Pijama azul
Capítulo 15
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Capítulo 15
Vania Teloy
Jueves, 7 de julio de 2022
Apuro el café y lanzo el vaso a la papelera desde lejos, encestando ante la mirada divertida de Maribel.
—Tenías que ser horrible en tu época de estudiante. Me pregunto a cuántas mujeres sedujiste durante la carrera.
—No fueron tantas, gitana.
Maribel arquea una ceja y me da un suave empujón con el que casi consigue que me estampe contra una camilla.
—Algún día me harás daño y tendré que estrangularte —le advierto bromeando.
—Con lo que yo te quiero —se ríe ella.
Consulto el reloj, después de una operación de urgencia a primera hora que me ha tenido durante tres en el quirófano, siento las piernas muy cansadas y estoy deseando que acabe el turno para llegar a casa y tumbarme un rato.
—¿Por qué tienes tantos arañazos en los brazos? —pregunta Maribel cogiendo mi mano derecha para estudiarme con atención.
Su pregunta me coge desprevenida y lamento no haber preparado una respuesta que me ayudase a esquivar la realidad, una que pensé que ya nunca sería posible.
—Ayer me dio por arreglar un poco el jardín —admito y la mandíbula se le descuelga.
—¿El jardín? —pregunta confusa y mi mueca de resignación la hace arquear las cejas—. ¿Has estado en Besalú?
—Sí. Llevo toda la semana dando viajes con mis cosas, creo que ha llegado el momento de dejar el piso de alquiler y volver a mi casa.
—Vaya… —dice sin parpadear.
—Sí, quizá hoy también me ponga un rato, después de dos años cerrada, la maleza ha invadido todo el patio. He pensado que también podría pintar la casa, cambiarle los tonos, no sé…
Trago saliva notando la creciente sensación de ansiedad en el pecho.
—Eso sería genial, Vania. Estás dando pequeños pasos, pero son importantes. Estar en este piso no te hace ningún bien y tú lo sabes, es como vivir anclada en algo que te duele, y necesitas avanzar de una vez.
—Yo no estoy tan segura —digo turbada—, si dejo el piso ya no habrá vuelta atrás.
—Pues yo sí que estoy segura, y eso es precisamente lo que necesitas, Vania, ir hacia delante. Si quieres este fin de semana me paso por tu casa y te ayudo con la pintura y con las malas hierbas. Puedo llevar a alguna amiga para que nos eche una mano.
—Te lo agradezco, pero todavía no sé exactamente lo que quiero, ni siquiera sé por qué me siento tan rara estos días. Prefiero hacer las cosas poco a poco y en función de lo que me apetezca.
—Claro, no hay problema. La cuestión es que estás avanzando. En cuanto a lo de sentirte rara —dice apostillando la palabra con los dedos—, quizá ella tenga algo que ver —opina señalando hacia el final del pasillo con un gesto sutil de cabeza.
Miro al frente y veo a la doctora Vila caminar con decisión hacia nosotras. El corazón se me desboca como si tuviese un caballo encabritado dentro del pecho. Arlet, como es habitual en ella, viste una de esas camisas que me obligan a mirar su escote sin poder evitarlo. Hoy, al contrario que la mayoría de los días, lleva el pelo recogido en un moño que sujeta con una aguja. De su bata abierta, cuelga esa identificación con una foto que ha logrado captar esa mirada profunda y serena, capaz de calmarme cuando siento que me estoy perdiendo.
—¿Estás bien? —pregunta la gitana a mi lado.
No sé qué contestarle. Es evidente que la presencia de Arlet me altera, y no sé si lo hace porque la intensidad con la que me está mirando no presagia nada bueno o porque la gitana tiene razón y la doctora Vila es la culpable de la confusión que siento estos últimos días.
—Hola —la saluda Maribel en cuanto se detiene frente a nosotras.
—Hola, Heredia. ¿Estáis muy liadas? Necesito hablar contigo —dice dirigiéndose a mí.
—Le digo a Asensio que se ocupe de tu paciente —dice la gitana—. Solo es darle el alta, ¿verdad?
—Sí, gracias.
La gitana se marcha y yo me quedo quieta observando la expresión tensa de Arlet.
—Vamos a mi despacho —ordena y comienza a caminar.
Cojo aire por la nariz y lo expulso lentamente en un intento absurdo de que mis latidos aminoren. La sigo por el pasillo y subimos al ascensor en silencio.
—Siéntate —dice en cuanto entramos en su despacho.
Arlet deja su bata blanca en el colgador y, en lugar de sentarse a su lado de la mesa, vuelve a coger la silla de mi lado y situarse frente a mí. Yo suelto una risa nasal y sarcástica que no logro contener y ella comienza a juguetear con una pulsera de cuerda que adorna su muñeca.
—¿Te haces una idea de por qué estás aquí? —pregunta mirándome fijamente.
—No lo sé, dímelo tú —suelto a la defensiva.
—Te avisé, Teloy.
—¿Esto es por lo del otro día cuando se perdió el crío? —pregunto mosqueada.
