Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 2 » Laura

Página 7 de 113

Laura

 

 

Me aparto a un lado con el carro de la compra cuando veo a la mujer venir de frente con otro cargado hasta los topes. Aun así, a pesar de estar casi incrustada contra los botes de tomates y pimientos, tenemos que hacer un ejercicio matemático de encaje de ángulos para que logre pasar. Y claro, eso da tiempo para el saludo que en este pueblo resulta del todo obligado.

—Hola, Laura. Todavía se hace extraño verte en plan ama de casa.

Aprieto los labios ante el comentario, porque, claro, aquí, para la mayoría de la gente, saludar es sinónimo de hurgar en la vida del prójimo. O de exponer opiniones que nadie ha pedido, véase el caso.

—Buenas tardes, Lucía —contesto sin forzarme a sonreír. La mujer del panadero es una cotilla insuperable y todavía tengo muy presente el día en que yo misma la cogí en el ajo.

—Así que… ¿de compras?

—No, qué va. Vengo a ponerme un empaste. Hay una muela que me está tocando los…

Justo en ese momento, nuestros carros chocan ruidosamente, después de un golpe brusco que ella le ha dado al suyo, supongo que para callarme. Y ahí compongo mi primera sonrisa. Y hasta es sincera. Lucía se mueve todavía más apurada al verla, queriendo salir cuanto antes de mi lado.

Un par de movimientos más que las dos coordinamos y cada una sigue su dirección, pero ella parece que no se ha quedado a gusto.

—¡Ay, niña! Y pensar que hay gente en el pueblo que dice que has cambiado. Sigues siendo la misma de siempre.

—¡Gracias a Dios! Usted, por desgracia, también.

Ella comienza a menear la cabeza con evidente disgusto, pero no me quedo a acabar esta discusión sin sentido y sigo caminando, cogiendo algún artículo de las estanterías que ni siquiera sé si necesito.

—Deberíais poner unas señales de dirección única. Estos pasillos son estrechos hasta decir basta —le digo a Lidia, a la que me encuentro al final del pasillo, agachada reponiendo algo en los últimos estantes.

Mi madrastra me sonríe cómplice y divertida. Seguramente haya oído mi intercambio con esa bruja.

—Ya las hay —dice señalando hacia arriba, donde veo unas flechas azules en las que yo tampoco me había fijado hasta ahora. Pero eso no impide que me muestre totalmente ofendida.

—¡Joder! ¡Y por encima iba en dirección contraria! ¿No la podéis multar o algo así? —replico, pero luego, contagiándome de su sonrisa ahora todavía más amplia, continúo en susurros—. Entre tú y yo. Quizá sí haya cambiado un poco, pero sigo sin poder soportar ciertas cosas.

Ella se levanta y se sacude las manos en los pantalones.

—Se te nota. Se te nota. —Me da un beso en la mejilla y me guiña un ojo—. Venga, sigue a lo tuyo, que tengo que irme al almacén.

Me muerdo el labio inferior intentando no reírme por lo absurdo de todo esto y me dirijo a la sección de higiene, antes de que se me olvide comprar lo primero que apunté en la lista. Ya delante de los tampones, miro las ofertas como tengo por costumbre. Lo cierto es que tanto me da unos que otros, y estas cosas son caras de narices, eh.

Sin querer, o por la costumbre adquirida durante los años de adolescencia, mis ojos se mueven a un lado, donde un pequeño surtido de preservativos ocupan el estante superior. Recuerdo con nostalgia y diversión aquel día que apostamos a ver quién se atrevía a comprar una caja, aquí, en el súper del pueblo. Ganamos Nieves y yo, que, ni cortas ni perezosas, nos llevamos no una, sino dos cajas ante la cara estupefacta de Ricardo, el dueño del establecimiento. No debíamos de contar más de quince años y a día de hoy todavía me extraña que aquello no hubiese llegado a oídos de mi padre.

Fue una tarde divertida. Llenándolos de agua y jugando con ellos en el patio del colegio, después de haber saltado la verja buscando un lugar lo suficientemente privado para que nadie nos mirase con aversión y disgusto.

