Por nosotros
CAPITULO 3 » Chema
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Chema
Lo que son las cosas. Después de casi dos años sin compartir una cena con mis amigos, aquí estoy. Con un importante cambio, eso sí. En vez de Clara, frente a mí se sienta Laura, observando su bocadillo de calamares con tal entusiasmo que en cualquier momento…
—Se te va a caer la baba —le suelto, sin llegar a pensar primero mis palabras.
—Joder, es que me muero de hambre. —Sonríe ella, para nada ofendida.
—Vamos a darles cinco minutos más, ¿vale, nena? —interviene Pedro, sentado a su lado y pasándole un brazo por los hombros. Y ella se acurruca contra él. Joder… Se acurruca. Mierda.
—Bueno, yo ya tengo enchufada la plancha por si hay que calentarlos un poco —nos informa Teresa, ocupando la silla a mi izquierda y poniendo un par de botellas en la mesa—. Y el que quiera beber algo más que sidra o agua, ya sabe dónde está la nevera.
Me río ante su desparpajo y miro el reloj de nuevo. Hace más de media hora que Julián le mandó un mensaje a Colás, pidiéndole algo parecido a unas disculpas e invitándolo junto con Nela, si es que estaban juntos, a comer unos bocatas en su casa, que es donde nos encontramos. Laura también le mandó uno a Nela, justo al llegar aquí, pero aún no tenemos noticias de ninguno de los dos y el pan comienza a humedecerse por el calor que desprenden los ingredientes en su interior.
—No van a venir, ¿lo sabéis, verdad? —dice Julián mirando su plato, donde tiene un bocadillo igual al mío. De escalopines de ternera con pimientos de piquillo. Fue oírme pedírselo a Paco para llevar, así como el de Laura, e improvisó esta cena, a la que Pedro se apuntó al instante a pesar de tener que irse a trabajar en breve. Yo me hice un poco de rogar, por no variar, pero, cuando el poli sacó el móvil, llamó a mi cuñada y le dijo que la esperábamos en casa de Teresa, pues… ¡qué carajo! Lo cierto es que echaba en falta estas cenas.
Mi casa fue, durante muchos años, el punto de encuentro para ellas. Al ser los primeros en casarnos y tener casa propia, era raro el fin de semana que no se organizaba algo. Una peli, unas pizzas, una partida de cartas… Con la llegada de Llara la cosa se enfrió un poco, porque, al menos los seis primeros meses, era verdaderamente difícil que alguna de las dos, ambas bebés, no se despertara para reclamar nuestra atención. El nacimiento de Sofía, poco después, hizo todavía más difícil la cosa. Llevar a un bebé a pasar la noche en casa de los amigos no es para tanto, pero los bártulos que acarrean… Joder, eso es una mudanza en toda regla.
—¿Por qué no vas a ver si Sofi ya está dormida? —le pide Teresa a Julián justo en ese momento, acercándose tanto a mis pensamientos que no puedo evitar una sonrisa torcida.
—Si no os importa, voy yo. —Laura los mira ya levantada, esperando su permiso.
—Claro, ve. —Asiente la sonriente madre. Y, en cuanto Laura desaparece por el pasillo, continúa en tono cómplice—. Esta chica necesita críos propios. Ya.
Pedro se echa a reír y yo agradezco acabar de tragar el líquido que tenía en la boca, o era posible que me hubiese atragantado. ¿Con quién? Sí, porque esa es la primera pregunta que acude a mi mente al oírla, y lo que siento no me gusta nada. Lo segundo es que entonces mis hijas se quedarían de nuevo sin… Dios, eso es aún peor. Tan egoísta como ruin.
—Durmiendo como un lirón —comenta la dueña de mis pensamientos con una dulce sonrisa, sentándose de nuevo—. Y mira que es rubia la niña. Sigo preguntándome a quién ha salido.
—Pues a mí —responde Julián echándose hacia delante. Y cuando todos miramos al moreno con los ojos muy abiertos, frunce el ceño y se recuesta en el respaldo—. De pequeño era así, joder.
—Sí, es verdad —corrobora Teresa, dedicándole una sonrisa maliciosa a su marido—, pero de muy muy pequeño. Yo tampoco lo creí hasta que vi las fotos. Pero sí.
—Vale, entonces vamos a seguir pensando que es hija tuya —bromea Pedro, dándole una palmada en el hombro y acariciándose a conciencia su pelo rubio, logrando que Julián frunza el ceño mientras los demás nos divertimos a su costa.
