Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 3 » Laura

Página 11 de 113

Laura

 

 

Salimos de casa de Teresa y Julián del mismo humor reflexivo que todos hemos mantenido mientras nos tomábamos un café casi obligado, intentando que una cena incómoda de narices tuviese al menos un final un tanto normal. Me ciño la cazadora al cuerpo, más que por frío, casi utilizándola de escudo contra el ceño fruncido que luce Chema a mi lado. Ahora mismo camina abstraído, con las manos en los bolsillos y la mirada clavada en el suelo. Y por mucho que busco algo ingenioso que decir, no se me ocurre nada para romper este silencio entre los dos.

No encontramos ni una sola alma por la calle hasta llegar a la altura del bar de Paco, donde nos cruzamos con un grupo de veinteañeros que salen del bar y a los que oigo comentar algo a gritos sobre el Pantera Rosa, a donde supongo que se dirigen ahora.

—No es que tengan muchas opciones —pienso en voz alta. ¡Cómo no!

—¿Qué? —Chema me mira con extrañeza, pero al instante su cabeza debe de comenzar a encajar lo que también ha tenido que oír y prosigue con una mueca que no llega ni a sonrisa—. ¡Ah, eso! Sí, supongo que aquí no tienen muchas, no.

Pero cuando aún no hemos dado más de dos pasos y doblamos la esquina, nos tropezamos literalmente con una pareja que no nos ha visto, más que nada porque caminan comiéndose los morros el uno al otro.

—Perdón —se excusa Chema, dando un paso atrás. Pero ellos ni se inmutan, pasan rozándonos y continúan a lo suyo.

—Y esos podrían buscarse un hotel —vuelvo yo a ponerles voz a mis pensamientos, mirándolos de reojo. No por besarse así, sino por maleducados, joder.

—Aquí me temo que tampoco tienen esa opción —bromea Chema, sorprendiéndome con ese cambio de actitud—. Como mucho la pensión de Paqui y, si son del pueblo, no creo que se atrevan a ir. Mañana lo sabría hasta el enterrador.

Me río ante su comentario, más que acertado.

—Y entonces aquí, ¿adónde se va para… eso? —Vale, definitivamente, yo no sé callarme nada. Debo de tener el cerebro más cerca de la boca que el resto de la gente, porque, si no, no se explica.

Chema incluso deja de andar para mirarme, no sé si asombrado por la pregunta o divertido. Aunque la sonrisa guasona que me dedica me dice que más bien lo segundo.

—¿Tú no lo sabes?

—Pues… algo he oído —me sincero—. A la playa, al mirador… Pero la playa en invierno tiene tela y no sé cómo de íntimo es ese mirador. Nunca he estado.

—¿Nunca has ido al mirador con ningún tío? ¡No me lo puedo creer! Eso es casi una tradición aquí. Nadie mayor de dieciocho puede ser vecino de El Pilar y no haber acabado ahí alguna noche.

Lo miro con atención, porque no sé si se está quedando conmigo o si habla en serio. Y la persistente sonrisa socarrona no me saca de dudas.

—Supongo que estás exagerando.

—No. Para nada. Pregúntale a quien quieras —dice, comenzando a caminar con la vista al frente. Pero cuando ya hemos avanzado un trozo y yo todavía no he pronunciado palabra, me mira de reojo—. ¿De verdad nunca has ido?

—No.

—Ahh… Pero dime al menos que te… —se frena en seco. De palabra y acción. Me mira a la cara, como buscando en ella algo que no encuentra, porque, al cabo de un ratito en el que consigue ponerme nerviosa, menea la cabeza—. ¡Sí, claro, qué tontería!

Apresuro el paso para ponerme a su lado, porque, después de esa exclamación que me ha dejado perpleja, ha comenzado a andar de nuevo y yo me he quedado atrás, como una tonta.

—¿A qué viene eso?

—A nada.

—Vamos…

—No, de verdad. No quieres saberlo, créeme.

—Joder, ahora me has dejado todavía peor. ¿Qué querías decirme?

—Laura…

—Chema…

Cierro los ojos al darme cuenta de que he vuelto a utilizar su nombre, ese que en mi boca parece no gustarle nada. Y cuando se detiene de nuevo, haciéndome casi chocar con él, me dan ganas de darme de golpes contra alguna pared. Él se gira y ladea la cabeza, observándome de nuevo de esa extraña manera.

—Me preguntaba… Es que…

—Venga, suéltalo, ¿qué? —Me río nerviosa, y tan aliviada por que no me haya dicho nada sobre mi pequeño lapsus que ni me planteo que pueda molestarme lo que sea que le cuesta tanto decirme.

