Por nosotros
CAPITULO 4 » Chema
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Chema
—Portaos bien, ¿vale? Y no habléis.
—Ya, papá.
—Desde luego que no van a hacerlo —asegura mi madre, pero, al menos, después las mira sonriendo con orgullo—. Ellas saben perfectamente cómo comportarse en misa.
Asiento con la cabeza y mi padre me guiña un ojo antes de coger a Llara de la mano y darse la vuelta. Me quedo allí plantado con las manos en los bolsillos, observándolos hasta que desaparecen dentro de la iglesia, y luego miro a mi izquierda, al portal que da al cementerio. Cuando me doy cuenta, mis pies ya han tomado una decisión y me encuentro caminando hacia allí.
Aunque intento hablar con Clara como siempre, sé perfectamente que no lo consigo. Mi voz suena forzada, como en una actuación pésima, consciente más que nunca de que no puede escucharme. En las anteriores visitas desde aquello intenté ignorar esta sensación, la que hoy me abruma de tal forma que no deja lugar a ninguna otra. Porque ahora mismo, en este lugar, aquel suceso extraño de hace dos semanas se vuelve más real que nunca. Solo puedo recrear una y otra vez su despedida. Y entonces me percato de que, aun a sabiendas de que seguiré viniendo, solo estoy ante un trozo de mármol frío que no contiene ni una pizca de la esencia de mi mujer.
Por alguna razón, eso hasta me reconforta, lo hace más soportable. La imagino como un alma buena y libre flotando en alguna parte, reencarnándose en alguien especial o simplemente descansando en paz para siempre. Nunca he tenido muy claro en qué creer, supongo que se me nota. Pero sea lo que sea, será mejor que pudrirse en un agujero oscuro, por mucho que nos empeñemos en embellecer su exterior.
Respiro hondo y acaricio su foto.
—Adiós, cariño —le digo justo antes de girarme y alejarme de allí. Y soy totalmente coherente al no haber pronunciado las palabras con las que me despido siempre. Un «hasta la próxima semana» o «el próximo día» ya no me parece correcto. Ahora sé que no es necesario venir hasta aquí para estar más cerca de ella, sino que me valdrá cualquier lugar. Cosa extraña, sin embargo, porque también es cierto que, de pronto, la siento más lejos que nunca.
Me encamino hasta el bar de Paco sumido en mis pensamientos, tan repetidos ya en mi cabeza que deberían tener un lugar propio en ella. En cambio, es todo lo contrario. Cada día parecen moverse incansablemente en todas direcciones. En un segundo ordenados, con las ideas claras y centradas, y al siguiente, de nuevo están desencajados, como cuando desmontas cualquier cosa para tratar de arreglarla y luego te sobran o faltan piezas. Y optar por no pensar pues… parece ser que me es imposible.
Resoplo un instante antes de levantar la cabeza para saludar a un vecino, como he hecho por inercia durante todo el camino. Y de paso, caigo en la cuenta de que ya casi he llegado. Bueno, tampoco es que el trayecto fuese demasiado largo. La iglesia queda en la calle paralela a esta y se puede decir que aquí ninguna de ellas es muy larga. Laura siempre describe el pueblo como un laberinto de esos de laboratorio para ratones, cosa que suele hacerme gracia, aunque no comparto. El Pilar es pequeño, sí, pero precioso. Sus alrededores, con las playas, el monte y esos acantilados de infarto son una pasada y, si no, que se lo pregunten a todos los turistas que vienen a disfrutar aquí cada verano.
—¿Te has perdido, tío? —Ese es el saludo de Julián, al que veo fumándose un pitillo en la puerta del bar.
—Lo siento. He ido un momento hasta el cementerio.
Él asiente con la cabeza, serio, pero luego cambia la expresión y bufa.
—Hoy no es domingo —dice, conociendo al dedillo mis costumbres.
—No, hoy es viernes. —Sonrío sin demasiadas ganas y prosigo—. El primer día de las fiestas… Hace ocho años, tal día como hoy…
—Ya. —Se encoge de hombros y me pone una mano en el hombro—. Sabes que tienes que pasar página, ¿verdad? Si te lo planteas, un año puede tener un montón de días especiales que podrías haber celebrado con ella, pero… Pero ya no está, Rubio. Y tú sí.
