Por nosotros
CAPITULO 32 » Laura
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Laura
A pesar de reírme y de estar pasándolo realmente bien, de que Pedro está en medio de los dos y de que no debería siquiera pensar en ello, soy plena y completamente consciente de la presencia de Chema a la mesa.
Desde luego, no es por lo mucho que habla, porque hay que sacarle las palabras con sacacorchos. Es, supongo, por lo de siempre. Porque mi cuerpo percibe el suyo de una forma casi instintiva. Porque, por muy relajada y divertida que aparente, siempre hay una parte de mí tan pendiente de él que resulta insano.
Por eso oigo mi nombre salir de sus labios a la primera, aunque el volumen que ha usado sea casi el de un murmullo y su voz suene ronca, rara.
Hace un rato le eché una mirada rápida, otra de muchas, aprovechando que Pedro decía algo. Lo encontré con la vista clavada en su cerveza y una expresión extraña en la cara. Hiperconcentrada, como si estuviese resolviendo un problema matemático o buscando la cura para el cáncer. Habría dado lo que fuera por saber lo que piensa, pero, como eso es imposible, recuperé mis ojos de su rostro y atendí a la conversación en torno a la mesa.
Teresa estaba explayándose a gusto, relatando su parto como si fuesen a hacer un documental sobre él. Miré a Nela y a Colás, pensando que el monólogo no era muy acertado, y los vi a los dos un poco pálidos; ella, con los ojos muy abiertos y él… Él, casi sudando, por lo que se ajustaba sin cesar las gafas sobre el puente de su nariz. Me imagino que le resbalaban. O que estaba nervioso perdido.
—Bueno, ya, Teresa. Creo que es preferible que te guardes los detalles, ¿no crees? —intervine, haciendo que ella mirase a sus cuñados y frunciera el ceño.
—Ay, sí. Pero, de verdad, no es para tanto. Ya sabéis, todo lo que entra, sale. Es la ley de la naturaleza.
—Pues yo me alegro de haber nacido hombre —comentó Pedro con malicia—, más que nada porque, en este caso, solo nos toca meter, ¿no?
Le di un manotazo y solté una carcajada, todo a la vez.
—Ya te vale.
—Bueno, yo opino exactamente lo mismo —dijo Julián entre risas.
—No es nada justo, eh. Nada justo —expuso Nela, acariciándose la barriga y tragando saliva—. Sobre todo tal como lo decís. Si vosotros metéis, ¿por qué somos nosotras las que tenemos que sacarlo, eh? ¡Y así de grande!
Fue inevitable echarnos a reír.
—Ay, Nela, Nela… En realidad, ¿quién de los dos la tiene dentro? Eso es tan difícil de contestar como qué fue primero, ¿el huevo o la gallina? —se cachondeó el poli.
—A ver, chicos, yo comprendo que la primavera la sangre altera y todo eso, pero cortaos un poco, ¿vale? —pidió mi padre, bastante serio.
Y quizá tenía razón, que a veces nos olvidamos de que él y Lidia tienen otra edad… Vamos, de que pueden ser nuestros padres. Ja. Mal chiste, ¿no?
—Claro… que tú no follas —saltó ella, dejándonos a todos con la boca abierta antes de tener que disimular la risa.
Bueno, quizá ahí estaba el motivo de que fuésemos tan abiertos en su presencia. Lidia es… la leche.
Mi padre la obsequió con una mirada desaprobatoria, de esas que dan miedito, a la que ella respondió con una sonrisa dulce y un beso rápido en sus labios. Pero yo, que no soy tan valiente como ella en su presencia, me tapé la boca para esconder la enorme sonrisa que me produjo ver ese intercambio.
Y en esas estaba, mirándolos y sonriendo como una boba, cuando lo oí.
—Laura. —Más que un murmullo, un jadeo, joder.
Giro la cara hacia Chema, sorprendida, hasta incluso un poco alerta. A saber qué…
Pero ni siquiera termino ese pensamiento. Todo sucede tan deprisa que no me da tiempo a nada. Ni a pensar. De hecho, me quedo en blanco. Descolocada. Bloqueada al verlo moverse muy rápido, inclinarse sobre Pedro y estirar las manos hacia mi cara. Me sujeta las mejillas con ambas, haciendo presión como si temiese que saliera huyendo. Y me besa. Así, sin más.