—Es que… eras virgen… —susurra—. Pero Lucas… Marcos… Tú… Tú con ellos…

Abro los ojos como platos y luego los cierro muy fuerte, porque yo no soy vergonzosa, pero el bochorno que estoy pasando en estos momentos vale por una vida entera.

—Tú… Aquella noche… Se te escapó. Que acabaste en su cama. Y sin embargo…

Le echo valor y levanto los párpados, aguantándole la mirada. Mierda, ¿de verdad estamos teniendo esta conversación? ¿Y aquí, en la calle?

—Es solo curiosidad. —Y me sonríe casi con timidez—. Mucha curiosidad, más bien.

Me tomo un momento para pensar. Sí, tan raro en mí como todo lo que estoy viviendo. Y si Chema es curioso, yo lo soy todavía más. Señalo hacia atrás, por donde hemos venido.

— ¿Qué era ese «sí, claro, qué tontería» de hace un rato?

Él se pasa las manos por el pelo y deja una de ellas en la nuca, mientras se mete la otra en un bolsillo.

—Pues eso. Justamente de lo que te hablo.

Lo miro sin entender. O estoy atontada o simplemente es él, que me aturde.

—¿El qué?

—A ver… —suspira—. Si te lo explico al detalle, ¿tú me aclaras lo de ellos?

—Vale —le digo al cabo de un par de segundos, en los que creo que me he destrozado el labio inferior con los dientes. Y en los que Chema no ha quitado la vista del estropicio que hacía. Entonces él mira hacia un lado y, con una mano en mi espalda, me hace subir los dos peldaños que separan el bordillo de la plaza del pueblo y me lleva hasta un banco, en el que nos sentamos.

Es raro, pero de repente ya no estoy nerviosa. De hecho, me siento fascinada con esta complicidad que compartimos y que no quiero que se acabe nunca. Estoy disfrutando como una hormonada adolescente de este momento de confesiones, de esta calle desierta y tan poco iluminada. Incluso de la niebla, cada vez más espesa, que comienza a envolvernos.

Apoya los antebrazos en los muslos y se echa un poco hacia delante, con la cara girada en mi dirección, pero, cuando empieza a hablar, baja la vista a sus rodillas.

—Eres toda una incógnita, pelirroja —suelta. Y se ríe entre dientes, creo que de sí mismo—. Verás… Resulta que cuando me comentaste lo del mirador, pues… Primero pensé que era imposible, y luego recordé que… que, bueno, ya sabes…

—Sí, que era virgen —susurro, rodando los ojos—. Estás pesadito con el tema, ¿no?

Él me lanza una mirada acompañada de una sonrisa sesgada, tan breve que a lo mejor la he soñado. Y continúa explicándose.

—Entonces mi mente se puso a pensar en tu experiencia, y estuve a punto de pedirte que me dijeras al menos si te habías enrollado con alguien. Pero… antes de hacer el gilipollas de esa manera, pues… Lucas y Marcos vinieron a mi mente y…

—Y… sí, claro, qué tontería —acabo por él, comprendiendo ahora todo y haciendo que los dos nos echemos a reír suavemente. Vuelve a mirarme y mi risa se corta en el instante en que noto como me coloca un rizo tras la oreja. Él parece percatarse también de lo íntimo de ese gesto, porque se sienta más derecho y deja más distancia entre los dos, mientras se cruza de brazos.

—¿Y bien? Te toca —comenta.

—Con Lucas… —suspiro y trago saliva porque es algo que no me gusta recordar. Pero él ha cumplido su parte del trato, así que…—. Sí, nos enrollamos.

—Bueno, creo que eso lo sabe medio pueblo, y eso siendo optimista. Esa noche no pasasteis muy desapercibidos. Y tú no parecías nada contenta. De hecho, todos pensamos que…

—Ya, ya sé lo que pensasteis. —Ante su arqueo de cejas, me echo a reír—. Pedro me lo dejó muy clarito. Hasta usó la expresión «follar como conejos».

Él se ríe, no sé si por mi cara de asco al decirlo o por la frase en sí. Y yo solo quiero comérmelo enterito. ¿Pero será posible?

—Pero eso no lo hicisteis —apunta.

—No. No llegamos tan lejos.

—En fin… Ahora entiendo cómo te mira.

—¿Cómo me mira? No me mira de ninguna forma.

—Bueno… Eso lo dirás tú. Te mira con ganas, Laura. —Y entrecierra los ojos al decirlo.

—Uff… Qué va. —Aunque, pensándolo bien…—. Y si lo hace, lo hará solo por joder.

—Que viene a ser lo mismo —suelta él, sonriendo con malicia. Y ganándose un manotazo que ni me pienso.