—Otra bromita de esas… —se calienta este, pero justo en ese momento comienzan a sonar wasaps en varios móviles casi a la vez, entre ellos el mío. Todos nos apresuramos a leerlos, dando por supuesto que se trata de Colas.
«Vamos. Pero media palabra sobre el tema y…».
Sí, es él. Y su tono, incluso a través de un mensaje, no nos deja lugar a dudas de que no ha recuperado del todo el humor.
—Joder, vienen. Pero nada de hablar de lo que pasa entre ellos —dice Julián en voz alta, todavía con los ojos puestos en el móvil. Entonces nos mira a todos, y después de que Pedro y yo asintamos porque hemos leído lo mismo, se dirige a su mujer—. ¿Has oído? Ni una palabra de lo que hablamos antes. Ni de nada que se le acerque, para evitar problemas.
Sí, evidentemente, esperando que se dignaran a venir, tuvimos que poner a las chicas en antecedentes, aunque no les hayamos contado la conversación mantenida en el bar de Paco con pelos y señales. Las conversaciones entre amigos son eso, entre amigos, no para cotillear sobre ellas.
—Vale, vale. No voy a decir ni mu. Yo, así, tan pancha, como si fuera lo más normal del mundo que se presenten juntos —ironiza, poniendo los ojos en blanco y cruzándose de brazos—. De todas formas, que sepas que, cuando quiero, también sé ser discreta.
Creo que ahora somos todos los que ponemos los ojos en blanco, aunque no puedo asegurarlo porque yo lo estoy haciendo.
—Uy, sí. La discreción personificada —se burla mi cuñada.
—Anda, mira quien fue a hablar —le espeta Teresa, consiguiendo que a todos nos dé la risa. Incluida la propia Laura.
—Touché —acepta con una sonrisa.
—No te me pongas ahora tan fina —sigue Teresa con retintín, aunque realmente no está molesta—. Además, tú mejor que nadie sabes que sí sé guardar un secreto jugoso, ¿verdad?
Y me mira. Justo cuando acaba la frase. Es algo fugaz, que quizá hubiese pasado desapercibido si yo no tuviera los ojos clavados en ella. Por acto reflejo, vuelvo la vista hacia Laura, que juraría que ha perdido algo de color. No, no puedo creer que…
—No es lo que estás pensando —me susurra ella, aunque el silencio que reina ahora en la mesa hace que sea audible para todos. Y cuando Laura se da cuenta, se tapa la cara con las manos—. Joder… acabo de empeorarlo.
—¡Vaya! ¿Así que con secretitos, eh? —se cachondea Pedro.
Abro la boca para… Para nada. Porque no sé qué coño decir. Los tres están mirándonos a los dos sin disimulo. Julián, sin cortarse un pelo, incluso me hace una seña con las manos para que no me haga de rogar, pero… Pero no sé qué inventarme ahora mismo, y la verdad… Pues eso es algo que no les incumbe, ni mucho menos quiero que se enteren.
Y entonces, cuando creo que ya nos estamos poniendo más que en evidencia, las carcajadas de Laura se oyen claramente en la cocina, desbocadas, rotas, como si llevase mucho tiempo reprimiéndolas.
—Es que… —intenta hablar entre ellas—. Es que todo esto ha sonado…
—A sexo. A sexo guarro y… —Un manotazo de Laura, que le cae directamente en un lado de la cabeza, corta en seco al gracioso de Pedro.
—Sí, eso es justo lo que creí que os imaginaríais —sigue ella, esta vez dándole un empujón, pero sin dejar de reír—. Es que sois tan predecibles…
Todos parecen la mar de divertidos con sus palabras, y yo disimulo un suspiro de alivio y admiro una vez más esa capacidad que tiene la tía para improvisar y resultar… convincente.
—Bueno, pero, a ver, ¿se puede o no saber ese secreto? —insiste Julián.
Lo miro elevando las cejas y con cara de circunstancias, porque, si no se trata de lo que creí en un principio, no tengo ni idea de a qué se refieren las chicas.
—Olvídalo, cariño —le dice Teresa—. Ni va de sexo ni me atañe solo a mí y prometí estar calladita.
—Eso —la secunda Laura.
—Además, ¿quién no tiene algún secreto guardado, eh? —pregunta Teresa, repartiendo su mirada entre todos.
