Por nosotros

Por nosotros


CAPITULO 4 » Chema

Página 15 de 113

Chema

 

 

Con coletas, aquella minifalda y medias hasta las rodillas. Esa es la imagen que me vino a la mente en cuanto Laura comenzó a columpiarse en el parque. Y la que me hizo ponerme como una moto en menos de dos segundos. Tuve que sentarme en un banco para disimular tremenda erección, joder. Y eso que yo nunca he sido de esos tíos a los que les ponen los disfraces tipo enfermera sexy, colegiala o algo por el estilo… Pero con Laura… Bueno, ella solo tiene que agacharse en mi presencia para que yo esté ya todo burro.

Cojo una cerveza de la nevera y me la paso por la frente antes de abrirla. ¿Y ahora por qué cojones acabo de volver a pensar en eso? Lo mío ya comienza a ser incluso enfermizo.

—Bueno, yo ya estoy lista. En cuanto me llame Nela, me voy, ¿vale?

Levanto la cabeza y miro hacia Laura, que acaba de entrar en la cocina cambiada para salir. Y no sé si realmente le ha llevado arreglarse todo el tiempo que hemos tardado en cenar y acostar a las niñas, pero, sea como sea, está… guapísima.

Lleva puesto un vestido de cuero o un material similar de color negro. No demasiado corto para lo que ella acostumbra, pero sí con un escote considerable, aunque esté medio cubierto por tiras que se entrecruzan. Para variar, se ha quitado esas botas granates que lleva verano e invierno, y luce unas sandalias altas de cuña, creo que se dice, atadas al tobillo. El pelo, ahora ya hasta los hombros, parece más rojo de lo normal, con los rizos tan definidos que dan ganas de meter los dedos entre ellos. Y se ha maquillado, joder. Su boca, gruesa y grande de por sí, no puede estar más provocativa con ese color rojizo oscuro, mientras sus ojos parecen más misteriosos que nunca, ahumados en negro.

Vamos, que verla así es justo lo que me faltaba. Pícara, juguetona y espontánea de día… Arrolladora de noche… Estupendo.

Y yo debo de parecer tonto perdido, porque me acabo de dar cuenta de que llevo un largo rato observándola sin pronunciar ni una puñetera palabra.

—Ah, ¿te vas? —digo muy rápido, al ser consciente de ese hecho.

—Sí. Cuando me llame Nela. —Sonríe traviesa, sabiendo que se está repitiendo, lo que me hace sentir más idiota todavía—. Pero creo que aún tiene para rato. Le ha surgido algo. Así que aún puedes darme una de esas y podemos fumarnos un cigarrillo. Venga, te invito, que siempre soy yo la que te roba el tabaco —prosigue, sentándose y abriendo el pequeño bolso que lleva, del que saca una cajetilla.

Le doy mi botella después de abrirla y me hago con otra para mí antes de ocupar una silla y aceptar el pitillo.

—Eso que le ha surgido no será Colás, ¿no? Porque entonces puedes tener para más que un rato.

—No. —Se ríe ella—. Algo de su prima. Este año ha venido a pasar las fiestas al pueblo y ya sabes lo pesada que es.

—Sí, no la soporta. Y no me extraña. Es un tanto estirada la tía.

—¿Un tanto? Un mucho, diría yo. Pero, contra todo pronóstico, su madre hasta disfruta de esas visitas, así que…

—Ya. —Me enciendo el cigarrillo y le doy un trago a mi cerveza para evitar ser cotilla, pero al final me puede el misterio que se traen esos dos—. ¿Y Colás y Nela? ¿En qué punto están? Estos dos…

—Estos dos van a acabar juntos, o eso espero. Pero sí, se lo están tomando con calma. O más bien él. A veces parece que solo la quiere para…

Se interrumpe en seco y aparta un instante la vista, frunciendo el ceño y los labios.

—Y eso te molesta —afirmo al ver su cara, entendiendo perfectamente de qué habla.

—Sí —se sincera sin mirarme—. Pero no… No por lo que…

—Porque piensas que Nela no se merece ese trato.

—Bueno… Es que no se lo merece. —Vuelve a mirarme y se encoge de hombros—. No digo que sea malo tener una relación de esas, ¿eh? Mucha gente la tiene y a mí me parece genial. Pero cuando una de las partes está tan enamorada de la otra como es su caso, pues… la cosa se complica. A veces no sé si Colás se está aprovechando, o vengando… Y, de verdad, eso no quiero creerlo, porque… él… Yo juraría que siente lo mismo que ella, joder.

Tardo en contestarle. Tardo porque me he quedado en su segunda y tercera frases. De hecho, me demoro tanto en hacerlo que es ella la que habla de nuevo.

—¿Tú qué opinas?

—Colás la sigue queriendo —contesto como un autómata, quizá demasiado deprisa después del salir del trance que me han creado sus palabras. Tal vez… Sí, tal vez…

«No, ni te lo plantees. No. ¿Cómo puedes tan siquiera pensarlo?».

Pero esa temeraria idea se instala en mi cabeza, acaparando mucha parte de mi cerebro.

