Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 31 » Laura

Página 100 de 113

Laura

 

 

Por Dios… Y luego creo que yo estoy mal. Él está peor, joder. Mucho peor. Se presenta aquí con una mala excusa, que tonta no soy. Nos gritamos como locos después de que yo sacara a relucir lo que prometí callarme, sobre todo después de la barbaridad que le solté anoche. Quiere hablar… ¡Él quiere hablar! Y pasa de aullar del dolor a burlarse de mis dotes culinarias, a sonreír como un tonto y ahora… Ahora ahí lo he dejado, riéndose. Pero… ¿en qué piensa? ¿Qué coño le sucede?

¿Le habré dado demasiado fuerte y le ha afectado? Ya se sabe que justo donde he golpeado se dice que tienen su segundo cerebro. A lo mejor…

Me sacudo esos pensamientos tan estúpidos, motivados por lo confusa que aún estoy ante su reacción y lo poco orgullosa que me siento de mis arrebatos violentos. Es que ni lo pensé. Solo quería liberarme, alejarlo… Levanté la rodilla y… Ay, Dios, que a este paso solo me falta la catana para parecerme a Uma Thurman en Kill Bill. Ayer ataqué a Angelines, hoy a él…

«Eso. Controla, Laura, por el amor de Dios».

Enciendo la tele y cambio de canal sin ver nada de lo que dan en ella. A ver si ignorándolo coge la indirecta y se larga de una vez, que está visto que a Chema las directas le resbalan. Pero no es tan fácil obviar que él está ahí, a un paso de mí.

Oh, no. Lo de un paso se ha convertido en literal, porque Chema entra en el salón, se sienta a mi lado y apoya su café en la mesa como si esto fuese una escena habitual.

—Vete, Rubio —siseo, repitiendo la frase del día, sin mirarlo siquiera.

—Contigo me pasa algo muy raro, Laura —dice, y capta toda mi atención. No se lo demuestro, con la vista clavada en la tele, pero mis oídos, esos traidores, son todos para él—. Sobre todo desde que volviste. Yo… Yo, no sé… Me gustas.

Ahora sí lo miro. Desde luego que lo hago. Y si pudiera, lo asesinaría con los ojos.

—¿Te gusto? ¡Desde luego que te gusto, Rubio! Eso me lo dejaste claro cada vez que me follabas —espeto sin filtro alguno—. No me digas que tú acabas de descubrirlo. Dios… Eres gilipollas.

Sé que mis palabras le afectan, porque aprieta las manos sobre su regazo y tensa la mandíbula, pero, cuando vuelve a hablar, su tono es comedido, apaciguador.

—Bueno… Veo que tu autoestima no ha sufrido daño alguno. Que…

Giro mi cuerpo para enfrentarlo.

—No, mi autoestima está perfecta, pero no gracias a ti. Mira, Rubio, no sé qué pretendes con todo esto, pero…

—¡Pretendo entender! Tú… Tú me descolocas. No sé… No sé qué me pasa contigo, ¿vale? Siempre pareces ir un paso por delante, siempre pareces saberlo todo, pero, en el fondo, no sabes nada. Es… frustrante, joder.

—Ahora la que no entiende soy yo. ¿Qué quieres decir?

Él, con un codo sobre su muslo, se frota las sienes y luego lleva esa mano hasta su nuca. Suspira y se pone derecho, cambiando totalmente de actitud.

—Nada. No importa. Olvídalo. Estoy confundido, ya se me pasará. Ya…

—¡Joder! ¿Qué coño se te pasará? —demando, porque, si hay alguien aquí frustrado, soy yo.

Él me observa durante unos segundos, paseando sus ojos por mi cara, reflexivo, y me pone más nerviosa de lo que ya estoy. Porque, Dios, juraría que en ellos hay miedo. O algo parecido. Flaqueza. Vulnerabilidad.

