Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 32 » Chema

Página 102 de 113

Chema

 

 

Vergüenza. Es tanta la vergüenza que siento que las siguientes semanas intento por todos los medios no coincidir con Laura.

Vergüenza. Pero no hacia ella, como cree. Sino hacia mí mismo.

Vergüenza y decepción. E ira. Y miedo. Miedo a haber perdido la oportunidad de volver a ser feliz, como ya una vez me dijo ella. Como también me repitió Nela.

Sí, porque lo que le dije era verdad. Con ella me siento tan vivo que todo se magnifica. Los cabreos son desmesurados, las risas son hasta las lágrimas, el deseo es… tan inmenso que me muero por tenerla. En cualquier lugar. En cualquier posición. Pero tenerla. No puedo quitarme de la cabeza la imagen de ella y yo, desnudos, entrelazados, gimiendo. Es casi demencial. Una obsesión, joder.

Y de las obsesiones uno tiene que huir. Por eso me he mantenido todo lo lejos de ella que me permiten las circunstancias. Entregándole a las niñas con la presteza de un repartidor de Seur, recogiéndolas sin apenas mirarla, hablándole lo justo y necesario para no resultar maleducado. Más que nada, por no sumar puntos a mi estupidez. Y también para disimular delante de la gente lo que ella me causa.

Como hace ella. Que a actriz no hay quien le gane, joder. Fría, distante, a veces perturbadoramente encantadora… Solo para provocarme un poco más, supongo.

Que me lo merezco. Vaya si me lo merezco. ¿Cómo he podido caer de nuevo en lo mismo? Proponerle otra vez lo que ahora sé que le molesta tanto. Que la hace sentirse mal, poca cosa… Una segundona, dijo. Ella nunca será eso para nadie. Es demasiada Laura para ello. Ella, en todo caso, será la mujer con la que se puedan comparar las otras.

Y como este pensamiento deja en muy mal lugar mi amor por Clara, lo alejo, como hago siempre.

«Porque estás cagado, Chema. Pero tan cagado que empiezas a oler».

Sí. Estoy tan asustado como un niño de tres años sin nadie en casa. Perdido. Acobardado. Y tan solo… Porque esto ni siquiera lo puedo hablar con nadie. No me lo permito, me abochorna. Así que me aparto. De ella y de todos. Rechazando en dos ocasiones la invitación de ir a cenar de Nela y Colás, que han convertido su casa en el punto de encuentro de forma habitual. Parando lo mínimo en casa de mis suegros. No asomándome a no ser que sea absolutamente necesario al local, donde con toda probabilidad está Laura, que pasa allí más horas de las recomendables. Hasta estar con las niñas se me hace cuesta arriba. Supongo que tendrá mucho que ver el hecho de que, de cada dos frases, en una nombran a su tía. Joder, es que este pueblo es demasiado pequeño para los dos. O demasiado grande si yo no le echo los cojones suficientes.

Pero no puedo. Me bloqueo. Tengo tanto pánico a equivocarme que acabo metiendo la pata hasta el fondo. Y eso cuando me atrevo a confesar lo que quiero. Lo que siento. Porque lo normal es que, cuando las cosas se ponen intensas, mi primera reacción sea dar un paso atrás.

Y, mierda, estos últimos días he dado tantos pasos hacia atrás que, como siga así, voy a terminar en Cádiz. En la otra puñetera punta del país.

Así que solo me queda el trabajo, en el que me he volcado a destajo, haciendo más horas extras que nunca.

Claro que mañana no será uno de esos días. Es el cumpleaños de Llara y pretendo salir incluso un poco antes. Mi hija no tiene por qué pagar que su padre sufra un trastorno mental con nombre de mujer.

—Espera, un segundo. Así, ya la tengo —dice Colás por el lado de fuera de la casa, ayudándome a encajar la ventana en el hueco para ella.

—Perfecto. Voy a calzarla y luego te paso la espuma para que se la eches.

—OK.

Estoy concentrado nivelándola y ajustando las cuñas cuando escucho a Colás hablar de nuevo, esta vez con la cara girada hacia Tobías y Luis, que cargan escombro en un tractor a un par de metros de distancia.

—Oye… ¿Estás bien?

Dejo de hacer lo que estoy haciendo y yo también miro hacia allí. Observo como Tobías se frota con ganas la parte trasera de su muslo izquierdo.

—No sé… Llevo unos días… Será la ciática —contesta el chico frunciendo el ceño.

Yo lo imito y lo miro muy serio.

—¿Ciática? Pues deberías ir al médico.

—No, hombre… No es para tanto.

—Bah. Este lo que tiene es mucho cuento —se burla Julián muy cerca de él, mientras limpia la hormigonera—. Qué ciática ni qué ciática. Si ya se sabe que los niños no sufren de eso. Te habrá dado un tirón.

—Ay, qué graciosillo el vejestorio este —suelta Tobías recuperando su pala.

—Bueno —prosigo yo—, cualquier cosa…

—Es que eres un cagón, Tobías —me interrumpe Julián dándole caña al chaval—. Si puedes subir con Elsa al mirador, puedes palear, tío.

