Pijama azul

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Capítulo 32

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Capítulo 32

Arlet Vila

Miércoles, 27 de julio de 2022

Incapaz de mantenerme en casa a la espera de mi cita con Vania, he aceptado encantada cuando mi hermana me ha llamado diciendo que pasaba cerca de mi pueblo y que me invitaba a un helado frente a la playa. He cogido el patinete eléctrico y me he presentado con él ante su mirada de desaprobación.

Le he dado un abrazo y cuando nos hemos sentado le he preguntado por mi sobrino Víctor, a quien le han caído cuatro meses de servicios a la comunidad para cubrir los gastos de la sustitución de la farola contra la que se estampó, además de la prohibición de sacarse el permiso de conducir durante dos años.

—Poco le ha caído —reniega mi hermana.

—Espero que lo suficiente como para que recapacite y sea consciente de lo grave que fue lo que hizo.

—¿Lo ves cómo no me puedo marchar? Después dices que soy controladora, pero ni siendo mayores de edad me puedo fiar de ellos.

—Se aprende de las cosas que hacemos mal, no de las que hacemos bien. Te aseguro que la próxima vez, ni Héctor le dejará el coche ni a Víctor se le ocurrirá pedírselo.

—Ya te digo yo que no, al menos el de su padre. ¿Se puede saber por qué miras tanto el reloj? —pregunta mi hermana con la mirada clavada en mi pierna derecha, que bota de forma frenética sin que pueda controlarla.

—He quedado con Teloy esta noche para cenar —contesto jugueteando con la pulsera.

—¿La doctora conflictiva?

—Yo no la definiría así —sonrío—, pero sí, con ella.

—Siempre te han gustado los retos —dice también sonriente.

—Vania no es un reto, solo es una mujer que necesitaba pasar página para seguir adelante.

—¿Y ya la ha pasado?

—Eso parece —afirmo orgullosa de ella.

—Me alegro, ¿cuándo me la vas a presentar?

La miro con cara de espanto y mi hermana estalla en una sonora carcajada que me contagia y consigue que me relaje un poco.

Dos horas más tarde estoy bajándome del coche en la puerta de su casa, vestida con una falda veraniega, unas sandalias y una camisa de manga corta que espero que le guste tanto como las que suelo vestir en el trabajo, esas en las que sus ojos rasgados suelen perderse por mi escote aunque se piense que no me doy cuenta.

Hago tintinear la campana de la entrada con fuerza, sé que no le gusta, pero a mí me encanta este rollo medieval que se respira en todo el pueblo. Vania sale un par de minutos después, enfundada en un vaquero corto de color blanco, unas sandalias parecidas a las mías y una camiseta de tirantes.

—¿Te he dicho ya que no me gusta que toques la campana? —bufa con chulería deteniéndose a mi lado.

—Suponía que ibas a decirme que estoy guapa —protesto haciendo una mueca que la hace reír.

—No estás guapa, estás preciosa, aunque ser tan tocapelotas a veces te resta encanto —bromea, y me coge de la nuca y me estampa un beso en plena calle.

Después coge mi mano y con una seguridad que me parece sobrecogedora, comienza a caminar llevándome por las calles estrechas y empedradas de Besalú, en un paseo lento que disfruto sin dejar de escuchar lo que me explica de algunas de las edificaciones por las que pasamos. Se ha puesto algo de maquillaje para disimular el hematoma que todavía decora su pómulo y la herida de la ceja. La del labio apenas es un corte que ya está cicatrizado, pero que le resulta tremendamente incómodo porque cuando sonríe le tira y le duele.

—¿A dónde me llevas?

—Al restaurante Pont Vell, ¿has estado alguna vez?

—No.

—Te encantará. He reservado mesa en la terraza trasera, tiene vistas al río.

El restaurante está situado muy cerca del puente de entrada a Besalú. Lo primero que me llama la atención es la entrada con portones de madera, que no es más que un preludio de lo que espera en el interior. Vania da su nombre y enseguida nos llevan a esa terraza de la que me ha hablado. Nuestra mesa está situada aprovechando un rincón triangular entre una ventana que da al comedor interior y la baranda que separa el restaurante del río. El espacio es el justo para meter una mesa para dos personas y gozar de una intimidad privilegiada.

—Me gusta mucho —digo con la mirada clavada en el río.

Ya está oscureciendo y los últimos coletazos del sol se reflejan en sus aguas otorgándole a este momento un punto más de romanticismo. De entrante pedimos un plato variado con tomates, queso y anchoas y de segundo una fideuá para compartir. Vania me mira con cierto nerviosismo esperando que sea yo la que saque un tema de conversación, lo malo es que estoy tan nerviosa como ella y no se me ocurre nada.

