Pijama azul
Capítulo 3
Página 4 de 33
Capítulo 3
Vania Teloy
Sábado, 25 de junio de 2022
—Solo necesito que me eches una mano, después te dejo libre —explica la doctora Heredia suspirando con agobio.
Maribel es la única doctora gitana de todo el hospital, y la mejor amiga que una podría encontrar. Además, tiene carácter, es resolutiva y tiene un don especial para tratar con los niños, salvo con este, por lo que veo.
—Claro, ¿qué pasa?
Heredia me señala la camilla donde un niño se niega a descruzar los brazos del pecho. Está tan rígido haciendo fuerza, que hasta se está poniendo rojo.
—¿En serio? —le pregunto a ella, atónita.
—En serio. No quiere, y tampoco voy a obligarlo.
—Eres la pediatra de urgencias y la reina de los niños, si no puedes tú, ¿quién puede?
Maribel me mira y arquea una ceja antes de poner los ojos en blanco.
—¿Qué edad tiene? —pregunto aceptando la patata caliente que acaba de pasarme.
—Siete, pero es igual de capullo que uno con catorce —contesta y estira los labios como si nunca hubiese roto un plato.
—Así que un niño de siete años puede contigo —me burlo, y me cruzo de brazos imitando al crío, que me devuelve una mirada ceñuda que deja claro que aquí manda él—. ¿Dónde están los padres?
—El padre en el quirófano, la madre en ese box —señala Maribel en voz baja hacia otro de los que están improvisados con mamparas—. El niño aparentemente no tiene nada, pero iba en el autobús que ha volcado y no puedo darle el alta hasta que me deje examinarlo. ¿Has visto cómo nos mira? Creo que está poseído.
Me aguanto la risa y lo observo bien. Lo primero que me llama la atención es su pelo rubio, peinado con una cresta perfecta que ni siquiera el accidente ha logrado alborotar.
—Así que ese es tu punto débil —murmuro en voz baja mirándolo con una desfachatez que parece no gustarle.
—¿Qué dices? —pregunta Maribel en voz baja, observándome como si estuviese loca.
—Nada, déjamelo a mí.
Me acerco a él y apoyo ambas manos en el lado izquierdo de la camilla con aire intimidatorio.
—¿Cómo te llamas? —pregunto entornando los ojos al mismo tiempo que observo que tan solo tiene algún rasguño en los brazos.
—Sergio —contesta cortante y yo me inclino hacia él para susurrarle al oído.
—¿Te gusta tu pelo, Sergio? —pregunto, y él asiente con gesto desconcertado.
—¿Por qué? —quiere saber preocupado.
—Porque si no dejas que la doctora te examine y tienes una lesión grave, es posible que te quedes calvo.
Me incorporo y lo miro impertérrita. Sergio abre la boca como si quisiera protestar, sin embargo, no lo hace y descruza los brazos rendido.
—Madre mía, ¿qué coño le has dicho? —pregunta Maribel horrorizada, conteniendo la voz antes de empujarme a un lado con su cuerpo para comenzar a desnudar al niño y poder examinarlo en condiciones.
—De nada —suelto y me doy la vuelta.
—Teloy, si estás libre, échame una mano —me pide el doctor Asensio, el jefe de urgencias ególatra y creído al que no soporto.
Durante los siguientes quince minutos lo ayudo a recolocar un hombro dislocado y a hacer el examen preliminar de dos heridos más antes de que Paula me informe de que ya ha realizado las pruebas de mi paciente y ha conseguido meterla en un box que acaba de quedar libre.
—Gracias.
—¿Te vas? —pregunta Asensio cuando me quito los guantes.
—Tengo una paciente esperando en el box. No puedo hacer más aquí.
—Pues Paula se queda —anuncia autoritario.
La enfermera en prácticas me mira desconcertada y le hago un gesto para que vaya con él, prefiero apañármelas sola que escuchar las quejas de él o asistir a los temblores de labio de ella cuando le hablo.
Entro en el box y Arlet Vila me observa desde la camilla con cierto aire de preocupación, además de la mueca de dolor permanente que la hace constreñir los labios, lo que provoca que dos hoyuelos curiosos se le formen a cada lado.
—Hola, Arlet, ¿qué tal ha ido? —pregunto al mismo tiempo que me siento frente al ordenador y abro sus resultados para estudiarlos con atención.
—Espero que bien —responde y nos quedamos en silencio.
Dedico un par de minutos a los resultados, hasta cerciorarme de que Arlet no presenta ninguna lesión preocupante y que todo está correcto.
—Bueno, aquí no se aprecia nada que deba preocuparnos. No obstante, tienes inflamación en la zona occipital y has mostrado signos de aturdimiento los primeros minutos —digo rozando su golpe con los dedos—. Ahora te curaré todas esas rozaduras y te dejaré ingresada en observación toda la noche. Mañana te haré otro chequeo y si todo está bien, podrás marcharte, ¿de acuerdo?
—Sí, gracias —responde sin objetar.
—Ahora que tienes un box para ti, si quieres puedo avisar a algún familiar.
—No hace falta, aquí no pueden hacer nada y yo solo quiero dormir.
—¿Segura? En momentos así, nos hace sentir más cómodos tener cerca a alguien que nos quiere.