—Bueno… Tampoco es lo mismo. —Sonríe con picardía el aludido—. Es ella la que suele llevar la batuta, ya me entiendes, yo solo tengo que permanecer sentado.

—Claaaro… Que tenerla cabalgando sobre los muslos debe de ser mano de santo si tienes el nervio ciático tocado —se chancea ahora Luis.

Se me escapa una sonrisa al mismo tiempo que Julián rompe a reír a carcajadas.

—Vaya… Paténtalo como rehabilitación, Tobías —se cachondea entre risas.

—Dejad en paz al chico —mete baza Colás con una maliciosa mueca en sus labios—. A ver si lo que vais a tener es envidia.

—Envidia, en todo caso, tú —replica su hermano—. No creo yo que Nela esté para muchos botes. —Y debe de imaginárselo, porque en cuanto acaba de decirlo se troncha aún más.

Colás cambia la mueca a otra que me hace reír a mí. Ay, pobre… Que le ha salido el tiro por la culata.

—¿Así que con Elsa? ¿Cuánto te va a durar esta? —dice muy rápido, imagino que intentando retornar la atención a Tobías.

—Bueno… No sé. Pero ya llevamos unos meses y estamos bien.

—Pues genial, Tobías, que esa a lo mejor te hace rico —interviene de nuevo Julián—. Recuerda lo que se dice, su padre no estaría preso por nada, ¿no? Seguro que tiene pasta en alguna cuenta en Suiza o así.

—No jodas, tío. No me digas que tú crees en esos rumores.

—Yo solo digo que cuando el río suena…

—Bah. Entonces Rubio también se ha tirado a Laura, ¿no?

Qué suerte que la ventana no tenga los cristales puestos, porque creo que, de haberlos tenido, habría reaccionado igual. Mi cabeza sale a través de ella como activada por un muelle, lo que hace que Colás tenga que apartarse un poco de mi ruta y que Tobías se quede paralizado ante mi mirada incendiaria.

—Esto… Es que… Hablábamos de rumores, ¿no? —comienza a defenderse el chaval, bastante colorado.

No emito ni una sola palabra, solo resoplo mientras meto mi cuerpo dentro y me encuentro con los ojos risueños de Colás, que aprieta mucho los labios y le presta una atención desmesurada a la ventana cuando yo lo fulmino con los míos.

Joder, con lo bien que iba todo. Había sido capaz de quitármela de la cabeza durante unos minutos, lo que me hacía buena falta, la verdad. Y han tenido que nombrarla. ¡Y en menudo contexto! Mierda.

Tengo que encontrar la manera de resolver este asunto, porque mucho me temo que no es una cuestión de tiempo. Solo que, cuando contemplo la solución, la descarto al instante, creyendo que no debo dejarme guiar por la lujuria. También porque la única conclusión a la que llego me acojona tanto como vivir así para siempre.

Es que lo quiere todo… Y yo no sé si puedo dárselo. No sé si estoy preparado y me mata pensar en hacerle más daño.

Joder, ¿qué coño hago? Es más, ¿soy capaz de hacer algo?

A veces pienso que ya he hecho demasiado. Y todo mal.

 

***

 

Entro en casa de mis padres apurado y famélico, después de un día de locos en el que todo parece haber salido mal.

—Ah, ya estás aquí —dice mi madre al verme, corriendo a calentar mi almuerzo.

No suelo comer en casa de mis padres ni de mis suegros a diario, más por una cuestión de orgullo que otra cosa, pero ya la había avisado de que hoy haría una excepción por tratarse del día que es. El cumpleaños de mi pequeña. De hecho, hasta me he traído una muda de ropa para ducharme aquí y salir directamente hacia la guardería. O ludoteca, como lo llaman ahora.

—Sí, se me ha hecho tarde.

—Bueno, llegarás a tiempo. Que, por cierto, eso de celebrarle una fiesta en ese sitio… ¡Qué modernidad, por Cristo! —Pega mucho los labios y niega con la cabeza—. Ni que no tuvieras casa, hijo. O no dispusieras de ninguna para celebrar el cumpleaños de tu hija.

—Mamá, no empecemos… ¿quieres?

Ella frunce la boca y entrecierra los ojos.

—En fin… Si yo no digo nada. ¿A qué hora acaba eso?

—La fiesta, mamá. La fiesta termina sobre las ocho.

—Bien. Pues nosotros nos acercaremos a esa hora o un poco antes, le damos el regalo a la niña y, si quieres, ya te acercamos a las dos a donde estés. Que supongo que será con toda la tropa en el bar de Paco, ¿no?

Aprieto la mandíbula y yo mismo saco el plato del microondas, y me lo llevo a la mesa con los cubiertos y un trozo de pan que cojo sobre la encimera.

—Sí, mamá, estaremos justo ahí. Ya de paso, recoge también a Sofi, por favor. —Debería dejarlo ahí, pero algo me insta a proseguir, molesto—. Y no sé por qué protestas tanto, eso de llegar a última hora y de estar un rato escaso lo haces siempre, independientemente de dónde sea el cumpleaños.

