Pijama azul
Capítulo 13
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Capítulo 13
Arlet Vila
Martes, 5 de julio de 2022
Estoy centrada en el correo que leo en el móvil cuando las puertas del ascensor se abren y veo un pijama azul detenido frente a mí. No entiendo cómo puedo adivinar que es ella si todavía no le he visto la cara, pero el corazón ya se me ha desbocado mucho antes de que alce la mirada y la encuentre frente a mí, con esos mechones rebeldes que siempre le bailan en la cara y esa cicatriz que tanto me gusta al alcance de mi mano.
—Buenos días, doctora Vila —saluda con un tono que se me antoja especialmente seductor.
O quizá es que Teloy empieza a gustarme tanto que comienzo a imaginar las cosas como realmente me gustaría que sucediesen. Y eso me inquieta y me provoca cierta inseguridad ante ella.
Sus ojos brillan con una intensidad diferente, está más serena que nunca y por primera vez no percibo tanta tristeza en su expresión.
—Buenos días, doctora Teloy —saludo contenta de verla.
—¿Cómo estás hoy?
—Como nueva. Ayer me hice algo ligero para cenar y he pasado buena noche. Gracias por preguntar.
—No hay de qué.
—¿Volviendo a urgencias? —pregunto al deducir que viene de recoger algún resultado.
—Sí, ¿y tú?
—Voy a haceros una visita.
El ascensor se detiene y Teloy se hace a un lado para cederme el paso. Mi confusión crece, porque no sé si lo ha hecho para asegurarse de que no voy en la misma dirección que ella, o simplemente ha buscado que pasase cerca de ella.
Un trueno espantoso resquebraja el cielo cuando pongo un pie fuera y doy un respingo sin poder disimular el susto que acabo de llevarme.
—Menuda está cayendo —comenta a mi lado, y de nuevo contiene la sonrisa que ha estado a punto de dibujarse en sus labios.
—Odio este tipo de tormentas, son muy escandalosas —lamento caminando hacia la entrada.
Teloy viene conmigo y salimos bajo el porche para ver la intensidad con la que las gotas se estrellan sobre el asfalto. Es la típica tormenta de verano que lo mismo dura media hora que todo el día, pero mientras está ahí, se hace notar cayendo de manera desproporcionada.
—Pues a mí me encantan las tormentas —confiesa mirando hacia arriba—, y más si son ruidosas como esta. Me parece todo un espectáculo de la naturaleza.
Miro hacia arriba tratando de encontrar algún encanto a ese color gris oscuro que se cierne sobre la ciudad de Gerona, enterrando al sol bajo su masa espesa para robar la claridad y que parezca que es de noche cuando son las doce del mediodía.
—Me alegra que al menos una de las dos la disfrute —le digo sonriente antes de entrar y ser yo la que le cede el paso en esta ocasión.
—¿Me vigilas? —pregunta de repente, y yo la miro boquiabierta.
—¿Crees que necesito controlarte para que te portes bien? En tu ficha dice que tienes treinta y siete años, Teloy. Considero que ya eres mayorcita para saber lo que te conviene y lo que no, y a mí no me sobra el tiempo precisamente.
—Ya —dice y vuelve a contener la sonrisa—, perdona por la acusación.
—¿Sabes que sonreír relaja y hace que seas más feliz?
—¿Es un consejo o una petición?
—Un consejo, aunque reconozco que me gustaría verte sonreír —admito y zanjo el tema dando una suave palmada en su espalda, antes de reanudar la marcha y seguir con la ronda que pretendía dar.
La sensación de saber que tengo su mirada de ojos rasgados clavada en la espalda, me hace sentir un leve hormigueo en el estómago que me obliga a contener la respiración para serenarme. Respiro profundamente y trato de no perder el paso y de resistirme a la tentación de darme la vuelta para comprobar si realmente me mira o solo es fruto de todo eso que a mí me gustaría que sucediese, cuando se oye un zumbido sordo y urgencias se queda a oscuras.
—Mierda… —lamento asustada.
Las luces de emergencia solo tardan unos segundos en encenderse, pero es tiempo suficiente para que la gente se ponga nerviosa y camine de un lado a otro comprobando lo que funciona y lo que no. Con la escasa iluminación que proporcionan las luces estratégicamente colocadas según el reglamento, apenas se ve porque la claridad que debería entrar por la puerta acristalada, ha sido borrada del mapa por los nubarrones. Solo el equipo realmente necesario está conectado a las tomas de emergencia, todo lo demás ha dejado de funcionar y ha dejado la sala de urgencias a merced del ruido espantoso que los truenos y la lluvia provocan en una tormenta que cada vez suena peor.
Abel Asensio da una serie de instrucciones al equipo médico y de apoyo y después pide que alguien avise a los de mantenimiento para que le digan hasta cuándo creen que estaremos así. Yo me quedo quieta en medio del pasillo sin moverme, observando con agrado la resolución del personal. Hasta que escucho lo que ninguna jefa médica quiere escuchar.