Mi boca compone una sonrisa ante los recuerdos y un pensamiento se cruza, haciendo que la pierda en el acto. Chema tenía uno aquella noche. Y estoy segura de que no era para jugar a globos de agua con él. Que sí, que acabó utilizándolo conmigo, pero… Pero sus intenciones al tenerlo en su bolsillo no eran otras más que las que yo ya me había temido.

«Bueno, ¿y qué? Tiene derecho a follarse a quien quiera, ¿no? ¡Ni que fuera un monje! Date con un canto en los dientes de que al final lo hiciera contigo».

Sí. No. Yo qué sé. Sobre esa noche, mis sentimientos son tan dispares y contradictorios que no me aclaro ni yo. Dejando a un lado el tema de Clara, tengo que reconocer que me dio lo que yo llevaba deseando durante demasiados años. Pero después… Después me hizo sentir diminuta. ¡Tan poca cosa!

«Te lo dijo antes de empezar. Una sola noche. Quería una sola noche contigo. Ahora no te hagas la ofendida».

Eso es verdad, aunque yo estuviera demasiado turbada para procesar sus palabras como literales. Pensé que era una forma de hablar… Pero de todos modos, la pregunta del millón es ¿por qué? ¿Por qué conmigo? La pregunta que él sí tuvo el valor de exponer ante mí y que yo respondí con una absoluta mentira. La pregunta que me trae de cabeza. Porque, seamos sinceros, a mí todo aquello me cogió un poco por sorpresa pero él… Él, joder, volvió adrede de Cudillero para… para acostarse conmigo. ¿O no? Quizás…

—¿No tienes claro que condones usa Chema?

—¡¿Qué?!

—Si no tienes claro…

—¡Ya te he oído a la primera, idiota! —interrumpo a Lucas.

—Eh… No te enfades. Solo bromeaba.

—Pues ya ves cómo me río —le suelto, cogiendo en sus morros dos cajas de tampones sin fijarme en el precio y metiéndolas de malas maneras en el carro—. Y, por cierto, ¿es que tú nunca trabajas o qué?

—De mañana —explica, encogiéndose de hombros e insinuando una sonrisa—. Y tú ¿qué? ¿Haciendo la compra?

Pero qué manía tiene la gente de hacer preguntas estúpidas…

—Pues sí. Y, si te apartas, seguiré haciéndola.

—Cómo no…

Él levanta las manos y se echa a un lado ampliando su sonrisa, al parecer muy divertido con mi mala leche. Quizá por eso, cuando ya he pasado por su lado, ese demonio interior que me posee muy a menudo me hace girar la cabeza para no dejarlo con la última palabra.

—Y, respondiendo a tu pregunta, aquí no hay su talla. Él sí la tiene enorme.

 

***

 

—Papi, cinco minutos más de tele, por favor.

—Vale, pero que sean cinco. Y después a la cama —le dice Chema a Llara, que está, junto con su hermana, sentada en el sofá del salón.

Escondo la sonrisa tras la taza de café cuando veo como se miran entre ellas, haciéndose gestos de haber ganado esa pequeña batalla y, después, le doy un buen sorbo al oscuro brebaje echando un vistazo de reojo a Chema.

Él juguetea con un cigarrillo, que no se encenderá hasta acostar a las niñas, mientras contesta un mensaje en su móvil.

Por suerte, no ha vuelto a insistir sobre lo de ayer por la noche. Yo me hice la loca y le pasé a Llara para que la acostara, quejándome de su peso. Mantuve el suficiente coraje para permanecer en la cocina esperándolo y no correr a esconderme en mi cuarto, pero cuando volvió lo acribillé a preguntas sobre el estado de Marta, así que o se olvidó del tema o tuvo la delicadeza de no volver a sacarlo.

Al menos hoy no ha habido dramas a la mesa, e incluso hemos mantenido una charla entre nosotros sobre su trabajo y la ausencia del mío. Cordial, amable, con alguna chanza por medio… Como antes de… Aunque, la verdad, no sé si son cosas mías, pero entre nosotros ahora hay algo que antes no había. Una especie de tensión, de expectación… Una corriente extraña que no sé muy bien cómo definir. Y no, no es esa sensación que siempre me llena en su presencia, sino algo más. Algo… diferente. ¿También lo notará? ¿O solo quiero creerlo? No, en realidad no quiero que lo note. Quiero… ¡Joder, no sé ni lo que quiero!