—Acusaste a Paula de ser la culpable de su desaparición, Vania. Y esta vez nadie ha tenido que venir a decírmelo porque tuviste la desfachatez de hacerlo delante de mí. De verdad que intento entenderte, pero me lo pones muy difícil.
—Si Paula no sabe trabajar no es mi problema —escupo a pesar de saber que no tengo excusa.
—Que Paula no sepa trabajar bajo presión no significa que no sepa hacer bien su trabajo. También te diré que debe ser muy difícil centrarse cuando sabes que en cualquier momento puede aparecer la doctora Teloy y hacerte sentir una inútil con alguna de sus contestaciones.
La miro y esta vez la vergüenza no me permite defenderme. Sé que no tengo excusa y me doy asco cuando trato de justificarme para seguir echando mierda sobre la enfermera. No quiero hacer lo que hago, pero tampoco he logrado encontrar todavía una manera de pararlo.
—Te voy a mandar a casa tres días —anuncia, y su decisión cae sobre mí como una maza que me hunde poco a poco en el suelo.
—No puedes hacer eso —digo sintiendo la ansiedad apoderarse de mi pecho.
—Ya está hecho, Teloy. Hoy acabas tu turno y no vienes ni mañana ni para la guardia del sábado ni el lunes.
—¿Y qué coño voy a hacer tantos días en mi casa? —escupo poniéndome en pie de manera abrupta.
La silla cae al suelo y, a pesar de haber sido por mi culpa, logra asustarme y hacer que dé un par de pasos hacia atrás hasta llegar a la mesa, donde apoyo el culo y me aferro con las manos en el borde, en un intento absurdo de partir la madera. Arlet se ha puesto en pie y me mira con preocupación mientras yo intento destensar el abdomen y que el labio deje de temblarme cuando intento respirar.
—Teloy… —dice, y da un paso hacia mí.
Alzo una mano y no le permito que siga avanzando. No quiero que se acerque. Tampoco que me toque o me diga cosas que no quiero escuchar.
Dejo la mirada perdida en los dibujos cutres de las baldosas del suelo y me llevo la mano izquierda a la boca para pellizcarme el labio inferior tratando de calmarme. Arlet me permite ese momento y se mantiene en silencio frente a mí, sin acercarse, pero también sin alejarse.
—Sé que no lo entiendes —empieza a explicar cuando me nota más calmada—, pero si no tomo medidas contra tu comportamiento o el de cualquiera que provoque malestar en otros compañeros, mi figura aquí no será más que la de una mujer que rellena papeles y calienta la silla. Me perderán el respeto y eso no voy a consentirlo, ni por ti ni por nadie.
Alzo la mirada y veo como sus ojos se dirigen un instante a mi cicatriz para subir de inmediato hacia los míos.
—¿Te has planteado asistir a terapia? Quizá te vendría bien para sacar lo que sea que tienes ahí, devorándote por dentro.
—¿Qué pasa? ¿Has hablado con la gitana? —pregunto soltando otra risa nasal y cansada.
—No he hablado con Heredia, y deja de llamarla así, por favor.
—La llamaré como me dé la gana mientras a ella no le moleste. Y no, no pienso asistir a ninguna puta terapia, así que dejad de insistir —me envalentono y me arrepiento de inmediato.
Vuelvo a llevarme la mano a la boca y me acerco a la ventana dándole la espalda.
—Lo siento, no he debido hablarte así —me disculpo azotada por la vergüenza de nuevo.
—No, no debes —secunda, y la noto tan cerca de mi espalda que la piel de la nuca se me eriza.
Me doy la vuelta y siento que su mirada se me clava tan hondo como si pudiese verme por dentro. La distancia entre ambas me parece más reducida de lo que debería y la tensión vuelve a mi abdomen para dejar constancia de que mi cuerpo quiere una cosa y mi mente —bloqueada desde hace tiempo— me impide armarme de valor y dar un paso hacia delante que significaría mucho más que la posibilidad de tener sus labios a mi alcance. Al ver que no me muevo ni un milímetro, es ella la que recula devolviéndome un espacio que ya no sé si quiero.
—¿Sabes cuánto hace que no te tomas unas vacaciones o algún día de descanso? —pregunta jugando de nuevo con su pulsera mientras mis ojos bailan entre eso y el escote de su blusa.
—No —respondo cortante.
—Yo sí, dos años y medio.
—¿Y por eso me mandas a casa? ¿Para hacerme un favor?
De nuevo estoy a la defensiva cuando sé de sobra que su preocupación por mí, por mucho que me asombre, es sincera.
—Te mando a casa para que recapacites.
—¿Entonces tengo que darte las gracias?
No le doy tiempo a responder y la rodeo para abandonar el despacho, hasta que noto cierta presión en el abdomen y me doy cuenta de que ha puesto su mano ahí para detenerme.
—Sal por ahí, Teloy, busca algo que hacer que te guste y desconecta un poco. Te irá bien —susurra y la respiración se me corta.
—No te preocupes tanto, algo se me ocurrirá —escupo y le aparto la mano con soberbia antes de abandonar el despacho.