Pijama azul

Pijama azul


Capítulo 28

Página 29 de 33

Capítulo 28

Vania Teloy

Sábado, 23 de julio de 2022

Abro los ojos con cierta confusión, pero reconociendo de inmediato que estoy en una habitación del hospital y descubriendo que, a mi lado en el sillón y tapada con una bata blanca limpia, Arlet duerme en una postura que se me antoja demasiado incómoda. Miro a un lado y a otro en busca de algo que me indique la hora que es, pero no encuentro nada. Al moverme siento molestia en todo el cuerpo, algo muy parecido a las agujetas, además de un cansancio que me obliga a suspirar mientras me toco la cara con la mano, tratando de adivinar el alcance de mis lesiones.

—¿Cuándo te has despertado?

La pregunta de Arlet me acelera el pulso y me hace ladear la cabeza hacia ella para descubrirla frotándose los ojos.

—Hace un momento —contesto, y la voz me sale demasiado floja—. ¿Cuánto he dormido?

—Poco, unas dieciséis horas —dice mirando su reloj.

—¿Y eso te parece poco? —pregunto escandalizada.

Arlet se pone en pie y se coloca la bata por encima de una de esas camisas —esta vez de color azul claro— que tanto me gustan y tan bien le quedan. Alza una pierna y con toda la delicadeza que puede, se sienta a mi lado y me acaricia la mejilla con suavidad.

—Sí que me parece poco teniendo en cuenta tu agotamiento, Teloy, me hubiese gustado que durmieses más, la verdad —dice y se frota los ojos.

—¿Has dormido aquí?

La sola idea de imaginarla toda la noche en el sillón me horroriza y me enternece al mismo tiempo, y ella parece notarlo.

—No creas que se duerme tan mal, eso es un mito.

—No tenías que quedarte, Arlet —la regaño.

—Claro que tenía que quedarme. Ahora dime, ¿qué tal te encuentras?

—Muy cansada, no sabría explicártelo exactamente, es como si me hubiesen absorbido toda la energía dejándome bajo mínimos.

—Ayer estuviste sometida a mucho estrés, eso es normal. ¿Y la cabeza? Anoche te quejabas mucho entre sueños.

—¿De verdad?

Arlet saca su linterna y empieza un examen parecido al que yo le hice a ella el día que la conocí.

—Sí. Te quejabas, y cuando me levantaba para preguntarte, me daba cuenta de que seguías dormida. ¿Te sigue doliendo?

—Un poco —respondo y me miro el gotero, cuya rueda está cortando el paso del líquido.

—No te toca el siguiente calmante hasta dentro de un par de horas —dice mirando su reloj otra vez—, así que trata de relajarte.

—¿Cómo está la Mosso que estaba conmigo?

—En su casa, Abel le dio el alta un par de horas más tarde después de que las pruebas que le hizo saliesen bien.

—¿Y la detenida?

—Durante el día de hoy ingresa en prisión preventiva según me dijeron ayer a última hora. Abel se ocupó de ella, se recuperará.

—¿Has visto a la gitana?

—Madre mía, Vania, en serio que no entiendo que te permita llamarla así —cabecea con los ojos en blanco.

—Es un apelativo cariñoso —insisto.

—No lo dudo. En fin, estuvo aquí hasta las doce de la noche, después la obligué a marcharse a casa. Esta mañana se ha pasado un par de veces, pero seguías dormida. Imagino que en cuanto tenga otro hueco, volverá.

Suspiro, y ella coloca la mano sobre mi pecho y me pide que cierre los ojos.

—No puedo, ahora no tengo sueño.

Arlet me mira en silencio y mi pecho comienza a emitir zumbidos graves provocados por mis latidos, cada vez más fuertes y rápidos.

—¿Cómo te sientes ahora? —pregunta haciendo una mueca con los labios.

—Cansada, ya te lo he dicho —respondo un poco nerviosa.

—No me refiero a eso y lo sabes.