—Te he traído tu ropa y los papeles que guardabas en el escritorio. Solo me he quedado con una cosa. Con los planos de mi casa y con los diseños que hiciste para ella —comenta, cambiando de tema y haciendo que tenga ganas de matarlo y de morirme, todo al mismo tiempo. Porque que haya descubierto eso me avergüenza lo indecible.

—Yo… Esto… Los hice por pasar el rato. Supongo que tenía demasiado tiempo libre y… —comienzo a excusarme. Y luego freno en seco, cabreada por hacerlo—. Me imagino que te enfadarías muchísimo al verlos, ¿no?

—No. No me enfadé. Quizá si los hubiera encontrado al principio de irte, lo habría hecho. Pero fue hace poco. Muy poco. Y más que molestarme, me extrañó.

—Ya. —Y, como hasta lo entiendo, continúo con sinceridad—. Bueno… Si te gustan, puedes usarlos con libertad. Terminaste la casa. —La última frase la digo en un susurro. No sé ni por qué.

—Sí. Y, de hecho, quiero usarlos. Y pagarte por ellos.

—No, no, no. De eso nada. No voy a cobrártelos.

—Pues deberías. Son increíbles, Laura. Y me has hecho un gran favor. No sabía cómo amueblar la casa… —se queda callado, baja la cabeza y, cuando busca de nuevo mis ojos, los suyos brillan de una manera especial—. En realidad…, el salón sí sabía cómo lo quería. ¿Cómo…? Dios, Laura, el salón que tú… es igualito a… —Coge mucho aire y lo suelta casi a la vez que sus últimas palabras—. Pusiste un piano.

El corazón me retumba tan fuerte que temo que lo oiga. Intento controlar mi respiración para que no note lo difícil que esta conversación es para mí. Carraspeo y aparento una indiferencia que no siento cuando me atrevo a contestarle.

—Sí, me dijiste que tocabas, ¿recuerdas?

—Sí. Lo recuerdo. Pero no solo es eso. Es… todo. ¿Cómo sabías…?

—¿Cómo sabía qué? —Y me arrepiento de esa pregunta en cuanto abandona mi boca.

Él niega con la cabeza, y yo suspiro de alivio.

—Nada. Es una tontería. Es… de locos. —Se echa a reír. Una risa sarcástica, que duele oír—. Contigo todo es de locos, ¿verdad? ¿Qué vamos a hacer, Laura? ¿Qué podemos hacer?

—No sé… No sé a qué te refieres.

«Genial. Y ahora eres tan cobarde como él, Laura. Genial».

Ay, Diosito. Una tregua, ¿vale? Provócale un retortijón o algo y haz que se vaya, por favor.

—Sí lo sabes. Tuviste la valentía para reconocerlo cuando nos reencontramos a tu vuelta, no rectifiques ahora. ¿Qué vamos a hacer con esto que sentimos?

Cojo mucho aire y lo dejo salir muy despacio. Este hombre va a matarme. Va a acabar conmigo, de verdad.

—¿Y qué…? ¿Qué sentimos? —me arriesgo a preguntar, porque está visto que él no va a irse sin hablar de ello.

Él se inclina hacia mí. Me mira intensamente y levanta una mano que acerca a mi mejilla, para acariciármela con los nudillos.

—Esto, Laura. Sí, yo también lo noto. Es superior a mí. Es como si…

Sus labios rozan los míos, haciéndome cosquillas con ese último «sí» pronunciado. Me quedo muy quieta, sin saber ni cómo reaccionar. Sé que tengo que apartarlo, que no puedo volver a caer de nuevo, que… Que su contacto sienta demasiado bien, joder.

Se me escapa un gemido cuando captura mi labio inferior y lo succiona. Y, cuando su lengua se interna en mi boca, lo dejo hacer. No recordaba el poder de estas sensaciones, estas que me anulan, que me convierten en arcilla en sus manos. Sin ser consciente de que he comenzado a hacerlo, me encuentro participando en el beso. En ese beso que ha empezado dulce y suave, pero que se convierte a cada segundo en más ansioso, en el alimento que sustenta nuestras ganas, nuestra necesidad. Que nutre ese deseo del que ninguno de los dos aparenta librarse jamás.