—Me refiero a que seguro que lo hace porque sabe que me molesta. Aquel día no le sentó muy bien no… No hacerlo, vamos.

—¿Por qué lo dices? ¿Qué fue lo que hizo? —pregunta muy rápido, poniéndose todavía más derecho, juraría que bastante tenso.

—Se portó como un cabronazo. —Me encojo de hombros con un bufido—. En realidad, ni siquiera sé qué coño se me pasó por la cabeza para irme con él lejos del merendero. A veces no soy muy lista.

—Bueno, todos nos hemos equivocado alguna vez. O muchas veces —comenta, sin otra intención que hacerme sentir bien, estoy segura. Porque él es así. A pesar de su carácter fuerte y su pronto, siempre busca que las personas que lo rodean se sientan bien. Creo que no es consciente de ello, pero siempre actúa como moderador entre sus amigos y en su faceta de padre me tiene enamorada. Un poco más, quiero decir.

Sea como sea, lo cierto es que sus palabras funcionan. Porque me siento despreocupada y tranquila. Aunque la verdad es que ya llevo un buen rato así. ¿Cuánto alcohol tendría esa sidra? Porque no es normal que me encuentre tan cómoda hablando con él de cosas tan íntimas. Precisamente con él.

—¿Y Marcos? —pregunta, cuando ve que yo me recuesto contra el respaldo, subo las piernas y me mantengo en silencio.

—¿No tienes frío? —cuestiono a mi vez, fijándome en que solo lleva la camiseta de manga corta. Las temperaturas no son demasiado bajas, pero la niebla trae con ella su relente característico y bastante humedad.

—No, estoy bien. ¿Tú prefieres ir a casa?

A casa. Se me escapa una sonrisa resignada pero cargada de ternura. Me gustaría recordar el momento justo en que comencé a considerar el piso mi casa, porque, por muy mal que eso esté, es así como lo siento. Y oírselo decir suena tan bien… Y, joder, me estoy convirtiendo en la ñoña de las ñoñas.

—Sí, podríamos ir tirando —digo ya incorporándome, a ver si con ello se me quita la tontería.

Estamos ya llegando al piso, sin que ninguno de los dos haya pronunciado ni una sola sílaba, cuando Chema vuelve a la carga.

—¿Y Marcos? Ese chico te importaba, ¿verdad?

Respiro hondo. Muy hondo. No solo por hablar de Marcos, ni de mis sentimientos hacia él, sino porque lo que frustró nuestra relación, nuestra noche, sé que va a doler. A los dos.

—Ese chico es un encanto —le digo sin mirarlo, con la vista clavada en el portal en el que tenemos que entrar.

—De él te enamoraste… —susurra, y leo clarísimamente un pesar en su voz. Y entonces recuerdo lo preocupado que estaba por que renunciara al amor por volver al pueblo.

—No —aseguro mirándolo a la cara—. No. Y te juro que Marcos tenía todas las papeletas para que lo hiciera. Fue lo más cerca que estuve de una relación de verdad, porque yo… yo no… Yo nunca…

—¿Tú qué, Laura? ¿Tú nunca te has enamorado? —me pregunta con aparente ironía al ver que no continúo la frase.

Ahora sí que bajo la vista, clavándola en su pecho.

—Lo cierto es que no, nunca me he enamorado de ninguno con los que pude haber tenido algo —sostengo. Y sí, increíblemente, ni siquiera estoy mintiendo, ¿verdad? Él no entra en esa categoría. Con él nunca fue posible nada. Estaba vetado. Así que fuerzo una sonrisa y prosigo con soltura—. No debo de ser muy enamoradiza… O a lo mejor es que tengo una especie de tara.

—No creo que sea eso —dice él, muy seguro, aunque parece también algo sorprendido ante mi confesión—. Tal vez no hayas encontrado al adecuado, o no le hayas dado el suficiente tiempo. Como tú misma dices, con ese Marcos… Estuviste cerquita.

Niego con la cabeza ante su tono condescendiente.

—Éramos compañeros de trabajo, nos hicimos buenos amigos, comenzamos a salir por ahí, ya sabes…

—Sí, y también que acabasteis en la cama —repite, recordándome una vez más esa brillante información que se me escapó en aquella ocasión—. Pero tú… Tú eras…

Giro de nuevo los ojos en las cuencas. ¡Vaya fijación con el asunto! Ni que le crease un trauma o algo, joder. Cuando vuelvo a fijar la vista en él, podría reírme. Tiene el ceño tan fruncido que hasta resulta cómico. Su cara es como un gran signo de interrogación, supongo que imaginándose todo tipo de argumentos para que los conceptos «cama» y «follar» no vayan de la mano dentro de este contexto.

