Pijama azul
Capítulo 2
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Capítulo 2
Arlet Vila
Sábado, 25 de junio de 2022
La bajada de la camilla de la ambulancia se me hace estrepitosa y el movimiento me provoca un pinchazo de dolor detrás de la oreja izquierda que me hace quejarme sonoramente y tratar de llevarme la mano a la cabeza.
—No te muevas, enseguida me ocupo de ti.
La voz que he escuchado pertenece a una doctora cuya bata blanca cubre un pijama azul. Se ha inclinado sobre mí un instante para colocar su mano sobre la mía e impedir que realice el movimiento que deseaba. Es solo un momento, pero me parece cálida y su voz, a pesar de que ha sido firme en sus palabras, ha sonado dulce y tranquilizadora, justo lo que hace falta en un momento como este. Mis ojos parpadean con fiereza en un intento de que su rostro no se desdibuje ante mi mirada todavía confusa.
Sus ojos avellana enfocan los míos un instante, solo una fracción de segundo probablemente, pero me siento a salvo en ellos de inmediato. Observo una cicatriz de unos tres centímetros por encima de su pómulo izquierdo que sigue la línea de su ojo rasgado. Me sorprendo pensando en que lejos de afearle la cara, le da un cierto aire de misterio y elegancia que me resulta atractivo e hipnotizante. La cicatriz se esconde cuando varios tirabuzones ondulados se balancean sobre su rostro a pesar de que tiene el pelo recogido con una goma.
—Mujer de cuarenta y dos años. Caída aparatosa desde un patinete eléctrico. Tiene una contusión sin sangrado en la zona occipital izquierda. Se ha mantenido consciente en todo momento, aunque presenta una leve lentitud en los reflejos. Llevaba esto, su documentación está dentro —anuncia el médico de la ambulancia dejando mi riñonera sobre mí.
—¿Mi patinete? —pregunto ante la mirada de asombro de la doctora.
—Lo tiene la policía, probablemente se lo traigan cuando vengan a tomarle declaración. No se preocupe —responde el médico.
—De acuerdo, yo me ocupo —dice la doctora dando por concluida la conversación.
Intento mirar a un lado y a otro sin éxito porque el collarín me lo impide, pero tengo la sensación de que hay demasiado movimiento en urgencias.
—¡Paula! —grita la doctora mientras un celador y ella empujan mi camilla por el pasillo.
La tal Paula no aparece y la doctora masculla una maldición entre dientes que no logro entender.
—No hay ningún box libre —anuncia un médico apareciendo a su lado.
—¿Cómo qué no? —se irrita ella.
—Estamos desbordados, con el accidente de autobús no paran de llegar heridos. Si no está grave, tendrás que apañarte en un pasillo hasta que sepamos a qué nos enfrentamos, ya hemos colocado mamparas para proporcionar intimidad, es todo lo que puedo hacer por ahora —suelta él antes de irse y dejarla con la palabra en la boca.
—Gilipollas —escupe la doctora antes de girarse hacia mí.
Saca la linterna y observa mis pupilas con concentración.
—¿Puedes decirme cómo te llamas? —pregunta centrada en mi cabeza.
Sé que ya sabe mi nombre porque el médico de la ambulancia se lo ha dicho, pero el protocolo en estos casos de golpes en la cabeza es claro, y debe preguntarme para asegurarse de que estoy ubicada y recuerdo lo más esencial.
—Arlet.
Mi voz suena tan débil que me asusta escucharme.
—¿Apellido?
—Vila.
—Arlet Vila —repite ella con una suavidad que logra que me calme de inmediato—. Yo soy la doctora Teloy. ¿Sabes lo que te ha pasado?
—Me he caído —contesto, y ella desabrocha mi collarín para observar el golpe de mi cabeza.
—Tú no te muevas, déjame a mí —dice rodeando la camilla hacia el otro lado.
Su mano enguantada me coge la barbilla con una delicadeza que logra abrumarme en un momento en el que me siento tan vulnerable. Me sujeta la cabeza con firmeza y se inclina para tener una mejor vista tratando de moverme lo mínimo antes de volver a colocarme el collarín.
—¿Qué edad tienes, Arlet?
—Cuarenta y uno. Dos —añado con rapidez—, lo siento, acabo de cumplirlos.