Ella hace oídos sordos a mi comentario y me acerca un vaso de agua antes de sentarse frente a mí.

—¿Y las niñas? —pregunto sin pensar, ya que sé la respuesta tan pronto me escucho. Pero mi madre me lo aclara, por si las moscas y en un tono un tanto beligerante.

—¿Dónde crees tú que están, eh? Pues ahí, en el local, con su tía. Desde que ha regresado, las niñas comen a todo correr y luego esperan ansiosas a que llegue para meterse ahí con ella. Por el amor de Dios… Ni que no tuviesen más familia.

Suspiro con disimulo y parto un pedazo de pan.

—Está bien que pasen tiempo juntas, pero esto comienza a estar fuera de lo normal —continúa, sin caer en la cuenta de lo mucho que me agobia esta conversación. Bueno, en realidad, ella, que no para de despotricar—. No deja de ser su tía. ¡Una tía! La devoción que le profesan es exagerada. Además, Marta hasta empieza a actuar como ella. Se está convirtiendo en una deslenguada que no piensa antes de hablar. Habrá que ponerle remedio antes de que se nos vaya de las manos.

Me llevo a la boca un trozo de rape y lo trago sin apenas saborearlo, solo por mantener esta ocupada y no contestarle lo que pienso de sus palabras.

—¿No piensas decir nada, Chema?

—El pixín estupendo, mamá. Riquísimo, como siempre.

—Oh, por Dios… —Ella pone los ojos en blanco y se levanta a prepararse una infusión. Pero, cuando regresa a la mesa, retoma el tema—. ¿Ya has visto el cartel? ¡Vaya un nombre que le han puesto! Es… ordinario.

Vale, ya sé que no es exactamente el mismo tema, pero se trata de Laura, ¿no? O de algo relacionado con ella. ¿Es que no tiene otra cosa de la que hablar?

Suspiro y contesto, obligándome a hacerlo con calma.

—Pues no sé por qué piensas eso. Es un nombre asturiano, con fuerza y personalidad. A Lidia y a Laura les gusta su pronunciación y, como van a vender y a hacer un poco de todo, pues incluso le va bien a la tienda. —Y en verdad opino así.

De hecho, al ver el rótulo colgado, rojo, destacando contra la casa y con esa letra divertida y cursiva, no pude más que sonreír orgulloso. «Asgaya». A mí también me gusta mucho.

—Bah… A ti todo lo que hace esa chica te parece bien, por el amor de Dios. Siempre estás defendiéndola. Si le pusiera al negocio «Caca de la vaca», seguro que también encontrarías un argumento a su favor.

Me río porque es lo que me sale. Aunque sea resignado y un poco cansado de esto.

—Bueno… Al menos rima —ironizo, apartando el plato con la mitad de su contenido a un lado, porque mi madre, otra cosa no, pero quita el apetito como nadie.

—¿Ves a lo que me refiero? No puedes estar agradeciéndole toda la vida lo que crees que hizo por ti y por tus hijas, Chema. Reconocer que no es perfecta te vendría bien para…

—¿Para qué? —la interrumpo de no muy buenas maneras.

Ella aprieta la taza entre sus dedos y frunce el ceño.

—No sé… Pero quien te oiga…

—¿Quien me oiga qué? —repito, otra vez, comenzando a cabrearme—. Mamá, yo sé que Laura no es perfecta, no más que tú o yo. Pero tampoco tiene por qué serlo, ¿sabes? Es perfecta así, tal cual es. No quiero que sea de otra forma.

La veo abrir los ojos como platos y soy consciente, de repente, de lo que he dicho. Dios…

—Quiero decir que…

—Creo que ha quedado más que claro lo que has dicho, Chema. De la misma manera que yo sigo diciendo que Laura no es santo de mi devoción. Es demasiado…

—¡Ya! ¡Ya, mamá, déjalo aquí! Me importa un comino lo que opines sobre ella, algo que, por cierto, ya sé. Solo te pediría que respetaras un poco a la mujer que se desvive por tus nietas, que…

—¿Y por ti? ¿También se desvive por ti?

Me pongo en pie y aprieto los puños a mis costados.

—No te permito que…

—Soy tu madre, no eres nadie para permitirme algo o dejar de hacerlo. Seguro que si Laura no fuese tan… tan llamativa… O vistiese más recatada, no…

—¡Hasta aquí, mamá! —grito, como nunca le he gritado—. ¡Estoy hasta los mismísimos de que le faltes al respeto un día sí y otro también! ¡Se acabó, ¿me oyes?! ¡No vuelvas a hacerlo! —Resoplo y me froto la nuca antes de proseguir muy rápido, cuando veo que ya abre la boca para replicar—. No te lo iba a comentar porque me parecía de muy mal gusto, pero ya que estamos… ¿Se puede saber cómo se te ocurrió decirle lo que le dijiste? ¡Eso fue demasiado ofensivo incluso para salir de ti, joder!