—Lo sé. —Y no me pasa desapercibido su alivio por que no me haya enfadado, como cada vez que se atreve a hablarme así de firme y sincero.
—Pues muy bien —prosigue con una sonrisa, tirando la colilla en un cenicero de pie que hay allí mismo y empujándome hacia dentro—. Vamos a pedirnos algo de beber antes de que vengan tus padres con las niñas.
—De acuerdo, vamos, aunque seguro que tienen aún para rato. Ya sabes que esta misa es de esas interminables, con procesión incluida.
—¡Hola, Rubio! ¡Por fin! —exclama Pedro, alargándome un vaso de Martini con mucho hielo—. Te lo pedí cuando te vi llegar, a ver si no está ya aguado.
—No creo. Gracias. Aunque hubiese preferido una cerveza.
—Venga, que estamos en fiestas. Y todavía recuerdo aquellas borracheras que nos cogíamos a base de vermú. Sería que te gustaba, ¿no?
—O que era lo único que mis padres tenían en casa. Bueno, eso y vino. Pero el vino no nos subía tan rápido. —Me río, evocando aquellos tiempos, en los que todavía éramos todos unos críos y robábamos la bebida en casa para hacer botellones en el merendero.
—Quién os ha visto y quién os ve, ¿eh? —Se burla él—. De adolescentes golfos y macarrillas a responsables padres de familia.
—Peor lo tienes tú, que te hiciste poli —le dice Colás, que hasta ahora había estado de espaldas a nosotros, apoyado en la barra y ensimismado en el contenido de su vaso.
—Bah, pero eso solo fue por fardar con el uniforme. No te puedes imaginar lo que pone eso a las tías…
Nos echamos a reír, claro. Este Pedro no tiene remedio, pero, a pesar de sus frecuentes salidas de tiesto y ese incomprensible carácter con el que a veces nos saca de quicio, es un tío estupendo y un buen amigo. Por eso lo sucedido en aquella extraña cena a estas alturas está ya olvidado, sin tan siquiera habernos molestado en hablar de ello. Eso sí, él parece cortarse un poco cuando sale el tema de Nela, cosa que todos agradecemos, y Colás, el que más.
—Y hablando de tías… —comenta Paco del otro lado de la barra, mirándolo—. ¿Así que el sábado estuviste paseando por la playa con…?
—¡Joder! —Se agita él, sorprendido e inquieto a partes iguales—. ¡Era de noche y no había ni una puta alma! ¿Quién coño nos vio para venirte con el cuento?
—Bueno… No te voy a decir quién fue —dice Paco con una sonrisa que pierde al fruncir el ceño, no sé si disgustado o sorprendido—. Pero Pedro, ¿con…?
—Supongo que puedo charlar y pasear con quien quiera, ¿no? —Me mira a mí un instante y luego al frente, acabándose lo que le quedaba del Martini en dos tragos. Y entonces el que frunce el ceño soy yo. ¿Me ha mirado por algo en especial? ¿Con quién estaba para que parezca tan alterado?
Laura. La respuesta me llega de forma brusca e inesperada, igual que lo que siento al pensarlo. Algo que no tengo por qué sentir, joder. Ella es libre y…
—Pero a ver, ¿con quién estabas, macho? Ni que fuese un misterio… —interviene Julián, mirando casi divertido a un nervioso Pedro y a un Paco que ahora parece arrepentido de haber sacado el tema. Lo sé por cómo se rasca la cabeza ante los ojos asesinos del rubio.
—Eh, que yo no tengo la culpa de nada. Allá tú si te traes algo con…
—Con nadie. No estoy con nadie. No pasó nada. Nada —sigue Pedro, y como siga repitiéndolo vamos a acabar por no creérnoslo.
—Bueno, y esa con la que no hiciste nada, ¿tiene nombre? —pregunto yo, porque lo cierto es que necesito saber si es ella.
—Claro que tiene —me responde él.
—Ya. ¿Y cuál es?
—El que le pusieron sus padres al nacer.