—Madre mía, parecemos dos adolescentes —digo sofocada y sorprendida al mismo tiempo.

Ella comienza a reírse de un modo jovial y desenfadado que me deja claro que ya no tiene ese miedo que la tenía bloqueada. Aunque esté nerviosa, sé que está cómoda conmigo.

—Habla de algo, Teloy —le ordeno sin dejar de reír.

—Vale. Tú lo has querido, le he estado dando vueltas y voy a aceptar tu ofrecimiento para ayudarme con la mudanza.

—¿Entonces te vienes aquí definitivamente? —pregunto sin poder ocultar mi alegría por otro nuevo paso que en mi opinión era muy necesario.

—Esta tarde he avisado en la inmobiliaria de que me voy. Tengo un mes para sacarlo todo, ¿crees que seré capaz? —pregunta haciendo una mueca, y yo hago otra con aire pensativo que la hace darme un toque por debajo de la mesa.

—Hablé con Jimena el otro día —digo cambiando de tema radicalmente.

Vania tuerce el gesto y suspira.

—Dice que no te presentaste a la última cita.

—Yo no le confirmé nada, Arlet, fue ella la que dijo que tenía esa hora libre.

—Lo sé, también me lo ha dicho, pero a mí me gustaría pedirte que siguieses viéndola una temporada, Vania. Tienes que terminar de sacarlo todo.

—¿Eso lo piensas tú o te lo ha dicho ella? —pregunta a la defensiva.

—Ella, que es la profesional y la que entiende de esto, pero te lo pido yo —añado, y le cojo la mano por encima de la mesa—. Opina que te vendría bien hablar un poco más del tema, terminar de sacar toda la mierda y normalizar la situación.

—Vale —acepta cortándome.

—¿De verdad? —pregunto sorprendida por lo poco que me está costando convencerla.

—De verdad. Te prometo que la llamaré para pedirle cita, pero ahora dejemos de hablar de ella para hablar de nosotras, por favor.

A partir de ese momento la conversación fluye y las dos nos relajamos. Al terminar con el postre me siento a punto de explotar y me froto la barriga dejándole claro lo mucho que he disfrutado de la cena.

—Vamos a bajar un poco la cena —dice tendiéndome la mano después de pagar.

Cruzamos el puente sin ningún tipo de prisa, disfrutando de las vistas y de la brisa fresca que ha dejado una temperatura muy agradable para pasear. Después volvemos hacia atrás porque Vania quiere llevarme a la explanada junto al río por la que acabo de preguntar. Me cuelgo de su brazo, pasamos por la puerta del restaurante y seguimos por la misma calle hasta encontrar unas escaleras por las que bajamos hasta llegar a esa explanada que da acceso a la orilla del río, donde nos detenemos y contemplamos absortas el reflejo de la luna y de las luces del puente sobre el agua.

—Ha sido una cita increíble —digo volviéndome hacia ella y agarrándome a su cintura.

—¿Una cita? —se burla y me da un beso en el cuello que me provoca una flojera importante en las piernas.

—Espero que lo haya sido, Teloy, porque me gustas mucho —confieso dispuesta a que le quede absolutamente claro lo que siento y cuáles son mis intenciones con ella.

—No sé qué hubiese sido de mí sin ti, Arlet —dice de repente, mirándome con tanta intensidad, que durante unos instantes me cuesta respirar.

—Estabas lista para avanzar, Vania, yo solo he aparecido en tu vida en el momento correcto.

—Prométeme que no desaparecerás —susurra arrastrando un mechón de mi pelo por la frente.

Por un instante el pánico ante una nueva pérdida atraviesa su rostro endureciendo su gesto. Le acaricio con suavidad la cicatriz y después bajo los dedos hasta su labio inferior, empujándolo hacia abajo para abrir su boca.

—No tengo ninguna intención de hacerlo —la aseguro, y espero que le sirva porque no puedo afirmar algo que no depende de mí.

En ocasiones es el destino el que decide arrebatarnos a las personas que amamos antes de tiempo, pero ahora estoy aquí y pienso aprovechar al máximo cada minuto con ella. Aparto el dedo de su boca y lo sustituyo por mis labios en un beso tan lento, profundo y prolongado, que cuando me quiero dar cuenta, estoy calculando mentalmente el tiempo que tardaremos en llegar hasta su casa.

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