Pijama azul

Pijama azul


Capítulo 10

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Capítulo 10

Arlet Vila

Jueves, 30 de junio de 2022

Cierro la ventana del despacho y enciendo el aire acondicionado a pesar de ser solo las diez de la mañana. Observo el cielo despejado con ese sol brillante y amenazador que gobierna sin piedad sobre la ciudad de Gerona. Cierro un poco la cortina y me dejo caer en la silla, clavando la mirada en esa carpeta negra en cuya esquina superior izquierda, está el nombre de Vania Teloy sobre una pegatina verde.

—Joder… —me lamento mareando la pulsera de cuerda que llevo en la mano derecha.

Tamborileo los dedos sobre la mesa y, finalmente, descuelgo el teléfono y le pido a Eric, el secretario que comparto con la junta directiva, que localice a Teloy y la haga venir.

—Enseguida —responde solícito.

Cuelgo y doy un sorbo de agua a mi botella para aclararme la garganta. Después me desabrocho los puños de la camisa y me remango porque me siento sofocada. Desabrocho también uno más del cuello y ahueco un par de veces la camisa para que el aire frío me refresque. Teloy tarda casi una hora en llamar a mi puerta, en ese tiempo he atendido tres llamadas e imprimido el cuadrante del personal del próximo fin de semana para revisarlo con calma.

—¿Querías verme? —pregunta desde la puerta.

—Sí, pasa y siéntate, por favor.

Mis ojos se clavan en ella siguiendo cada paso que da. No sé por qué me resulta tan fascinante observarla ni por qué pienso que a ella, el pijama azul, le sienta infinitamente mejor que a cualquier otra doctora. Su identificación cuelga del bolsillo en el lado izquierdo de su pecho y el fonendo reposa sobre sus pechos, no hay nada que la diferencie de los demás y, sin embargo, a mis ojos es única.

Cuando la tengo delante siento la angustia estrangularme la garganta, más de doscientos trabajadores y tiene que ser precisamente ella.

—¿Qué hago aquí? —pregunta nerviosa ante mi silencio.

Suelto un bufido y me sereno para adquirir la determinación que necesito. Cuando me siento lista, me levanto y me dirijo hacia su lado de la mesa, apoyando el culo en el borde y cruzando los brazos.

—¿Le dijiste a un niño de siete años que se iba a quedar calvo? —pregunto a bocajarro.

Vania abre la boca para contestar, sin embargo, las palabras no llegan a salir de sus labios porque la sorpresa inicial la ha bloqueado.

—Vania… —la insto a que conteste.

—¿Cómo sabes eso? —pregunta por fin.

—Madre mía, así que es cierto —digo llevándome la mano a la frente—. Tenía la esperanza de que me dijeses que era mentira.

—¿Quién te lo ha dicho? —insiste ella.

—Su madre, Teloy. Le han dado el alta esta mañana y lo primero que ha hecho ha sido exigir hablar conmigo para presentar una queja. ¿Me explicas por qué demonios le dijiste eso al niño?

—La gitana no lograba que le hiciera caso…

—¿La gitana? ¿Qué gitana? —pregunto descolocada y ella se muerde los labios reprimiéndose a sí misma.

—Heredia, la doctora Maribel Heredia. Es la pediatra de urgencias —aclara suspirando.

—Sé quién es. ¿La llamas gitana? —pregunto horrorizada—, eso es despectivo y te podría acusar de racismo —añado pensando que cuánto más abre la boca, más lo empeora todo.

—No es despectivo. La llamo así de forma cariñosa, Maribel y yo somos amigas, por eso acudió a mí cuando el niño se negó a dejarse examinar —justifica tranquilizándome un poco.

—¿No se dejaba examinar? Su madre no ha mencionado eso.

—Claro que no. Ella solo cuenta la versión que deja a su pequeño demonio como una víctima —explica ofendida—. El crío se cruzó de brazos y no había manera de que se dejase hacer nada. Heredia me pidió ayuda porque no quería obligarlo, ¿y sabes por qué no quería? Porque si lo hubiese hecho, entonces esa madre hubiese puesto el grito en el cielo porque una gitana había agredido a su retoño. No vuelvas a acusarme a mí de racista —dice casi sin respirar.

Teloy se ha puesto en pie y se ha apoyado con el hombro derecho en la ventana y cruzado de brazos mientras mira a través de ella para tranquilizarse. Su cicatriz queda completamente expuesta y por un momento desearía poder estirar el brazo para recorrerla con el dedo.

—Lo del niño quedará en nada, es su palabra contra la tuya. Imagino que la única testigo es Heredia, así que haced como si esto no hubiera ocurrido y no lo comentéis con nadie.

—Claro, tú tranquila —contesta con un tono irónico que no me gusta.

—Vania, mírame —le pido y ella deja caer la frente sobre la ventana.

Le doy unos segundos para que obedezca mientras la indignación por su desfachatez me va sobrepasando poco a poco.

—He dicho que me mires —ordeno implacable.

Se gira hacia mí con una expresión de desolación en el rostro que me sobrecoge y me deja sin palabras un instante. Teloy mantiene los brazos cruzados bajo el pecho en un gesto defensivo que marca también una distancia que no quiere que yo traspase.