Julián se echa a reír y yo arrugo la frente tanto como puedo.
—¿Esto es algún método de despiste policial? —se cachondea Julián.
Pedro no le contesta, solo vuelve a clavar la vista en Paco de una manera en la que todos leemos que le está pidiendo apoyo en esto.
—Tú sabes que así lo empeoras, ¿no? Si yo me he enterado… —dice este con una sonrisa socarrona, pero entonces levanta las manos en el aire, dándolo por imposible—. Pero vale, vale. Como quieras…
Yo estoy a punto de darle otro consejo sobre eso. Cuanto más se lo calle y siga con esa actitud, menos nos vamos a creer que ese paseo no significó nada. Pero cuando voy a abrir la boca, Pedro ya está a otra cosa, sonriendo con los ojos puestos en el gran ventanal.
—Oye, Paco —le habla sin mirar hacia la barra—. Pon aquí otra ronda, que invita Rubio. Y cóbrale también lo que pidan las chicas.
Miro hacia fuera al oír eso y veo en ese momento a Laura, Nieves y Nela acomodándose en una mesa de la terraza que acaba de quedar vacía.
—Tienes un morro… —protesto sin sentirme mínimamente molesto y, sin querer, hasta sonrío al observar como Laura se menea en la silla, intentando bajarse una minifalda que no tiene tela suficiente para cubrirle la mitad de los muslos, que parece ser lo que pretende.
—Anda, expláyate un poco. Qué menos que invitar a la familia. —Se pone de parte del poli Julián.
Y esa puta frase arruina mi buen humor. Es una tontería, lo sé, pero… Miro a Laura de nuevo casi a hurtadillas, solo por si hay suerte y desde esta mañana en el desayuno algo me ha hecho cambiar el chip, pero no. Me es imposible verla como a una pariente. Y cada día menos. Ella… Ella me atrae demasiado, joder.
—Bueno, vamos a saludarlas, ¿no? —nos anima Pedro, repartiendo ya las bebidas que Paco ha dejado sobre la barra y saliendo acto seguido afuera.
No sé qué es lo que me hace cruzar en ese momento una mirada con Colás, que se encoge de hombros con una sonrisa enigmática y va tras el poli, por lo que Julián y yo los seguimos, por ser educados y eso.
—¡Hola, Pedro! ¡Hola, Colás! —saluda muy alegre Nieves, levantándose de la mesa y repartiendo besos en las mejillas en ese momento—. Hola, chicos —nos dice a nosotros al vernos, con bastante menos ímpetu pero besándonos de igual forma.
Con Nela y Laura nos limitamos a un simple «hola» y no me pasa desapercibido que entre Colás y Nela no hay ni siquiera eso. Incluso evitan mirarse. ¿Qué narices les pasa ahora a estos dos?
—Bueno, veros juntas de nuevo como a las tres mosqueteras es toda una sorpresa —comenta Pedro, acercando ya una silla de una mesa vecina y sentándose en ella. Colás y yo optamos por acomodarnos en la piedra saliente de la ventana y Julián, tras observar que no quedan más asientos libres, se apoya a mi lado contra la pared.
—Sí, es verdad —contesta Nieves con una sonrisa de esas que se ponen cuando no sabes muy bien qué contestar.
—A ver, que ahora sea del club de los malos no quiere decir que no sea una buena chica. Así que, de vez en cuando, quedamos para recordárselo y eso —suelta Laura sin cortarse un pelo, y echándole la lengua cuando Nieves abre los ojos como platos.
Nela se echa a reír y le da un beso en la mejilla a la pasmada chica.
—Está bromeando, Nieves, sabemos que siempre serás un pedacito nuestra también.
—Sí, sí, ya lo sé, pero es que a veces se me olvida lo directa que es esta tía —explica ya con una sonrisa y señalando a Laura con la barbilla.
—Pues tenemos que quedar un poquitín más a menudo, para que no me olvides —bromea Laura, justo antes de agradecer a Paco la caña que le acaba de poner delante y darle un buen trago.
—Claro que sí, cuando quieras. Y así a ver si te hago ver que no son tan malos como los pintas.
