Pijama azul

Pijama azul


Capítulo 7

Página 8 de 33

Capítulo 7

Vania Teloy

Lunes, 27 de junio de 2022

—¿Descansaste ayer? —pregunta Maribel sentándose a mi lado en la sala de descanso.

—Me pasé prácticamente toda la tarde tirada en el sofá, estaba muerta.

Su frente se arruga en un gesto contrariado.

—¿No comiste nada?

—Guarreé un poco. Estaba agotada, gitana —le digo cariñosamente—, pero tranquila, que he recuperado lo de ayer zampándome un bocadillo de atún para desayunar.

Me mira y asiente dándose por satisfecha, preocupándose por mí como si fuera mi madre a pesar de que tenemos los mismos años. Mira el reloj en su mano izquierda y apura el último trago de café antes de tirar el vaso.

—¿Vamos? —inquiere y se pone en pie.

—¿A dónde?

Mi querida gitana arquea las cejas y pone los brazos en jarras.

—A la reunión, Vania, ¿a dónde quieres que sea?

—Ah, eso —respondo sin mayor interés.

—Sí, justo eso, y si no mueves el culo vamos a llegar tarde —dice, y me da una palmada en el trasero cuando paso por su lado.

Dejo la bata en el colgador y ella me mira estupefacta.

—Válgame Dios, ¿piensas ir así, con el pijama azul? —protesta la amante de la perfección.

—Es mi ropa de trabajo, Mari, deja de quejarte ya por todo y vámonos antes de que lleguemos tarde y te entre un ataque de ansiedad.

—Eres una capulla, lo sabes, ¿verdad?

—Y estúpida y antipática, según lo que opina la mayoría —añado subiendo las escaleras que llevan a la sala donde se celebran este tipo de reuniones y también se dan clases a estudiantes universitarios.

—Reconoce que no se lo pones fácil, a veces te pierden las formas. Deberías esforzarte y ser un poco más amable con…

—No empieces con eso ahora —la corto.

Maribel alza las manos en son de paz y sube los dos últimos escalones de una sola zancada. Llegamos a la sala y entramos por la puerta que da acceso directo a las gradas con pupitres donde debemos sentarnos.

—Mierda —maldigo escaneando la sala para comprobar con disgusto que solo queda sitio en las primeras filas.

—Si no fueses tan remolona nos hubiésemos sentado atrás.

No contesto y reviso el móvil para ver si me han enviado al correo los resultados que estoy esperando. Eso sería una buena excusa para largarme de aquí y no tener que soportar la chapa, pero no hay nada nuevo en la bandeja de entrada.

—¿Qué se supone que hacemos aquí, gitana?

—Madre bendita, Vania, ¿es que nunca lees el tablón?

—Te tengo a ti para eso —bromeo y ella arruga la nariz y me da un codazo suave en el costado.

—Jose Ramón, el director médico, se ha jubilado.

—¿En serio? —pregunto realmente sorprendida.

Maribel se ríe, incapaz de controlar el asombro que le produce que de verdad no me entere de nada de lo que sucede más allá de la sala de urgencias.

—Sí, en serio. La reunión es para presentar a su sustituta, viene de ocupar el mismo puesto en el Clínico de Barcelona, al parecer se le da bien dirigir.

—¿Y necesitan dejar medio hospital sin médicos para esto?

—Política de dirección, ya sabes, queda bien para la foto.

El director general del hospital y un par de accionistas irrumpen en la sala provocando que todo el mundo enmudezca. Suben al pequeño escenario y el director se acerca al atril. Comienza saludando y después hablando de la gran labor que hizo Jose Ramón, quien en realidad, el último par de años no hizo más que calentar la silla. La charla sigue con que siempre es bueno dejar paso a generaciones más jóvenes, pero no menos preparadas y, finalmente, llega el turno de ella.

—Os presento a Arlet Vila —anuncia con una sonrisa resplandeciente, y se hace a un lado para cederle el puesto.

Yo observo la escena incapaz de cerrar la boca.

—Qué cabrona —mascullo cuando la reconozco.