«Escucha a tu corazón».

Las palabras de María pasan por mi mente y luego… desaparecen. Pues eso es lo que estoy haciendo. Dejarme llevar por él. Porque besar a Chema no es igual a besar a otro. Por muy bien que bese ese otro. Con él siento que cada milésima parte de mí interviene en algo tan simple como la unión de nuestras bocas. ¿Simple? Ja. Ahí está la diferencia. Con él no tiene nada de simple. Se implica todo mi cuerpo. Desde mi corazón, que se ensancha hasta el extremo de resultar doloroso, hasta esas partes más carnales que despiertan endureciéndose y humedeciéndose al instante. Tal como si tuvieran un puto interruptor.

Chema mantiene una mano en mi nuca, con la que me sujeta contra él, mientras la otra, apoyada en uno de mis muslos, sube despacio y se interna dentro de mi camiseta, recorriéndome el costado en busca de mis pechos. Mi pezón se contrae bajo su pulgar y mi boca se abandona un poco más, presa de la suya. Resulta tan inquietantemente natural hacer esto… Estar en sus brazos. Saborear su saliva. Beber de su aliento. Disfrutar de sus caricias. Esto no puede estar mal cuando mi cuerpo llora por él. No puede estar mal cuando los dos lo sentimos, no puede estar mal…

Mientras dure. Luego vendrán de nuevo las lágrimas. El pesar.

¡Madre mía! Voy directa contra un muro a cien kilómetros por hora, joder. Acelerada, encendida y apabullada. Para acabar lastimada. Muy lastimada.

El recuerdo de cómo llegué a Oviedo, el de aquellas semanas horribles, el de la humillación que yo misma me provoqué, me impulsan a alejarlo. Desquiciada, lo empujo, manoteo, me escabullo, pongo fin a esta locura.

—¡No! ¡No, por favor! ¡Otra vez, no! ¡No!

—Laura…

—¡Ni Laura ni hostias! ¡Vete, sal de aquí! ¡Lárgate! —grito, poniéndome en pie y limpiando mi boca con el reverso de mi mano, a ver si así puedo desprenderme de su sabor, de la excitación que todavía hace temblar mi cuerpo.

—No, escucha. —Se aproxima, pero doy un paso atrás—. Por favor… Intentémoslo. ¿Qué podemos perder?

—¿Qué? —Me quedo estática, perpleja. Esperanzada pero desconcertada ante sus palabras.

—Quiero descubrir si esto es algo más, Laura. Si tú… Si yo… Joder, necesito saber si lo nuestro puede funcionar, porque ya no encuentro otra opción. Ignorarlo no procede, ¿no crees?

—Tú quieres… quieres… ¿Qué es exactamente lo que quieres? —cuestiono, porque necesito oírlo con claridad.

—No sé… Estar juntos. Ver a dónde conduce esto. Prometo ser sincero, intentar por todos los medios no hacerte daño.

—¿Tú…? Tú… ¿estás seguro de que eso es lo que quieres? ¿Estar conmigo? ¿Juntos? —trato de asegurarme, aturdida y a punto de vomitar las tripas. Mi corazón… Ese va por libre, bailando la conga dentro de mi pecho.

— Yo… Yo lo único que sé es que tú me haces sentir, Laura. Contigo… siento. Estoy vivo. Solo… Solo te pido una cosa. Solo una.

—¿El qué? —Y mi estómago, descompuesto desde hace un buen rato, creo que sabe la respuesta de antemano, porque se contrae hasta el dolor incluso antes de que hable.

—Ir despacio. Dame tiempo. Primero quiero saber si…

—Define despacio —pido, tensa. Muy tensa.

