Pijama azul

Pijama azul


Capítulo 31

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Capítulo 31

Vania Teloy

Miércoles, 27 de julio de 2022

Llego a urgencias todavía nerviosa, sintiendo el peso de los labios de Arlet sobre mi boca y sonriendo porque al besarla, no he sentido que fuese una traición hacia Lucía como llevo temiendo desde que la conozco.

Voy directa hacia la isla central para ver si hay algún paciente para mí cuando Paula sale de la sala de descanso y tropezamos de forma brusca. Paula pierde el pie y se tambalea hasta que la sujeto con firmeza por el brazo.

—¿Estás bien? —le pregunto, y ella me observa boquiabierta cuando descubre que soy yo.

—Lo siento, doctora Teloy, no la he visto —se disculpa azorada mientras se yergue y se pasa las manos por el pijama como si quisiera plancharlo.

Después baja la mirada y espera aceptando que le va a caer un chaparrón por mi parte.

—Yo tampoco te he visto, así que también te debo una disculpa.

Los ojos de Paula se abren por completo y me observa sorprendida por mi reacción.

—Te debo una disculpa por esto y por todo —añado, y ella traga saliva y asiente con la cabeza.

—Tenía sus motivos —contesta por fin.

—Tal vez, pero la culpa no era tuya, Paula. Espero que aceptes mis disculpas —le pido sinceramente.

—Por supuesto —sonríe con amplitud—. Ya está olvidado.

Yo lo dudo, pero le devuelvo la sonrisa igualmente.

—¿Sabe que me trasladan a consultas externas?

Por su entonación no tengo claro si solo me lo cuenta o es un reproche porque me culpa a mí por ello.

—Yo creo que es mejor —añade ante mi falta de respuesta—, yo aquí me pongo muy nerviosa.

—Estoy segura de que allí lo harás muy bien, y si tienes cualquier duda, siempre puedes venir aquí y consultarme.

—Vale —sonríe—. Espero que se recupere pronto —dice señalando mi cara, y se marcha cuando Asensio la llama.

—Por fin te tengo un rato para mí —dice Maribel de camino al bar de Margarita una vez hemos acabado el turno.

Nos sentamos en la mesa de siempre y de nuevo dejamos que sea la dueña quien decida por nosotras lo que vamos a comer.

—Te veo mucho mejor.

Sé que la gitana no se refiere a mi aspecto físico, sino al anímico.

—Lo estoy. Ya no siento esa cosa horrible aquí —digo señalándome el centro del pecho—, y no me duele al respirar. Sigo echando de menos a Lucía, aunque es de otra manera que no sé explicar.

—Has pasado página, Teloy. Es solo eso. Lucía ahora forma parte del pasado y la tienes que recordar como algo bueno, pero ahora tu presente es otro, otro ocupado por cierta doctora —se ríe socarrona.

Yo también lo hago soltando una risa nasal antes de llevarme una oliva a la boca.

—Esta noche he quedado con ella para cenar.

Maribel eleva las cejas y menea la cabeza con aprobación.

—¿Estás asustada?

—Un poco.

—No tenéis prisa, Vania —dice haciendo botar un hombro—, y no me parece que la doctora Vila sea de las que presionan.

—No, no lo es, está teniendo una paciencia digna de hacerle un monumento. ¿Y tú qué, gitana? ¿Qué tal con la chica de la ambulancia?

—La conductora —sonríe y mira hacia arriba con cierto misterio—. Si sigue así, me va a dejar sin energía, es tan insaciable que llevo días sin entrar en la aplicación de citas.

De repente frunce el ceño como si eso le pareciese un enigma que debe resolver.

—¿Te gusta?

Maribel se queda pensativa unos instantes y después pone cara de espanto.

—Joder, pues a lo mejor sí —contesta y me entra un ataque de risa.

—¿Cómo que a lo mejor, gitana? O te gusta o no te gusta.

—Ya lo sé. Es que es una tía tan desconcertante que no sé si me gusta o simplemente me atrae su extraña forma de ver la vida.

—Pues tendrás que averiguarlo.

—Sí, eso parece.

Justo cuando terminamos de comer, veo entrar a Abel y sentarse en la barra para pedir un café. Miro a Maribel y le hago un gesto con la cabeza para anunciarle su presencia.

—Estos últimos días suele venir por aquí para tomarse el café —dice sin mayor interés.

—¿Te importa si me lo tomo con él?

Maribel me observa sorprendida e inmediatamente después, niega con la cabeza.

—En absoluto, yo me voy ya, que tengo que hacer algunos recados antes de volver a casa.

—¿Puedo? —le pregunto a Abel señalando el sitio vacío a su lado.

El jefe de urgencias me mira y sonríe mientras afirma con la cabeza.

—La doctora Vila me dijo que fuiste a Italia —dice antes de dar un sorbo a su café con aire despreocupado.

—Sí, estuve en el cementerio.

Abel asiente y vuelve a mirarme.

—¿Todo bien?

—Creo que sí —confirmo mirándolo fijamente.

—¿Y entre nosotros?

Su pregunta me hace contener la respiración, aceptando lo mal que lo he hecho con él desde que falleció Lucía.

—Espero que también —digo con la voz estrangulada.

Abel Asensio me dedica una de sus miradas seductoras y sonríe tendiéndome la mano.

—Está todo bien, aunque esto lo pagas tú —dice señalando los cafés con la cabeza al mismo tiempo que estrecho su mano.

—Por supuesto —sonrío, y lo pagaré durante el tiempo que haga falta.

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