llame así. ¿Quién me lo iba a decir, eh? A mí, que, durante un tiempo, odiaba oír «Chema» de su boca. A mí, que hasta se lo prohibí. Dios, estoy para que me encierren y se deshagan de la llave.
—Laura, abre. Esto pesa y tengo prisa. Quedé en recoger a las niñas en quince minutos —improviso sobre la marcha, mintiendo como un cosaco. Bueno, el fin justifica los medios, ¿no?
—¿Tan temprano? —pregunta, desconfiada.
—Joder, sí. ¿Quieres abrir de una vez?
Y antes de acabar la frase, la veo al otro lado, todavía sujetando el pomo de la puerta. Luce despeinada, con una camiseta negra de Los Ramones hasta la mitad de sus muslos y descalza. Con los ojos y la boca un pelín hinchados por el sueño, una expresión entre sorprendida y alerta en su rostro y las pecas destacando en su rostro limpio de maquillaje. Está… Está preciosa, joder.
—¿Qué es eso? —rompe ella el silencio, tirando de su camiseta hacia abajo y observando la caja y las bolsas que acarreo.
—Tus cosas. Las que todavía tenías en casa.
—Vaya… Gracias, pero no tenías por qué molestarte. En realidad…
Ignorándola, entro en el piso y camino hacia su cuarto, pues me lo conozco como la palma de mi mano. Fui yo el que pintó la pared de ese dormitorio, tras cubrir cada grieta con pasta. El que cambió las ventanas, a petición de Miriam, antes incluso de saber que el apartamento era para Laura. El que…
—¿Adónde crees que vas? —se cabrea ella, persiguiéndome por el corto pasillo.
—Solo quiero dejártelas en tu habitación. Pesan.
—No es necesario. Yo también puedo…
Pero yo ya estoy entrando y colocando todo sobre su cama revuelta, mientras contemplo admirado lo mucho que ha cambiado este dormitorio en apenas unos días. Se ha deshecho del antiguo cabecero y un cuadro enorme de Marilyn Monroe en blanco y negro ocupa su lugar. Sin embargo, el edredón, de mil colores, los alegres cojines, la alfombra fucsia a los pies de la cama y la media docena de cajitas dispares sobre la cómoda hacen que parezca que el arco iris se ha venido a vivir con ella.
—Bien, gracias. —Laura se cruza de brazos en cuanto me giro hacia ella y me señala la salida con la cabeza—. Ahora ya puedes irte.
—¿No vas ni a invitarme a un café? —le pregunto, fingiendo perplejidad.
—No, Rubio, no voy a…
Y otra vez la dejo hablando sola y voy esta vez hacia la cocina, sin disimular para nada que estoy observándolo todo a mi paso, aprovechándome de las puertas abiertas. De las pocas que hay. Salón, baño, cocina y el dormitorio que acabo de dejar atrás.
—Pero… —percibo molestia en su voz, pero lo cierto es que la ignoro. O no, porque se me escapa una sonrisa torcida. No sé si divertida o resignada. Quizá un poco de las dos cosas.
Una ojeada al baño, nuevecito y moderno, me hace ver que también le ha dado su toque. Aunque ya me parecía bonito antes, ahora es como más suyo, más… vistoso. Una alfombra en forma de flor cubre el suelo, a juego con las que ha pegado decorando el espejo, en los mismos tonos que las toallas. Amplío mi sonrisa y, de pronto, la pierdo.
Eso, lo sucedido con el baño, fue un impulso para el que no encuentro explicación. Y algo que nunca le confesaré a Laura. Cuando, aquel primer día que me la encontré en el bajo de mis padres, más tarde, me enteré de que ella era la inquilina de Miriam, me molestó muchísimo saber que iba a vivir en un lugar en el que el baño era viejo a rabiar y tan feo que hasta resultaba claustrofóbico. Ella necesitaba cosas bonitas a su alrededor, se las merecía, de hecho. Así que, sin barajar si aquello era sensato o no, me encontré proponiéndole a Miriam cambiarlo gratis, convenciéndola con el argumento de que era un regalo para la cuñada que había estado ahí en los momentos más difíciles de mi vida. Y sonsacándole la promesa de que nunca revelaría aquello, aunque sé que eso la sorprendió bastante. Supongo que, cuando alguien hace un obsequio, sobre todo de esas características, lo que espera es algún tipo de agradecimiento. No era mi caso. Yo solo quería que ella estuviese a gusto sin saber que yo había ayudado a ello.
