Pijama azul
Capítulo 12
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Capítulo 12
Vania Teloy
Lunes, 4 de julio de 2022
—¡No lo toques! —vocifera Maribel con la cara descompuesta cuando voy a coger un trozo de tarta que hay sobre la mesa de la sala de descanso.
Aparto la mano como si me hubiese electrocutado y me giro hacia ella exigiendo una explicación.
—¿Por qué no puedo tocarlo?
—Me parece que tiene algo chungo —dice, y sale corriendo hacia los baños como si le fuese la vida en ello.
Me quedo quieta como una imbécil antes de girarme hacia la tarta, que por cierto tiene una pinta exquisita, y coger un trozo y olfatearlo como si fuese una perra.
—La ha traído esta mañana la madre de una niña a la que dimos el alta ayer, como agradecimiento —empieza a explicarme la doctora Mateo, que se encuentra sentada en una de las sillas.
—Bueno, no es la primera vez que traen cosas —respondo algo confusa.
—Ya, pero a esta le pasa algo. Supongo que con este calor de mil demonios, el huevo se debe haber echado a perder. Todos los que la han probado están con diarreas y vómitos.
—Ostras… —digo pensando en la gitana—. Bueno, no será mucha gente —añado observando la tarta.
Es mediana y todavía queda la mitad, ¿quién puede haber comido? ¿Cuatro personas a lo sumo?
—Ese es el resto de la segunda, ha traído dos.
—¿Y por qué no la habéis tirado?
—Porque es solo una conclusión a la que hemos llegado Heredia y yo cuando has entrado.
—¿Tú has comido?
—Un trozo muy pequeño. He vomitado dos veces y he cagado como los mirlos —dice sin que pueda aguantarme la risa.
Es la persona más exagerada que conozco, y también una de las doctoras más divertidas del hospital. Cojo lo que queda de tarta y lo tiro a la basura sin dudarlo antes de que alguien más se contagie. En ese momento entra Asensio, pálido como una pared con la frente sudorosa y la mano sobre el vientre.
—¿También has comido tarta? —le pregunto comenzando a preocuparme de verdad.
—Sí —afirma derrumbándose en un sillón.
Me agacho frente a él y le toco la frente con el dorso de la mano.
—Joder, Abel, estás ardiendo.
Me acerco hasta donde está la doctora Mateo y hago lo mismo con ella. Su temperatura no es tan elevada, pero tampoco es la normal.
—Hay que poneros suero antes de que os deshidratéis, y algo para bajar la fiebre. Voy a ver cómo está Heredia y traigo los goteros aquí. ¿Te parece bien? —le pregunto a Asensio, a quien corresponde la decisión como jefe de urgencias.
—Sí. Hay más gente intoxicada, Vania. Deberías apartarlos a todos y pedir que traigan a personal que pueda sustituirnos o esto se puede convertir en un caos otra vez —dice agotado.
—Vale, tranquilo. Yo me ocupo.
Salgo al pasillo y de ahí voy directa a urgencias, donde veo al menos a tres personas más con los mismos síntomas.
—Paula, ¿puedes venir? —le pido a la enfermera cuando cuelga una llamada.
Acude de inmediato, tan atemorizada por lo que pueda salir de mi boca, que a la pobre solo le falta cuadrarse.
—¿Tú te encuentras bien?
—Sí —titubea desconcertada.
—¿No has comido tarta de la que hay en la sala de descanso?
—No —niega rotunda.
—Genial. Coge la lista de suplentes y empieza a llamar tanto a médicos como a personal de enfermería. Consigue que al menos vengan tres de cada de refuerzo a urgencias.
—Vale, ¿sucede algo?
—Varios compañeros se han intoxicado, posiblemente por una tarta en mal estado —digo alejándome de ella para ir al baño a buscar a Heredia—. Cuando termines, ve a la sala de descanso con material suficiente para empezar a poner vías a todos los intoxicados. ¿Me has entendido, Paula? —inquiero al ver su cara de susto.
—Sí, pido personal de refuerzo y pongo vías.
—Exacto, pide a alguien que te ayude, y busca a todos los que se encuentren mal.
Entro en el servicio de mujeres como un huracán, encontrando ambas puertas cerradas y escuchando las arcadas que Maribel da en uno de ellos.
—Mari, ábreme —le pido golpeando la puerta.
La que se abre es la de al lado y de ella sale la doctora Suárez acompañada de una ola de peste a mierda líquida que me hace llevarme la mano a la boca y girarme hacia el otro lado, agradeciendo no haber comido nada todavía.
—Lo siento, me encuentro fatal —se disculpa apoyada en la pared.
—Tranquila —digo tratando de recomponerme—. Ve a la sala de descanso, enseguida voy y te pongo una vía.
Suárez se marcha justo cuando Maribel abre la puerta y se asoma con el flequillo pegado a la frente. El pestazo de Suárez la golpea de repente y su cuerpo se sacude en otra arcada que a duras penas logra encestar en el retrete. Cuando termina, la limpio con un poco de papel mojado y la acompaño a la sala de descanso. Al llegar, cuento hasta nueve personas, sentadas alrededor de Paula, que tiembla sin saber por dónde comenzar.
—¿Has pedido personal de apoyo? —le pregunto al mismo tiempo que le quito un gotero de las manos y me voy hacia Asensio para ponerle la vía.
—Javi se ha quedado llamando, yo me estaba colapsando.
—Ya, tú y tus colapsos —resoplo de mal humor—, prepáramelo todo, ya los voy poniendo yo.
