Pijama azul
Capítulo 16
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Capítulo 16
Arlet Vila
Viernes, 8 de julio de 2022
—¿Me has llamado? —pregunta Heredia desde la puerta después de haber golpeado con los nudillos previamente.
—Sí, pasa, por favor. Siéntate —le pido señalando la silla frente a mí.
Heredia se desabrocha los botones de la bata y se sienta cruzando una pierna sobre otra.
—Iré al grano, Heredia. Quería preguntarte por algo, pero antes quiero dejar claro que no estás obligada a contestarme y que no tienes que darme ninguna justificación. Si no quieres responder, me lo dices abiertamente y sin reparos. No hay problema, ¿de acuerdo?
—Quieres saber qué opino de que hayas enviado a Vania a casa, ¿verdad? —trata de adivinar con mirada interrogante.
—Pues no era esa la pregunta que te ha traído aquí, pero ya que lo mencionas, para mí sería muy importante saber tu opinión teniendo en cuenta que, hasta donde sé, eres su mejor amiga.
—Sí que lo soy, y la única —admite y cabecea otorgándose cierto mérito, cosa que merece teniendo en cuenta lo difícil que es acercarse a Vania Teloy.
Su risa logra contagiarme y también que me relaje un poco. Acostumbrada al comportamiento hostil de Teloy, he llegado a pensar que Maribel Heredia también acudiría aquí a la defensiva, ofendida porque he sancionado a su amiga.
—¿Y bien? ¿Crees que me he pasado? —insisto cruzando las manos sobre la mesa.
—Opino que a Vania la tendrían que haber enviado a su casa hace mucho tiempo. Es mi mejor amiga y puedo arrancar cabelleras enteras por ella, pero alguien tiene que pararle los pies y hacerle ver que comportarse así, no va a cambiar nada. Ella piensa erróneamente que así se siente mejor, y no es cierto, en dos años me ha dado tiempo a conocerla muy bien.
—No le sentó nada bien, parecía aterrada ante la idea de tener demasiado tiempo para ella —comento porque me siento cómoda hablando con ella.
Maribel Heredia es todo lo contrario que su amiga, es cercana y siempre parece tener una sonrisa disponible para quién la necesita.
—Claro, porque no quiere estar sola. Me refiero a que nunca para. Cuando sale de aquí suele descansar un poco y después sale a caminar durante al menos tres horas para que la tarde se le pase rápido. Todavía no has tenido tiempo de ver mucho, pero siempre es voluntaria cuando hay que hacer suplencias o cuando un accidente como el del autobús del mes pasado desborda las urgencias.
—Cualquier cosa menos estar sola en casa —añado suspirando.
—Exacto.
—Y ahí es justo donde yo la he mandado.
—No te sientas mal, Arlet, tiene que enfrentarse a sus demonios en algún momento, y creo que lleva unos días haciéndolo, aunque ella no se dé cuenta.
—¿Qué demonios son esos, Heredia? ¿Qué pasó aquí hace dos años? Supongo que te habrá comentado que el informe aparece en blanco.
—Sí, me lo dijo.
—¿Y me lo puedes contar? ¿O te pongo en un compromiso con ella? —pregunto haciendo un mohín.
—Vania ladra mucho y muerde poco, ya te irás dando cuenta. Y, por supuesto que te lo voy a contar, tienes derecho a saberlo.
—Pues soy toda oídos.
—No sé ni por dónde comenzar —dice negando.
—El principio estaría bien, Heredia.
—Vania estaba casada —dice dejándome paralizada—, su mujer falleció aquí hace dos años, en urgencias.
Me quedo bloqueada unos instantes, tratando de encajar esa información en mi cabeza. Me parece que estaba preparada para escuchar cualquier cosa menos esa.
—¿Cómo murió? —pregunto y la voz apenas me sale en forma de aullido.
—Era mi primera semana aquí, imagínate —dice haciendo una mueca—. Dieron el aviso de un atropello a un par de manzanas del hospital, la ambulancia no tardó nada en llegar como imaginarás. Se trataba de una mujer a la que había arrollado una moto, el impacto al parecer fue brutal. Ella iba con prisas y cruzó por donde no debía, la moto la arrastró durante metros antes de empotrarse contra un coche con ella en medio.
—Madre mía —digo con los pelos de punta.
—Cuando llegó la ambulancia todavía estaba viva, pero no había nada que hacer por ella. La trajeron aquí y, a pesar de tener la cara destrozada, el doctor Abel Asensio la reconoció gracias a un tatuaje. Por lo visto, y de esto me enteré hace poco, él y Teloy eran amigos antes de eso. No conocía personalmente a Lucía, la mujer de Vania, pero sí que la había visto alguna vez en la puerta de urgencias cuando venía a buscarla.
—¿Teloy trabajaba ese día? —pregunto compungida, incapaz de imaginarme lo que debió sentir al perder a su mujer.
—Sí, estaba en el quirófano, y aquí viene el origen del problema —explica y yo frunzo el ceño sin comprender.
—¿Te refieres a su comportamiento?
—Así es. Asensio le pidió a una enfermera que fuese a avisarla de inmediato con la esperanza de que pudiese despedirse de su mujer.
Carraspeo y me atraganto con mi propia saliva. Como doctora he tenido la desgracia de presenciar muchas situaciones parecidas, sin embargo, pensar en Vania como protagonista es algo que me afecta de un modo mucho más directo.
—Lo siento —me disculpo al mismo tiempo que me aprieto el puente de la nariz.