Laura y yo nos miramos un instante y luego apartamos rápidamente la vista, pero ni hacemos el amago de levantar la mano. Pedro carraspea y se rasca la nuca, pero luego esconde las dos manos bajo la mesa, haciéndonos reír con ese gesto. En cambio, Julián está con el brazo alzado todo a lo largo, mirándonos con cara inocente. Cuando se da cuenta de que ninguno de nosotros va a imitarlo, ni siquiera su mujer, lo deja caer y se encoge de hombros, causando más de una carcajada.
—Dios mío, y yo que siempre quise enamorarme de un hombre misterioso… —se chancea Teresa, acercándose y dándole un tierno beso en los labios.
—Pues ya… —Julián se interrumpe al oír el timbre de la puerta, incorporándose para ir a abrir—. ¡Menos mal, ya están aquí!
—Vamos a calentar los bocatas —dice Laura, comenzando a recoger los platos y cargándolos hasta la encimera, cosa en la que ayudo.
Julián es el primero en entrar de nuevo en la cocina, seguido por una ruborizada Nela y un Colás más serio de lo normal.
—Hola a todos —dice ella sin mirar a nadie en particular.
Pero él no se molesta ni en saludar. Se saca la cazadora y acepta la silla que Teresa ha ido a buscar a otra habitación. La coloca al lado de la de Laura, después de que Pedro haya movido su silla y la de ella para hacer sitio en ese lado de la mesa, y Nela la ocupa enseguida. Él se sienta en la cabecera libre hasta ahora, a mi lado y frente a su hermano.
—Nela, los chicos te han cogido uno como el de ellos. De escalopines, pero con queso en vez de pimientos —comenta Laura todavía de pie, junto a Teresa, esperando a que los bocatas estén listos.
—Sí, perfecto. Tienen buena memoria. —Se muerde el labio inferior, nerviosa, y sonríe mirando hacia nosotros.
—Y para ti, Colás, ídem, hasta con los pimientos. Espero que te apetezca —continúa la pelirroja, poniéndoselo ya delante, al igual que el mío.
—Sí, está bien —contesta él, bastante seco. Y yo ya me temo que al final quizá nos hayamos equivocado al llamarlos, porque me da que tanta tensión no puede ser buena para la digestión.
Las chicas no tardan nada en servir el resto y comenzamos a comer en un silencio casi opresivo. O tal vez solo sea el hambre, porque el que más y el que menos está devorando su comida.
—Pásame el servilletero —le pide Laura a Nela, tapándose la boca llena de comida. Está atrapada entre ella y Pedro, por lo que señala la encimera, muy cerca de su amiga—. ¡Dios, tienes las manos heladas! —exclama cuando se lo da y alcanza a tocarla.
—Bueno, es que… se me olvidaron los guantes… Y en la moto, ya sabes.
—¿Habéis ido a dar una vuelta? —pregunta casual, mirando ahora a Colás, mientras abre mucho la boca para abarcar tanto trozo de pan como pueda, lo que me hace sonreír. No solo por lo natural del gesto, sino porque sé que está haciendo todo lo posible por instalar la normalidad en la mesa.
—Sí. —El huraño monosílabo de Colás no pasa desapercibido a nadie, pero Pedro interviene en la conversación, supongo que echando un capote.
—Lo cierto es que al final se ha quedado buena noche, después de esta mierda de semana. No parece que estemos en junio.
—Pues creo que aún nos quedan unos días más de lluvia, según el telediario —comenta Teresa.
—Tuvimos un buen mayo. Supongo que hay que cogerlo como venga —opino yo.
—Mientras no llueva en las fiestas… Ya las tenemos ahí, en dos semanitas.
Y sí, así, hablando del tiempo y poco más, transcurre la cena. Ni siquiera Laura y Pedro logran arrancar unas risas, porque, en cuanto el segundo lo intentó, haciendo algún comentario lascivo de esos suyos, la mirada que le lanzó Colás fue suficiente para hacerlo desistir.
—Voy al baño —dice Colás metiéndose el último bocado en la boca y apartando la silla. Arruga una servilleta tras limpiarse apresuradamente y se levanta de la misma forma, dejando tras de sí un silencio absoluto y un sinfín de miradas entre unos y otros más que significativas.
—¿Todo bien? —oigo que le susurra Laura a Nela, en cuanto Teresa rompe el mutismo comentándole a su marido algo sobre mañana.
