Pijama azul
Capítulo 25
Página 26 de 33
Capítulo 25
Vania Teloy
Jueves, 21 de julio
Ya ha pasado casi una semana desde que visité a la psiquiatra por primera vez y ni siquiera yo soy capaz de soportarme a mí misma. Evito a Arlet a toda costa porque me siento una traidora cada vez que su presencia me desboca el corazón. Apenas hablo con Maribel porque tengo la sensación de que cualquier cosa que diga, puede hacer que me pregunte por la visita y no me siento lista para explicarle nada. Y ahora estoy aquí de nuevo, en mi segunda visita con la psiquiatra sin tener claro todavía si estoy haciendo lo correcto.
—¿Cómo te encuentras? —pregunta en cuanto se sienta frente a mí.
—No lo sé —respondo cruzando los brazos sobre el pecho en posición defensiva.
—Trata de definir tu estado en una sola palabra.
No necesito mucho tiempo devanándome la sesera para responder a su reto, aunque lo hago con dos palabras.
—Angustiada. Rabiosa.
—¿Y por qué crees que te sientes así?
—No lo sé, dímelo tú.
Consuelo Ibáñez anota algo en su libreta y después vuelve a mirarme, ajena a mi soberbia como si no le afectase.
—¿Te has sentido así todos los días?
—Sí, estoy de mal humor de forma constante y ahora por tu culpa evito incluso estar cerca de mis amigas —la acuso sin que me tiemble la voz.
—¿Por qué piensas que es culpa mía? —pregunta sin inmutarse y eso me molesta.
—No lo sé.
—Entiendo —contesta volviendo a anotar algo.
—No, no lo entiendes. Siento un puto nudo aquí a todas horas —digo señalando mi garganta—. Tengo ganas de gritar y de romper cosas y no soporto que me hablen.
—¿Quieres saber por qué? —pregunta con suficiencia, como si ella tuviese la respuesta a todas las cuestiones del mundo.
—Ilumíname —le pido alzando las manos.
—Ya te lo dije el otro día antes de que te marchases, Vania, y sigo pensando lo mismo. Entraste aquí, recitaste casi sin respirar lo que ocurrió aquella fatídica mañana y después no articulaste palabra alguna.
—¿Y no era eso lo que tenía que hacer? Desde que sucedió me están diciendo que tengo que sacarlo, ya lo he hecho y no me siento mejor —escupo empeñada en que ella tiene la culpa.
—No se trata solo de sacarlo, Vania, tienes que llorar a Lucía y dejar de culparte por no haber salido de aquel quirófano.
La angustia me sube por el pecho hasta instalarse en mi garganta y formar un nudo que comienza a estrangularme hasta causarme dolor. No sé por qué reprimo las ganas de llorar de este modo tan absurdo, quizá porque al principio me veía incapaz de llorar, ya que en mi opinión, eso significaba asumir que no la vería más, y después me sentí tan mal por no haberlo hecho en su entierro que considero que ya no tengo derecho.
—No soy capaz —logro balbucear con la voz estrangulada.
Todo mi cuerpo está rígido y siento una gran dificultad para que el aire llegue a mis pulmones.
—Solo tienes que dejar que salga, Vania. Ya sé que es muy fácil decirlo, pero en momentos como ahora, cuando estás así de angustiada es cuando tienes que esforzarte por no reprimirte. Crees que la sesión del otro día no te sirvió de nada, solo para que te sintieses peor…
—Exacto —interrumpo irritada.
—Pero no es así —sigue ella sin que le afecten mis impertinencias—. Tú necesitabas hacer dos cosas, verbalizarlo y llorar. Hiciste la primera y desde entonces, tu cuerpo, que es más sabio que tu mente, te está pidiendo a gritos la segunda. Por eso te sientes así de irritada e irascible, eres como una bomba de relojería que estallará en cualquier momento, y cuando lo hagas, no te contengas. Llora todo lo que tengas que llorar y grita si lo necesitas, pero déjalo salir o esto te pasará factura. Eres médico, Vania, sabes de sobra que lo psicológico puede terminar provocando problemas de salud más graves.