—La enfermera entró en el quirófano, pero en lugar de decirle a Vania que su mujer se estaba muriendo en urgencias, solo le dijo que Asensio la requería de forma inmediata. Teloy le contestó que estaba a punto de acabar y que no iba a dejar la operación a medias, que fuese lo que fuese, Asensio se las apañaría, y la enfermera, que era nueva igual que Paula, aceptó su respuesta y cerró la puerta.
—Joder —lamento todavía con la garganta irritada.
—Vania llegó a urgencias apenas diez minutos después, pero Lucía había muerto hacía cuatro. Yo lo observaba todo desde la isla central, ella llegó allí justo cuando Asensio salía del box. Vania se quedó parada frente a la puerta observando a la mujer que yacía sobre la camilla. La tenías que haber visto, Arlet, se quedó petrificada, no necesitó que nadie le dijera quién era, lo supo en cuanto la vio. Recuerdo que Abel le hablaba y la sujetaba por el brazo y ella estaba como ida, no reaccionaba, no gritó de rabia ni derramó una sola lágrima, simplemente estaba allí, observando a su mujer muerta.
No sé en qué momento la doctora Heredia ha comenzado a llorar al recordarlo, pero yo tengo que hacer esfuerzos enormes para contener las lágrimas que amenazan con saltar de mis ojos en cualquier momento.
—Lo siento, es que fue un día terrible —se lamenta secándose los ojos.
—Me hago cargo, Heredia.
Me levanto y le acerco una caja de pañuelos de papel al mismo tiempo que me siento a su lado como suelo hacer con Teloy.
—Recuerdo que el doctor Asensio le pidió a alguien que trajese una silla de ruedas, tenía la intención de sentar a Vania porque presentía que en cualquier momento se iba a desplomar. La misma enfermera que había ido al quirófano a avisarla, apareció con la silla. Cuando Vania la vio, fue como si algo le hubiese estallado en la cabeza, se abalanzó sobre ella gritándole que era una inútil. Las dos cayeron al suelo y se golpearon con la silla, la enfermera además se dio un golpe en la cabeza que le provocó una conmoción. Entre los que estábamos allí las separamos y fui yo la que se quedó con Vania, a la que no conseguí levantar del suelo. De nuevo se quedó ida, sin derramar ni una sola lágrima. Al ver que conmigo parecía estar serena, Abel me pidió que me quedase con ella mientras él se encargaba de avisar a su familia.
—Tuvo que ser horrible.
—Mucho peor que eso, Arlet. Lucía era italiana, toda su familia era de allí y la de Vania está en Galicia. Sus padres cogieron el primer avión disponible, pero eso no impidió que necesitasen más de tres horas para llegar al hospital. Tres horas en las que ella estaba sola con su mujer muerta, culpando a la enfermera por no haberla avisado y a Abel por no haber ido él personalmente.
—Por eso arremete contra las enfermeras —concluyo suspirando.
—Sí, cada vez que ve a una, recuerda la incompetencia de aquella y se frustra. En parte la entiendo, si le hubiese dicho que su mujer estaba en urgencias, le hubiese dado tiempo de despedirse de ella.
—Pero eso no justifica que las meta a todas en el mismo saco.
—Exacto.
—¿Qué pasó con la enfermera? ¿Sigue trabajando aquí?
—Que va. Cogió la baja después de la agresión y ya no volvió, Jose Ramón movió los hilos para conseguirle un puesto en otro hospital.
—¿Denunció a Teloy?
—No. Recuerdo que Vania estuvo semanas esperando que en cualquier momento la suspendieran, pero la denuncia nunca llegó. Supongo que la chica en parte se sintió culpable, no lo sé.
—Deduzco que Teloy no se cogió ninguna baja por aquello.
—Para nada. Quiso seguir trabajando, era como una pared de piedra. Jose Ramón me pidió que me convirtiera en su sombra una temporada. Imagínate, yo era nueva y no conocía a nadie y van y me endosan a Vania —sonríe y se sorbe los mocos al mismo tiempo.
—Te tocó el premio gordo —bromeo yo también.
—Sí, nos convertimos en inseparables, poco a poco me la fui ganando, pero todavía no he conseguido que hable del tema, y sé que no la ha llorado. Es incapaz de perdonarse por no haber salido de aquel quirófano y creo que considera que su castigo es seguir sufriendo. Vivían en un piso alquilado aquí en el centro, le he dicho a Vania mil veces que tiene que irse de ahí, que eso solo la mantiene anclada a su recuerdo.
—No me extraña que no quiera pasar tiempo en casa.
—Bueno, creo que algo está cambiando en ella estos últimos días —explica y vacía sus pulmones por completo—. Ayer me dijo que había estado llevando cosas a su antigua casa en Besalú, donde vivía antes de casarse con Lucía. Se estaba planteando dejar el piso por fin, así que pienso que estos días que le has dado le pueden venir muy bien para terminar de decidirse.
—O de desmoronarse —añado preocupada.
—Tú le haces bien, Arlet —anuncia sorprendiéndome—, creo que ese cambio en ella se ha iniciado desde que tú apareciste, así que por favor, no dejes de hacer lo que sea que haces.
Me quedo boquiabierta, incapaz de encontrar nada en mi comportamiento hacia Teloy que pueda servir para ayudarla, hasta ahora solo le he echado broncas.
—Tengo que volver a urgencias —dice poniéndose en pie.
—Por supuesto. ¿Hay algún problema si le digo a Teloy que me lo has contado?
—Ninguno, a mí sus ladridos no me afectan, no te preocupes —declara con desparpajo.
—Gracias por todo, Heredia.
—A ti por cruzarte en su camino —contesta y abandona mi despacho.