—¿Qué? ¿De qué hablas ahora? —casi bufa, sintiéndose ella la insultada.

—Lo sabes perfectamente. Eso de que después de Clara yo… Vamos, que era imposible llegar a… —Cristo, estoy tan furioso que no me salen las palabras, o quizá es que soy incapaz de pronunciar justamente esas. Esas que me hacen pensar demasiado—. Y lo otro. Que solo valía para… para acostarse con ella.

Mi madre resopla y también se pone en pie, mientras suelta la taza sobre la mesa con un ademán brusco.

—Yo no quise decir eso, como ya le expliqué a ella. Por la Virgen del Pilar, qué sensible nos salió la niña. Solo expuse un hecho, Chema. Uno que todo el mundo puede ver. Que es tan diferente a Clara que me resulta inviable que lo vuestro, de ser verdad los chismes, fuese… amor. ¿Cómo podrías querer a dos mujeres tan distintas, por Dios? Y lo otro… Pues… Hablábamos de los rumores, Chema, no fue nada que yo comentase sin un motivo, porque sí. Tú no dejas de ser un hombre y ella… Pues lo dicho, llamativa es, ¿no?

La miro con los ojos muy abiertos, asimilando cada una de sus palabras, reproduciéndolas en mi mente. Repitiéndomelas. Cuestionándolas.

—Y, a todo esto, ¿cómo te ha podido ir con ese cuento? ¡Y luego hablas de mí! ¡Eso sí es meter cizaña!

Ni le contesto. ¿Para qué? Es más, ni siquiera sé con exactitud qué ha dicho. Salgo de la cocina hacia el pasillo, con toda la intención de acercarme a la tienda. Pero, al pasar las escaleras, me encuentro con la pared que yo mismo he construido para cerrar el acceso. Esa pared en la que ahora hay un inmenso mueble con muchísimas fotos de todos nosotros y nuestros antepasados.

Cuando me giro para salir por la puerta principal, mi padre baja las escaleras y llama mi atención.

—¿Qué tienes, hijo? Pareces… No sé. Algo desencajado. ¿Y a dónde ibas?

—Sí, papá, no… No estoy muy bien. Mamá… —dejo la frase así, creo que es más que suficiente.

—Ya. He oído la discusión desde arriba. Así es imposible dormir la siesta. —Sonríe.

Pero al ver que yo no lo imito, desciende los últimos peldaños y coloca una mano sobre mi hombro.

—No le hagas caso. Ya sabes cómo es —dice mientras menea la cabeza con resignación.

—Dios, papá. A veces no la soporto —confieso—. ¿Cómo…? ¿Cómo lo haces tú?

—Con mucha paciencia. —Sonríe él de nuevo. Pero se pone serio cuando continúa, apretando la mano que todavía mantiene sobre mí—. ¿Sabes? Aunque te resulte difícil de comprender, yo aún sigo enamorado de esa bruja. Sí, es complicada, demasiado prejuiciosa y no sabe callarse, pero también tiene sus cosas buenas. ¿Y qué es un matrimonio sin la chispa que trae consigo una discusión, eh? Mi abuela tenía un dicho: no hay convivencia sin discrepancia, pero el rencor es la muerte del amor y ahí es donde se ve la calidad de este. Y tenía razón, hijo. Solo esa mujer con la que discutas, te grite y te haga querer golpear algo, pero a la que luego necesites cada día en tu vida y cada noche en tu cama, es la que vale la pena. Y sí, Chema, eso es tu madre para mí. Me cabrea, pero también me hace reír. Y a su lado… yo me siento importante.

Perplejo, lo miro con los ojos como platos. Y no por lo que ha dicho, sino por lo que ha significado para mí.

Nunca, en toda mi vida, creí encontrar tantas respuestas en una conversación con mi padre, pero está visto que yo jamás las encuentro donde espero.

Ofuscado porque mis pensamientos golpean las paredes de mi cerebro de un lado a otro, buscando un acomodo que aún les cuesta, subo al cuarto de baño tras coger la bolsa y me adecento en minutos.

Sé que necesito un afeitado, pero entre que es tarde y que no me apetece demasiado, entre que me da un poco igual y que no confío mucho en mi pulso, me peino con los dedos al acabar de vestirme y, mirando el reloj, bajo a por las niñas.

Empujo la puerta de la tienda y me quedo quieto en el umbral, mirando hacia dentro como un tonto.

En una esquina, sentadas en el suelo, Laura y Llara están ante un sillón original, por definirlo de algún modo. Es un orejero no muy grande al que, por cierto motivo que no logro comprender ni adivinar, le falta uno de los apoyabrazos. Y la tela que utiliza para tapizarlo… Bueno, eso es cosa aparte. Es gris, estampada con números en amarillo y blanco en diferentes tamaños. Al lado de Laura puedo ver las herramientas que ha usado para trabajar, ya que ahora se limita a hablar con Llara en bajito, las dos al estilo indio, tocándose las rodillas.