Es más, tuve que frenarme para no cambiar también el antiguo parqué. O tirar la mayoría de los muebles por la ventana y hacerme con otros. Pero hasta yo sabía que aquello pecaría de exagerado.
—Anda, cuánta variedad —comento una vez delante de la cafetera, viendo todas las cápsulas de colores colocadas en fila en un objeto para ello.
—Venían con la cafetera. Son muestras.
—Pues venga, sé buena y hazme uno, por favor. He salido de casa sin meterme nada en el cuerpo.
Ella me mira durante un buen rato, me estudia. Pero acaba por resoplar y darme un pequeño empellón para ocupar mi lugar y comenzar a preparar el café. Que, más que una excusa para seguir aquí, es verdad que me apetece un mundo.
Mientras el líquido gotea dentro de la taza, echo un vistazo a mi alrededor y me froto las sienes, de donde el dolor aún no ha desaparecido del todo. Aunque eso no impide que sonría orgulloso.
Es increíble lo que ha conseguido en tan poco tiempo. La cocina, espartana y bastante anticuada, está llena de esos detalles que llevan su nombre. Botes y latas de colores sobre la mesa amarilla, contra la pared, en la que ha colgado casi una docena de cuadros diminutos que representan frutas distintas. Tazas y platos a juego dentro del antiguo chinero que hay al lado de la ventana. Una enorme cesta de mimbre que usa como verdulero en una esquina. Y la nevera… llena de imanes, algunos de ellos sujetando notas, dibujos y… a saber.
Realmente, esta chica tiene un don… El don de…
—Bébetelo rápido, que tienes que recoger a las niñas —interrumpe Laura mis pensamientos, tendiéndome la taza de malas maneras. Una verde con un cerdo dibujado, que observo arqueando una ceja y preguntándome si eso es alguna clase de indirecta.
—Bonita taza —ironizo antes de llevarme la bebida a la boca.
Su reacción es poner los ojos en blanco antes de darme la espalda para meter en la cafetera otra cápsula para ella. Me apoyo en la mesa y saboreo el mío con calma, disfrutándolo. Está buenísimo, pues hasta le ha echado el azúcar justo a mi gusto. Y que recuerde ese dato me hace sonreír como un bobo.
Cuando Laura se da la vuelta con su café en la mano, nos dedicamos a tomárnoslo en silencio. Ella mantiene los ojos clavados en su brebaje, aunque, de vez en cuando, me echa rápidos vistazos que después trata de disimular. Yo sí la observo, sin preocuparme en ocultar que lo hago. De hecho, me gusta hacerlo. En un momento dado, Laura vuelve a tirar de su camiseta y hace una mueca rara. Sé que no está cómoda con la situación, pero eso, no sé por qué, hoy me halaga en vez de fastidiarme. Se me escapa una sonrisa maliciosa que no quiero ni puedo evitar.
—¿Qué? —Laura pone los brazos en jarras al verla—. Termina de una vez y vete. ¿No tenías prisa?
—Sí. —Le doy otro trago a mi café y dejo la taza sobre la mesa antes de ser del todo sincero—. Por verte.
—¿Qué? —Abre mucho los ojos y hace el amago de echarse hacia atrás sin moverse del sitio, pues ya está pegada a la encimera.
—Sí, Laura. Quería verte, ¿por qué te resulta extraño? No será porque no llevo intentando…
—Vale. Pues ya me has visto, ahora…
—Ahora vamos a hablar. Quiero…
—Joder, qué empeño te ha entrado con hablar, chico —vuelve a interrumpirme ella—. Ni que fueses un político. Yo no tengo nada que decirte. Nada. Así que…
Se calla cuando yo la encierro con mi cuerpo, colocando mis manos a sus costados, contra el mármol que rodea el fregadero.
