Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 1 » Chema

Página 4 de 113

Chema

 

 

No es que esté cansado, es que estoy totalmente reventado, joder. La jornada no ha podido ser peor, no hay nada que odie más que rehacer un trabajo. Sobre todo cuando la culpa es prácticamente mía. No debí irme el viernes sin sacar aquellos ladrillos mal colocados.

—Deja de maldecir, hombre. La habría tirado igual.

Miro a Julián, que comienza a caminar con una carretilla cargada de escombros.

—Sí, es que menuda mala suerte —rumia Tobías a su lado, clavando la pala en el suelo y apoyándose en el mango.

Sí, menuda mala suerte. La que parece perseguirme desde el puto día en que me tocó la maldita lotería. Y pensar en lo feliz que me hizo aquella noticia…

—¿Unas cervezas, chicos? —nos grita Paco, saliendo por la puerta trasera del bar y atravesando la pequeña parcela hasta el cobertizo que estamos construyendo. Sin una palabra más, nos entrega una a cada uno y se da la vuelta con prisas, mientras nosotros todavía estamos agradeciéndoselas.

—Nada, no es nada —suelta ya caminando, pero no puede evitar quedarse un segundo parado delante del árbol que ha caído sobre la pared a medio hacer y que hemos apartado hacia un lado entre todos. Sin siquiera mirarnos y volviendo a andar, comenta al descuido—. Bueno, al menos tendré que comprar menos leña este invierno. No hay mal que por bien no venga.

Chasqueo la lengua y resoplo mientras coloco un nuevo ladrillo, mientras los demás se ríen, algunos entre dientes, como Colás, o abiertamente, pues Julián no se corta nada y sus carcajadas están crispándome los nervios.

Y estos ya están bastante alterados desde mi visita al cementerio de ayer. Como si la anterior semana no fuese ya lo suficientemente tensa. Con todas sus noches. Pues no. La de anoche fue, sin dudas, la peor, porque todo el alivio que sentí durante aquel extraño y mágico momento delante de su tumba se convirtió más tarde en preocupación e incredulidad. En ocasiones, en esos instantes en que mi parte más cuerda tomaba el control, contradictoriamente pensaba en la posibilidad de que estuviese volviéndome loco de verdad. Así es como se empieza, ¿no? Con alucinaciones y ese tipo de cosas… Apenas pude pegar ojo, hablando en voz alta algunas veces y teniendo ganas de llorar otras tantas. Infernal, eso fue. De ahí que ahora solo esté pendiente del reloj, esperando que sea la hora de irme a casa de una buena vez.

Cosa que, por otro lado, también temo, porque no sé en qué plan estará Laura. Y lo cierto es que solo quiero un poco de tranquilidad y que las aguas vuelvan a su cauce. ¿Es mucho pedir?

Pues parece que sí. Porque en cuanto comenzamos a recoger para marcharnos, mi segundo deseo se hace realidad, pero no como yo quería. No pretendía decir que el agua robada a la tierra acabase de nuevo sobre ella, pero eso es lo que sucede cuando se pone a llover, y de manera torrencial. Como si estuviese cayendo a cubos sobre nosotros, joder.

Así que llego a casa empapado, agotado y cabreado. Una combinación maravillosa, sobre todo para encontrarme a una Laura muy seria, sentada a la mesa de la cocina y apretando una taza de café entre las manos con demasiada fuerza.

—La próxima vez que les hagas una promesa a tus hijas, procura cumplirla —me suelta en cuanto me ve.

—¿Qué?

—Lo que oyes. —Se levanta y saca unas sobras de la nevera que mete en el microondas. Por la pinta, me imagino que las trajo ayer de casa de su padre y, a pesar de cómo me siento o cómo me ha hablado, comienzo a salivar.

—¿Es comida de Lidia?

Ella se gira y me fulmina con los ojos.

—Sí. ¿Es lo único que te interesa? ¿Sabes que tus hijas…?