—Lo del crío puedo arreglarlo, pero esto no —digo y agito la carpeta con su nombre frente a ella.

—¿Qué es? —pregunta como si ya se lo esperase.

—¿Tú qué crees que es?

—No lo sé, Arlet. ¿Es mi despido? —vacila elevando la voz, logrando así sacarme de mis casillas por completo.

—No es tu despido. Es una queja oficial firmada por la jefa de enfermeras en la que se habla de tu trato de desprecio reiterado sobre el personal de enfermería —puntualizo, y tiro la carpeta sobre la mesa.

La dejo ahí y me paso una mano por el pelo mientras hago respiraciones para relajarme.

—¿Me lo puedes explicar? —le pido finalmente.

—Ya te lo ha explicado ella, ¿no? Poco puedo decir yo.

—No me jodas, Teloy. ¿Ya está? ¿Eso es todo lo que vas a decir?

—¿Qué quieres que te diga? ¿Que mienten? Mentiría yo en ese caso.

—Así que lo admites —concluyo alucinada por su falta de preocupación.

—Probablemente esté todo bastante exagerado en ese informe, pero no voy a negar que a veces me paso con ellos.

—A veces —cabeceo—, te recuerdo que yo presencié ese trato con Paula, y también escuché como llamabas gilipollas al jefe de urgencias.

—Él no es enfermero, es médico y un gilipollas, así que no cuenta.

—Alucino —digo desbordada.

—Yo también, creía que el sábado eras solo una paciente, pero está claro que también estabas allí para juzgarme.

—No te estoy juzgando, Vania, no tergiverses las cosas. Hablo de que el comportamiento que vi en ti con respecto a algunas personas, casa mucho con lo que dice este informe.

—¿Te traté mal a ti?

—Tuviste un trato exquisito conmigo, Vania, lo único que te pido es que seas así con los demás. Son tus compañeros, ¿tan difícil es?

—Quizá —responde seca, y se deja caer en la silla como si no pudiese con el peso de su cuerpo o de lo que sea que la consume.

Me siento en la silla de su lado girándola hacia ella hasta quedar de frente. Apoyo los codos en las rodillas y junto las manos frente a mi boca mientras pienso.

—He visto tu historial, Vania. Sé que hace dos años pasó algo aquí y agrediste a una enfermera. Todo lo demás referente a eso lo borró Jose Ramón por algún motivo que soy incapaz de imaginarme.

Vania me mira con los ojos abiertos por la sorpresa.

—¿Borrado? —pregunta descolocada.

—Sí. Solo se hace referencia al incidente, pero no hay ningún detalle. ¿Qué sucedió aquel día, doctora Teloy? —pregunto con suavidad.

Por primera vez me mira y noto la derrota y el miedo en sus ojos. Sufre, lo hace con intensidad y en silencio, y eso hace que mi angustia y las ganas de protegerla aumenten hasta niveles insospechados.

—Vania… —insisto poniendo la mano sobre su rodilla.

Sus ojos brillan y por un momento pienso que romperá a llorar, pero se centra y se esfuerza por controlarlo con tanto énfasis, que lo logra.

—No voy a hablar de eso, lo siento.

—Te quiero ayudar, Teloy, lo digo en serio, pero para eso necesito que tú quieras y dejes de ponerme las cosas difíciles.

—Puedes preguntar a cualquiera, estarán encantados de darte su versión.

—Yo no quiero su versión, quiero la tuya —insisto con paciencia.

—No puedo, Arlet —susurra, y me doy cuenta de que no es una cuestión de confianza, sino de miedo.

Vania siente un miedo atroz a desmoronarse.

—Muy bien. Puedes irte.

—¿Ya está? —pregunta confusa.

—Yo no puedo hacer más, Vania. No soy Jose Ramón, a mí me han contratado para cubrir un puesto y voy a hacer mi trabajo como debo. Me consta que ya se presentaron quejas sobre tu comportamiento cuando él estaba al mando y que hizo caso omiso. Yo no puedo hacerlo.

—No te lo he pedido.

—Ya lo sé. Esta vez queda en una advertencia verbal, si vuelvo a recibir otra queja no me quedará más remedio que mandarte a casa unos días. ¿Entiendes eso?

—Perfectamente —dice al mismo tiempo que se pone en pie.

La imito y las dos quedamos frente a frente, a una distancia tan corta que ni el aire acondicionado logra calmar el sofocón repentino que me ha entrado. Las dos damos un paso atrás al mismo tiempo y me hago a un lado para dejarla pasar.

—¿Cómo te encuentras? —pregunta de repente, con ese tono suave que me hace sentir a salvo.

—Mucho mejor. Ya no me duele la cabeza y las heridas cicatrizan bien, ahora ya puedo dormir por la noche sin miedo a moverme —explico sin poder apartar la mirada de sus ojos.

—Me alegro, de todos modos me pasaré el lunes para ver cómo sigues. Eso si no me has mandado a casa antes —añade con una mueca y se dirige hacia la puerta.

—Vania…

—Tranquila, es tu trabajo y debes hacerlo, no te sientas mal —me sonríe desde la puerta.

—Solo has de ser respetuosa con el sector de enfermería, no es tan difícil.

Vuelve a sonreír con una mueca que no esconde su tristeza y cruza la puerta.

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