La doctora Teloy esboza una tímida sonrisa que no pasa de ahí, como si reír estuviese vetado en su actitud.
—No te preocupes. ¿Puedes decirme cuánto suman dos y tres? —sigue preguntando mientras examina otras partes de mi cuerpo con gesto concentrado.
—Cinco.
—Muy bien. Ahora quiero que me cuentes qué es lo que te duele más.
Me señalo esa parte de la cabeza donde el corazón me late, y cada vez que lo hace, es como si me diesen un martillazo.
—Enseguida veremos qué tienes ahí —asegura, y busca con severidad a alguien entre la gente—. ¡Paula! —insiste con un grito autoritario con el que no me gustaría que se dirigiesen a mí—. Lo siento, Arlet, hoy urgencias está hasta arriba. ¿Te duele algo más aparte de la cabeza?
Me señalo el costado derecho y también menciono el escozor que siento en varias partes del cuerpo. Ella ignora la segunda parte y se centra en ese dolor del costado que he comentado. Corta mi camiseta por el centro con una tijera y la abre para examinarme.
—¿Mareada? —pregunta de repente, y yo trato de negar sin éxito.
—Ahora no.
—¿Antes sí?
—Un poco, creo —respondo aturdida.
—Bueno, tranquila que no pasa nada —asegura al mismo tiempo que aparta un mechón de pelo de mi frente con la misma delicadeza que lo haría alguien que te quiere.
Su comportamiento, tan frío hacia sus compañeros y tan cálido hacia sus pacientes, me tiene completamente descolocada y al mismo tiempo intrigada.
La doctora cuya cicatriz no puedo dejar de mirar a pesar de que sé que se trata de un acto de muy mala educación, alza la cabeza y temo que vuelva a gritar a la tal Paula, pero su rictus, hasta hace un momento relajado, se tensa cuando esta aparece por fin frente a ella.
—Lo siento, estoy colapsada —se disculpa la enfermera mientras se pone unos guantes nuevos.
—¿Colapsada? ¿Y qué hacemos? ¿Dejamos que la gente se muera porque tú estás estresada? —escupe la doctora al mismo tiempo que le entrega mi riñonera.
La joven la coge con el rostro desencajado mientras trata de contener el temblor de su labio inferior.
—Busca su documentación y dime su nombre, su apellido y edad —le ordena para corroborar que la información que le he dado es correcta y mi cabeza funciona como debe.
—Arlet Vila, cuarenta y dos años recién cumplidos —dice Paula de corrido.
—¿Dónde vives, Arlet? —pregunta la doctora Teloy.
—En Sant Feliu de Guíxols.
Teloy mira a la enfermera cuando esta niega con la cabeza.
—Según esto, vive en Barcelona —anuncia Paula y la doctora me mira exigiendo una respuesta con la mirada.
—Acabo de mudarme, no está actualizado —contesto con la mirada clavada en esa cicatriz que tanto comienza a gustarme.
De repente, me coge ambas manos con las suyas y me pide que le apriete los dedos. Sin dejar de sujetarme, solicita que mueva los pies y después los dedos para, finalmente, soltarme con un gesto de asentimiento.
—¿Eres alérgica a algún medicamento?
—No.
—¿Alguna enfermedad que yo deba conocer?
—No —repito agotada.
—Bien, llévatela —le ordena a Paula—. Quiero un TAC y una placa de tórax completa. En cuanto lo tengas, me buscas y haremos las curas, y ponle una vía.
—Vale —acepta la enfermera con convicción.
—Ella se ocupará de ti, no te preocupes que estás en buenas manos —me dice antes de subir la baranda de mi camilla y alejarse cuando alguien grita su nombre reclamándola.
—Tiene carácter —digo cuando entramos en el ascensor.
El comentario era más para mí que para Paula, pero al darme cuenta de que lo he dicho en voz alta, dirijo mi mirada hacia ella como si esperase una respuesta.
—Sí —confirma suspirando—. Es una doctora excelente, aunque en algunas ocasiones le pierden las formas con las enfermeras. Lo siento —se corrige de inmediato—, no debería decirle esto, le aseguro que es la mejor, no tiene de qué preocuparse.
Le sonrío para que se relaje y cierro los ojos pensando en la doctora Teloy, capaz de ponerme nerviosa cuando habla con los demás y de relajarme por completo cuando se centra en mí.