Saludo con la cabeza a Marta, que acaba de verme, pero no emite palabra. Imita mi gesto y vuelve a enfrascarse en lo que sea que está haciendo con una calculadora, un bolígrafo y varios papeles, sentada ante el escritorio de Laura. Porque claro, ella no ha podido poner un mostrador en su negocio como todo el mundo, no. Ella ha optado por un escritorio inmenso, antiguo, con decenas de cajones diminutos y decapado en blanco.

Intentando hacer el mínimo ruido, aunque aún no sé muy bien por qué, me acerco a ellas. Quizá quiero escucharlas hablar con la confianza y complicidad que lo hacen sin la presencia de testigos. O tal vez es que quiero observar un poco más a Laura antes de que note mi presencia.

—¿Te ha quedado claro, cariño? —le está diciendo Laura a Llara—. ¿Seguro?

—Sí, Mina. Tú vas a querer mucho a Iván, pero eso no quiere decir que dejes de quererme a mí como lo haces.

—Eso. ¿Y por qué? —Sonríe la pelirroja.

—Porque tenemos la capacidad de querer a muchas personas, a todas de forma diferente y no por ello menos.

—Muy bien. ¿Ves? ¡Qué lista es mi niña!

—Sí, tía. Y lo entiendo, pero… Pero siempre hay alguien a quien se quiere más, ¿no?

—Bueno, eso sí. Eso no puedo discutírtelo. Siempre hay alguien que se te mete en el corazón y no puedes sacarlo de ahí ni con agua caliente. —Se ríe con algo de tristeza y luego le da un toquecito en la nariz a la niña—. Pero que eso no te preocupe tampoco, cariño, porque, por muchos niños que vengan a este mundo, tu hermana y tú sois de las que siempre vais a estar aquí. —Se lleva una mano al pecho—. Siempre.

—¿Y papi?

Laura hasta se echa un poco hacia atrás ante la pregunta de la niña. Lo mismito que hago yo incluso sin ser consciente, aunque por una razón bien distinta. Y ella escoge ese momento para girar la cara y clavar sus ojos en los míos.

Doy otro minúsculo y casi imperceptible paso atrás. Las emociones que siento son demasiado fuertes para permanecer quieto. O tal vez quiero huir de ellas, ya no lo sé. Solo sé que esto es peor que el rodillazo del otro día, joder. Es como una patada en los huevos dada con ganas, con botas militares y reforzadas. El aire me escasea mientras todo se ordena en mi cabeza. La revelación que me he negado durante este último año o más, la que se me escapaba desde su vuelta, la que me acojonó en nuestro último encuentro hasta cegarme, esa es tan clara ahora que me trastorna.

Y luego está su mirada. Triste, dolida, tierna, como siempre que me ve de improviso. Y que cambia con rapidez a fría, a furiosa, a orgullosa, tal como acostumbra últimamente.

—Papá, ¿ya nos vamos? Nosotras llevamos mucho tiempo listas y esperándote. —Rompe el momento Marta, acercándose a mí.

—Eh… Sí, sí.

 

***

 

No recuerdo apenas el trayecto hacia la ludoteca, ni todo lo que me explicó allí Aída. Pero algo debió de decir de que nos acercásemos a una hora en concreto por lo de la tarta y las velas, porque, cuando Laura y Lidia se levantan comentándolo y dirigiéndose allí, me encuentro siguiéndolas.

—No tardamos —les digo a Julián y Teresa, sentados con nosotros en la terraza de Paco desde que dejamos a las niñas en la fiesta. Aunque mucha conversación no les he dado, todo hay que decirlo.

Reprochándome lo mal anfitrión que soy, entro en el local y observo a mis niñas deslizándose por un tobogán inmenso y de un color amarillo chillón.

—¡Papi, papi, esto es guay! ¡Muy guay!

Sonrío y saco el móvil, buscando la cámara para fotografiarlas entre bolas de colores con unas sonrisas enormes.

Un ratito después están todos los niños alrededor de una mesa, ante una tarta con el motivo de alguna princesa Disney, cantando a coro Cumpleaños feliz. Laura y Lidia participan como las que más, mientras Aída dirige el cotarro con una sonrisa igual de grande que la de las criaturas.

Después de que picoteen algo, del ritual de soplar las velas y de contemplar a Llara abrir tropecientos regalos y saltar ante ellos, la dueña de la ludoteca, con extrema amabilidad, nos invita a irnos a disfrutar del resto de la tarde libre, mientras los niños corren en manada de vuelta a las atracciones que hay allí.

De regreso al bar, meto las manos en los bolsillos y observo a Laura caminar delante de mí. Cuando mi vista se queda un indeterminado y desaconsejable tiempo clavada en su culo, enfundado en un vestido minúsculo, me obligo a apartarla y la paseo a mi alrededor.