—A ver, no es para tanto. —Me dejo caer en una silla y me aparto el flequillo mojado de la frente—. Supongo que te refieres a que les dije que iba a desayunar con ellas. No pude. Julián me llamó a primera hora porque necesitaban una mano para apartar un puñetero…

—A mí no me des ningún tipo de explicaciones. Son ellas las que estaban decepcionadas. Y enfadadas. No te puedes ni imaginar cómo se puso Marta…

—Bueno, no exageres. Creí que ya sabías tratarla. No…

—¡Estaba fuera de sí, joder! Me dijo unas cosas…

—Vamos, Laura, ella es una niña y se supone que tú, una adulta. No le des tanta importancia a…

—¡No me digas qué es importante y qué no! ¡No te atrevas! Tú no estabas aquí para saber qué fue lo que pasó.

La miro con los ojos muy abiertos, pensando que o bien ella, o bien las niñas, están sacando un poco las cosas de quicio.

—Joder… A ver, ¿dónde están? —pregunto un tanto exasperado, comenzando a quitarme la camiseta allí mismo, pues la tengo pegada al cuerpo a causa de la lluvia y me molesta. Debería hacer lo mismo con todo lo demás, pero prefiero primero comer, después me daré una ducha y a ver si consigo cerrar los ojos al menos…

—¿Qué se supone que haces? —sisea Laura.

—¿Qué? —vuelvo a preguntar por segunda vez desde que entré, y tan sorprendido como la primera, ya con la vista clavada en el plato que me acaba de poner delante.

—¿Ahora en esta casa se come desnudo? —cuestiona consiguiendo que la mire.

—Por Dios, Laura, estoy completamente empapado. Y hambriento. Déjame…

Ella, todo en menos de un segundo y mientras me explico, mira hacia la ventana y frunce el ceño, como si se percatase en ese instante de que está diluviando.

—Eso no quiere decir —me interrumpe— que, por simple educación, no te mantengas vestido mientras…

—Uy, por favor —me burlo, comenzando a irritarme de veras con su actitud—, ¿desde cuándo eres tan pudorosa y correcta?

—¿Qué estás tratando de decir? —Entrecierra los ojos y se cruza de brazos.

—Nada. Solo que esto es ridículo, tú estás siendo ridícula, Laura.

—Oh, perfecto. O sea, que a ti te parece bonito, ¿no? Pues haz lo que quieras. Eres un gran ejemplo para las niñas, no cumples tu palabra, te sientas medio desnudo a la mesa…

Y cada palabra de ella me cabrea un poco más. Será que aún no me he perdonado por lo mal padre que fui cuando murió Clara, dejándolas de lado para rumiar mi dolor, conducta que ahora trato de compensar como puedo. O será que esta semana ha sido una puñetera pesadilla y he tocado fondo. Lo que sí sé es que me siento atacado y hablo sin pensar.

—¡Cosas peores hemos hecho en esta mesa, joder! ¡No seas hipóc…!

Dios… En cuanto me doy cuenta de lo que estoy diciendo, ni siquiera acabo la frase. Cierro los ojos y me muerdo el labio inferior, arrepentido, pero ya es tarde. Cuando los abro, Laura me mira atónita, pero no tarda ni una milésima de segundo en convertir toda esa emoción en rabia. Tanta que no me extrañaría que acabase echando fuego por los ojos.

—¡Algo que, por cierto, también empezaste tú!

—Y que tú… —«No, no, Chema, no acabes esa frase».

—¿Y que yo qué? ¿Disfruté? —Joder, es que esta tía no se corta un pelo—. ¿Es eso lo que ibas a decir?

—¡No! —«Mentiroso». Y furioso, porque ahora es en lo único que puedo pensar. En ella disfrutando en mis brazos. Mierda—. ¿Sabes qué, Laura? ¡Que estoy en mi puñetera casa y solo pretendo comer como me da la real gana! ¿Puedes respetar eso?