—¿Tú crees? —Laura, escéptica, alza las cejas.
—Yo no lo creo. Lo sé, Laura —prosigue Nieves con seguridad—. A ver, es verdad que la primera impresión que dan no es buena, pero…
—Ni la primera, ni la décima… —mete baza Julián.
—¡Vale! —Nieves levanta las manos y pone los ojos en blanco antes de dirigirse directamente a nosotros—. Sé que vosotros tenéis vuestros motivos para tenerles manía, pero ellos también tienen los suyos y…
—¿Los suyos? —cuestiono yo bastante sorprendido. ¿Qué mierda de motivos van a tener?
—Vamos, Rubio… Mira, da igual. Al menos reconoce que las chicas son buena gente. Tú lo sabes, las has tratado. Y bastante.
Trago saliva. ¡Hostias, esto no me lo esperaba! Aunque sea cierto. Las dos cosas. Porque sí las he llegado a conocer bien y, a pesar de ser un tanto superficiales, no son malas chicas. Son divertidas, amables y, entre ellas, se cuidan y respetan. Otra cosa es lo que aparenten… Que ciego no soy.
Julián carraspea, Colás lo imita y yo hago otro tanto inconscientemente. Es que… Joder. No sé ni qué decir. Aquel Chema que las trató ni siquiera existe. De aquel Chema, que se encaprichó de la niña rica y guapa del pueblo y consiguió salir con ella, ni siquiera me fio de sus opiniones. Aunque eso sea injusto. Pero es que a su lado me siento viejo, cansado e infinitamente más cínico.
—Bueno… —Y ahora el que carraspea es Pedro—. Supongo que no podemos caerle bien a todo el mundo. Y viceversa.
—Eso es verdad. Y yo a Angelines debo de caerle fatal. Lo que, por otra parte, es mutuo —apunta Laura con desparpajo—. Pero, de acuerdo, a los demás les concederé el beneficio de la duda. —Arruga mucho los labios y continúa con un suspiro—. Aunque a Lucas me cueste lo mío.
Acaba la frase poniendo los ojos en blanco, después de que hayamos compartido una fugaz mirada. Yo sonrío ante su gesto, sobre todo porque ha conseguido quitarle tirantez a la conversación. Aunque sus palabras me recuerdan a otra, a la que mantuvimos aquella noche, y eso tampoco es demasiado bueno para mi salud mental.
No sé qué bicho me picó para que mi curiosidad e interés por ella me hiciesen bajar la guardia y comportarme de esa manera, y mucho menos por qué ella quiso satisfacerlos confesándome cosas tan suyas. Durante un par de días después de esa sorprendente e íntima charla, estuvimos un tanto… raros. Como si hubiésemos abierto una puerta prohibida y nos diera miedo mirar dentro. Pero, al final, la rutina y la convivencia aparentemente normales que compartimos volvieron a poner, otra vez, las cosas en su sitio. Un sitio no muy definido, porque la tensión sexual entre los dos es cada vez mayor. ¿O solo será una equivocada percepción mía?
—¿A qué sí, Rubio?
Miro a Pedro confundido.
—¿Sí qué?
—Joder, ya estás otra vez empanado —se queja Julián a mi lado y, para dar más énfasis a la cuestión, me da un codazo.
—Ay… —Me froto el costado después de fulminarlo con la mirada y me dirijo al poli—. ¿De qué hablas?
—Más bien miente —interviene Laura—. Dice que soy muy cabezota.
—Es que lo eres. —Se ríe Nela mientras Nieves asiente con exageración y una sonrisa.
—Vale, vale, ya me ha quedado claro que lo pensáis todos. Pero no lo soy, solo…
—Solo eres más terca que una mula —la interrumpo yo, sin pararme a pensar en cómo han llegado a este tema.
Ella entrecierra los ojos y, estirando el brazo, me roba el pitillo que acabo de encender.
—Y aun así no te llego ni a la cintura —me replica antes de darle una calada.
—En estatura no, desde luego —la pincho. Es que me lo ha puesto a huevo, ¿no?—. Pero en porfiada…
Ahora abre mucho los ojos y me mira fingiéndose cabreada. A estas alturas ya conozco la diferencia, pero Pedro lanza una carcajada estrepitosa y dice lo primero que se le pasa por la cabeza. Como siempre, vamos.