La plaza, a mi derecha, está llena de gente mayor sentada al sol, a la vez que algún que otro adolescente hace rodar su monopatín por el suelo. La terraza de La chapa solo tiene una mesa con clientes, pero, a su lado, la carnicería sigue siendo el punto de reunión para las mismas chismosas de siempre. No se cortan a la hora de sacar alguna silla a la calle, pues el banco colocado contra la cristalera se les queda pequeño. Hay mujeres que incluso se traen la calceta o el ganchillo, mientras otras simplemente se dedican a mirar a un lado y a otro y a cotillear sin discreción. Lo cierto es que esta imagen tampoco me llama ya demasiado la atención, son muchos años viéndola y a todo se acostumbra uno, supongo.

A unos pasos de la mesa donde Lidia y Laura se sientan en este instante, veo que también lo han hecho Colás y Nela, recién llegados, a juzgar por la falta de bebidas ante ellos.

—Hola —saludo mientras ocupo el mismo sitio de antes, al lado de Julián, que, cómo no, se ha agenciado una de las cabeceras. Yo, después de juntar dos mesas, dejé libre la otra para mi suegro, que no tardará en llegar, así como Pedro.

—Hola, Rubio.

—Hola. ¿Qué? Las niñas encantadas, ¿no? —se interesa Nela, entre Teresa y su marido, aunque la pregunta, más que para mí, está dirigida a Laura.

—Encantadas es poco. Es que el sitio mola mogollón —responde ella sonriendo—. Hasta a mí me daban ganas de quedarme allí con ellas y retozar entre las bolas.

Y eso me hace sonreír. Porque no solo la veo capaz, sino que… Joder, me la imagino a la perfección. Conmigo, entre las bolas…

—¿Qué dices de retozar? —Y ahí está Pedro, apareciendo a su manera con una sonrisa pícara en la cara.

—Dime, por favor, que a veces piensas en otra cosa —le pide Laura, traviesa—. Por favor…

Él se echa a reír y, tras saludarme con una palmada en la espalda, se sienta entre los dos, en esa silla vacía puesta casi adrede entre Laura y yo, pues Lidia se ha agenciado la cabecera que cedí para su pareja y la pelirroja se ha sentado a su lado.

—¿Qué tal, chicos? —pregunta en general, antes de volverse hacia Paco, que se acerca a atendernos.

Pedimos una ronda de cervezas, menos Teresa y Nela, que se deciden por sendos refrescos.

—Pues nada. Aquí, esperando a que llegarais —contesta Julián a la pregunta que antes ha hecho Pedro, pues el tío no debe de saber que era de esas retóricas—. Que, chicas, no es que vuestra conversación no fuese interesante, pero ya me veía hablando de vestidos y de decoración y… como que no.

Todos se echan a reír con ganas, todos menos yo, que frunzo el ceño. A ver, sé que no he estado muy hablador, pero se está pasando.

—¡Hombre! Gracias por la parte que me toca.

—Calla, Rubio. Ahora es cuando deberías permanecer callado, tío. ¿Qué pasa? ¿Te vas a hacer monje? Porque, a ver, el voto de clausura y el de castidad ya me constan, pero este de silencio es nuevo, joder.

Joder, digo yo. Abochornado, aprieto la mandíbula y, en cuanto oigo las risitas no muy bien disimuladas a mi alrededor, hago lo mismo con los dientes. Hasta que temo romperlos.

No puedo evitar echar una ojeada a Laura, que, con la cabeza baja, se tapa la boca con una mano mientras el temblor de sus hombros la pone en evidencia. ¡Vaya! ¿Cuál de los votos le causará tanta gracia? Porque yo estoy a un paso de matar a Julián con mis propias manos. Será cabrón…

—Oye… No te lo tomes a mal, venga —dice Pedro, mirándome con simpatía—. Eso sí, cuando te dé por el de la obediencia, avísame, ¿vale?

Ahora las risas son al por mayor. Es que se descojonan, bárbaro. Hasta Lidia, a la que creía lo suficientemente madura como para no entrar al trapo, se ríe a carcajadas. Pero también es la primera en poner orden en la mesa.

—Venga, ya está, chicos. Todos contra uno no tiene gracia, eh.

—Pues cualquiera lo diría hace un instante —no puedo evitar decirle, a lo que ella me sonríe con dulzura.

—Ay, es que son muy graciosos.

—Uff, para pagar entrada, vamos.

—Uy, qué humor… —dice Teresa, mientras se pega al cuerpo de su marido—. Anda, cielo, que solo bromeaban.

—Ya. —No muy contento, cabalgo una pierna encima de otra y me enciendo un cigarrillo.

La llegada de mi suegro pone fin al cachondeo y, después de hacerse un sitio al lado de Lidia, todos comienzan a hablar casi a la vez. De las niñas, que ya las pequeñas hacen seis años, cómo pasa el tiempo; del negocio que Laura y Lidia inauguran la semana que viene; del de Aída, al que se le prevé un éxito total; del proyecto de Nela y Teresa…, del que la primera todavía no está muy segura, por cierto. Yo los escucho y hasta participo con algún monosílabo o frase corta, por eso de que no digan que soy antisocial, pero la verdad es que no estoy centrado. Estoy a otra cosa. Estoy… a Laura.

