Pijama azul
Capítulo 14
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Capítulo 14
Arlet Vila
Miércoles, 6 de julio de 2022
—No sé qué hacer —le digo a mi hermana Berta, sentada en la terraza de su piso aprovechando un día de asuntos personales que he cogido para zanjar unos temas en Barcelona.
Justo cuando he terminado me ha llamado y he acabado aceptando su invitación para comer con ella.
—Pues yo creo que está claro, Arlet, no puedes permitir que esa doctora vaya por ahí tratando a esa enfermera como si fuese una inútil. Si no la proteges tú, ¿quién lo hará?
—Ya lo sé —digo y me levanto para apoyarme en la baranda y mirar hacia el mar.
El piso de mi hermana está en Palamós, en la séptima planta de un bloque desde el que se puede divisar la playa con esta altura.
—Es que hay algo que se me escapa en todo ese asunto, Berta. Hace dos años sé que tuvo un altercado con una enfermera y creo que ese es el origen de todo.
—¿Qué tipo de altercado?
—No tengo ni idea, quien ocupaba mi puesto se encargó de borrarlo, lo que todavía me tiene más intrigada. Estoy pensando en llamarlo y exigirle que me explique por qué motivo lo eliminó todo, pero si fue capaz de hacer algo así, estoy segura de que su respuesta será que lo hizo sin querer.
—¿Y por qué no le preguntas a ella directamente?
—¿Piensas que no lo he hecho? Se le descompuso la cara y dijo que ella no me iba a contar nada —explico y suspiro con cierta impotencia.
—Pues pregúntale a otra persona. Cualquiera que lleve allí más de dos años sabrá lo que pasó.
—Supongo que sí.
—Sea lo que sea lo que te cuenten, no puede cambiar tu modo de actuar, Arlet. Nada justifica ese tipo de trato hacia una compañera, y tú eres esa figura responsable que todos tienen que entender que está allí para ayudarlos. Si dejas que esa doctora haga lo que le da la gana, te perderán el respeto.
—También lo sé —secundo, y voy a la cocina para abrirme una cerveza y tratar de desconectar por un momento de todo lo referente a Vania Teloy.
—Por cierto, tengo que pedirte algo —dice cuando vuelvo junto a ella.
—Tú dirás.
Le entrego una cerveza y la miro con impaciencia, puede que esta sea la primera vez que mi hermana me pide un favor desde que me fui a vivir a Barcelona.
—Joaquín y yo nos vamos a ir unos días de vacaciones a Huelva, al pueblo de sus padres, y ni Héctor ni Víctor van a venir.
—¿Los dejas solos? —pregunto sorprendida de que les permita esa libertad.
Para mi gusto, Berta siempre ha pecado de madre sobreprotectora.
—Dieciocho años Víctor y veinte Héctor, los dos son mayores de edad y no puedo obligarlos. Joaquín y yo llevamos posponiendo ese viaje durante años y creo que ya ha llegado el momento de tener un poco de tiempo para nosotros solos.
—No puedo estar más de acuerdo. ¿Qué necesitas?
—En realidad poco. Feli, la vecina de arriba, se ha ofrecido para cualquier cosa que puedan necesitar y para estar atenta por si me la lían en casa, ya sabes, que me llenen esto de amigos y se desmadren. Ya les he dejado claro que no quiero a nadie en casa que no sean ellos dos.
—Héctor tiene novia, ¿en serio crees que no la va a traer? —cuestiono arqueando una ceja.
—Ya me lo imagino, pero si no me entero, mucho mejor. A lo que me refiero es a algún desmadre, una fiesta con alcohol, música y vete tú a saber.
—Ya.
—Lo único que necesito es que estés pendiente del móvil, ya les he advertido a ellos que si hay cualquier problema serio te llamen a ti y se olviden de Feli, que es muy buena mujer, pero la pobre no sabe tener la boca cerrada.
—Cuenta con ello. Si quieres me paso por aquí todas las noches a controlar que todo está en orden —bromeo y ella suspira resignada.
—De buena gana te diría que sí. Héctor está más centrado, pero Víctor no sé qué tiene en la cabeza. En cualquier caso, Joaquín y yo hemos decidido darles un voto de confianza, así que limítate a eso. Serán solo unos días, después vendrá también mi cuñada y sabes que a ella no la soporto. Prefiero estar menos días y estar tranquila.
—De acuerdo. ¿Cuándo os marcháis?
—El viernes a primera hora, volvemos el miércoles.
—¿Necesitas que os lleve al aeropuerto? —me ofrezco dando el último sorbo a la cerveza.
—No, nos lleva Héctor, Joaquín le dejará el coche.
Llego a mi casa a media tarde y en cuanto entro siento que las paredes se me vienen encima. No me apetece encerrarme y tampoco tengo ganas de darme un baño en la piscina, así que voy al garaje, cojo el patinete eléctrico y decido salir a dar una vuelta por el pueblo por primera vez después del accidente. Al llegar al paso de peatones donde me caí, siento un leve hormigueo en la boca del estómago que no va más allá de eso como temía que me pasara. Una vez superado ese tramo, logro relajarme y disfrutar tranquilamente del paseo que pretendía dar aquel día.
Cuando llego al paseo marítimo y me siento para observar una playa en la que los bañistas más rezagados aprovechan los últimos minutos de luz para el baño, la imagen fugaz de la doctora Teloy cruza por mi mente llenándome de una inquietud, que ni siquiera la magnífica puesta de sol logra quitarme.