Pijama azul

Pijama azul


Capítulo 8

Página 9 de 33

Capítulo 8

Arlet Vila

Lunes, 27 de junio de 2022

Debo reconocer que estoy nerviosa, y no precisamente porque hace un rato me hayan repetido el TAC, sino porque ahora estoy parada frente a la puerta de la consulta que ocupa la doctora Teloy, y sé por la sorpresa de su rostro al verme frente al atril, que no le ha hecho ninguna gracia enterarse de esa manera.

Cuando el paciente que hay dentro sale, deja la puerta abierta y la veo sentada detrás de su mesa, terminando de escribir datos en el ordenador con ese gesto concentrado que tanto vi el sábado por la noche. De nuevo, mi mirada aterriza en esa cicatriz misteriosa, hasta que ella alza la vista como si de algún modo hubiese percibido que estoy aquí, y me siento descubierta.

Aprovecho para entrar y cerrar la puerta a mis espaldas.

—Hola, doctora —saludo con una mueca.

—La verdad es que ahora no sé cómo debo llamarte. ¿Qué prefieres? ¿Arlet, doctora Vila o mejor lo dejamos en jefa? —pregunta muy seria al mismo tiempo que señala la silla frente a ella.

—Estás enfadada —afirmo tomando asiento.

—No, no estoy enfadada, pero hubiese estado bien saber que estaba atendiendo a la nueva directora médica del hospital.

—¿Hubiese cambiado en algo tu comportamiento hacia mí, Vania? —respondo retadora.

—En absoluto —zanja cortante, y se gira hacia la pantalla para abrir el archivo con mis resultados.

De nuevo, lo estudia concienzudamente mientras yo la observo tratando de encontrar algo que decirle que nos sirva a ambas para rebajar la tensión que se ha creado. No lo encuentro, así que me mantengo en silencio hasta que se da por satisfecha y pasa los resultados a una pantalla que yo también puedo ver. La doctora Teloy se levanta y señala la zona lesionada de mi cabeza con el dedo.

—La inflamación está remitiendo como debe, se puede apreciar aquí y…

Se queda callada y se gira hacia mí con gesto irritado.

—Supongo que no he de explicarte nada, sabes leer los resultados tan bien como yo, quizá mejor.

—Vale ya —digo alzando la mano para que deje de hablar.

Me levanto dispuesta a que zanjemos esto con una conversación adulta cuando un pinchazo espantoso me atraviesa el costado, haciendo que el aire se me escape de los pulmones.

—Joder —digo llevándome la mano al pecho con los ojos cerrados.

Cuando me doy cuenta, noto el calor de la palma de su mano sobre la parte alta de mi pecho, quemándome la piel a través de los botones del cuello de mi camisa que hay desabrochados.

—Te lo dije el sábado y te lo repito ahora —susurra y la suavidad de su voz me sobrecoge—, debes respirar por la boca, despacio. Y deja de tensarte —me pide, y el labio inferior me tiembla cuando la miro.

Vania me mantiene la mirada. La luz del techo se refleja en sus ojos almendrados, haciendo que perciba en ellos esa sensación de paz que, por algún motivo que no logro explicarme, la doctora produce en mí. Esta vez no lleva guantes, aun así, no duda en repetir el gesto del otro día y su pulgar roza mi labio para invitarme a que lo separe y empiece a respirar por la boca.

—Concéntrate, el otro día lo hiciste muy bien —susurra convencida.

El otro día estaba muy aturdida, ahora estoy más despierta que nunca y tenerla tan cerca lo que me produce es una agitación en el pecho que no debería estar sintiendo y que no me deja pensar con claridad. Cierro los ojos como último recurso, si no los tengo abiertos, no puedo perderme en esa cicatriz y me será más fácil concentrarme. Cojo aire por la boca y me imagino su cara de satisfacción al verlo. Lo suelto lentamente y vuelvo a coger otra bocanada que me permite respirar con más normalidad.

—Muy bien, ahora deja de tensar los músculos —añade y ejerce algo de presión con esa mano que tiene sobre mi pecho.

Por un momento había olvidado que estaba ahí, la he sentido tan unida que, cuando la retira, durante unos segundos me siento como si me hubiesen arrancado algo.

—¿Mejor?

—Sí, lo siento, a veces olvido que me duele y que debo tener más cuidado.

—Deberías estar haciendo reposo —me reprende sin dejarme terminar—, podrías haberte quedado un par de días más en casa, todo eso de antes no era necesario.

—Yo no lo decidí, Teloy.

—Pero podrías haberte negado. En fin, da igual.

—No da igual. Lamento no haberte dicho quién era, ¿de acuerdo? Lo digo en serio, debí hacerlo y lo siento. ¿Podemos empezar de nuevo?

Extiendo la mano hacia ella con determinación. La doctora Teloy la mira sin disimular su confusión hasta que se decide y la acepta estrechándomela.

—Me llamo Arlet Vila, y soy la nueva directora médica del hospital —me presento mirándola a los ojos con el respeto que merece.

—Vania Teloy, traumatóloga de urgencias.

—Es un placer, Vania. Antes preguntabas cómo llamarme, Arlet está bien.

—Como quieras, Arlet. ¿Cómo te encuentras? ¿Duermes bien? —pregunta, y señala la camilla para que me siente.

—Duermo bien hasta que me giro y las sábanas me rozan, es horroroso —admito y ella suelta una risita nasal que me fascina.

—¿Te importa quitarte la camisa? Me gustaría echar un vistazo y ver la cicatrización.

—Claro.

Comienzo a desabrocharme, consciente de que no me importa y que al mismo tiempo, me pone nerviosa que me vea, porque debo admitir que me preocupa cada vez más que lo que vea no le guste.

Vania aprovecha el momento para ponerse unos guantes. Dejo la camisa y maldigo a mi cuerpo cuando veo que tengo los pezones endurecidos. La doctora se gira hacia mí y durante una fracción de segundo noto el impacto de la primera visión en su mirada.

—He intentado ponerme el sujetador, pero me roza y no lo aguanto —confieso y le señalo esa rozadura junto a mi pecho que me trae por la calle de la amargura.

—No pasa nada, yo nunca lo llevo cuando voy por casa —dice en un intento fallido de que me sienta más tranquila.

Vania observa mis rasguños con profesionalidad, sin demorarse más de la cuenta con ninguno para que pueda cubrirme cuanto antes. Es ella misma la que me tiende la camisa y me ayuda a meter los brazos para que no tenga que retorcerme en una postura que me provoque dolor.

—Por mi parte te doy el alta. Aunque me gustaría que dentro de una semana te pasases por tu médico de cabecera para que te eche un vistazo.

—¿Me vas a hacer ir al médico estando tú aquí? —pregunto, y ella apoya el culo sobre su mesa y asiente mordiéndose los labios.

—Eso sería un trato de favor, y no puedo arriesgarme a que la directora médica se entere, bastantes problemas me busco yo solita como para añadir otro —contesta rotunda y me doy cuenta de la razón que tiene.

—Cierto, perdona —digo y entorno los ojos—, te prometo que iré a que me visiten.

Teloy asiente satisfecha y alza una mano cuando me despido de ella.

—Arlet —me llama antes de que cruce la puerta.

—Dime.

—Me pasaré por tu despacho a la hora del desayuno y te echaré un vistazo. ¿Te parece bien?

—Me parece genial, Vania. Muchas gracias.

Ir a la siguiente página

Report Page