Pijama azul
Capítulo 30
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Capítulo 30
Arlet Vila
Miércoles, 27 de julio de 2022
Resoplo y me dejo caer hacia atrás en la silla después de haber firmado un documento. Soy incapaz de centrarme en nada desde que sé que, hace un par de horas Vania ha vuelto de Italia. Con la condición de que me dejase a mí acercarla a casa y se olvidase de la moto, le di el alta el domingo al mediodía. Estuve un rato en su casa ayudándola a preparar la mochila con un par de mudas mientras la intriga por saber lo que pretendía hacer en Milán me iba poniendo cada vez más nerviosa.
—Puedes preguntarme lo que quieras —dijo sentada en la cama al lado de la mochila, agotada a pesar del poco esfuerzo que había hecho.
La miré descolocada y algo incómoda porque no quería parecer una metomentodo y al mismo tiempo deseaba saberlo.
—No sé a qué te refieres —contesté absurdamente.
Vania soltó una de sus risas nasales y miró hacia arriba hasta que sus ojos se encontraron con los míos y la boca se me secó.
—Sí que lo sabes, y me gustaría que no te sintieras cortada para preguntarme nada.
—Vale —acepté rendida tras un suspiro—. ¿A qué vas a Milán? Deduzco que tiene algo que ver con tu mujer.
—La que fue mi mujer, Arlet, supongo que ya puedo comenzar a llamar las cosas por su nombre. Y sí, quiero ir al cementerio a verla. No he vuelto desde el entierro y necesito decirle algunas cosas —dijo tratando de buscar en mi mirada alguna muestra de desaprobación.
—Entiendo, haz lo que tengas que hacer, pero por favor, vuelve.
Me sentí bastante imbécil al suplicarle algo así, era evidente que Vania tenía que volver, pero me salió de tan adentro que no pude controlarlo.
—Claro que volveré, y te besaré —añadió, y se puso en pie y me miró burlona.
—¿En serio? —contesté siguiéndole el juego.
Vania se acercó y me cogió por la cintura hasta que apoyó su frente sobre la mía con delicadeza.
—Lo estoy deseando —afirmó.
En aquel momento se me olvidó cómo se respiraba. Deseé con todas mis fuerzas que la situación fuese otra para haber apartado aquella mochila de la cama de una patada y tumbado a su dueña después de haberle arrancado toda la ropa. En lugar de eso asentí y le di un beso en la mejilla.
Le dejé la mochila cerrada junto a la puerta y Vania se dejó caer en el viejo sofá de su casa de Besalú.
—Quizá debería cambiarlo, no es muy cómodo —dijo con una mueca de tensión.
—Estoy de acuerdo —concluí sentándome a su lado.
Durante los siguientes minutos observé su casa, donde estaba claro que Vania había estado dando viajes con el coche para ir llevando sus cosas poco a poco. Me recordó a mi casa de Sant Feliu de Guíxols cuando me mudé. Había pasado poco más de un mes y ya me parecía algo muy lejano.
—Si necesitas ayuda con el traslado cuenta conmigo —me ofrecí.
Vania observó con pereza las cajas que había ido amontonando poco a poco y después me miró a mí.
—La verdad es que odio las mudanzas —confesó haciendo una mueca que le provocó cierto dolor en el labio, al que se llevó dos dedos para presionar con suavidad.
—A mí tampoco me entusiasma, pero sabiendo lo mal que te organizas será mejor que intervenga o esto se puede eternizar.
Se rio, aceptó mi ayuda y después fui yo la que le rozó el labio.
—No olvides llevarte los analgésicos, y si tienes cualquier contratiempo o te encuentras mal, me llamas.
—¿Vendrías a buscarme? —preguntó provocativa.
—A dónde haga falta —zanjé dejándola sin palabras.
Me fui poco después de que me prometiera que pasaría el resto de la tarde descansando y de acordar que yo la llevaría al aeropuerto de Gerona el lunes a primera hora, cuando salía su vuelo.
El vuelo de regreso ha sido esta mañana y Vania me dijo que cogería un taxi para venir directamente hasta el trabajo y así recuperar su moto de paso. A estas horas ya debe estar aquí y no puedo dejar de preguntarme cómo le habrá ido y si la visita le habrá hecho bien o, por el contrario, habrá sido peor y Teloy volverá hundida de nuevo.
Suspiro y me ahueco la camisa con agobio mientras miro el panel del aire acondicionado. Según el aparato, hay una temperatura en el despacho de veinticinco grados, sin embargo, yo estoy tan sofocada por los nervios, que tengo la sensación de estar a cuarenta. Estoy a punto de levantarme para mirar por la ventana y así intentar despejarme, cuando un par de golpes en la puerta me dejan quieta en el sitio.
La puerta se abre inmediatamente después y Vania la cruza cerrándola cuando entra.
—¿Molesto? —pregunta con aire gamberro.
El corazón me bombea como un martillo dentro del pecho. A pesar de su cara algo amoratada y ese par de heridas, Vania está radiante y más guapa que nunca.
