Pijama azul
Capítulo 4
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Capítulo 4
Arlet Vila
Domingo, 26 de junio de 2022
Me despiertan las conversaciones en el pasillo. Desde el primer instante soy consciente de donde estoy y lo que me ha pasado. Abro los ojos con dificultad, me duele la cabeza y al moverme, el roce de la sábana hace que recuerde que tengo la mitad del cuerpo magullado. Ahogo un quejido de dolor cuando me doy cuenta de que la doctora Teloy está dentro del box, apoyada contra la mesa que hay frente a los pies de mi cama mientras repasa algún informe con gesto concentrado. Me permito observarla. Ahora lleva el pelo recogido en una cola alta, aun así, los tirabuzones rebeldes siguen ocultando parte de su rostro, pero no la cicatriz, esa que tanto me intriga y que tan seductora me parece.
Alzo la mirada unos centímetros por encima de su cabeza para descubrir en el reloj que son las ocho de la mañana. Pensaba que no podría dormir, que entre el susto, el dolor y lo incómoda que es la camilla, sería incapaz de conciliar el sueño, pero he de admitir que he dormido como un tronco. Vuelvo a mirar a la doctora y, cuando me muevo, un crujido de la camilla llama su atención y la hace mirar en mi dirección, cerrando la carpeta que sostiene entre las manos cuando descubre que estoy despierta.
—Buenos días —dice, y entorna los ojos como si se alegrase de verme así—. ¿Qué tal has dormido?
—Bastante bien.
Se acerca a mí, saca su linterna y me examina mientras yo llego a la conclusión de que debo de tener un aspecto lamentable.
—¿Cómo te encuentras? —pregunta al mismo tiempo que pasea su dedo frente a mis ojos para que lo siga con la mirada.
—Me duele todo —admito con un mohín y ella sonríe.
—Lo preocupante sería que no te doliera.
La elevación de voz de la señora que debe haber en el box de al lado la hace mirar en esa dirección con el ceño fruncido. La mujer vocifera, entiendo que se dirige a la persona que hay ingresada y le pregunta qué tal se encuentra y que si quiere que le traiga algo de la máquina.
La doctora me pide un segundo y sale del box para dirigirse hacia el de al lado.
—Disculpe, señora, pero le agradecería que bajase la voz, hay gente aquí que necesita descansar —la reprende en tono cortante—. ¿Le ha dado permiso su médico para que coma?
—No ha dicho nada —responde la mujer cohibida.
—Pues en ese caso, no debe usted traerle comida sin autorización, así que haga el favor de esperar y de no alzar la voz.
La mujer no dice nada más y la doctora vuelve a mi box y cierra la puerta. Tiene el gesto contrariado, como si estar de mal humor fuese su estado normal.
—Lo siento —dice volviendo a centrarse en mí.
—Quizá está nerviosa y solo intenta ayudar —digo en defensa de la mujer.
—No lo dudo, pero su ayuda puede complicar la situación del paciente y la nuestra, las normas están por algo —zanja frotándose los ojos con cansancio.
—¿Cuándo acaba tu turno? —pregunto más interesada de lo que ella puede imaginar.
—Acaba de empezar —anuncia dejándome de piedra—. Yo soy del turno de día, anoche vine voluntariamente para echar una mano ante la llegada masiva de heridos por el accidente de autobús.
—¿Cómo refuerzo?
—Así es.
No parece cómoda hablando de eso, así que no indago más por miedo a que levante un muro entre nosotras que me resulte más infranqueable de lo que será cuando se entere de quién soy.
—Ahora te vas a coger a mis brazos y con cuidado te vas a incorporar hasta quedar sentada, ¿de acuerdo? —pregunta y me destapa con ese aire delicado que contrasta con ese carácter fuerte que muestra con cualquiera que no sea un paciente.
Lo primero que hago es mirar si la bata cubre todas mis partes más íntimas. Me parece un gesto tremendamente absurdo, sobre todo teniendo en cuenta que anoche ya me vio prácticamente desnuda. Sin embargo, con la serenidad que me otorga haber descansado y sintiéndome algo mejor, siento la necesidad de estar decente para ella. Me agarro a sus manos tal y como ha dicho y me incorporo hasta que mis pies descalzos cuelgan por el lado derecho de la camilla.
—¿Qué tal? —pregunta la doctora Teloy.
—Bien —titubeo mirándome las manos.
Examina mi herida y me hace hacer una serie de pruebas neurológicas que consisten en realizar los movimientos que me pide, contestar algunas preguntas y tocar la punta de su dedo con el mío cuando ella considera.
—Creo que estás perfecta —dice al mismo tiempo que afirma con la cabeza y me mira a los ojos.
Sonrío y reprimo las ganas de alzar la mano para pasar el dedo por su cicatriz.
—Si me permites, te voy a quitar la bata, echaré un vistazo a esas magulladuras y si todo está bien, puedes irte a casa.
—Claro —acepto, y cierro los ojos cuando sus brazos rodean mi cuerpo para desabrochar la bata, atada a mi espalda.
No sé por qué me ruborizo de esta manera tan absurda ante ella, pero lo hago y me entran una serie de cosquilleos extraños cada vez que me roza. Alguien llama a la puerta y yo me llevo la mano a los pechos para protegerme, sin embargo, ella es mucho más rápida y cuando me doy cuenta, tiene alzada mi bata ante mí para que la persona que entra no pueda verme.
—Lamento interrumpirla, doctora Teloy, pero los Mossos d’Esquadra están aquí —anuncia un celador vestido de blanco.
—Muy bien, diles que esperen. Gracias.
El hombre asiente y sale igual de rápido que ha entrado, cerrando la puerta.
—Vienen para hacerte algunas preguntas sobre el accidente. Si no te sientes con fuerzas, puedo decirles que se marchen y que pasen a verte por tu casa mañana, cuando estés más recuperada.
—No hace falta, prefiero hacerlo ahora y quitármelo de encima —digo sabiendo que es algo de lo que no me puedo librar.
—De acuerdo.
La doctora Teloy levanta el respaldo de la camilla para que pueda apoyar la espalda. Una vez acomodada, me tapa con la sábana y ella misma me adecenta un poco el pelo con los dedos.
—Gracias. ¿Te importaría darme mi teléfono? Llamaré a mi hermana para que venga a recogerme.
—Claro, ¿prefieres que la llame yo mientras tú hablas con ellos? —se ofrece tendiéndome el teléfono.
—¿No te importa? Prefiero no hablar con ella, se alarmará y me hará un millón de preguntas que me pondrán nerviosa.
—Yo me ocupo. Ahora esto está tranquilo.
Desbloqueo el teléfono, que todavía tiene más de la mitad de la batería y busco el nombre de Berta. La doctora Teloy se lo lleva y les da paso a los agentes antes de llevárselo a la oreja.