Solo que no me río, porque maldita la gracia que me hace pensar en decirle lo que ocurrió.

Me entretengo buscando y sacando mis llaves del bolso, intentando encontrar la mejor manera de contarle qué fue lo que pasó, e incluso llego a abrir el portal con ellas sin que él me haya vuelto a insistir sobre el tema. Por un instante, hasta creo que ahí se va a quedar la cosa, por lo que suspiro aliviada.

Pero cuando ya estamos en el ascensor, yo con la vista clavada en la puerta y él a mi espalda, lo oigo otra vez, obstinado en llegar al fondo de la cuestión.

—Vamos, que por algún motivo no llegasteis al final. —Pero qué listo es, la Virgen.

—Sí, eso fue lo que pasó —contesto ya cuando hemos llegado al tercero, donde nos bajamos. Pero mi tono no ha sonado resolutivo, lo sé, y él lo ha notado. Ha sonado afligido, joder, cuando no era esa mi intención.

Me deja entrar en casa antes de cogerme de un brazo y hacer que lo mire. Incluso me sujeta la barbilla con una de sus manos, para que no tenga posibilidades de esconder la cara.

—¿Qué pasó, Laura?

Dios, hasta tengo ganas de llorar. Y no por no haberme acostado con Marcos, sino porque, con increíble claridad, recreo todo lo vivido aquella noche. La incredulidad ante la noticia, porque no podía ni quería creérmelo; la angustia ante lo desconocido, como una niña pequeña y perdida; el enorme dolor, la absoluta desolación ante la muerte de Clara.

—Jesús, Laura. ¿Tan horrible fue? ¿Se portó mal contigo? ¿Qué…?

Me echo a reír ante su cara de espanto y sus preguntas precipitadas. Pero también percibo las lágrimas que ya no soy capaz de retener dentro de los ojos. Esas que Chema me limpia con los pulgares, de una manera tan dulce que se multiplican sin que yo pueda hacer nada por evitarlo.

—Laura…

—Fue aquella noche —me atrevo por fin a decir, para acabar con esta tortura de una vez. Para que deje de mirarme así, como si me fuera a romper de un momento a otro—. Nosotros… Estábamos en ello… Y… Y…

Chema entrecierra los ojos, intentando descifrar mis palabras.

—¿Qué…?

—Y me llamó mi padre —suelto casi acelerada—. Para… Para…

Sé en el momento justo en que procesa la información, porque abre mucho los ojos, entreabre los labios y me mira con estupor.

—Oh, joder… —murmura. Y, de pronto, estoy entre sus brazos, en un abrazo tan estrecho que puedo llegar a fundirme con él. Me aprieta contra sí, no sé si para consolarme o buscando su propio alivio, yo solo sé que quiero que me suelte. Que ahora mismo no soporto este contacto. Me vuelve demasiado vulnerable, demasiado dependiente… Y yo no soy así. Yo no puedo permitirme el lujo de abandonarme al placer de su protección, de su calidez, de su simple tacto. No, no puedo hacerlo. Porque siempre quiero más… Siempre. Y pensar algo como eso en un momento como este se me hace insoportable. Insufrible… Incluso cruel.

Apoyo mis manos en su pecho y lo empujo, cada vez con un poco más de fuerza, hasta que es él quien me suelta.

—Joder, Laura. Lo siento —expresa con la voz más ronca de lo normal.

—Tú… Tú no tuviste la culpa.

—Siento haber sacado este tema. Haberte hecho recordar… —Se agarra el pelo en un mechón y casi tira de él—. Yo… Yo… Joder.

Comienza a moverse en dirección al salón, pero, al llegar allí, anda en círculos, con las dos manos sujetándose la nuca.

—Eh, tú no lo sabías —le digo acercándome—. Oye, ¿estás bien?

—No. Joder, no. —Cesa sus movimientos desesperados y me mira de frente. Coge mucho aire y lo deja salir, sin quitarme ni un instante la vista de encima—. Yo… Yo es que…

—Tranquilo, es normal —trato de calmarlo—. Es absolutamente normal que los recuerdos nos jueguen estas faenas. No…

—Sí. Pero no. No, no lo entiendes. —Ante mi ceño fruncido, opta por quitarle importancia al asunto—. Da igual. Yo… Yo voy a acostarme. Es tarde y… Y necesito irme.

Asiento con la cabeza, algo aturdida.

—¿Vale? —me pregunta él casi a modo de disculpa y con una sonrisa triste.

—Vale. —Y yo también me obligo a sonreír. Aunque supongo que la mía es igual o más penosa.

Ir a la siguiente página

Report Page