—¡Sí, claro! ¡Genial! —grita ella más alto de lo que lo he hecho yo—. Pues como yo también estoy viviendo aquí, ¡voy a acabarme el café como me salga del puto coño! ¡Y todo con mucho respeto, eh!

Y, dejándome perplejo, se quita la camiseta y toma asiento tan pancha, llevándose la taza a la boca. Que, a ver, yo la he visto muchas veces en bikini y, Dios, incluso desnuda, pero esto… Esto es de locos, joder.

—Pero… Pero… ¿Se puede saber qué demonios…?

—Pues lo mismo que tú. Ay, no —se mira los pechos—, que aún no estamos igual. Tendría que…

—¡Ni se te ocurra! —Aparto el plato y me levanto como un resorte. Y me vuelvo a sentar de inmediato, para que no note cómo ha respondido mi cuerpo ante la conversación anterior, unida a la visión de esas increíbles tetas desbordando el sostén y, para rematar, imaginarme que hasta podría quitárselo. La Virgen… Esto no es de locos. Seguro que soy yo, que estoy como una regadera. Y ella… Ella, que está todavía peor—. ¡Tú no eres normal, joder! ¿A qué coño viene ahora esto?

—¡No tengo ni puta idea! —chilla, volviendo a ponerse en pie y dejándome totalmente descolocado—. ¡Es que me tienes harta! ¡Harta! ¡No ayudas nada, coño! ¡Y voy a acabar por volverme loca!

—¿De qué hablas ahora? Yo… —Confundido, me incorporo y apoyo las manos en la mesa—. Yo no sé qué… Jesús, Laura, ¡¿a qué te refieres?!

—¿Por qué gritáis tanto? ¿Y qué…? ¿Por qué estáis así, sin ropa?

—¡Marta! —grito su nombre. Lo grito, sí, porque no puedo creer que nos dejásemos llevar de este modo con las niñas en casa. Y también porque no sé qué decirle para explicarle esta estúpida situación—. ¡Marta, cariño!

—¿Por qué sigues gritando? —me pregunta con los ojos abiertos, ladeando la cabeza. Y entonces también lo hace ella—. ¡¿No oyes bien?! ¡Tienes que ir a GAES! ¡Como el abuelo!

—¿Qué? —pregunto intentando entender algo de lo que dice. Que lo comprendo, pero…

—¡Jo, pues sí que no oyes nada! ¡¿Fue así de repente o te diste un golpe, papá?!

Pestañeo para aclararme, porque esto es absurdo. No me extrañaría en cualquier momento oír esas risas enlatadas que aparecen en algunas series cómicas. Incluso, a pesar de la discusión anterior, no puedo evitar mirar a Laura, la que siempre parece saber cómo salir de estos embrollos.

—¡Papá! —se impacienta mi hija.

—Sí, cariño, tu padre se ha llevado un golpe en la cabeza. Y además de sordo, lo ha dejado tonto.

Abro los ojos como platos al oír a Laura. Para eso, mejor que hubiese permanecido calladita…

—Oye… —protesto como un idiota.

Pero ella me ignora, recoge la camiseta con rapidez y sale de la cocina, dejándome solo con Marta y un cabreo de mil pares de narices.

—¡Papá! ¡¿Estás…?!

—¡Deja de gritar! ¡No estoy sordo! —Y cuando me doy cuenta de que yo sigo chillando, intento calmarme cogiendo el mayor aire posible—. Tu tía y yo no estábamos de acuerdo en algo, nada más. Y quizás elevamos un poco las voces, pero no tienes nada de lo que preocuparte. ¿Dónde está Llara?

—Se ha quedado dormida en la cama de tía Laura mientras jugábamos en su ordenador.

—Ah… Pues déjala dormir un ratito —le digo, mientras meto el plato de nuevo en el microondas, que seguro que ya tengo la comida otra vez fría—. Y ve a jugar tú un poco más, si quieres.

—Vale. —Ella da dos pasos y creo que va a hacerme caso, pero de repente se para y me mira—. Pero… ¿por qué estabais sin ropa?