—Laura, yo quiero… —suspiro y empiezo de nuevo—. Yo necesito…
—Yo lo que necesito es que te apartes. ¡Ya!
—¡Joder! ¿Puedes escucharme de una santa vez? —le pido, pero alzando las manos y separándome de ella para concederle ese espacio que parece precisar tanto.
—No, Rubio. No me interesa lo más mínimo lo que tengas que decir.
—¡Pues yo creo que sí! —insisto—. No podemos…
—¡Déjame en paz! Por favor, déjame en paz. No me hagas esto. ¡Vete, Rubio! —grita y me empuja el pecho con las dos manos.
Y yo me aparto más, hasta chocar con la mesa a mi espalda, pero no cedo en lo de irme. No sé muy bien por dónde comenzar a explicarme, o a preguntar, pero sé que tengo que hacerlo. No podemos seguir así. Ignorándonos, haciendo ver que entre nosotros no sucede nada. Estoy en ese punto en el que me da tanto pavor ponerle nombre a lo que nos pasa como tratar de negarlo. En ese punto en que no sé ni lo que quiero, joder. Lo único que sí sé es que quiero estar aquí. Con ella.
—Laura —suspiro—, no sé qué me…
—¡Que no quiero oírte, joder! ¡Ni verte! —vuelve a chillar, fulminándome con la mirada. Cuando continúa hablando, sus palabras son tan mordaces que hasta rechina los dientes—. Lárgate. Ahora que no hay mucha gente por la calle. ¿O no te importa que te vean salir de aquí? No estamos viviendo juntos, ya no tenemos excusa para…
—Para, Laura, estás diciendo tonterías, no…
—¿Tonterías? ¿Dónde quedó aquello de que nadie podía saber nada de lo nuestro, Rubio? Ayer bailas conmigo en el Pantera y hoy te ven salir de aquí. Oh, de qué jugosos rumores vas a ser protagonista.
—¡Laura, ya! Ayer bailamos algo así como medio minuto después de que lo hicieras con medio bar. No creo que…
—Oh, ¿y eso son celos? —se burla—. ¿Por eso la insistencia? ¿Fue más fuerte tu ego que la vergüenza de que te vieran tan cerca de mí?
Ahora el que rechina los dientes soy yo.
—Nunca me avergoncé de estar contigo, Laura.
—¡Vete a la mierda, Rubio! Claro que lo hiciste, por eso…
—¡Mierda la que vamos a sacar de entre los dos ahora mismo, si eso es lo que quieres! No se trataba de vergüenza, ni de nada parecido, solo que ambos tenemos gente a la que respetar, ¿no crees? Eras mi cuñada, joder. No era fácil. ¡Si tú eras la primera en ponerte como una loca cuando creías que nos podían pillar!
—¡Por ti! ¡¡Por ti, joder!! ¡Solo por ti! Porque temía que, si nos descubrían, te alejaras. Y porque respeto a esa gente de la que hablas, y por nada del mundo quería que se enterasen así. ¡Yo siempre quise algo más! ¡Siempre! —Entrecierra los ojos y prosigue en un tono bajo, lleno de rabia—. Y no era tu cuñada. Soy tu cuñada, Rubio.
Frunzo el ceño, más enfadado de lo razonable. Pero, aun así, soy capaz de obviar sus últimas palabras y me centro en lo importante.
—Sí, ahora sé lo que tú sentías. Pero en aquel momento no, Laura. Yo no leo mentes. Yo únicamente te creí cuando me decías que querías lo mismo que yo.
Al menos, tiene la decencia de mostrarse abochornada ante lo que he dicho. Porque, aunque solo sea en eso, tengo la razón. Baja la cabeza y se muerde el labio inferior con fuerza. Y cuando encuentra el valor de mirarme otra vez, sus ojos están tan húmedos que maldigo entre dientes.
—Hostias. Joder. No llores. No se te ocurra llorar.
—¡¿O qué?! —Y la furia opaca la tristeza, lo que prefiero sin dudas.
—¡La Virgen, Laura! No he venido hasta aquí para echarnos cosas en cara. Ni siquiera me molestó que se lo contaras a Nela. Yo lo…
—¿Cómo…? ¿Cómo sabes eso?