—Pues… Ya sabes. —Chema baja la mirada al suelo y se mesa el cabello hasta que se lo deja de punta. Suspira sonoramente y clava sus ojos en los míos casi con desesperación—. No sé cómo decírtelo. Vas a…

—¿Quieres pasear de la manita durante unos meses antes de tener sexo? ¿Quieres invitarme al cine y tener conversaciones profundas para conocernos mejor? —ironizo. Porque sé por dónde va y me dan ganas de emprenderla a tortazos. Siempre es mejor que llorar. Porque, de empezar, tengo miedo a no poder parar.

—Laura, por favor… No hagas eso. No te burles.

—Aquí el único que se está burlando eres tú, Rubio. ¡De mí! ¿Es que no has aprendido nada, joder? ¿Es que lo he soñado, o no acabamos de tener esta conversación hace un rato en la cocina? ¿Es que no te lo dejé claro el otro día?

—Sabía que ibas a malinterpretarme, joder. Y yo… Yo necesito tiempo antes de que se sepa. —Debe de ver mi cara desencajada, porque continúa muy rápido—. Solo hasta saber con exactitud si funcionamos, Laura. Por las niñas, piensa en ellas. No quiero ilusionarlas y que luego…

—¿Y que luego sufras una de tus paranoias? ¿Que te dejes llevar por tus pajas mentales y me apartes como si fuese un clínex? ¿Algo de usar y tirar? ¿Hasta cuándo vamos a estar juntos a escondidas, Rubio? —Y, llegados a este punto, chillo de impotencia—. ¡¿Hasta el siguiente aniversario de la muerte de Clara?! ¡¿Hasta vuestro aniversario de bodas?! ¡¿Hasta su cumpleaños?! ¡¿Hasta que te aburras de mí y decidas que quieres probar con otra esta mierda de experimento?! ¡Pero tú… ¿de qué coño vas?!

—No, no es eso. ¡Por Dios, concédeme el beneficio de la duda, ¿quieres?!

—¡¿El beneficio de la duda?! ¡¿Cuál es la duda, Rubio?! ¡¿Cuál?! —Pierdo las fuerzas, esto es demasiado. Ha vuelto a hacerlo, joder. Ha vuelto a convertirme en alguien débil, ha vuelto a pisar mi orgullo, mi dignidad. Y no puedo consentirlo. Ya no más. Me tapo la cara con las manos, tragándome las lágrimas que por nada del mundo quiero derramar en su presencia. Y cuando siento su contacto en uno de mis brazos, pongo distancia entre los dos y lo miro de nuevo—. Es muy fácil, Rubio. O quieres estar conmigo o no. No voy a conformarme con lo que tuvimos. Nunca más. Nadie va a volver a esconderme, como si fuese una deshonra… No, Chema. Olvídalo. Lo que me pides es… absurdo. Es humillante, joder.

—No, Laura, no quiero humillarte. Ni me avergüenzo de ti. De verdad. No, no es eso… Yo… Yo únicamente quiero estar seguro, saber que…

Levanto los brazos al aire y los dejo caer con fuerza.

—¿Estar seguro? ¿Saber? ¡¿Qué coño quieres saber?! ¡Vivimos juntos, por el amor de Dios! Y a pesar de todo por lo que pasamos, de todo los que sufrimos intentando ignorar lo que sentíamos el uno por el otro, no nos matamos. Yo seguí queriéndote pese a nuestras discusiones, a nuestros cabreos. ¿Cuántas parejas crees que han pasado por una prueba así, eh? ¿Cuántas? ¿Y tú quieres estar seguro de que lo nuestro puede funcionar? —Cojo mucho aire y, agotada, bajo el tono—. Si ya no lo estás, no vale la pena. Olvídame. Vete. Yo puedo vivir sin ti, ya te lo dije en su momento.