—Sí, bueno… Supongo. —Suspira y la mira con una sonrisa triste—. No lo sé, Laura.
—Habéis venido. Juntos —continúa mi cuñada con una observación llena de optimismo—. Eso…
—Porque he insistido.
—Por lo que sea. Habéis venido.
Nela se encoge de hombros y Pedro, que también parece que ha estado atento al intercambio de susurros, resopla sin disimulo.
—Si quieres saber mi opinión… —comienza a decir, pero yo lo interrumpo rápidamente.
—Déjalo, Pedro.
—Pero…
—Pero nada —sostengo, serio. Sé perfectamente que intenta ayudar, pero también que aquí todos tenemos una opinión y ninguna de ellas va a solucionar nada, quizá lo contrario. Deberíamos dejar que lo resuelvan ellos solos. La presión no funciona con Colás, y Nela… Bueno, ella conoce a su exnovio, o lo que sea ahora, más que nadie y, además, es mayorcita para saber lo que le conviene, ¿no?
—Pero… —insiste él, aunque no continúa hablando cuando regresa Colás.
Las chicas se levantan una detrás de otra, recogiendo platos y vasos a una velocidad impresionante. Creo que todos tenemos ganas de que esta cena acabe de una vez.
—¿Café, Pedro? —ofrece Teresa.
—No —contesta mirando el reloj—. Yo… lo cierto es que tengo que irme. Entro a trabajar en veinte minutos.
—Yo tampoco quiero nada, Tere, gracias —dice entonces Nela.
—Perfecto —declara Colás, volviendo a ponerse en pie—. Entonces nos vamos, venga, ya hemos cenado.
Nela se queda un momento parada, con un plato que pretendía meter en el lavavajillas en la mano. Baja la mirada un segundo, pero luego lo coloca en su sitio, cierra el electrodoméstico y se pone en pie, limpiándose las manos en un paño.
—Vale, pues vamos —acepta muy bajito.
Pedro también se pone en pie y compone una sonrisa torcida.
—Tengo que ir por el piso a cambiarme, supongo que nos veremos allí —comenta con evidente sarcasmo.
Colás se gira hacia él y lo fulmina con la mirada.
—¿Algún problema con eso? —le suelta.
—¿Yo? Ninguno.
—Creo… Creo que será mejor que… que me lleves a mi casa —dice Nela, intranquila, haciendo que Colás se vuelva hacia ella y apriete los puños a los costados.
—¿Quieres irte a tu casa? —le pregunta casi con dureza, y sin disimular el hincapié despectivo con el que ha pronunciado el tu.
Ella le aguanta la mirada y se muerde el labio inferior. Yo aparto la vista, intentando darles algo de privacidad en una cocina abarrotada de gente. Puedo imaginarme lo mal que lo debe de estar pasando la pobre, debatiéndose entre lo que desea y lo que seguramente su orgullo le dicta hacer.
—No —la escucho decir tras un suspiro.
Y sin una palabra más por parte de ninguno de los dos, salen de la cocina.
—¿Tú eres tonto o qué te pasa? —increpo a Pedro tan pronto como oigo cerrarse la puerta principal—. Joder, habíamos quedado en que…
—Ya sé, ya sé —se defiende él, metiéndose las manos en los bolsillos.
—Has hecho pasar a Nela por un momento superviolento —lo reprende Teresa—. Ya bastante tiene como para…
—Que sí. Que sí. ¡Lo siento!
—Eso tienes que decírselo a ellos —asevero—. Y a ver si aprendes a…
—Es que… ¿sabes qué? —me interrumpe él, sacándose las manos del pantalón y abriéndolas en el aire—. ¡Estoy hasta los cojones de tanta cobardía y amargura juntas! ¡Somos una pandilla de gilipollas, joder!
—¿Qué? —Frunzo el ceño y acabo por levantarme para estar a su altura, más que nada porque acaba de meterme en un saco que no me pertenece—. ¿Somos? ¡Qué coño…!
Pero él me deja con la palabra en la boca. Otro más que sale de la cocina sin decir ni «adiós» ni «hasta mañana».
—¿Qué…? ¿Qué ha sido eso? —pregunta Teresa, absolutamente confundida. Pero nadie le contesta, supongo que porque estamos igual que ella. Aunque, si soy sincero, yo estoy confundido, sí, pero por desgracia creo que sé a qué se refiere Pedro.
Al final, ese saco debe de ser bastante grande.