O tal vez sí… No haberle dicho a Lucas aquella última frase, por ejemplo. Es que menuda ida de olla. Pero nunca he sido de las que aguantan un vacile sin responder a él y… Y supongo que mucho no he cambiado. A veces se me olvida que ya no puedo permitirme ser la deslenguada de siempre. Convivo con mi cuñado y con mis sobrinas, soy un referente para ellas, debería aprender a callarme y no alimentar los rumores, ¿no?

Resoplo sin darme cuenta, apartando mis rizos hacia atrás en un gesto del todo frustrado.

—¿Qué te pasa?

—¿Eh? Nada, nada.

—¿Segura? —pregunta, entornando los ojos.

—Sí, sí. Segura.

Él me observa un instante más, pero luego se levanta e insta a las niñas a que se metan ya en cama. Ellas obedecen, a regañadientes, pero lo hacen. Me dan un beso de buenas noches y se encaminan a su cuarto delante de su padre. Entonces Chema, antes de salir, se gira hacia mí.

—Yo… Yo voy ya a acostarme, ¿vale? Estoy agotado. Me apetece tumbarme más que cualquier otra cosa. Incluso que fumar.

Sonrío ante sus explicaciones, como si el hecho de que quiera irse a la cama pudiese interpretarlo como un desplante por su parte.

—Claro, vete. Yo tampoco tardaré en hacerlo.

—Vale. Hasta mañana, entonces.

En cuanto desaparece de mi vista, le robo el pitillo que ha dejado sobre la mesa y lo enciendo con parsimonia, disfrutando con los ojos cerrados de esa primera calada. Los oigo hablar un ratito en voz baja y luego, silencio. Un silencio maravilloso.

Nunca he sido de las que se regocijaban con ellos, pero ahora sí lo hago. Imagino que antes me sobraban y ahora los echo en falta. Mejor pensar eso y no que he madurado o algo por el estilo. Además, en este momento hasta mi cabeza me ha dado un respiro y, con la vista perdida al fondo del salón, acabo el cigarrillo y lo apago en el cenicero.

Entonces me miro las manos y veo un manchón de muy mal gusto en la venda, justo donde tengo la herida. El domingo Lidia me la cambió, pero desde entonces todavía llevo la misma y está un tanto asquerosa. Comienzo a desprenderla poco a poco, peleándome con el esparadrapo, que no ha escatimado. Pero tengo las uñas demasiado cortas y hacer esto con una sola mano es toda una hazaña. Lo intento con los dientes, pero, aparte de comerme algún que otro hilillo, no consigo distinto resultado.

Cinco minutos después, estoy por coger una tijera y meterla entre la venda y la piel. Aunque, con lo desastre que soy, no me extrañaría que acabase por hacerme otro tajo.

—Dios, Lidia, voy a tener que llamar a los GEOS —digo en voz alta, tirando de las tiras adhesivas una vez más.

—¿A quién?

Pego tal salto en la silla que no salgo disparada por poco. Joder con la manía de aparecer a mi lado salido de la nada.

—¡Hostias! ¡Qué susto, Rubio!

—Lo siento, perdona. Pensé que me habrías oído entrar —se disculpa, consiguiendo con su frase que mire sus pies, descalzos sobre la plaqueta. Y que mis ojos sigan cuerpo arriba sin siquiera proponérmelo.

Lleva puesto un pantalón de pijama de tela a cuadros grises y… y nada más. La madre que lo parió. Luce despeinado como si se hubiese pasado las manos por el pelo centenares de veces y comienza a rascarse el estómago con delicadeza, mientras pasa por mi lado y se dirige a la nevera, de la que saca una botella de agua. Estoy como lerda, sin poder apartarle la vista de encima. La clavo en su nuez cuando comienza a beber, fascinada al ver como se mueve arriba y abajo al tragar. Y sus labios rodeando la botella… Mierda, se me acaba de hacer la boca agua.