Mi paciente del sábado por la noche se acerca al atril con una tímida sonrisa, vestida con un pantalón fino de color marrón claro que cubre con suavidad sus piernas y una camisa morada que le sienta como un guante. Si le duele algo, y yo sé que sí, logra disimularlo muy bien. Estrecha la mano del director general y se apoya en el atril esperando a que cesen los aplausos que el mismo director ha iniciado.

Imagino que soy la única que no aplaude, pero estoy tan impactada que apenas puedo moverme.

—¿La conoces? —pregunta la gitana acercándose a mi oído.

—La atendí el sábado por la noche, es la mujer que se pegó el tortazo con el patinete eléctrico.

—¿De verdad? —pregunta, y antes de que responda comienza a reírse—. Qué fuerte.

—No sé qué coño hace aquí, te aseguro que no puede haber una parte de su cuerpo que no le duela. Rodó por el asfalto como una pelota y tiene un golpe en la parte occipital. Debería hacer reposo.

—Bueno, quizá en su primer día no se ha atrevido a faltar, o solo viene a la reunión y después se marcha a llorar a su casa —opina divertida.

—No se va a ir a ningún sitio, tiene visita conmigo dentro de hora y media.

Arlet no se extiende mucho en su presentación, se limita a dar las gracias, a decir que está ilusionada con el puesto y a contener la respiración cuando ella misma se roza el costado sin querer. Deja de hablar y yo me preparo para saltar de mi asiento y asistirla, pero se recompone y vuelve a clavar la mirada al frente. Es en ese preciso momento cuando me ve, sentada en la segunda fila, observando con atención cada uno de sus gestos mientras trato de descubrir si sus ojos son grises como me pareció el sábado, o son azul claro cómo me parecen ahora. Hace una pausa muy breve que interpreto como su forma de saludarme y, finalmente, da por concluida su aparición y se marcha por donde ha venido.

—¿No te dijo que el lunes empezaba a trabajar aquí? —pregunta la gitana.

—No, no me lo dijo —respondo, y me doy cuenta de cuánto me molesta que no lo hiciera.

—Está muy bien, ya la podrían haber contratado antes —opina ella, siguiéndola con la mirada hasta que desaparece tras la puerta.

Cabeceo con los ojos en blanco y me levanto dispuesta a salir.

—Me voy, tengo que empezar la consulta en un rato.

—Espera.

Maribel me coge de un brazo y me arrastra hacia un rincón de la sala donde ya no queda nadie.

—Supongo que no hace falta que te diga esto, pero ella no es Jose Ramón, gracias a Dios —añade mirando hacia arriba con gesto travieso.

—Me he dado cuenta.

—Y también damos gracias a Dios por eso —bromea ella y al final tengo que reírme.

—Tengo prisa, gitana, di lo que tengas que decir.

—Está bien —dice endureciendo el gesto—. Jose Ramón llevaba tiempo pensando en la jubilación y pasaba de todo, incluidas las quejas hacia tu comportamiento de algunas enfermeras. Ella no te conoce, Vania, y si hace su trabajo como debe, vas a tener problemas si no empiezas a controlarte.

—¿Has acabado? —pregunto nerviosa, con ganas de salir corriendo.

—No, no he acabado. Dijiste que irías a terapia cuando estuvieras preparada y han pasado casi dos años, igual es el momento de…

—Será que todavía no estoy preparada —escupo y la esquivo tratando de huir de una realidad que me asfixia.

Su mano se cierne sobre mi brazo y me retiene atrayéndome hacia ella para abrazarme. No es como el abrazo de la hermana de Arlet, este es afectivo, de alguien que de verdad me quiere y se preocupa por mí a pesar de que yo intento no mostrar emoción alguna. Me limito a agarrarme de su bata mientras una de sus manos hace presión en mi nuca para hundir mi cara en el hueco de su cuello.

—A mí me tienes siempre, aunque en ocasiones seas insoportable —susurra y yo asiento confirmando que lo sé.

La gitana me besa la sien y me libera de sus garras antes de mirarme con preocupación.

—Yo sé que estás preparada, la única que se niega a verlo eres tú, ahora largo, doctora Teloy, o llegará usted tarde a la consulta —añade para destensar la situación.

Ir a la siguiente página

Report Page