Tengo la cabeza tan llena de ella que no sé cómo mi mente puede hacer algo que no sea buscarla con la mirada.

Siempre he oído decir que, cuando uno está a punto de morir, mil imágenes de su vida pasan ante sus ojos. Ni me lo creía ni lo dejaba de creer. Pero ahora sí. Joder, ahora sí. Porque no he estado al borde de la muerte, pero en esos momentos que pasé en el Asgaya escuchándola, observándola, algo murió dentro de mí. O despertó. O ambas cosas. Supongo que desaparecieron las dudas, el pavor a confundir el deseo con otra cosa, el Chema que nunca creyó volver a amar. Y despertó este. Este que puede imaginarse un futuro a su lado. ¡Que quiere un futuro a su lado! Este que la adora con cada molécula de su ser. Este que descubrió, de pronto y a lo bestia, que está enamorado de ella.

Porque la quiero, joder. La quiero. Y eso es lo que me han gritado cada una de las escenas que han acudido a mi mente. Laura hecha un ovillo en el sofá, sonriendo por algún comentario mío, deshaciéndose el moño y dejando caer el pelo sobre sus hombros. Laura jugando al parchís con nosotros, haciendo trampas sin disimular o divertida ante mi mal perder. Laura sonriendo con ternura acuclillada ante Marta y respondiendo alguna de sus intensas preguntas. Laura achuchando a Llara e intercambiando una mirada cómplice conmigo. Laura, manchada hasta las pestañas, intentando hacer un pastel. Laura, concentrada en algún proyecto, escuchando a Amy Winehouse y mordiendo la tapa del boli. Laura, cabreada y gritándome, poniéndome a mil. Laura riéndose a carcajadas, desnuda bajo mi cuerpo. Laura en mis brazos, en mi boca. Laura marchándose. Y dejándome totalmente vacío.

Recordar las palabras de mi madre criticándola, de mi padre describiendo el amor y, sobre todo, mi reacción a ellas, solo fue la gota que lo hizo rebosar todo. Claro que no soporto que hablen mal de ella. Nadie. Desde luego que no le guardo rencor a pesar de todas nuestras discusiones, no podría, haga lo que haga, diga lo que diga. Y si lo de que la chispa que eso conlleva es bueno para un matrimonio… entonces nosotros podremos estar juntos así tengamos mil vidas. No es que Laura valga la pena, sino que, ahora mismo, es la que da sentido en mi vida. La que me hace sentir, joder. Todo.

Lo que sigo sin entender es cómo no lo vi antes. Cómo me cegué, considerando que únicamente se trataba de deseo. Supongo que, como de este también hay de sobra, era más fácil echarle la culpa a eso que aceptar la verdad. La lujuria me parecía una emoción más física, más excusable, menos desleal hacia mi mujer.

¡Qué ingenuo! Intenté acorazar el corazón en un intento absurdo y desesperado de que el amor por Clara se mantuviera ahí, pensando que en esa resolución no existían grietas. Pero sí las había. Grietas por las que Laura se coló con la fuerza que la caracteriza. Y Clara… pues… no es que ya no la quiera, pero… no está. Se fue para siempre. Aferrarme a recuerdos, cuando podría tener ilusiones, es de cobardes. Y no puedo seguir engañándome a mí mismo al creer que eso debería bastarme, porque no es así. No me llega, quiero más. Quiero a Laura.

Sé que, de no haber muerto Clara en ese maldito accidente, la habría amado y respetado hasta el fin de mis días. Sí, eso también lo sé. Nunca me habría fijado en otra, estoy seguro. Pero ahora… ha pasado. No lo busqué, ni siquiera me apetecía que sucediera, pero no solo me encapriché de otra, sino que ese sentimiento creció hasta convertirse en necesidad. Y ya está bien de ignorarlo. De sepultarlo bajo capas de culpa. De no atreverme a ser del todo sincero e ir a por ello. La cuestión es cómo hacerlo después de haberme equivocado tanto con Laura.

No sé cuánto tiempo me paso así, reflexivo, pero de pronto percibo como ella abandona la mesa y se acerca a la de al lado, donde Hugo y Nieves acaban de sentarse. La observo saludar a su amiga con entusiasmo e intercambiar un par de palabras con Selmo y Lucas, que no tardan en acoplarse. Aun sabiendo que es del todo absurdo, no puedo evitar tensarme entero.

Solo me relajo cuando regresa a nuestra mesa un par de minutos después, justo cuando Angelines y Tina hacen acto de presencia. Pero me dura poco. Pedro le pasa una mano sobre los hombros, la pega a él y susurra algo en su oído que la hace reír. Joder para el puto poli, qué manía con sobarla, oye. Aunque lo que siento no son celos, sino pura envidia. Eso es lo que quiero hacer yo. Acercarla mucho. Tocarla. Robarle una carcajada.

Me froto los ojos y me reprendo por este sentimiento tan exagerado de posesividad que tengo con respecto a ella. Yo no soy así, joder. Pero supongo que me molesta un huevo que todos parezcan tener lo que yo perdí por idiota. Aunque en algunos casos sea una simple sonrisa.