—Ya —reconozco haciendo un mohín que me provoca molestia en la ceja y el labio—. Liberada, supongo. Estoy agotada y, sin embargo, por otro lado, siento como que floto. Espero que no sea porque me has puesto algo raro por ahí —digo señalando el gotero, y ella suelta una risotada de las que salen desde lo más profundo.

—Te aseguro que no.

Arlet baja la mirada y quita la mano del centro de mi pecho para juguetear con su pulsera de cuerda.

—Ayer estuviste a punto de besarme —suelta de repente, y soy incapaz de cerrar la boca por la sorpresa.

—¿De verdad?

—¿No lo recuerdas?

Niego con la cabeza y frunzo el ceño tratando de ubicar ese momento, pero tengo los últimos minutos muy confusos.

—Menuda decepción —dice fingiendo disgusto.

—Lo siento, me encantaría recordarlo, de verdad —digo cogiéndole la mano.

—Me alegra oír eso.

—¿Y por qué no te besé? —pregunto con cierto aire socarrón.

—Asensio nos interrumpió, por lo que tenemos algo pendiente —dice tratando de bromear, aunque noto cierto tono de desasosiego en su voz.

—Lo tenemos, Arlet, pero ahora quiero cerrar un capítulo antes de comenzar el siguiente, y para eso necesito hacer algo.

—Claro —dice algo desconcertada.

—¿Recuerdas que me dijiste que podía pedirte cualquier cosa?

Trato de incorporarme un poco, sin embargo, ni para eso tengo fuerza y ella pulsa el botón del mando para alzar la cabecera de la cama.

—Claro que lo recuerdo, ¿qué necesitas? —pregunta imperativa, como si ansiase darme cualquier cosa.

—Un par de días personales, tres como mucho.

—Por supuesto, ¿puedo preguntar para qué?

—Tengo algo pendiente en Milán, y ahora ha llegado el momento de concluirlo.

Arlet no pregunta más porque mis tripas rugen como si hubiese estado tres días sin comer.

—Vaya… —me río algo abochornada.

—Hay una tienda de comida rápida no muy lejos de aquí. Suelo encargar la comida allí cuando me tengo que quedar a comer en el hospital, y hoy me he tomado la libertad de encargar también para ti. Seguro que a estas horas ya debe estar en mi despacho. Iré a buscarla, la calentaré en el microondas y vuelvo.

—No tenías que haberlo hecho, Arlet, puedo comer la misma comida que los demás.

Arlet arquea una ceja y yo me río cuando se levanta.

—Cuando pruebes esos canalones y las croquetas me lo vuelves a decir.

Se da media vuelta y se dirige hacia la puerta dispuesta a cumplir con su misión.

—Doctora Vila —la llamo con voz neutra.

Se gira en redondo y me observa con inquietud.

—Siento mucho haberte echado de mi casa la otra noche —me disculpo y Arlet carraspea descolocada—. No debí hacerlo, no te lo merecías.

Vuelve hasta mi cama y me coge de la mano.

—No pasa nada, lo entiendo, Teloy, y no me enfadé, es solo…

—Que te dolió —concluyo yo por ella.

—Sí, supongo que fue eso —admite y me siento tan mal que no sé ni qué decirle.

—Lo lamento mucho, de verdad. Estaba colapsada y no…

—Ya lo sé, Vania, te he dicho que comprendo lo que hiciste. Yo solo quería asegurarme de que entendías que estoy aquí si me necesitas, a veces tengo la sensación de que no te lo crees.

—No es que no me lo crea, es que no sé si lo merezco.

—¿Por qué no ibas a merecerlo?

Me encojo de hombros y ella aspira aire con tanto ímpetu que las aletas de su nariz se expanden.

—No lo sé, quizá porque yo no me he portado tan bien contigo como tú conmigo.

—No digas gilipolleces. Venga, voy a por la comida, necesitas recuperar energía.

Minutos después me ha incorporado la cama un poco más y ha colocado la mesa delante de mí. Me meto una croqueta en la boca y al masticarla, me sabe tan bien que los ojos se me abren por la impresión.

—Madre mía, ¿dónde está esta tienda?

Arlet sonríe y por poco se atraganta con un canelón.

Ir a la siguiente página

Report Page