Aparto la mirada con rapidez, pero él escoge ese momento para hablar, cuando mis neuronas aún no están al cien por cien.

—¿Te echo una mano?

—¿Adónde?

¡Oh, no! ¡Adónde! ¿En serio acabo de preguntarle eso? Joder, yo y mis putas neuronas calentorras, que ocupan todo mi cerebro dejando hablar al subconsciente, y claro, este… Ni siquiera me atrevo a mirarlo, y menos cuando lo oigo reírse entre dientes. Pero mi boca actúa por cuenta propia, intentando salvar el desliz que antes cometió.

—Te he entendido… otra cosa. Yo…

Pero él parece ignorar mi explicación y lo escucho hablar de nuevo, pero demasiado cerca.

—A ver…. Déjame ayudarte. Estabas intentando quitarte la venda, ¿no?

—Esto… Sí. Pero no hace falta. Yo…

—¿Eres capaz tú sola? Si no he entendido mal, querías llamar a… ¿los GEOS? —me pregunta con retintín.

Resignada e intentando comportarme como una adulta, coloco mi mano sobre una de las suyas, la que espera abierta desde que se ha sentado a mi lado. Pero mi cuerpo se tensa por su cuenta, porque me siento estúpida y culpable a partes iguales por lo de antes. Supongo que hay sentimientos que son difíciles de dejar de lado y, a pesar de que llevo dos días convenciéndome de que Clara no me odia por ello, yo todavía no me siento cómoda pensando según qué cosas con respecto a Chema. Son muchos años… Mucha culpa a cuestas… Creo que el gran problema es que durante todo este tiempo que llevo enamorada de él, yo he sido mi mayor enemiga.

—¿Aún te duele?

—No. Solo cuando me la golpeo contra algo.

Él sonríe de lado, dedicándome sin saberlo mi sonrisa favorita. Esa canalla, que me vuelve loca.

—Y eso ¿cuántas veces ha sucedido? —se chancea.

—Unas cuantas. —Y me es imposible contestarle seria del todo.

—Voy a por el botiquín. Dame un segundo.

—Ajá —murmuro, cuando ya ha desaparecido de mi vista, mientras me pellizco un muslo y me muerdo el labio inferior. Un poco de daño normalmente ayuda para espantar la tontería.

Él vuelve en un santiamén, abre la caja encima de la mesa y saca de ella unas tijeras diminutas y con la punta curvada.

—Vamos allá —comenta mientras comienza a cortar con infinito cuidado la venda—. Creo que no llegué ni a preguntártelo. ¿Muchos puntos?

—Cinco, creo.

Separa el vendaje de mi piel, lo deja sobre la mesa y observa la herida. Un corte un poco irregular que luce un color indefinido, con el hilo negro destacando en él. Me recuerda a una sonrisa siniestra. Coño, qué mal rollo.

—Pues alguien no sabe contar. Tienes ocho puntos.

—¿Ocho? —Me acerco a mirar, tan sorprendida por esos tres puntos con los que no contaba que no calculo bien la distancia y choco contra su frente—. ¡Oh! Lo… Lo siento.

Él se la frota en cuanto me aparto, imitándome. O quizá sea yo la que lo copie a él. No tengo ni idea de quién ha empezado a masajear la zona dolorida con el ímpetu que siempre se hace en estos casos.

—Si lo de que tienes la cabeza dura es literal, ¿eh? ¡Vaya golpe! —se queja, exagerando mucho la cosa.

—Puedo decir lo mismo.

Él me mira un segundo a los ojos y juraría que va a decir algo, pero parece cambiar de opinión y vuelca toda su atención en mi mano. Nos envuelve un silencio sorprendentemente cómodo mientras la limpia con alcohol y la ayuda de una gasa. No se limita a hacerlo solo donde está el corte, sino que incluso me la pasa entre los dedos, algo sucios después de dos días embutidos como chorizos unos contra otros. Tengo que morderme los labios, turnándolos para no acabar haciéndome sangre. Tengo que hacerlo para que no se me escape un puto gemido. Esto es tan… tan… erótico. Ay, mamá, qué mal estoy. ¡Fatal! No tengo remedio. Siempre lo he deseado, siempre. Esta sensación en mi vientre y el latido algo más abajo, como un peso delicioso, no son nuevos para mí, pero ahora… ¡Joder! ¿Será porque ya lo he probado y ahora quiero más? Si no, a ver cómo se explica que me excite con unas puñeteras curas.

