Por nosotros

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CAPITULO 4 » Laura

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Laura

 

 

Casi salto las escaleras de la casa de los padres de Chema. Esta comida ha sido… toda una experiencia. Creo que acabo de agotar una paciencia que no sabía ni que tenía. Tengo la lengua en carne viva de las veces que me la he mordido, joder.

—¡Vaya prisas! —Chema me alcanza en la acera tirando de las niñas. Me mira de reojo y se muerde el labio inferior—. ¿Qué tal?

Ni le contesto, porque no sabría muy bien por dónde empezar. Pero, cuando las niñas echan a correr adelantándonos, él prosigue con el temita.

—¿Ha estado tan mal? Bueno, ya la conoces. Sabes que mi madre es un tanto… difícil.

—¡Qué va! —ironizo—. ¿Por qué lo dices? ¿Por las críticas hacia mi ropa, escasa y de mal gusto, o a mis nulas capacidades para hacer una simple comida? ¿Quizá porque le ha faltado llamarme inútil cuando he querido echarle una mano, o porque ha dicho algo así como una docena de veces que debería teñirme el pelo? ¡Ah, no, espera! Seguro que lo dices por las continuas indirectas para que me marche del pueblo y regrese a la díscola vida de la ciudad, ¿verdad? Sí, esos también fueron mis momentos favoritos.

—Laura… —murmura casi avergonzado. Aunque también juraría que está disimulando una sonrisa y yo no encuentro el chiste por ningún lado.

—¡Díscola! ¡Ha dicho díscola! ¿Quién cojones dice…?

—Mi madre —me interrumpe, encogiéndose de hombros—. Lo siento. Yo…

—Tú no tienes que sentirlo. Creo que has carraspeado y chillado «mamá» más veces durante esta comida que en toda tu vida, pero…

—Pero debí hacer algo más, ¿no?

—No, ¿para qué? Además, sé defenderme muy bien solita y no lo he hecho por algo.

—Por las niñas… —adivina él.

—Sí, por ellas y por tu padre.

—¿Por mi padre?

Ahora la que se encoge de hombros soy yo.

—No quería hacerlo sentir todavía peor… El pobre se sentía muy violento y se le notaba.

—Sí, es verdad. A ver, es mi madre y la quiero. Pero desde luego él tiene el cielo ganado —opina meneando la cabeza.

—¿El cielo? Más que eso. Creo que Dios debería cederle su puesto en cuanto llegue arriba, joder. Menos que eso no se merece.

Chema me mira entre horrorizado y divertido, con los ojos muy abiertos.

—Serás hereje… —suelta, antes de echarse a reír.

—Uy, por favor —me burlo—, ahora tú también te pareces a tu madre. Si algo habrás heredado, claro…

Él se ríe aún más. Y eso que estoy poniendo a parir a su madre… Lo que me hace pensar que quizá me esté pasando. Puede que le haga algo de gracia todo esto porque estas últimas horas han sido sumamente incómodas, casi rozando lo ridículo y surrealista, pero… Pero no deja de ser su madre.

—Bueno, ya no la crítico más. Tampoco creo que te haga mucha ilusión este tema.

—No, no es precisamente ilusión lo que siento, no —responde con una sonrisa torcida. Ay, esa sonrisa…

—¿Por qué es así? —pregunto sin saber muy bien por qué—. Parece que siempre estuviese amargada, joder. Y esa manera de fruncir los labios… Me recuerdan a un culo, no lo puedo evitar.

Chema me mira con los ojos como platos y se pasa una mano por la cara.

—Jesús… Tú sí lo dices, claro. No sé de qué me…

—Ay, lo siento. Ya paro. No digo ni una palabra más —le prometo, sin entender muy bien su anterior frase, pero arrepentida de haber seguido con el tema—. Además… Tampoco fue todo tan malo.

Ante su arqueo de cejas, sonrío y sigo explicándome.

—Los cachopos estaban de muerte, y tengo que decir que disfruté muchísimo cuando a tu madre casi le da un ataque al oír a Llara llamarme mamá por equivocación. Su cara era un poema y hasta se llevó una mano al corazón. Y tu padre… Creo que no me equivoco si te digo que se escabulló en ese momento al baño para no echarse a reír allí mismo.