Joder…

—Porque… Porque a mí me puso perdido la lluvia. Y ella… —Flipo cuando mi hija se acerca a la camiseta que dejé apoyada en una silla y la coge para cerciorarse de ello. Y entonces reparo en que estoy dándole explicaciones a una niña de cinco años y ella está asegurándose de que no son excusas, como si hubiésemos intercambiado los papeles—. Marta, ve a jugar.

Mi voz, usada en el tono de padre estricto y enervado que no suelo utilizar mucho, hace que me obedezca a la primera, después de tragar saliva y dejar la maldita camiseta donde estaba.

Meneo la cabeza, disgustado. Jesús, a ver si ahora puedo comer en paz… Aunque ya ni siquiera tengo apetito.

 

***

 

—Papi, ¿puedo acostarme aquí contigo y me abrazas?

Salgo de este estado de duermevela en el que llevo casi toda la tarde y le hago sitio en el sofá para que se acurruque a mi lado. Llevan un buen rato las dos sentadas al estilo indio en la alfombra viendo la tele, pero Llara hoy está más cariñosa de lo normal, levantándose de vez en cuando para acariciarme la cara o darme un beso que yo agradezco con una sonrisa, aunque sin abrir los ojos del todo.

Se coloca boca arriba muy apretada contra mí y con la cara girada hacia el televisor. Yo paso un brazo por su cuerpecito, impidiendo así que pueda irse al suelo, y meto la cabeza en el hueco de su cuello, deleitándome con ese aroma dulce e inocente que siempre desprenden las dos.

—Papi, ¿estás bien? —me pregunta volviendo su rostro hacia mí y cogiéndomelo entre las manos—. ¿Eres feliz? ¿Te ponemos contento?

Frunzo el ceño durante un fugaz momento, pero acabo por sonreír para responder a esas preguntas que parecen tan importantes para ella.

—Claro, cariño. Sois lo que más quiero en esta vida. ¿Cómo no…?

—Yo quiero que seas feliz, ¿vale? —Baja la mirada cuando me dice eso y después vuelve su atención a la tele.

—Llara, cielo, ¿qué sucede? ¿Es porque hoy no pude desayunar con vosotras? Ya os dije que…

—Se cayó un árbol —acaba la frase por mí, pero sin mirarme—. Ya no estamos enfadadas por eso.

—Vale, me alegro. Entonces…

—Ya no quiero hablar más —me interrumpe. Sorprendido en un principio ante su afirmación, acabo por quitarle importancia. Supongo que ahora mismo Peppa Pig le resulta más interesante que seguir una conversación con su padre.

Cierro los ojos de nuevo, pero, al igual que el resto de la tarde, estos son los únicos que descansan, pues mi cabeza vuelve una y otra vez a los mismos pensamientos que esta noche no me dejaron dormir, solo que, además, ahora también me agobia la discusión de este mediodía con Laura. Es que hay que joderse… Como si no tuviera suficiente con todo lo anterior…

Porque lo de ayer… ¡Jesús! Soy incapaz de quitármelo de la mente. ¿En serio Clara se despidió de mí o solo vi lo que quise ver? Quizá mi desesperación y confusión crearon una fantasía para aplacar este sentimiento de culpa y…

«O sucedió tal cual lo recuerdas. Y deberías quedarte con lo que eso supone. Con su perdón y su comprensión».

Y con su adiós. Dios…

Casi dos años. Casi dos años sin ella y todavía me cuesta decírselo. Aunque, muy en el fondo, eso sea lo mejor, lo más acertado. Lo normal, lo que todo el mundo espera. Lo que yo deseo con todas mis fuerzas… Que es, en el fondo, lo que me hace sentir tan mal. Porque yo no quiero olvidarla, pero una parte de mí lucha por hacerlo, por seguir adelante. La misma parte que es incapaz de ver a Laura como a una simple cuñada. La que se siente atraída por ella, por su menudo pero impactante cuerpo, por sus salidas de tono, por su sonrisa, hasta por su mala hostia… Y de esa tiene para dar y tomar.

