Por nosotros

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CAPITULO 1 » Laura

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Laura

 

 

Dejo la bolsa y las cajas que cargo sobre las escaleras que suben al piso superior antes de meter la mano en el bolso y buscar las llaves. Y luego respiro profundamente y suelto el aire en un suspiro antes de meterlas en la cerradura. Me quedo mirándolas, como si en ellas estuviera la solución a todos mis desvelos. Vuelvo a suspirar, cierro los ojos y, cuando me doy cuenta, ya me he girado, apoyado la espalda en la puerta y arrastrado mi cuerpo al suelo, sentándome en el felpudo y abrazando mis rodillas.

¿Es que nunca voy a aprender a pensar antes de hablar o actuar? ¿A qué persona en sus cabales se le ocurre quitarse la camiseta y tomarse el café en sujetador, delante de su cuñado, joder? Y gritarle como una loca. Y pagar con él todas sus frustraciones. Y querer matarlo la mayor parte del tiempo. Y el resto de él, comerlo a besos. Y amarlo, y…

«Deja ese temita para otra ocasión y ahora céntrate en solucionar la que has armado a mediodía, guapa».

Sí, eso es lo que tengo que hacer. Intentar volver a lo que teníamos antes de acostarnos. Porque esto no es manera de vivir. Nuestra convivencia resulta insoportable e imposible y, aunque solo sea por las niñas, uno de los dos debería poner algo de su parte para enmendarla. Es lo mínimo que puedo hacer por Clara. Darles a sus hijas un ambiente agradable, cómodo, estable. Vamos, un hogar como Dios manda, donde los adultos puedan dejar de lado los dramas y comportarse como lo que son.

Tengo que decir en mi defensa que, si estaba cabreada cuando Chema llegó, era por algo. Que hoy las niñas comenzaron amargándome el desayuno y durante la comida la cosa todavía empeoró. Entiendo que las molestara que su padre incumpliera la promesa que les había hecho la noche anterior, pero su manera de demostrarlo acabó por sacarme de quicio. No solo cogieron la pataleta del año, sino que Marta llegó incluso al insulto, echándome en cara que, si su papá ya no las quería, era por mi culpa, que yo debería haberme muerto en vez de su madre y más frasecitas de esas que logran clavársete en el pecho a modo de puñales. Que solo es una cría, sí, demasiado especial, también, y que seguramente es su manera de enfrentarse a una situación que la desborda, pero aun así… Duele, joder. Duele mucho.

No sé cómo logré mantener la compostura y ponerme lo suficientemente firme para que cesara en esa actitud y se disculpara, consiguiendo de paso que Llara dejase de sollozar. Pero, aunque aparentemente todo pasó, sus palabras seguían taladrándome el cerebro cuando Chema llegó y… Y luego va el tío y le quita importancia a todo. Y no contento con eso, se saca la camiseta, como si no lo encontrase ya perversamente sexy mojado y vestido. Y, para rematar, suelta la bomba… Ay, Dios, es que no ayuda nada a la causa, joder. Sobre todo ahora… Ahora que…

«Sé feliz, Laura».

Ahora que esas palabras se repiten una y otra vez en mi mente, como plegaria. Mi hermana quiere que sea feliz… Y si no estoy solo engañándome a mí misma, la foto que no sé cómo acabó en mi mochila me da una pista del con quién. Ay, Clara… Si no estoy loca del todo, me concediste tu permiso para amar a tu marido. Tu comprensión para ahuyentar esta culpa que me corroe… Tu bendición. Pero… Pero ahora yo no sé qué hacer con eso, porque este amor no es correspondido y… Y, además, después de tantos años sintiéndome horrible por amar a Chema, no es tan fácil creer que me merezco luchar por él. Es que ni siquiera sé si quiero hacerlo.