—¿Dónde está mi hijo? —grita una mujer alarmada cuando sale del box.
De inmediato, la doctora Heredia sale de otro box y se dirige hacia ella. Yo también me acerco corriendo y junto a mí llega en paralelo Teloy con cara de circunstancias. Heredia se asoma al box sin dejar hablar a la madre para comprobar por sí misma que realmente no está.
—He ido un momento al servicio y al volver no estaba —explica la madre compungida—, me he ido tranquila porque había una enfermera en la habitación, le he pedido que lo vigilase. Ay, Dios mío, ¿y si se ha puesto peor?
—¿Cómo era la enfermera? —pregunta Teloy de mal humor.
—Alta y muy flacucha, con cara de susto.
—Paula… —murmura para sí y yo me giro hacia ella lanzándole una advertencia con la mirada.
—No nos alarmemos. Quizá el niño quería ir al baño y Paula lo ha llevado, no pueden estar lejos —digo tratando de calmar el ambiente—. ¿Cuál era el motivo de su ingreso? —pregunto dirigiéndome a Heredia.
—Me ha parecido un cuadro claro de ansiedad, ya he solicitado al psiquiatra de guardia que baje a verlo.
—Le aterran las tormentas, se pone muy nervioso en cuanto ve que el cielo se encapota. Le pasa desde que una nevada nos dejó atrapados unas horas en una carretera de Andorra, y cada vez es peor.
Su respuesta me inquieta, y lo hace mucho más cuando Paula aparece sola por el pasillo del fondo con un zumo en la mano.
—¿Dónde coño estabas? —ladra Teloy sin poder controlarse.
—He ido a buscar un zumo para el niño del box uno —titubea—. Le apetecía y he pensado que ayudaría a que se relajase un poco.
—Pues por tu culpa ha desaparecido —escupe Teloy, y Paula palidece hasta tal punto que por un momento temo que vaya a desmayarse.
—Ya basta —intervengo apartando a Vania hacia atrás para que le quede claro que no quiero que vuelva a abrir la boca—. Esto no es culpa de nadie, lo más probable es que el apagón lo haya asustado y se haya escondido. Quiero que cerréis urgencias de inmediato, nadie entra y nadie sale hasta que…
—Sergio… —dice la madre llorando.
—Hasta que Sergio no aparezca —termino de decir.
Heredia y Teloy salen corriendo de inmediato para correr la voz y cerrar las puertas. Paula, sin embargo, se queda quieta sin moverse, esperando a que alguien le diga lo que tiene que hacer.
—Usted vuelva al box y espere allí por si su hijo vuelve —le pido a la madre porque no quiero tenerla dando vueltas por urgencias—, y tú, Paula, llama a los de seguridad y da el aviso para que pongan a todo el mundo a revisar el hospital por si ha llegado a salir de urgencias.
Parece aliviada al tener un cometido claro y sale corriendo hacia el teléfono. Cuando me giro, gran parte del personal médico ya se ha movilizado para buscar a Sergio y yo decido unirme atravesando la puerta por la que accede el personal de las ambulancias, la única que no podemos cerrar.
Al salir a esa especie de garaje con la puerta de vehículos abierta, el ruido de la lluvia torrencial sobre el asfalto de la calle lo ensordece todo junto a esos truenos descomunales que rompen el cielo con demasiada frecuencia. Me froto los brazos mirando a un lado y a otro por si veo al pequeño Sergio cuando veo que de la puerta trasera de la única ambulancia que hay aparcada, se baja Teloy tras inspeccionar el interior.
—No está aquí —dice al verme junto a la puerta.
—Ya, ni creo que haya huido hacia la calle si le dan tanto miedo las tormentas.
—Paula no tendría que haberlo dejado solo.
—Quien no tendría que haber abandonado el box era su madre si sabía el pánico que siente el niño en situaciones así. Paula únicamente hacía su trabajo, Vania.
—Podría hacerlo mucho mejor y lo sabes —escupe y vuelve dentro para seguir buscando.
Yo exhalo todo el aire que puedo antes de volver y acercarme al mostrador para llamar a seguridad y preguntar si hay alguna novedad.
—Por ahora nada, doctora Vila, estamos comprobando puerta a puerta todas las plantas, pero nos llevará tiempo y apenas tenemos personal disponible.
—De acuerdo, sigan buscando, si en quince minutos no aparece, avisaremos a la policía para que vengan a ayudar.
Justo cuando estoy colgando la llamada escucho aplausos a mi espalda. Me giro de inmediato y veo a Heredia saliendo de la sala de descanso con el niño en brazos.
—Estaba agazapado detrás de un sillón, tan acurrucado que la primera vez que he mirado, ni siquiera lo he visto —explica la doctora antes de entrar en el box.