—¿No te dijeron que sería conveniente dejarlo al aire? —pregunta, haciendo que pestañee para centrarme en lo que me dice.

—¿Eh? Sí, sí. Lo dijeron. Pero… —Observo todo ese Betadine que acaba de echarme y que cubre mi palma y me encojo de hombros—. Pero no puedo meterme así en la cama. Pondría las sábanas perdidas.

—Bueno… Podemos esperar a que se seque un poco, ¿te parece?

¿Y alargar esta agonía? No, no, no.

—O puedes quitármela mañana después de comer y la aireo toda la tarde. Es que quiero… quiero…

—¿Acostarte?

—Ajá —contesto tragando saliva cuando él ya está enfrascado cortando un buen trozo de gasa.

Me sujeta la muñeca mientras pasa la tela por mi mano y ahora ya no me parece tan buena idea no haber aceptado esperar. Estoy segura de que puede sentir mis latidos en sus dedos, desbocados y erráticos. A este ritmo mi corazón va a tener que pasar por quirófano en cualquier momento.

Cuando ya está colocando el último trozo de esparadrapo, sin siquiera mirarme, vuelve a hablar.

—Esto… Laura. Quería darte las gracias.

Me río sin gracia alguna.

—¿A mí? Gracias a ti, por hacer de enfermero. Yo…

—Gracias por esto. —Me mira por fin, o por desgracia. No sé, con este hombre los límites están todos demasiado cerca unos de otros. Señala su pecho y luego el mío—. Por volver a lo que teníamos antes de…

Cierro los ojos y él lo toma como una señal para no acabar la frase. Menos mal.

—Vamos, por intentar ser lo que éramos. Tengo que pedirte disculpas por lo de ayer, y por lo…

—No. —Retiro la mano que todavía está en su poder y veo su gesto extrañado, aunque supongo que es más ante mi negativa, así que me apresuro a explicar—. No me pidas disculpas por nada, Rubio. Porque entonces también tendría que hacerlo yo y no acabaríamos en la vida. Mira, por mi parte quiero llevarme lo mejor posible contigo, vivimos juntos y…

—Y las niñas quieren y necesitan que estemos bien. Hagámoslo por ellas. —Sonríe, tímido, pero yo soy incapaz de correspondérsela. Y él prosigue—. Y por tu padre. Y por Lidia. Queramos o no…

—Y por nosotros. Sobre todo por nosotros. —No sé qué me ha llevado a ser tan sincera. Tan increíblemente franca que hasta yo me sorprendo de mi valentía. Pero es que no puedo dejar que crea que solo deseo hacer las paces por los demás. Que sí, que son factores muy importantes a tener en cuenta, pero ahora mismo, en este justo instante, quiero hacerlo por mí. Y por él. Porque es con él con quien quiero compartir charlas, bromas, problemas y, si me deja, durante toda la vida. Aunque sea en el papel de cuñada, uno que llevo tanto tiempo desempeñando que aspirar a otra cosa es casi una utopía.

Chema me observa con desmesurada atención. Tiene el ceño fruncido, pero no parece enfadado, sino pensativo. Demasiado pensativo.

—Vale, por nosotros —termina por decir, cuando yo comenzaba a pensar que la habitación se había quedado sin aire—. Lo cierto es que tienes razón. A pesar de nuestros más y nuestros menos, yo siempre te he considerado una amiga, así que…

—Así que amigos. Vale —digo muy rápido, queriendo acabar con esta conversación de una buena vez.

—Amigos. —Se ríe por lo bajo y me mira con malicia—. A ver cuánto nos dura.

Y entonces también me río yo, porque, a ver, nadie dijo que iba a ser fácil. ¡Y los dos tenemos un carácter un tanto explosivo! Sin contar… todo lo demás, vamos.

 

 

Ir a la siguiente página

Report Page