—Estaré bien, gracias —zanja forzando una sonrisa entre sus muecas de dolor.
—Muy bien, pues voy a terminar de quitarte la ropa y empezamos, ¿te parece bien?
Arlet asiente y, después de anunciarle que para moverla lo mínimo posible también voy a cortar sus pantalones, suspira y se deja hacer sin oponer resistencia. Preparo una bandeja con todo lo que necesito, tardando algo más de la cuenta porque no estoy acostumbrada a hacerlo y no lo encuentro todo a la primera. Noto la mirada de mi paciente clavada en mi nuca y después en mi mejilla cuando me doy la vuelta. Baja la vista de inmediato al sentir que la he descubierto mirando mi cicatriz. Al contrario de lo que ella piensa, no me molesta, es un acto involuntario de curiosidad de casi toda la gente que se cruza conmigo y he aprendido a ignorarlo.
Paso los siguientes minutos centrada en su cuerpo, en desinfectar con la mayor delicadeza posible todas sus rozaduras mientras ella va tensándose constantemente por el dolor. Observo el gotero que Paula le ha puesto, el calmante cae con demasiada lentitud y muevo la rueda para darle un paso más rápido y así conseguir que le haga efecto antes.
—¿Esto no debería hacerlo una enfermera? O enfermero —añade después.
—Sí, pero esta tarde ha volcado un autobús y ha habido muchos heridos. Tenemos las urgencias colapsadas y nos falta personal, así que hoy toca remangarse y espabilarse solita. No te preocupes, que se me da muy bien hacer esto.
—Ya lo veo —añade calmada.
—Lo del costado, aunque te duela mucho, es solo el golpe —le explico cuando llego a esa zona—. No hay rotura ni desgarro en las costillas, con la medicación que te estamos administrando y la que te recetaré, debería bajarte la inflamación en un par de días.
—Vale… —dice, y su respiración se corta, dejando todo su cuerpo paralizado cuando aprieto con la gasa y una punzada de dolor la atraviesa provocando que se ponga rígida.
Dejo lo que estoy haciendo y, en un acto reflejo, le cojo la cara entre las manos con cuidado y le pido que me mire.
—Trata de respirar despacio —le pido susurrando, y su mirada se clava en la mía como si yo fuese un salvavidas.
Arlet se agarra con la mano a la pierna que he subido a la camilla para apoyarme y acercarme a ella. Noto la presión de sus dedos en mi muslo mientras observo las aletas de su nariz abriéndose y cerrándose con rapidez debido a la contención de aire que está haciendo.
—Tienes que respirar por la boca. Coge aire despacio.
Rozo levemente su labio inferior con el dedo índice para invitarla a abrir la boca y respirar por ella. Arlet me mira obnubilada, con las pupilas dilatadas por el dolor al mismo tiempo que traga saliva y abre por fin los labios. Una sensación extraña me recorre todo el cuerpo en ese momento, algo que no logro identificar y que, a su vez, me hace sentir bien pese a que la situación es extraña.
—Venga, tienes que relajarte.
Ahora coloco una mano abierta sobre su abdomen para que deje de endurecerlo y hacer fuerza. Poco a poco, logro que me obedezca y la presión que ejercía sobre mi muslo, comienza a disminuir hasta que su respiración se normaliza y nos quedamos unos segundos en silencio. Yo asegurándome de que se mantiene así, ella observándome fijamente con los ojos vidriosos, asustada porque está herida y está sola, y la única persona que hay con ella es una doctora a la que no conoce de nada.
—Es normal llorar en estos casos —le explico sin darle importancia, mientras recojo con el pulgar una lágrima solitaria que desciende desde su mejilla hasta su oreja.
—Ya… —se ríe al mismo tiempo que solloza, y su expresión y su mirada vulnerable, logran cautivarme durante unos segundos.
—Te voy a quitar el collarín para que estés más cómoda, pero nada de movimientos bruscos, ¿vale? —pregunto y arqueo una ceja que la hace sonreír mientras el agua salada brota de sus ojos de forma silenciosa.
Como no encuentro pañuelos ni tengo una enfermera a quien pedírselos, cojo un poco de papel del rollo que utilizamos para secarnos las manos y se lo ofrezco.
—¿Seguro que no quieres llamar a nadie? —insisto al mismo tiempo que coloco los dedos sobre su pecho izquierdo para moverlo y poder limpiar el rasguño que tiene justo donde termina la mama.
—Sí. Debe ser tarde, si llamo a alguien solo lograré darle un buen susto.
Arlet se lleva la mano a la frente y suelta una risa nasal que me hace mirarla un instante antes de volver a lo que me ocupa.
—Eres una valiente.
La ayudo a ponerse de costado para ocuparme de las rozaduras que tiene por la parte trasera del cuerpo y, cuando finalmente termino de curarla, le ato la bata y la tapo con una sábana. Subo las barandas de la camilla y enrosco el cable con el timbre al lado de su mano por si le hace falta.
—Te dejo descansar —digo al mismo tiempo que apago la luz que ilumina la camilla y enciendo una más floja que enfoca hacia el techo—. Si necesitas algo, pulsa el botón, ¿de acuerdo?
—Muchas gracias por todo —dice esforzándose por mantener los párpados abiertos.
—No hay de qué. Duerme un poco —le pido antes de salir del box.