Chema no me responde, ni con palabras ni con el mínimo gesto. Sigue teniendo una sonrisa en la cara, pero como si se le hubiese quedado pegada. Frunzo el ceño y recapacito sobre todo lo dicho. Yo solo pretendía quitarle hierro a la dichosa comida y… Mierda. Olvidé por completo lo mal que él también lleva esos lapsus de mi ahijada. Es cierto que nunca la reprende, pero ese seco «Mina» que le suelta en cada ocasión es más que suficiente para que la niña se dé cuenta de que tiene que rectificar y procurar no olvidar lo que soy para ella. Y creo que eso también va por mí, para que me dé por enterada de mi verdadero puesto.

—Esto… Bueno, creo que no debí hacer ese comentario —susurro, cuando su silencio comienza a ponerme muy nerviosa.

Y él parece volver de donde fuera que estuviese, porque amplía la sonrisa y niega con la cabeza.

—No pasa nada —me tranquiliza, pero inmediatamente se pone más serio y dirige su mirada hacia las niñas—. Yo es que… No sé por qué me molesta tanto, sé que la niña lo hace sin pensar y eso, pero…

Yo tampoco lo sé, pero no quiero oírlo. No me apetece que se ponga triste. Ni mucho menos hablar de Clara. Todavía no tengo claro cómo actuar después de aquella extraña noche. Mi ya intrínseca culpabilidad discute a diario con la ilusión que me supone saber que ella está de mi parte y… Y no puedo con ello. Aún no. Así que, sin meditarlo, en un acto del todo caprichoso, me tapo las orejas con las manos y me pongo frente a él, comenzando casi a correr hacia atrás en dirección a las niñas.

—¡Pues lo dicho! —grito, más porque yo no me oigo bien que por otra cosa—. ¡Los cachopos, deliciosos!

Él me mira sorprendido con la boca entreabierta y luego menea la cabeza, creo que disgustado. No me extraña, la verdad, el pobre pretendía explicarse y sincerarse, y voy yo y me porto como una cría, joder.

El resto del camino no volvemos prácticamente a hablar entre nosotros, salvo cuando los comentarios de las niñas no nos dejan otra opción. Ya en casa, tampoco, porque yo me voy con ellas a su dormitorio para cambiarlas de ropa, mientras él llama a Julián, con el que hemos quedado, junto con su mujer e hija, para acercarnos a las atracciones.

Les quito en un tiempo récord esos vestidos pomposos, regalo de su abuela, que han llevado todo el día, y les pongo unos vaqueros con unas camisetas supercómodas y chulísimas que he comprado en Zara por internet. Bendito invento, por cierto. Lo de internet, digo… Bueno, lo otro también, que la ropa es una monada y está muy bien de precio.

Después de hacer un poco de tiempo, ellos delante de la tele y yo lavándome el pelo y secándomelo para no tener que hacerlo al volver, nos dirigimos a la fiesta en el mismo silencio extraño que se ha colado entre nosotros, pero acompañados por los chillidos de dos niñas emocionadas y con unas sonrisas radiantes.

—¿Las acompañas tú otra vez? —me pregunta Teresa, a la que lo de subirse a esos chismes, como ella los llama, la marea solo de pensarlo. Que vomitó yendo en el trenecito que pone el ayuntamiento estos días para los niños, por Dios.

—Sí, sin problema —respondo encantada, corriendo ya a comprar las entradas.

—No, déjame a mí —dice Chema, poniéndose a mi lado—. Ya que nos ahorramos el tener que subir en esa aburrida tortura, lo mínimo es que nos toque pagar.

—Bah, no seas tonto. Qué más da —contesto de muy buen humor, y no solo por el ambiente festivo que se respira, sino porque debe de ser lo más largo que me ha dicho desde mi desafortunada interrupción.

—Las compro yo, no seas pesada. Tú bastante haces ya con ir con ellas.

—Pero si me gusta —le digo con una inmensa sonrisa. Y como me mira asombrado, me apresuro a explicarle—. Hombre, preferiría subirme en las de los adultos, pero a falta de pan…

Chema también sonríe y mira a un punto detrás de mí.

—Bueno, por allí está el Saltamontes y ese que gira tan rápido —comenta, refiriéndose a las únicas atracciones en las que pueden disfrutar los mayores. Recuerdo que antes venían más, pero supongo que los feriantes se buscan ahora otros sitios donde haya más volumen de clientela.