En cuanto se separan, y sin pararme a pensar en lo que hago, le doy un toque a Pedro, pidiéndole que se eche un poco hacia atrás y así poder, al menos, verla mejor. Ignoro a conciencia la mueca socarrona de él y me coloco un poco de lado, para tener mejor perspectiva de Laura. Pero, aun así, no la miro todo lo que quisiera, sino que disimulo y me conformo con echarle breves vistazos cuando quiero comérmela a besos. Joder, me falta cacarear.

—Rubio. ¡Eh, Rubio!

—¿Sí? ¿Perdón? —le digo a Teresa, que me ha llamado casi a gritos. A saber cuánto lleva haciéndolo.

—¿Tú no lo recuerdas?

—¿El qué?

—Ay, por Dios, ¿es que no escuchas?

—Lo siento, estaba despistado.

—Lo que estás es idiota perdido —se explaya Julián, tan fino él—. A ver, resumen. El ginecólogo de Nela le ha prohibido follar y hablábamos de que eso son solo cosas que se inventa el vejestorio ese que les toca por la Seguridad Social. Menos mal que nosotros pagamos Sanitas, eh, cariño —explica, dirigiendo el último comentario a su mujer, acompañado de una leve caricia en su mejilla. Y luego sigue y vuelve a mirarme—. ¿Recuerdas que a Clara le pasó lo mismo, fue a otro y le dijo que ni caso?

—Ese seguro que es un amargado que no moja desde hace años —comenta Pedro, causando algunas risas.

Pestañeo aturdido. ¿De verdad estamos hablando de esto? ¿Justo hoy y justo aquí? Sin saber muy bien por qué, miro a mi suegro, que se atusa el bigote y se encoge de hombros.

—Sí, yo también considero que el temita se las trae —dice.

—Ya, nos ha quedado claro —protesta Lidia, poniendo los ojos en blanco—. Ay, pero qué mojigato eres a veces, por Dios. Rubio, contesta, anda, por el bien de estos dos chicos.

Y ahora miro a los aludidos, que me observan esperando mi respuesta. Ambos un pelín acalorados pero también esperanzados. Esto es una coña, ¿no?

—Pues sí. Id a otro —mascullo, reticente a hablar de mi vida sexual con Clara delante de todos. De mi suegro, por Dios. Y sobre todo, de Laura, joder.

Que ya sé que hay confianza, se agradece la naturalidad al hablar de ella y no he contado ninguna intimidad, pero… Jesús. Esto es de locos. Y trae a mi memoria cosas que ahora no quiero recordar. Pero que recuerdo, pese a todo. Pese a que, a mi alrededor, todos siguen charlando bastante alto, riéndose, arreglando el mundo. Pese a que no es el mejor momento, hoy no.

Aun así, mi cerebro va por libre y Clara se instala en él. Porque puedo estar enamorado de Laura, pero ella siempre tendrá un lugar especial en mi vida, en mi corazón, así que me recreo en esos pequeños detalles que hicieron tan increíble nuestra relación. Los evoco con ternura, con cariño, quizá despidiéndome de ellos o relegándolos a ese espacio que ella siempre ocupará.

Tal vez resulte extraño, pero en ningún momento las comparo, tampoco podría. Simplemente, cada una ocupa su espacio dentro de mí como si repartieran las zonas a su antojo, complementándose al mismo tiempo que marcan la diferencia. Sin discusión alguna.

Donde en una había dulzura, en la otra hay fuego. Lo que una tenía de ángel, la otra lo tiene de intensa. Prudencia y paciencia contra espontaneidad e ímpetu. Bondad contra sinceridad brutal. Las dos tan únicas. Las dos tan extraordinarias. Las dos tan mías, joder.

Pero es esta que tengo a un escaso metro la que ahora me lleva por la calle de la amargura. La que me enciende hasta el delirio. La que absorbe cada una de mis neuronas y me convierte en un saco de hormonas e instintos primarios.

La misma que cree que me avergüenzo de ella, que no fue más que un desahogo para mí… Dios mío, cómo lo jodí todo. ¿Cómo demostrarle lo mucho que se equivoca?

Si ella supiera… Si supiera cuánto necesito cogerla en brazos y no soltarla jamás. Cuánto preciso tenerla a mi lado, en mi vida, para siempre. Que quiero que haga de mi casa lo que ha hecho con la de ella. Y no hablo de ponerla bonita, sino de llenarla de su esencia, de su vitalidad, de su alegría. Que transforme la piedra y el hormigón en un hogar. El frío en calor. Quiero que cada rincón hable de ella. Y, Dios, también quiero lamer cada uno de los suyos. Oírla gemir, jadear. Y, antes de nada, quiero, en la misma medida en que necesito, hacerle el amor como nunca se lo he hecho.

Y, entonces, sin permiso, mi lengua forma su nombre. Mis cuerdas vocales, cómplices, lo hacen sonar y, con el estómago encogido y la determinación creciendo dentro de mí, me escucho casi jadear.

—Laura.

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page