Bueno, yo tampoco es que me luzca en su presencia. Hoy, sin ir más lejos, estuve del todo desafortunado, pero… Pero, joder, ella ya estaba cabreada cuando llegué a casa. Casi prefería cuando me evitaba… No, eso es mentira. Lo cierto es que prefiero que discutamos, nos gritemos o nos digamos un sinfín de burradas como solemos hacer. Cualquier cosa es mejor que su indiferencia, y eso es lo preocupante. O tal vez es tan sencillo como que Laura es la única que logra hacerme sentir vivo. Vivo de verdad. Tanto que así nos va… Me dejo llevar de tal manera que acabo metiendo la pata. O follándomela… Ay, Dios. Pero es que ella tampoco ayuda nada, eh, que…

Abro los ojos como platos en cuanto esa frase cruza mi mente.

«No ayudas nada, coño. Y vas a acabar por volverme loca». Esas fueron sus palabras. ¿Cuántas veces las usé yo en referencia a ella? No necesito pensar la respuesta. Infinidad de veces.

Y, de repente, caigo en lo que mi egoísmo me impidió ver en su momento. Que ella seguramente luche contra sus propios demonios. ¿Cómo no me di cuenta antes? Claro que la atracción entre nosotros es mutua, me lo demostró en cada una de las ocasiones en las que la toqué. Pero ella adoraba a Clara. De distinta manera que yo, pero no menos intensa. ¿O acaso no renunció a su vida por sus hijas?

A veces no me tolero a mí mismo. No se puede ser más insensible ni más estúpido, joder. No solo la cagué después de descargar en ella el deseo acumulado durante meses, sino que no pensé en sus sentimientos ni un instante. En lo que ella debía de sentir por desear al marido de su hermana y acostarse con él.

Primero creí que había caído en la tentación de un polvo fácil y luego hasta me planteé, arrogante y estúpidamente, que quizá sentía por mí algo más… profundo, por el tema de su virginidad y eso… Cosa que ya me aclaró, de una forma tan absoluta que fue como si hubiese mandado lejos mi ego de un bofetón. Nada que no me mereciera, por otra parte.

En ningún momento se me ocurrió que todo es mucho más simple que las películas que me monto. Solo somos el espejo del otro, con los mismos prejuicios y el mismo deseo. Dos personas con una química brutal y un parentesco que la muerte de mi mujer ha roto a todos los efectos, salvo el emocional.

Cuanto más lo pienso, más seguro estoy de que no me equivoco en mis apreciaciones. Pero ¿ahora qué hago con esta información? Porque ya no tengo claro que ignorar esto que los dos sentimos sea factible. Y dar rienda suelta a esta atracción es una locura.

—Papá, tengo hambre —dice Marta, tirando de la pernera de mi pantalón.

Casi agradezco la interrupción de mis pensamientos y me incorporo, todavía con Llara en brazos.

—Vale, cariño. Vamos a la ducha y después cenamos —contesto, mirando el reloj y descubriendo que es más tarde de lo que creía.

—¿Hoy tampoco va a cenar tía Laura con nosotros? Hace mucho que no lo hace.

Frunzo los labios y no sé qué contestarle a eso. Después de nuestra discusión y de meterse en su cuarto, salió al cabo de media hora y, con una excusa entre dientes que ni entendí, se marchó del piso a pesar de la que estaba cayendo.

—Llámala, papi. Dile que venga. Ella también tiene que ser feliz —susurra Llara contra mi mejilla, produciéndome una sensación demasiado extraña al oír esa frase en sus labios. ¿Qué perra le ha entrado ahora a esta criatura con la felicidad, por Dios? Pero también sé que tiene razón. Ellas se merecen que me trague el orgullo y que intente devolver la normalidad a esta casa.

—Vamos a hacer una cosa. Si al salir del baño aún no ha llegado, la llamo, ¿vale?

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page