—¿Vienes conmigo? —Y en cuanto me escucho, me muerdo el labio inferior casi con saña. ¿Es que nunca pienso?

Él ladea la cabeza y me mira con atención, con demasiada para mi simple pregunta. Tampoco le he pedido matrimonio, joder.

—Tal vez mañana, ¿vale? —acaba por responder después de unos segundos que se me hacen eternos.

—Vale. —Pero no sé si me oye, porque ya me ha dado la espalda para ir a por las entradas.

Después de montar hasta en cinco ocasiones en distintas cosas, convencemos a las niñas de que ya es más que suficiente por hoy y optamos por salir del recinto ferial, que no es otro que el famoso merendero. Pero entonces las niñas ven un puesto de algodón de azúcar y comienzan las tres a pedir uno casi a gritos, por lo que, concediéndoles un último capricho, Chema se acerca para comprar tres. Contemplo fascinada como la señora enrosca aquellas tiras algodonosas en el palito, recordando casi con exactitud su sabor. Me embarga una añoranza tan grande que incluso parezco estar degustando ese dulzor y esa textura tan única.

—¿También quieres uno? —me pregunta Chema buscando mis ojos con los suyos.

—¡Sí! —digo demasiado rápido, porque en verdad lo estoy deseando, pero, al mirar de nuevo hacia el puesto, veo las típicas manzanas caramelizadas y…—. O mejor una manzana. Dios, cuánto tiempo… No, espera, casi que el algodón de azúcar; si no, me voy a quedar con el gusanillo.

Él me mira con esa expresión tan suya, entre pasmado y guasón.

—Pero, a ver, ¿tú cuántos años tienes? —se burla, arqueando las cejas.

Yo no me digno ni a contestarle, componiendo un mohín con el que solo logro hacerlo reír. Pero lo que sí consigo es mi dulce y esponjoso antojo, así que me doy por satisfecha.

—Se ha hecho un poco tarde —comenta Julián ya en el centro del pueblo—. Podíamos picar algo en El italiano, ¿os parece?

Las niñas son las primeras en aceptar la sugerencia. Una cena fuera de casa y en un restaurante les parece toda una aventura. Y cuando ya todos se ponen de acuerdo en ir, yo me encuentro rechazando la oferta con la excusa de que tengo que prepararme para salir, pues he quedado con Nela en el Pantera más tarde. Y eso no es excusa, que sí he quedado. Aunque también sé que me daba tiempo de sobra a cenar con ellos, pero… Pero esto de estar todo el día juntos, así, en plan pareja, es contraproducente para mis claros sentimientos pero confusos pensamientos. Además, me he percatado de cómo nos mira la gente, casi esperando el momento en que hagamos la mínima tontería que demuestre la teoría que corre por el pueblo sobre nosotros. No es que a mí me importe, sinceramente. De hecho, siempre he sido de las que incluso ha disfrutado alguna que otra vez dando de qué hablar, pero… Pero Chema es otra cuestión.

—Venga, mujer, será algo rápido —insiste Teresa.

—No, de verdad, yo… —Mis palabras se quedan ahogadas cuando Llara, a la que llevo cogida de la mano, tira de mí corriendo tras Sofía y Marta hacia un pequeño parque próximo. Como si no viniesen de menearse ya bastante… Aunque yo, en vez de soltarme, las sigo complacida. Y mientras las otras dos niñas se dirigen al tobogán, mi ahijada me lleva hacia los columpios, donde la siento y le doy un par de empujones hasta que ella misma comienza a impulsarse, tal como le he enseñado hace poco. La contemplo con una sonrisa y ocupo el de al lado, riéndome con ella e impulsándome con soltura.

—Mira, Mina, papi nos está mirando —me dice, señalando con uno de sus deditos, que desprende un segundo de la cadena.

Y sí, nos está mirando. Con un cigarrillo todavía apagado cerca de su boca y una sonrisa condescendiente.

Pues genial, con esto seguro que mejoro la imagen tremendamente infantil que debe de tener Chema ahora de mí. Lo cierto es que hoy lo que se dice mucha madurez no he demostrado, ¿no? Joder, que solo me faltan las coletas y las medias hasta las rodillas.

 

 

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