—Lo sé y punto. No importa. —Niego también con la cabeza.
—¿Quién te ha abierto abajo? —pregunta, de pronto, con los ojos entrecerrados.
—Miriam… —suspiro—. Me vio con las cajas y… —Sin ser consciente, camino los escasos pasos que nos separan y quedo justo frente a ella—. Y eso tampoco importa una mierda.
—¡Aléjate, Rubio! No me busques, que…
—¿Que qué? ¿Que te encuentro? Pues genial, Laura. Porque yo me muero por besarte, joder —digo sin pensar, solo dejándome llevar, casi aturdido ante su presencia.
No lo espero. En la vida. Pero, de repente, me veo de rodillas en el suelo, con las manos en los huevos y un dolor atroz recorriendo mi entrepierna. Inhalo mucho aire, agradeciendo a todos los santos que no haya empleado toda su fuerza, ya que sé con seguridad que algo se ha controlado o ahora sería un eunuco.
—Jesús… —suelto al exhalarlo. La puta, cómo duele.
Levanto mi mirada hacia ella y veo que se ha movido contra la pared de al lado de la puerta. Su pose es recta y altiva, pero, desmintiendo eso, sus ojos me miran preocupados mientras sus manos, entrelazadas a la altura de su barbilla, tiemblan un poco.
—¿Te…? ¿Te duele mucho? —me pregunta un rato después, cuando el dolor comienza a remitir un pelín.
Carraspeo y respiro hondo con la boca formando una o perfecta.
—Un poco, sí —jadeo. La madre que la parió.
Pasa por mi lado sin rozarme y abre el congelador, tirando a mis pies una bolsa de guisantes congelados.
En otras circunstancias, creo que me daría la risa. Sin embargo, en este momento lo miro como si se tratase de una serpiente enroscada en el suelo. Pero… ¿qué coño? No voy a ponerme algo congelado… ahí. Ni de coña, vamos.
Me tomo un minuto o más antes de atreverme a levantarme y me siento en el primer taburete que encuentro. Hago una mueca ante un último latigazo, recuerdo de su rodillazo, y me acomodo antes de pasear mi mirada desde los guisantes, que siguen en el mismo sitio, hasta su cara.
—¿Qué haces tú con eso en el congelador? ¿Ahora vas a dedicarte a guisar? —me escucho decir.
Ella abre los ojos como platos.
—¿Acabo de patearte las pelotas y eso es lo único que se te ocurre decirme? —dice, cruzándose de brazos.
Y joder, qué razón tiene. Esto excede lo surrealista. Ella, tan menuda, tan bajita, acaba de patearme las pelotas, algo que, por otra parte, quizá me merecía hace tiempo. Y yo… Yo solo puedo pensar en arrancarle esa camiseta horrorosa que lleva puesta. Dios… Una sonrisa estúpida se instala en mi cara por voluntad propia.
—¿Y ahora por qué coño sonríes? ¿Te va el sado? —ataca de nuevo, furibunda.
Joder, qué carácter. ¿Cómo es posible que me ponga tanto? Es que me encanta, coño. Esta chica me encanta.
Y quizá la tensión ante ese descubrimiento que no es tan nuevo, lo ridículo de la situación, el miedo que quiero ignorar pero que me recorre entero, el deseo voraz que ella me provoca… Quizá todo eso afecta a mi sistema nervioso, porque soy el primer sorprendido, pero me encuentro tratando de disimular la risa.
Sin mucho éxito.
Claro que las ganas de reírme se me cortan en seco cuando ella, tras mirarme pasmada, menea la cabeza y sale de la cocina.
Mierda. ¿Qué cojones me pasa? No me reconozco ni yo. Cada día me parezco más a ella, en serio. ¿Desde cuándo soy tan impulsivo y digo y hago lo primero que se me pasa por la mente, eh? ¿Desde cuándo?
Exhalando hondo, recojo la taza del café y voy tras ella, para seguir comportándome de esta manera tan extraña en mí. Quiero ser sincero con ella, a ver si así logro serlo conmigo mismo.