Pijama azul

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Capítulo 1

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Capítulo 1

Arlet Vila

Sábado, 25 de junio de 2022

Termino de dejar los platos de la cena en el lavavajillas cuando comienza a sonarme el móvil. El nombre de mi hermana Berta aparece en la pantalla y descuelgo mientras miro ceñuda los botones del electrodoméstico, tratando de recordar en qué número lo ponía en marcha cuando vivía aquí.

—Dime —contesto concentrada.

—¿Qué haces? —pregunta con su característica forma de saludar.

—Pelearme con el lavavajillas.

Mi hermana se ríe y decido que como el número tres es el que más me suena, probaré con él. Muevo la rosca, le doy al botón de inicio y se pone en marcha.

—Listo —digo con voz triunfal.

—¿Ya te has instalado?

Salgo de la cocina y miro el salón, donde todavía quedan una cantidad considerable de cajas por abrir junto a otras abiertas cuyo contenido no sé dónde colocar.

—Más o menos. Me parece que voy a necesitar un par de días más para organizarlo todo.

—Bueno, tampoco tienes prisa, lo importante es que estés cómoda. ¿Cómo te sientes al volver? Has pasado los últimos diez años viviendo en el centro caótico de Barcelona, debe ser raro volver al pueblo.

Yo discrepo de todas las letras de su frase. La vida en Barcelona me tenía en un estado de estrés constante. Todos piensan que el cambio quizá me va a parecer demasiado brusco y que no sabré adaptarme, sin embargo, lo cierto es que en cuanto me ofrecieron el puesto de directora médica en el Hospital Universitario de Gerona, no me lo pensé dos veces.

—Me siento tranquila, Berta. Hasta que no puse un pie en esta casa ayer cuando llegué con los de la mudanza, no me di cuenta de cuánto la había echado de menos.

—Es normal, nunca he comprendido cómo podías vivir en Barcelona, sin aire puro y ruido constante a todas horas.

Dejo que mi hermana siga hablando y aspiro profundamente cuando la brisa hace entrar el olor a salitre de la playa por la ventana. Nací en Gerona y cuando me licencié en medicina, mis padres me regalaron esta casa en Sant Feliu de Guíxols, localidad costera de la provincia de Gerona. Viví y trabajé aquí durante siete años, hasta que me ofrecieron un puesto en el Hospital Clínico de Barcelona y me mudé a la capital.

Decido no recordar más el pasado y centrarme en el ahora, y lo que me apetece es salir para reconciliarme con un pueblo que solo he visitado algún fin de semana en los últimos años.

—Arlet, ¿me estás escuchando? —inquiere mi hermana con cierta irritación.

—Sí, perdona, estaba abriendo el patinete eléctrico.

—Madre mía, pensé que te desharías de ese bicho del demonio estando en el pueblo —protesta resoplando.

—¿Deshacerme? Ni loca.

Y hablo completamente en serio. Lo compré para moverme por Barcelona, harta del tráfico insufrible y de las esperas eternas en hora punta. Me he acostumbrado a él y a la libertad que me proporciona. Me encanta recorrer las calles a una velocidad prudente mientras el aire me golpea el rostro.

En definitiva, lo compré por practicidad y resulta que utilizarlo me relaja.

—Esos cacharros son igual de peligrosos que las motos —insiste ella.

—Voy despacio y tengo cuidado, no te preocupes. Te dejo, Berta, voy a salir.

—Está bien. Llámame el lunes en cuanto llegues a casa, quiero saber cómo te ha ido el primer día en tu nuevo trabajo. Eres una valiente, ¿sabes? —dice orgullosa—, ojalá yo me atreviese a comenzar de cero en otra parte, le daría una patada en el culo a tu cuñado y me buscaría a otro menos aburrido —se ríe.

Sé que habla por hablar, puede que mi cuñado Joaquín sea aburrido, pero es un buen hombre que se desvive por su mujer y sus dos hijos.

—Tú te volverías loca sin él, así que deja de decir tonterías —contesto y ella se ríe—. Te llamo el lunes, te quiero.

Me guardo el teléfono y las llaves en la riñonera, cierro la puerta de casa y me subo al patinete eléctrico. Me alejo de la zona de casas adosadas donde vivo para dirigirme al centro, dispuesta a callejear un poco antes de acercarme al paseo marítimo con la idea de recorrerlo de punta a punta, para después pararme y sentarme en el muro con los pies descalzos mientras observo el mar mecerse en la oscuridad de la noche. El solo recuerdo de esa imagen que tanto echo de menos ya me hace sonreír, pero mi rictus se congela del susto cuando estoy a punto de pasar un paso de peatones y un niño lo atraviesa corriendo salido de la nada. Es atropellarlo o caerme, y sin tiempo a decidirlo, parece que opto por la segunda opción, clavando el freno y saliendo disparada por encima del patinete hasta aterrizar sobre el asfalto y rodar por él.

Sin ser realmente consciente de lo que me ha pasado, lo primero que hago es buscar con la mirada al niño, que me mira atónito desde el otro lado del paso de peatones, a salvo y sin ningún rasguño.

—Madre mía, Manel, te he dicho mil veces que no cruces así por la calle, tienes que mirar antes —lo reprende una mujer, que se acerca a mí y me observa con preocupación.

Me apoyo sobre la palma de las manos y trato de incorporarme poniéndome a cuatro patas, pero la vista se me nubla al moverme y la fuerza se me va de los brazos haciendo que me desplome de nuevo.

—No se mueva, mi marido ya está avisando a la ambulancia —anuncia la mujer arrodillada a mi lado.

Permanezco quieta, tratando de serenarme mientras se va formando un corro de gente a mi alrededor que cada vez es más grande. Me duele la cabeza y siento el escozor inconfundible de una quemadura por asfalto en varias partes del cuerpo. A pesar de la insistencia de la mujer en que no me mueva y de ser consciente como médico de que no debo hacerlo, me doy la vuelta y quedo tendida bocarriba, en una posición que no me parece tan vulnerable como la anterior, en la que solo podía ver los pies de toda la gente que me observa horrorizada.

—Ya llega la ambulancia —anuncia con alivio la mujer al escuchar la sirena unos minutos después.

La mujer no deja de hablarme en un intento claro de que no me duerma. Lo agradezco y trato de entender lo que me dice, pero habla muy deprisa y a mí todo me funciona con demasiada lentitud. Instantes después, la ambulancia se detiene a mi lado y siento cierto alivio al saber que desde ahora ya estoy en manos de los profesionales. Mi estado de aturdimiento no me permite contestar a las preguntas que el médico me hace, pero me esfuerzo por seguir la luz de la linterna que enfoca mis ojos y mantenerme despierta.

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