Pijama azul

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Capítulo 24

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Capítulo 24

Vania Teloy

Miércoles, 13 de julio

No es que me alegre de las desgracias ajenas, pero cuando empiezo el día teniendo que reconstruir un fémur me siento mucho más relajada el resto de la mañana, porque cuando hago cosas de ese tipo, me concentro tanto, que son los únicos momentos en los que no pienso en nada y el pecho no me duele. Vuelvo a urgencias tras salir a airearme unos minutos después de haber terminado y enseguida entran los de la ambulancia con otra camilla. Acudimos todos como buitres para ver quién se lo queda, pero el premio se lo lleva Asensio. 

—Hola, Maribel, ¿es que no vas a decirme nada? —pregunta la conductora de la ambulancia con una sonrisa socarrona que convierte la cara de la gitana en la de una idiota que enrojece de inmediato.

—Hola —saluda ella como si acabase de reparar en su presencia.

Debería irme y dejarlas a solas, pero estamos en una zona común y por nada del mundo me perdería esto.

—¿Cómo estás? —pregunta la gitana tras aclararse la voz.

—Estupendamente, ¿y tú?

La joven conductora de la ambulancia tiene toda la seguridad que le falta a Heredia, y está claro que lo sabe y se divierte jugando con ello.

—Bien, sí —titubea la gitana mientras yo me aguanto la risa.

La chica, consciente del efecto que provoca en ella, se acerca descaradamente a Maribel y le susurra algo al oído que la hace abrir los ojos hasta que casi se le saltan de las cuencas.

—¿Hoy? —pregunta Maribel aturdida.

—¿Acaso no puedes con dos noches seguidas?

Arqueo las cejas y la gitana, roja como un tomate, por fin reacciona y coge a la chica por el brazo para llevarla a un lugar donde nadie pueda escucharlas.

Miro el reloj, y como no tengo ningún paciente en este momento, después de meditarlo mucho y de estar a punto de ceder ante la indecisión, me dirijo hacia el ascensor y pulso el botón que me lleva hasta la planta donde está el despacho de la doctora Vila. En cuanto estoy delante de la puerta ya tengo el cuerpo alborotado por los nervios.

Suelto un bufido y, finalmente, llamo a la puerta y la abro. Arlet está al teléfono, sin embargo, en cuanto me ve, sonríe y me hace un gesto apremiante con la mano para que pase. Cierro la puerta a mis espaldas y mientras camino hacia su mesa, despide a su interlocutor y se recuesta en su silla al mismo tiempo que me observa con un descaro que me congela la respiración.

—Te podrías cortar un poco —digo sintiendo el nerviosismo de las primeras miradas.

—Sí que podría, pero no quiero —concluye con un aire chulesco que me deja fuera de juego unos segundos.

Arlet se levanta y viene hacia mi lado de la mesa, apoyando el culo en el borde como hace siempre y recolocándose la bata blanca hacia los lados para que no le moleste. Mis ojos van directos hacia ese escote bronceado que en ocasiones pienso que expone solo para mí. Me encantan sus camisas, y mentiría si no dijera que alguna vez he fantaseado con abrírsela de un tirón salvaje.

—¿A qué debo el honor, doctora Teloy?

—¿Honor? —sonrío y me toco la cicatriz—. No sabía que merecía una categoría tan alta.

—Ahora no te vengas arriba —bromea—. Venga, dime, ¿qué te trae por aquí?

—Tú, ¿no es suficiente? 

Su mandíbula se abre en un gesto de sorpresa que solo se permite mostrar unos instantes, después se recompone y se incorpora, acercándose tanto a mí que la que no puede cerrar la boca ahora soy yo.

—Por ahora… —susurra seductora, erizándome la piel.

De nuevo aparta un mechón de mi frente y aprovecha el recorrido para pasar el pulgar por mi cicatriz, haciendo que cierre los ojos y me limite simplemente a disfrutar de su contacto.

—La persona con la que hablaba es la psiquiatra de la que te hablé —dice apartándose para apoyarse de nuevo sobre la mesa.

Esta vez cruza los brazos sobre el pecho y en lo único que puedo pensar es en cuanto me gustaría inmortalizar la imagen que me ofrece.

—Te puede recibir esta tarde a última hora. ¿Le digo que sí?

—Vale —acepto tras unos segundos de silencio.

Arlet sonríe y me dedica un guiño de esos que provocan latigazos en ciertas partes del cuerpo.