—¡Joder! A la cintura, dices… Ese es el tamaño que deberían tener todas las mujeres, sería perfecto para…
Nela y Nieves comienzan a lanzarle aceitunas entre insultos, pero Laura va un poco más allá y, ni corta ni perezosa, vacía su vaso encima de su cabeza. Menos mal que le quedaba apenas un culín de cerveza, porque me temo que lo habría hecho igual. Y bien merecido se lo tendría. Porque aunque haya tenido su gracia, que tampoco voy a ir de perfecto, ese comentario ha sido bastante ofensivo. Y esto es algo que no comprenderé nunca de él. Me consta que el poli respeta muchísimo a las chicas. Que no haya tenido una relación seria no significa que no sea todo un caballero, aunque se trate de un ligue de una noche. Pero después suelta cada perlita por la boca que…
—Eso para que te enfríes, coño. Lo tuyo no es normal… —se desquita Laura observando como él se limpia la cerveza que le cae sobre la frente.
Pedro se ríe aún más, si eso es posible, y menea la cabeza salpicándonos a todos con el líquido.
—¡Para ya, tío! —se queja Julián, escurriéndose las gotas que le han mojado la camisa.
—La culpa es de Laura —se defiende el rubio, divertido, pasándole una mano por el hombro a la aludida y depositándole un beso en la sien. Pues va a ser que sí está pillado por ella, joder. Aunque podría dejar de toquetearla a todas horas, digo yo.
—Y poco te han hecho —prosigue mi compadre—. Es que eres muy bruto de Dios.
—Y para que eso lo diga él… —interviene Colás, ganándose una mirada asesina de su hermano y que a todos los demás nos dé la risa.
—Bueno, ¿y qué es tan gracioso? —pregunta alguien de repente.
Y no es que cesen las risas de golpe, sino que la mayoría hasta nos ponemos en pie, casi en posición de firmes. Bueno, como diría Laura, ha llegado la coronel. Ese pensamiento hace que tenga que tragarme de nuevo las ganas de reír, pero las niñas corren a abrazarme como si no me hubiesen visto en días y me sirven como distracción.
—¿Qué tal en misa? —les pregunto, mientras mis amigos y mis padres se saludan entre ellos con mayor o menor entusiasmo.
—Bien. Yo ya me sé todas las canciones. —Sonríe Llara.
—A mí no me gustó. Nunca me gusta —dice Marta, cruzándose de brazos—. Ese señor que está en la cruz…
—Es Jesucristo. El hijo de… —intenta explicarle Llara.
—Ya sé quién es. Pero me da miedo. Y además, yo no creo que…
—Shh, por favor, Marta —la interrumpe Laura, sorprendiéndome, pues no me había fijado en que estaba atenta a la conversación—. A tu abuela no le gustaría nada oírte hablar así.
—Nada de nada —asegura mi pequeña, pero, cuando su hermana la mira mal, se escabulle hacia sus abuelos, lo que me hace sonreír. Siempre evita las discusiones, y en eso se parece tanto a su madre… En cambio, físicamente es clavadita a su madrina… Una mezcla extraña que no deja de sorprenderme.
—Pero es que… —trata de seguir protestando Marta, por lo que la freno con rapidez.
—Mira, tú delante de la abuela disimula, ¿vale? Sé que sabes hacerlo. Y luego en casa nos cuentas lo que quieras.
—Pero eso es mentir —opina mi niña, haciendo que tenga que esconder una sonrisa.
—No, eso es omitir, que no es lo mismo —aclara Laura.
—¿No es lo mismo, papá? —me pregunta muy seria.
—A ver, cariño… —Me acuclillo para estar a su altura y que nuestra charla sea algo más íntima—. A la abuela le hace mucha ilusión todo eso de la iglesia y, si no le dices que no te gusta, la harás feliz.
—Ahh… Pero entonces tendré que seguir yendo a misa… Y seré yo la infeliz.