—Vale, ¿entonces qué coño hace?

—No lo sé. —Me encojo de hombros—. La verdad es que no lo sé. ¿Así que te parecen bien esas relaciones?

Me llevo la botella a la boca para disimular mi sorpresa al haber sido capaz de pronunciar semejante pregunta. Joder, pues sí que ha ocupado la idea, ya ni razono.

—¿Qué? —pregunta ella juntando el entrecejo—. ¿Qué relaciones? ¿Seguimos hablando de la suya? Creo que…

—No… —Vuelvo a beber. Y carraspeo. Y entonces me lanzo. ¡Qué demonios! Solo quiero tantear el terreno—. Antes has dicho… Has dicho que las relaciones sin compromiso, vamos, de «solo sexo» no te parecen mal.

Lo he dicho tan de corrido que no sé si me ha entendido. Y su cara no me ayuda nada. Pestañea muy rápido y me mira con extrañeza.

—También he dicho que tienen que querer los dos lo mismo —dice después de un rato.

—Bueno, ya. Eso se sobreentiende. No estaba hablando de ellos, sino en general.

—Ah. ¿En general? —Se echa un poco hacia atrás en el respaldo y se cruza de brazos. Mierda, yo no sé mucho de lenguaje corporal, pero eso no pinta nada bien. Y entonces, suspira y bebe un largo trago antes de continuar—. Pues sí, no veo que tienen de malo. Allá cada cual.

—¿Y…?

El sonido de su móvil no me deja acabar la frase. Superoportuno… Justo cuando estaba a punto de hacer la pregunta crucial. ¿Y ella sería capaz de mantener una? Claro que iba a disimularla apelando a un condicional… No soy tan valiente para exponerme a un rechazo, o para cabrearla hasta un extremo insospechado si se llega a ofender por la propuesta. No ahora que estamos tan a gusto de nuevo. Además, yo todavía tengo que aclararme primero. ¿Estoy yo dispuesto a ello? ¿De verdad?

Joder, sí. Solo sexo. Sin sentimientos. Sin malos rollos. Con las cositas claritas.

Solo sexo. Para acabar de una vez con esta atracción. Seguro que cuando se pase la novedad, este afán de tocarla… Entonces, podremos seguir siendo amigos. Parece tan sencillo… Tanto que no me lleva más de un minuto responder a mis propias preguntas.

Cuelga el teléfono sin que yo haya estado atento a nada de lo que ha hablado a través de él, demasiado ocupado pensando en mi genial idea. Claro que tiene un pero. Uno enorme. Que si quiero llevarla a cabo, tengo que hablarlo con ella. Y eso ya no me resulta tan fácil.

—Ahora sí que me voy —dice, poniéndose en pie y cogiendo el bolso de encima de la mesa.

—Pasadlo bien. Y dales un saludo a todos. Supongo que habéis quedado con los demás —comento, acompañándola hasta el vestíbulo.

—Solo con Tania. Gerardo y Pedro tenían doble turno hoy para poder librar mañana por la noche, o algo así. No sé, estos días tienen un horario un poco raro.

—Ya, me imagino. Las fiestas no deben resultar demasiado divertidas para la poli —bromeo, consiguiendo una sonrisa maravillosa de su parte. Y entonces, no sé qué diablos me pasa, porque ni siquiera pienso la siguiente cuestión. Solo sé que necesito saberlo—. ¿Estuviste el sábado pasado por la noche paseando con Pedro por la playa?

Y la sonrisa se le esfuma de la cara. Se queda muy quieta, mirándome con una mezcla de pasmo y… enfado, vaya. Menea la cabeza, no sé si para aclararse o con disgusto.

—De verdad, Rubio, eres la hostia —suelta al cabo de unos segundos en los que apenas he respirado. Da un paso al frente acercándose más a mí y me clava un dedo en el pecho—. No, no he ido a pasear con él. Pero, de haberlo hecho, no sé qué mierda puede importarte a ti.

Que no haya gritado no ha hecho que sus palabras hayan sonado amigables, sino que ha sido todavía peor. Como si reprimiera una ira que ahora no comprendo, porque aunque es verdad lo que me dice, tampoco es para tanto. Podía ser simple curiosidad o…

—Bueno, solo me preocupo por ti.

—¿Te preocupas? —Abre mucho los ojos y se echa a reír con sarcasmo—. ¿Te preocupa que pasee con un amigo nuestro, que además es policía, por la playa? ¿En serio? ¿Qué crees que puede pasarme?

—Nada, desde luego. Es solo que…

—Es solo que eres como el puto perro del hortelano, ¿no?

Se acerca tantísimo a la verdad, tanto que… que la ha clavado, joder. Así que, evidentemente, me ofendo. Lo que hace cualquiera en estos casos.

—¡Qué! ¿Qué coño tratas de…? —Ni siquiera me molesto en terminar la frase, porque el portazo me hace saber que acabo de quedarme hablando solo.

Solo y con un cabreo de mil pares de narices.

Ir a la siguiente página

Report Page