Pijama azul

Pijama azul


Capítulo 26

Página 27 de 33

Capítulo 26

Vania Teloy

Viernes, 22 de julio de 2022

Cuando un turno empieza caótico, por norma acaba igual, y hoy está siendo uno de esos días. En urgencias hay una larga cola de pacientes debido a un virus estomacal y para colmo, Arlet ha recibido una llamada de los Mossos d’Esquadra anunciando que traen a una mujer detenida por atraco y agresión.

—Durante la detención se ha resistido y han tenido que reducirla, ahora se queja de un intenso dolor de espalda y la traen hacia aquí —anuncia Arlet, que ha bajado expresamente para comunicárnoslo a Abel y a mí.

—La podrían haber detenido cerca de otro hospital, estamos hasta arriba —se queja Abel.

—Lo sé, pero nosotros no decidimos las cosas —argumenta Arlet sin ocultar la inquietud que le produce la situación—. Hay que buscar un lugar lo más aislado posible, lo último que necesitan los pacientes es ver a los Mossos por aquí y descubrir que tienen a una agresora en la cama de al lado.

—¿Qué hay de la persona a la que ha agredido? ¿No la traen aquí? —pregunto inquieta.

—No. El helicóptero la lleva a la Vall d’Hebrón de Barcelona —contesta, y Abel y yo fruncimos el ceño.

Allí es donde se llevan siempre a los heridos graves.

—Podemos despejar la sala de curas y entrarla por la puerta del personal, así evitaremos a la gente —propone Abel.

—Me parece bien. Hazlo y que alguien se ocupe de quitar todo lo que no sea necesario, no olvidemos que esta gente aprovecha cualquier oportunidad. En cualquier caso, vienen dos patrullas de los Mossos custodiándola y no debería haber ningún problema, aun así, no quiero que se acerque a ella nadie que no sea estrictamente necesario. Al ser un trauma te encargas tú, Teloy —anuncia mirándome fijamente—. Elige a un enfermero para que te ayude y tú, Asensio, asegúrate de mantener la zona despejada y de que esa mujer pase aquí solo el tiempo que sea estrictamente necesario.

—De acuerdo —contesta Abel—. ¿Te parece bien Javi como enfermero? —me pregunta a mí.

—Sí.

—Bien, voy a organizarlo todo —dice y se marcha.

Arlet vuelve a clavar su mirada inquieta sobre mí.

—¿Cómo estás, Vania? Si no te sientes lista para este chaparrón puedo pasárselo a otro médico, pero necesito que me lo digas ahora.

Nunca me ha mirado tan seria ni preocupada como lo está haciendo ahora.

—Estoy perfectamente, no te preocupes.

—Bien —zanja—. Me vuelvo al despacho para preparar el papeleo que me va a generar esto, si hay cualquier incidente, me avisas.

—Vale.

—Y Vania —se vuelve cuando ya se dirigía hacia los ascensores—. No hagas ninguna gilipollez, tu obligación es curarla y mandarla de vuelta al calabozo, nada de lecciones morales.

—Claro —respondo algo molesta.

La furgoneta de los Mossos llega quince minutos después y, antes de que abran la puerta trasera, ya estoy escuchando los lamentos de la mujer. Abel y Javi se acercan con una camilla y dos Mossos bajan a la mujer esposada sujetándola cada uno por un brazo.

—A lo mejor le iría bien un sedante —opina uno de ellos con gesto agobiado—, no deja de patalear.

No es la primera vez que atiendo a algún preso, pero reconozco que esta mujer me impresiona más que ninguno. A pesar de ser extremadamente delgada, tiene unos brazos fibrosos y una mirada agresiva y vacía de empatía que me pone los pelos de punta. Entre todos logran tumbarla y Abel le pone unas sujeciones en los pies mientras que un Mosso une sus esposas a la baranda de la camilla. Nos dirigimos hacia la sala de curas escoltados por los cuatro policías, tres hombres y una mujer. En cuanto entramos y después de preguntarle si es alérgica a algún medicamento, le digo a Javi que le administre un sedante para ver si nos deja trabajar.