Tener ayuda parece calmarla y, cuando logra centrarse, se vuelve efectiva y logra atraparme.
—¿Empiezo a poner yo también?
—Prefiero que vayas a por paracetamol y lo vayas pinchando en todas las vías. ¿Hay alguien alérgico? —pregunto en voz alta, arrodillada frente a Maribel, que ha recuperado algo de color.
Todos niegan y Paula desaparece. Diez minutos después, vuelve acompañada de Javi.
—He conseguido tres médicos y tres enfermeras suplentes —anuncia él, que no necesita que le diga lo que tiene que hacer para coger una vía y ponérsela a Suárez.
Cuando todo parece controlado, me pongo en pie y suspiro para relajarme.
—Teloy, deberías subir y dar parte a la directora para que esté al corriente de lo que pasa —me pide Asensio con los ojos cerrados.
—Ahora voy.
Le doy un beso en la cabeza a la gitana y salgo de la sala aliviada de no tener que estar ahí. Con tanta gente metida, el calor es asfixiante, y tampoco puedo encender el aire acondicionado si la mitad de ellos está con fiebre. Decido dejar el ascensor y subir por la escalera. Tenía que venir a visitar a Arlet de todas formas para hacerle el último chequeo, así que voy a matar dos pájaros de un tiro.
En cuanto me encuentro frente a su puerta el corazón se me desboca sin que entienda el motivo. Me tomo unos segundos para calmarme antes de llamar y abrir con lentitud por si está con alguien. La encuentro sentada a su mesa, con otra de esas camisas que suele llevar remangadas y con un par de botones abiertos del escote. Cada vez me cuesta más no mirarla y que mis ojos la recorran como si necesitase memorizarla.
—No te quedes ahí, pasa —dice desde el fondo de la sala.
Entro y me dirijo hacia ella, que me mira como si tratase de adivinar el motivo de mi visita al mismo tiempo que se pasa la mano por la frente para secarse el sudor. El gesto me llama la atención, porque tiene el aire puesto y en el despacho hay una temperatura que desde luego no haría sudar a nadie.
Me permito el lujo de rodear su mesa para acercarme a ella, que me mira con confusión mientras se recoloca en la silla.
—¿Has comido tarta de la sala de descanso? —pregunto en cuanto veo la palidez de su piel.
—Esta mañana cuando he bajado a hablar con Asensio, ¿por qué?
—Porque todos los que han comido de esa tarta están con diarrea, vómitos y fiebre —contesto, y le pongo la mano en la frente para tomarle la temperatura—. Venía a decírtelo y a hacerte el último chequeo que dijimos.
—Madre mía —dice apoyando la cabeza en el respaldo de la silla—, y yo pensando que había cogido algún virus. He vomitado hasta la primera papilla.
—Tengo en la sala de descanso a todos los intoxicados, les hemos puesto suero y algo para la fiebre. Tú también deberías estar allí.
—¿No me lo puedes poner aquí? Te prometo que no me lo quito hasta que no se termine.
—Está bien —acepto sin objetar nada, y diez minutos después estoy de vuelta con el vial.
Le pido que se tumbe en el sofá y me siento a su lado para ponerle la vía mientras le explico la situación.
—Hemos pedido personal de refuerzo para urgencias. Por suerte, hoy está siendo una mañana tranquila, así que no creo que tengamos muchos problemas.
—¿Y los demás?
—He dejado a Paula al cargo, por si necesitan algo.
—¿Paula? —repite arqueando una ceja.
—Sí, y me he portado bien, aunque esa niña no tiene sangre para estar en urgencias, no sabe trabajar bajo presión.
—Tal vez haya que moverla de planta, buscarle un sitio más tranquilo.
—Quizá. ¿Me dejas ver alguna de esas heridas que tienes por ahí? Quiero comprobar la cicatrización.
—Tú misma —dice, y se señala los botones de la camisa con agotamiento—. Ahora ya llevo sujetador —añade ruborizada.
—Yo también —me burlo y consigo que sonría.
Desabrocho los botones de su camisa y me centro en esa herida junto a su pecho, la más grande y la que más incomodidad le ha producido. Ya está cicatrizada por completo y el aspecto es normal, así que vuelvo a abrochar y después deslizo una de mis manos por detrás de su cabeza para palpar la zona del golpe, comprobando que la inflamación ha desaparecido por completo mientras ella se tensa con cada roce de mis dedos y clava la mirada en el respaldo del sofá como si le resultase imposible mirarme a mí.
—¿Te duele? —pregunto confundida.
—No, en absoluto.
Su respuesta me pone nerviosa, porque ella se ha tensado al tocarla y yo me acabo de dar cuenta de que no me importaría enredar mis dedos en su pelo y masajearle la base de la nuca para que se relaje.
—Si te parece bien, conforme se vayan terminando los goteros iré mandando a la gente para su casa a descansar.
—Me parece perfecto.
—Tú deberías hacer lo mismo.
—Yo estoy bien, solo necesito recuperarme un poco. Ya no tengo náuseas ni dolor de barriga, solo estoy deshidratada y tú ya te has ocupado de eso —dice señalando el suero.
—Y de la fiebre —añado volviendo a poner la mano sobre su frente.
Arlet cierra los ojos sin poder controlar un suspiro entrecortado que le infla el pecho exageradamente, mientras yo la observo tratando de entender lo que me pasa cuando estoy con ella. Soy incapaz de definirlo y de encontrar una razón que lo explique, pero cada vez me gusta más pasar tiempo con la doctora Vila.