—Tú, nunca —afirmo rotunda, y ella sonríe con malicia y camina hacia mi mesa enfundada en su pijama azul.
Se detiene al otro lado y me observa mientras esboza una sonrisa que me provoca una breve pero intensa explosión de mariposas en la boca del estómago.
—¿Cómo ha ido? —pregunto sin poder apartar la mirada de sus manos.
Las ha metido en los bolsillos de su pijama y va cambiando el peso de una pierna a otra.
—Mejor de lo que esperaba —dice y se queda callada.
Comprendo de inmediato que no es algo de lo que quiera hablar y, de repente, me siento muy estúpida por haber preguntado. Teloy tiene esa parte que le gusta guardarse para sí, y yo el temor de que si traspaso cierta línea, quizá se asuste y decida que lo mejor es mantener la distancia conmigo.
—¿En qué piensas? —pregunta, y me doy cuenta de que me he quedado absorta.
—En nada —miento.
Lo último que quiero es que sea consciente de cuánto me afecta todo lo que se refiere a nosotras dos juntas. Ella asiente y cuando el silencio que se ha instaurado se comienza a volver incómodo, Teloy rodea la mesa y viene hasta mi lado. Yo la observo con el corazón desbocado cuando coge la silla por uno de los reposabrazos y tira de ella hacia atrás, moviendo las ruedas y girándome hasta que quedo frente a ella.
—¿Te importa? Estoy cansada —dice señalando mis piernas.
No soy capaz de comprender lo que me dice hasta que, lentamente, se sienta sobre ellas y me pasa un brazo por detrás de los hombros. Miro hacia la puerta aterrada porque si alguien entra y nos encuentra así, las dos podemos tener un problema, sin embargo, me siento tan bien ahora mismo, que incluso estoy dispuesta a ser amonestada con tal de disfrutar este momento.
Vania recoge un tirabuzón de mi pelo y lo arrastra por mi cara hasta llevarlo detrás de mi oreja. Me estremezco de arriba abajo bajo su tacto, sobre todo cuando sus dedos se pierden entre mi pelo y sus labios se acercan a los míos hasta que por fin me da ese beso que tanto ansío. El chasquido cuando se separa resuena y se me graba a fuego. La miro desolada porque por mucho que me ha gustado, me ha sabido a poco. Vania sonríe y se pone en pie, me tiende una mano que yo acepto con las rodillas temblando y, cuando me incorporo, me agarra por las solapas de la bata y me voltea hasta que mi culo se encuentra con la mesa y ella apoya todo el peso de su cuerpo sobre mí, mientras me da un beso de esos que hacen que nada más importe. Su lengua entra en mi boca y me saborea entre suspiros que no logro controlar hasta que el teléfono suena y ella se separa lo suficiente para dejarme espacio para cogerlo.
Lo miro como si fuese algo misterioso, porque sé que si descuelgo, me voy a quedar en blanco.
—¿No lo coges? —se sorprende Vania, que me observa con los labios hinchados y brillantes.
Niego como una imbécil, incapaz de cerrar la boca mientras la llamada termina.
—Muy mal, doctora —se burla Teloy, y cuando comienza a reír, yo reacciono y me doy cuenta de que su beso ha logrado dejarme fuera de juego.
—Joder —digo impresionada.
Comienzo a reírme con aire de incredulidad. Todavía siento la presión de sus labios y esa sensación de hinchazón. Suspiro y, cuando logro serenarme, me incorporo arrastrando su cuerpo con el mío hasta que es el suyo el que queda atrapado entre el mío y la pared.
—Eres una muy mala influencia —le susurro, y acto seguido le meto la lengua en la boca y presiono mi sexo contra el suyo en un arrebato de excitación.
Vania responde con un suave gemido que hace que me derrita y el beso no termina hasta que presiono demasiado y le hago daño en la herida que todavía adorna su labio inferior.
—Perdona —digo desconcertada, y me separo para dejarle libertad.
La doctora Teloy se lleva dos dedos al labio y después se los muerde antes de sonreír.
—Quizá es mejor que me marche de aquí —dice mirándome de arriba abajo.
—Estoy de acuerdo —secundo tensa por la excitación—. Eres un peligro y no te quiero aquí en el despacho salvo que sea estrictamente necesario —digo tratando de sonar firme.
—Esto era muy necesario —afirma burlona.
—Lárgate ahora mismo —me río señalando la puerta.
Teloy asiente sin perder esa sonrisa misteriosa y seductora y camina alejándose de espaldas para no perderme de vista.
—¿Y cuándo te veo entonces? —pregunta llegando a la puerta.
—Invítame a cenar esta noche en algún restaurante bonito de Besalú.
—Hecho, después te llevaré a un sitio que te encantará.
—Bien, ahora sal de aquí antes de que las dos nos quedemos sin trabajo.
Teloy se ríe y sale de mi despacho. Yo me dejo caer en la silla y cojo el mando del aire acondicionado para subirle la potencia.