Y no, no lo digo por los rumores, ni siquiera por orgullo, que también tendría bastante que decir sobre el tema, sino porque todo me resulta tan enrevesado, tan confuso… Era algo tan imposible que ahora me da verdadero pavor dejar paso a la esperanza.

Sí, soy una cobarde. Yo, la valiente, la impulsiva, la loca… Yo tengo miedo. A sufrir por amor más de lo que ya lo hago. Tengo tanto miedo que aquí estoy, como una idiota, sentada en el descansillo sin atreverme ni a entrar en casa. Quién me ha visto y quién me ve.

Pensar eso me da las fuerzas para levantarme, abrir la puerta y meter las compras dentro, reafirmándome en que ahora tengo que centrarme en solucionar el presente y esta situación de mierda en la que estamos.

—Hola —saludo al llegar al baño, adonde me han llevado las voces. Me encuentro a Chema sentado en la taza del váter secando ya a Llara, mientras Marta se pone el pijama cerca de ellos.

—Hola —me saluda él, mirándome durante unos segundos de una forma que solo puedo definir como extraña. Parece estar analizándome y eso me pone nerviosa, por lo que aparto mi vista y me dirijo a Marta.

—A ver, que te ayudo.

—No, puedo yo. Ya soy mayor.

—Ya lo sé, pero…

—Mina, mejor péiname a mí, que papi siempre me hace daño.

—Es que tienes muchos nudos, Llara —le explica él—. Es muy complicado quitártelos sin…

—Pues Mina lo hace.

Chema me mira y se encoge de hombros. Y yo no puedo evitar sonreír levemente ante su cara de circunstancias.

—Será que yo tengo más práctica. Mi pelo es igual que el tuyo —le digo a la pequeña cogiendo ya el cepillo del armario.

—Bueno, si acabas tú aquí, me pongo con la cena. —Chema se levanta e intenta pasar por detrás de mí sin rozarme, lo que es sumamente difícil, pues entre la pileta y la bañera no hay demasiado espacio. Y ese hecho, por una causa que desconozco, me hace gracia cuando debería molestarme.

—No es necesario. He traído un par de pizzas de El italiano.

A través del espejo veo que me observa sorprendido y yo sonrío con timidez.

—Mi ofrenda de paz —susurro para que solo me oiga él. Con ello lo único que logro es que ahora parezca todavía más asombrado, así que dejo de mirarlo y comienzo a peinar a Llara con paciencia, mechón a mechón.

Su murmullo, cuando llega, casi me hace dar un respingo.

—Gracias. La mía será poner la mesa y sacar los refrescos, ¿de acuerdo?

—Solo si también lavas los platos —me atrevo a decir en tono de broma sin dejar de pasar el cepillo.

Él amplía la sonrisa hasta el punto de casi cegarme y asiente con un guiño. Y, cuando por fin sale del baño, tengo que coger aire de golpe, pues me había olvidado de respirar. Ay, por favor, estoy hecha un flan y se supone que la cordialidad entre nosotros debería tranquilizarme, ¿no? ¿Cómo puede seguir afectándome de esta forma después de tantos años? Es una tortura, joder.

Por suerte, la cena transcurre sin sobresaltos. Quizá Llara está más callada de lo normal, y nosotros también, pero Marta se ha encargado de amenizarnos la comida con una de sus charlas informativas, esta vez acerca de la evolución del hombre, algo sobre lo que ha estado leyendo últimamente. En serio, esta niña nunca deja de sorprenderme, para bien o para mal.

—Ah, tía, y mañana es la excursión. No te olvides de que tengo que llevar puesto el chándal del cole —me suelta de repente, haciéndome pensar dónde demonios puse el dichoso chándal. Y mi cara debe de expresar exactamente lo perdida que estoy, porque prosigue cruzándose de brazos—. Jo, no me digas que está sucio o algo así.

Sí, me conoce bien la condenada.

—No —respondo apresurada—. No, creo que lo lavé.