Se acerca a mí. Demasiado. Me sujeta los brazos y se inclina hasta que coloca su cara frente a la mía.

—Laura, por favor. Danos una oportunidad. Lo que nos pasó antes te hace ver un problema donde yo…

—¡Tú, sí! ¡Tú! ¡El problema has sido siempre tú! ¡Que nunca sentiste por mí todo lo que yo quería! —le grito, tan cerca que nuestros labios casi se rozan—. Y ni siquiera puedo culparte. En el fondo, tienes razón. La única que escondió la verdad fui yo. Tú siempre fuiste cruelmente sincero.

Él se aparta un paso y me eleva con su mano la barbilla.

—Y ahora también lo soy. Ojalá pudiera darte más. Dártelo todo. Pero… ¿y si esto no es…? —no acaba la frase, cierra los ojos, me suelta, da otro paso atrás y se lleva las manos a la nuca—. Necesito tiempo, Laura.

—Y yo necesito eso que tú no puedes darme. Lo necesito todo, Chema.

—Eso… Eso es muy egoísta de tu parte. Si de verdad me quieres…

—¿Ahora me manipulas? ¿Me chantajeas? —Me río. Me río por no llorar, aunque mi risa sea más desagradable que un estallido de llanto. Y aunque él niega con la cabeza y comienza también a hacerlo en voz baja, yo continúo, sin freno—. ¿Y yo soy la egoísta? ¿Qué cojones te pasa? ¿Aún sigues enamorado de mi hermana? ¿Es eso? ¿Por eso quieres probar a ver si yo puedo hacerte olvidarla? ¿O, como me dijo tu madre, es imposible que puedas quererme un poco después de haberla querido a ella?

—¿Qué? ¿Qué estás diciendo? Que mi madre… ¿qué?

—Pero que era buena para un polvo, eso sí —prosigo, ignorando sus preguntas, sorprendidas y casi horrorizadas—. Bueno, en el fondo sois iguales. Tú eso también lo piensas, ¿verdad? Que para eso sirvo, así, a escondidas… Claro, supongo que te resulta más cómodo que irte a un puticlub.

—¡Joder! ¡No digas eso! ¡A mí me importas, Laura! ¡Mucho! Es solo que…

—Que no te importo lo suficiente. ¿Sabes? Pensándolo bien, ni siquiera hay nada que intentar, no funcionaría. Me niego a ser la segundona. Odiaría cada instante de mi vida, pensando siempre si estás comparándome con ella. Adiós, Rubio.

Y sin soportar mirarlo ni un segundo más y no romperme, corro a mi cuarto, donde me apresuro a pasar la llave. Me tiro sobre la cama aguantando las ganas de llorar y trago saliva hasta que me duele la mandíbula, hasta que el acto en sí se me hace casi imposible. Pero lo consigo. No lloro. Ni siquiera cuando he tenido que taparme la cabeza con la almohada para no oírlo llamarme y hablarme al otro lado de la puerta.

Yo ahora soy fuerte. Yo no puedo ni quiero llorar más. No puedo dejar ganar de nuevo al dolor. Tengo a mis niñas… Un negocio entre manos. No me voy a hundir. No, no voy a hacerlo.

Y me convenzo de que esas traviesas lágrimas que mojan mi cara, un buen rato después de que Chema se haya ido, solo son producto de la rabia. De la que siento hacia mí, porque todo lo que le he dicho ha sido casi imponiéndomelo. Porque he estado a un paso de aceptarlo todo y correr a sus brazos. De convertirme en alguien que no quiero ser. Tanta rabia siento que tengo ganas de volver a patearle las pelotas. ¡Gilipollas!

«De menudo gilipollas te has librado, Laura».

—¡De menudo gilipollas me he librado, joder! —grito como una loca.

Sí, Chema es un gilipollas. Un capullo. Egoísta y cobarde.

Qué pena que también sea el amor de mi vida.

Ir a la siguiente página

Report Page