—Alergia les tengo a estos cerdos —brama mirando a la Mosso que ha entrado con nosotros en la sala.

—Deja de moverte o te harás más daño —le pido cortante.

—Voy a informar por teléfono a la doctora Vila de que ya está aquí —anuncia Abel.

—De acuerdo.

Durante los siguientes cinco minutos que se me hacen algo insoportables, tengo que esperar con paciencia a que el sedante le haga efecto y la mujer deje de moverse con agitación. Después, entre Javi y yo la sentamos en la camilla mientras ella reniega de todo y yo trato de ver qué es lo que tiene en la espalda. La mujer no deja de quejarse cuando la palpo y tengo la impresión de que el daño es real, sin embargo, en estas condiciones me resulta imposible comprobarlo bien.

—Córtale la camiseta —le digo a Javi.

—¿Este? —protesta ella—, y una mierda, no pienso dejar que ningún tío me vea. ¡Que se largue!

Comienza a gritar otra vez, diciendo que tiene derecho a ser atendida solo por una mujer y que se niega a que ese cerdo la mire. Por primera vez veo a Javi angustiado y, finalmente, le pido que salga de la sala y espere fuera. Soy yo misma quien le corta la ropa y descubro que por detrás del hombro izquierdo tiene un hematoma bastante inquietante y una herida que probablemente se ha hecho al caer sobre algo.

—Hay que ponerla bocabajo —le digo a la Mosso.

—¿No puedes hacerlo así?

—No. Tengo que coserla, además, habrá que hacerle una placa para asegurar que no hay nada roto.

La Mosso frunce el ceño y le pide a su superior que entre para exponerle la situación. La presa de nuevo protesta porque haya un hombre dentro de la habitación y este acaba accediendo a quitarle las esposas para darle la vuelta, saliendo de la sala para que la mujer deje de gritar.

—No intentes ninguna chorrada, Jimena —le advierte la Mosso acercándose a ella—, sabes que no tienes escapatoria.

—Lo que quiero es que esta me quite el dolor de una puta vez —ladra señalándome a mí con aire despectivo.

Todo pasa en cuestión de segundos. En cuanto la Mosso la libera de las sujeciones que la mantienen anclada a las barandas, la tal Jimena se retuerce y le propina tal patada en el centro del estómago, que la lanza contra la pared y la agente cae al suelo como un fardo. No me da tiempo a reaccionar antes de que se vuelva hacia mí, me agarre por el cuello del pijama y me dé un golpe seco con la cabeza que me impacta en la parte izquierda de la cara con tal brutalidad, que me caigo de espaldas sintiendo un dolor espantoso, incapaz de orientarme durante unos instantes.

Mientras intento que mis dos ojos enfoquen al mismo sitio, veo de forma borrosa como los tres Mossos han entrado y la han reducido de forma rápida y eficaz. Abel y Javi entran inmediatamente después y, mientras el jefe de urgencias da la orden de que traigan dos camillas y avisen a otro médico para atender a la Mosso, él se arrodilla junto a mí, que no sé en qué momento me he movido y me he sentado abrazándome las rodillas con la espalda pegada a la pared.

—¡No me toques! —grito fuera de mí cuando Abel trata de examinarme.

—Estás sangrando, Teloy, tienes que dejar que te examine.

El ataque de ansiedad que tengo debe ser importante, porque cuando lo miro desencajada se detiene y me pide que me calme.

—Vale, tranquila —dice, y en ese momento la que entra es Maribel.

Noto el corazón a punto de reventarme dentro y la tensión engarrotando cada músculo de mi cuerpo. Me encuentro tan mal que no soy capaz de vocalizarlo, y no es una cuestión de dolor físico, sino de uno interior que lleva dos años desgarrándome. Mi gesto de angustia, como si cualquiera que fuese a tocarme lo hiciera con la intención de hacerme daño, provoca que Maribel también se quede paralizada delante de mí.

Ir a la siguiente página

Report Page