—¿Ese es el consejo de hoy? —pregunto mirándole los pies porque soy incapaz de mantenerle la mirada.
—Sí, y te voy a cobrar sesenta euros por ello. ¿Qué te parece?
Esta vez sí que alzo la mirada sorprendida por el comentario, hasta que descubro que lo único que intenta es provocarme y me pongo en pie dispuesta a marcharme.
—Muchas gracias por el consejo entonces —digo dejando el dinero sobre la mesa.
—De nada. Te espero aquí el jueves que viene a la misma hora —zanja poniéndose en pie.
La miro con la boca abierta y cierta estupefacción mientras me pregunto si es así como trata a todos sus pacientes.
—Ya veremos.
—Si no vienes, le pasaré la factura a Arlet, tú verás qué haces —amenaza.
Me paso el dedo por la cicatriz y resoplo; Consuelo Ibáñez es casi tan gilipollas como yo. Quizá por eso me cae bien aunque me resulte irritante.
Cuando salgo de su consulta lo primero que hago es consultar el móvil por si hay alguna urgencia en el hospital que me permita ir para seguir trabajando y dejar de pensar.
—Mierda… —lamento al ver que no tengo una excusa razonable.
Lo que si veo son dos llamadas perdidas de Arlet y otra de Maribel. No contesto a ninguna y voy directa hacia la moto, cruzando los dedos para que el trayecto hasta Besalú, logre despejarme la mente un poco.
Media hora más tarde estoy entrando al pueblo y ni siquiera la maravillosa estampa que ofrece su arquitectura medieval, logra tranquilizarme. Serpenteo por las calles y, cuando por fin llego a la mía, me encuentro el coche de Arlet aparcado frente a mi puerta al otro lado de la acera. Ella está fuera apoyada sobre el capó del coche con los brazos cruzados, y por mucho que intento que no me afecte su presencia, no logro impedir que el corazón me dé un vuelco y un agradable e inquietante hormigueo me recorra todo el pecho.
Me detengo frente a la puerta y ella cruza con la mano extendida para que le entregue las llaves y así poder abrirme sin que baje de la moto. Lo hago con más ímpetu del que debería, aplastando las llaves en su mano con una rabia que no puedo controlar. Me dedica una mirada severa y después se dirige hacia la puerta, cerrándola cuando entro con la moto.
—No vengo para quedarme, Teloy. Solo quiero saber cómo estás, en el hospital me evitas y no me has dejado otra opción que venir aquí.
—Estoy perfectamente —contesto tensa—. ¿Cómo sabes que iba a venir aquí?
—Heredia…
—Joder con la gitana —lamento ofuscada.
—¿Cómo ha ido la terapia? —pregunta mirándome a los ojos con convicción.
—No voy a hablar de eso —contesto de malas maneras.
—No quiero que me cuentes lo que habéis hablado, Vania, solo quiero saber cómo te sientes tú, y no me voy a marchar hasta que me lo digas.
—Es mi casa, puedo echarte cuando quiera.
—Hazlo.
—Joder… —maldigo llevándome las manos a la cabeza—. No quiero ser así de estúpida contigo, Arlet, ni contigo ni con nadie, pero desde que fui la primera vez a la terapia siento mucha rabia y me cuesta mucho mantener las formas. Así que por favor, márchate, quiero estar sola —le suplico y, aunque tengo unas ganas tremendas de llorar, hago caso omiso al consejo de Consuelo y controlo las lágrimas a pesar de que cada vez noto que me cuesta más.
—Está bien, te entiendo. Solo quiero que sepas que si necesitas cualquier cosa me puedes llamar, Teloy. A cualquier hora —añade suspirando.
—Vale. Gracias —digo con la voz estrangulada.
Arlet me sonríe con tristeza y se da la vuelta abandonando mi casa mientras yo me lamento por haber echado a la única persona con la que logro sentirme a salvo.