Me levanto metiéndome en la boca el último trozo de pizza y casi corro al lavadero, donde lo encuentro entre la ropa para planchar. Suspiro de alivio y se lo enseño a través de la puerta.

—Aquí está. —Sonrío triunfal.

—Todo arrugado —objeta ella.

Lo miro y sí, está hecho un buñuelo. Luciendo una sonrisa de «aquí no pasa nada», doblo con extremo cuidado las dos piezas y regreso a la cocina con ellas, donde las coloco en mi silla para luego sentarme encima. Por no sacar ahora la plancha… ¡Qué pereza!

—Pero… Pero… ¿qué haces? —pregunta Marta con los ojos como platos.

—Ya verás. Te va a quedar planchadito.

Oigo un bufido a mi izquierda y, cuando miro hacia Chema, este tiene las cejas en alto y está esforzándose por no reír.

—¿Qué pasa? ¡Funciona! —me defiendo.

Él eleva las manos en un gesto de paz, pero Marta no parece estar por la misma labor.

—Va a oler fatal. Tú… Tú tienes tu culo encima, tía. Eso es un asco.

—Oye, que yo me lavo. —Mi comentario ofendido queda totalmente ofuscado por la carcajada de Chema. Supongo que era mucho aguantar.

—Tía… —sigue quejándose mi sobrina.

—Oh, no seas pesada y confía en mí. Después si quieres le echamos colonia, pero te juro que no va a oler a nada, listilla.

—Papá… —Ahora la muy cargante se dirige a su padre, a ver si así consigue algo—. Dile que lo planche normal.

Él deja de reír e intenta ponerse serio para hablarle, pero entonces sus ojos se quedan clavados en la silla entre ellos dos, esa que sigue vacía desde la muerte de Clara. Lo que hace la costumbre… Ya ni siquiera nos parece raro ese hueco desafortunado en medio.

—Marta, ven —le pide a la niña, tocando el asiento en cuestión con golpecitos que indican que quiere que lo ocupe. Yo casi contengo la respiración ante eso, pero la pobre Marta se queda a cuadros.

—¿Quieres que…? ¿Puedo…?

—Sí, ven, siéntate aquí, estás muy lejos.

Mi sobrina se levanta animada por la sonrisa de Chema y se sitúa en el lugar destinado a la ausencia de Clara.

—A partir de ahora puedes sentarte aquí siempre, ¿vale? —continúa él como si tal cosa. Y creo que no soy yo sola la que considera que este momento es del todo transcendental, pues un silencio solemne cae sobre todos, olvidada ya la ropa que se alisa bajo mi trasero.

—Mami ahora sí que se ha ido para siempre, ¿verdad?

Todos miramos hacia Llara, que ha expuesto eso con una tristeza inmensa y la vista clavada en su plato.

—Bueno, cariño… —digo yo, rompiendo otro de esos silencios imponentes. Mi corazón retumba tan fuerte en mi pecho que casi no oigo ni mis palabras—. Mami se fue hace mucho, ya lo sabes. Ahora es…

—Pero ahora tampoco va a venir más a mi cuarto por las noches. A veces me cantaba… Y otras… Otras no hablaba, pero yo sabía que… Que estaba ahí. Y ahora… Ahora…

—¿Ahora qué, mi vida? —pregunta Chema con una dulzura increíble, dándole pie por primera vez a que hable con naturalidad de esto, lo que me sorprende tanto que soy incapaz de quitarle los ojos de encima.

Él acaricia los rizos de la pequeña, animándola a que siga y, después de lo que me parece una eternidad, ella consigue hablar, aunque en susurros.

—Se ha ido. Ahora se ha ido de verdad. Se… Se des… despe… despid…

—¿Se despidió de ti, cielo? —acabo su frase sin pensar, acariciándole un brazo, notando como se eriza todo mi vello y queriendo admitir que también lo hizo de mí. Pero sé que eso sería contraproducente, para ella y para los demás, así que me lo callo y espero, paciente, una respuesta.