—¿Cómo está tu sobrino? —pregunto tratando de aparentar normalidad.

—Resacoso y cagado por la que se le viene encima. Lo he dejado en casa con Héctor. Mi hermana y mi cuñado llegan al mediodía, así que ahora es cosa suya —dice aliviada.

—Errores de juventud.

—Este le podría haber salido muy caro, Vania, imagina que se hubiese llevado a alguien por delante —dice, y yo me quedo medio ida—. Perdona, no he querido recordarte…

—No pasa nada —la interrumpo—, además, hoy voy a tener que hablar de ello, ¿no?

—Espero que sí.

—Bueno, me vuelvo a urgencias.

—Vale. Me alegra mucho que hayas venido a verme, Teloy —afirma, y la intensidad de su mirada me seca la garganta.

—Quizá vuelva algún día —respondo desafiante.

Ella se ríe y se incorpora tan rápido que no me da tiempo a reaccionar antes de que me estampe un sonoro beso en la mejilla.

—Venga, lárgate de aquí —sonríe y se vuelve hacia su mesa.

Mis ojos la recorren en un intento desesperado de descubrir qué es eso que tiene Arlet Vila para que me cueste tanto centrarme cuando estoy con ella.

—¿Quién es la que no se corta ahora? —pregunta socarrona cuando me descubre observándola.

—Yo no me corto nunca, Arlet —declaro con prepotencia.

Sé que mi actitud puede parecerle contradictoria, pero si no tuviese esa bola que me oprime el pecho de forma casi permanente y no sintiera que traiciono a Lucía cuando soy consciente de que cada vez siento más cosas hacia Arlet, lo más probable es que fuese yo la que la estuviese seduciendo de forma constante.

—Algo he notado —sonríe otra vez—. Te enviaré un mensaje con la hora y la dirección, aunque si lo prefieres te puedo acompañar a la visita —se ofrece poniéndose seria.

—No. Tranquila, prefiero ir yo sola, pero te lo agradezco.

Arlet asiente sin perder su gesto simpático y salgo del despacho. De camino a urgencias no puedo dejar de preguntarme si visitar a la psiquiatra es una buena idea o no. No me siento lista para hablar de lo que pasó, sin embargo, también soy consciente de que han pasado dos años y que en algún momento tengo que enfrentarme a lo que sucedió, y desde que la doctora Arlet Vila se ha cruzado en mi camino, tengo la sensación constante de que ese momento ha llegado. Sacudo ese tipo de pensamientos de mi cabeza en cuanto veo a Maribel salir de un box con gesto concentrado.

—Entonces, ¿puedes con dos noches seguidas, gitana? —pregunto de sopetón y ella se gira y me mira horrorizada.

—No es lo que crees —brama tratando de recuperar la dignidad que ha perdido antes.

—¿No? —pregunto arqueando una ceja.

Maribel mira a un lado y a otro y me arrastra hacia un rincón.

—Vale, sí, un poco —reconoce sofocada.

—¿De qué la conoces? Esa chica es nueva, ¿no?

—Eso es lo más fuerte, Vania —exclama como una perturbada—. La conocí a través de la aplicación de citas que te dije y ayer quedamos por primera vez. La verdad es que no hablamos mucho sobre nosotras —sonríe y se muerde los labios.

—Y te la has encontrado aquí —deduzco sin aguantarme la risa.

—¡Sí! ¿No te parece muy fuerte? Encima la tía es una descarada, ya la has visto —dice alarmada.

—Sí, me he dado cuenta. Me cae bien. 

—Claro, porque tú eres igual de burra que ella —concluye con una mueca.

—En fin, ¿has quedado con ella otra vez? —pregunto entornando los ojos.

—Pues claro, ¿es que no la has visto?

—Claro que la he visto. Ten cuidado, gitana, esa chica no parece de las que se compromete a nada —la advierto, aunque sé que no hace falta.

Aunque Maribel aparente cierta inocencia en ocasiones, no tiene ni un pelo de tonta.

—Ya me he dado cuenta, pero yo tampoco busco nada serio, solo divertirme sin tener que dar explicaciones a nadie después.

—Pues parece que anoche te divertiste bastante, ¿verdad?

Maribel se ríe y me aparta de un empujón antes de volver al box. Un paciente pasa en ese momento sujetándose el brazo con la cara descompuesta de dolor y me pongo los guantes para seguir trabajando.

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