Ante ese razonamiento tan acertado, busco a Laura con la mirada sin pensar, encontrándomela a escasos centímetros. Está apretando los labios y los ojos le brillan con diversión y casi diría que orgullo.
—En eso tiene razón —me susurra.
—Mierda —suelto seco, porque claro que tiene razón, pero…—. ¿Puedes hacerlo por mí, cariño? Solo unos años más… Por lo menos hasta que hagas la comunión, ¿vale? —trato de negociar con mi hija. Que sí, ya sé que solo tiene cinco años, y que la psicóloga me dice que tengo que tratarla como a una niña normal de su edad, pero, joder, otra niña cualquiera no me metería en estos berenjenales.
—Vale —acepta Marta con resignación después de pensárselo un par de segundos.
—¡Papi! ¡Papi! —me llama Llara desde los brazos de mi padre, donde la tiene subida como si fuese un bebé—. Tus amigos te están diciendo adiós.
Me incorporo y correspondo a las despedidas de todos, algunos de ellos ya lo suficientemente lejos como para solo hacerlo a través de gestos.
—Bueno, nosotros nos vamos también —digo, dirigiéndome a mis padres.
—¿Cómo que os vais? —pregunta mi madre frunciendo el ceño—. ¿No venís comer a casa? Yo lo daba por hecho. He dejado preparados unos cachopos, que sé que son tu comida preferida. Y pienso acompañarlos con patatas y pimientos.
Joder, comienzo a salivar solo con oírla, pero aun así no soy capaz de aceptar. Miro hacia Laura, pues teníamos pensado comer en casa y me sabe fatal que tenga que hacerlo sola.
—Laura, tú también estás invitada, claro. A no ser que tengas otros planes —comenta mi padre, seguramente imaginándose la situación.
—Oh, no… Yo…
—No tienes otros planes —aseguro.
—Ya. Ya sé que no tengo planes, pero no quiero molestar. Gracias, pero…
—Pero nada. Te vienes a casa con nosotros —insiste mi padre y, sin disimular ni un poco, le da un pequeño codazo a mi madre para que lo corrobore.
Es más que evidente que a ella no le hace ninguna gracia el asunto y mira a Laura de arriba abajo con los labios tan fruncidos que parecen un… Mejor no sigo por ahí. Pero aun así, acaba asintiendo con la cabeza.
—Venga, andando. Que lo dejé todo medio preparado, pero lo que falta no se va a hacer solo. Y es ya muy tarde.
Con Llara ahora de la mano, mi padre se pone a mi lado y se ríe entre dientes señalando hacia delante con la cabeza. Mi madre ha dejado de parlotear en algún momento y ahora avanza muy recta, como un general guiando a su tropa. En la retaguardia, observo que nos siguen Laura y Marta, las dos tan serias que guiñarles un ojo y hacerles una mueca graciosa me sale casi solo. Cuando consigo que sonrían, vuelvo la vista al frente.
—¿Así que cachopos, eh? —le digo a mi padre.
—Sabe con qué tentarte —se chancea él—. Pero por mí puede hacerlo todas las veces que quiera. No recuerdo la última vez que me dejó comer algo así. Que si la tensión, que si el colesterol, que si el ácido úrico… Ay, hijo, de verdad… Prácticamente sin sexo, sin tabaco, sin alcohol, y comiendo más verde que una vaca… Lo mío no es vida. A veces me pregunto si vale la pena cuidarse tanto.
—Remueve el pelo de la niña y me mira con cariño—. Pero luego veo a estos dos soles y sé que todo compensa por poder seguir viéndolas crecer.
Le sonrío y asiento, pero mi mente todavía está procesando eso de «prácticamente sin sexo». Jesús. Mis ojos vuelan hacia mi madre y de vuelta a él. Eso significa que aún tienen alguno, ¿no? Mierda… Aparto esa imagen de la cabeza. Si al final mi padre va a ser que folla más que yo… Lo cual, por otra parte, no es muy difícil que se diga.
Y, cuando me doy cuenta, estoy mirando hacia atrás, concretamente a Laura. Joder, ¿por qué solo asocio el sexo con ella?
Y ahí está la pieza que siempre tiene que dar la lata.