—Sí —suspira mi ahijada sin atreverse ni a levantar la mirada una sola vez.

El hondo suspiro de Chema me hace volver a mirarlo, y lo encuentro observando a la niña con una sonrisa triste en la cara, nada sorprendido, enfadado o nervioso, como suele ponerse ante este tipo de comentarios. Dios mío, ¿será posible que Clara también…?

—¿Por qué…? ¿Por qué le hacéis caso a esta mentirosa? —salta Marta, paseando sus ojos de Chema a mí incesantemente, rompiendo la pregunta que formulaba mi mente—. ¿Por qué? ¡Eso no es verdad!

—Marta, cálmate… —intercede Chema—. Tu hermana se merece el beneficio de la duda. Lo haya soñado o lo haya vivido, ella cree que eso fue lo que sucedió y…

—¡Eso es una tontería! ¡Los fantasmas no existen! ¡Ni siquiera existe Dios! Nosotros salimos del mono. ¡Del mono, papá! No puedes…

—Marta, por favor, como te oiga tu abuela. —Joder, y lo he dicho en alto. Mierda.

Chema no puede evitar reprender con la mirada mi inadecuado comentario, pero al mismo tiempo se acerca más a Marta para intentar abrazarla.

—Cariño, mira…

—¡No! ¡No vais a convencerme! ¡También era mi mamá! ¡No! —La angustiada Marta tira la silla al suelo en sus prisas por salir de la cocina y, seguramente, correr a llorar a su cuarto.

—¡Marta! ¡Por favor, escucha! —Chema va tras ella, no sin antes hacerme señas de que atienda a Llara, como si hiciera falta que me lo dijese. La pobre ahora llora en silencio, casi aterrada, con los ojos muy abiertos ante la escena que ha montado su hermana.

—Yo… Marta… Ella… —balbucea, tiesa como un palo y con la vista perdida en la puerta por donde acaba de irse su padre.

La alzo y la siento en mi regazo, cobijándola en un abrazo que necesito tanto como ella.

—Tranquila. Shhh, tranquila, cariño. Ella va a estar bien. Y tú también. No pasa nada. Shhh.

—Pero… Yo… Yo…

La mezo como si se tratase de un bebé, enjugando sus lágrimas con mis dedos y mis besos, murmurándole palabras de consuelo que ni proceso, hasta que consigo que se quede dormida en mis brazos.

Le aparto unos rizos de su cara y me embarga un sentimiento tan grande de amor por ella que hasta duele. Esto es lo que debe de sentirse por un hijo. No puedo creer que vaya a querer más a uno de mi propio vientre. Y esto es aplicable también a Marta, a pesar de su carácter difícil, o quizá exactamente por eso. Porque esa niña me recuerda tanto a mí… Esa manera de encolerizarse en vez de llorar, sus escasos reparos a la hora de hablar, la forma de guardarse lo más importante y, en cambio, aparentar comerse el mundo. Salvando su privilegiada inteligencia, me siento tan reflejada en ella la mayor parte del tiempo que es imposible que no la quiera o no la entienda.

«Dios mío, Clara, ahora también estoy totalmente loca por tus hijas. Más de lo que ya lo estaba, quiero decir». Y hasta me sorprendo cuando este pensamiento no va cargado de la amargura que lo acompañaría hace escasas horas. Porque su visita lo ha cambiado todo… Aunque a mí todavía me cueste aceptarlo.

Llara se remueve en mis brazos ya entumecidos, pero no quiero llevarla a su cama hasta que Chema no vuelva de calmar a Marta.

—¿Te cuento un secreto? —murmuro con mis labios contra su frente, sin esperar que en realidad me escuche ya—. Yo te creo. Creo que sí se despidió de ti.

—¿Y por qué la crees, Laura?

Giro la cara lentamente, abochornada y con un nudo en el estómago.

Ay, joder. ¿Y qué le contesto yo ahora a Chema?

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