Pijama azul
Capítulo 17
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Capítulo 17
Vania Teloy
Sábado, 9 de julio de 2022
Después de pasarme todo el día de ayer arrancando la mala hierba del jardín y metiéndola en sacos de rafia, estaba demasiado cansada como para conducir y decidí quedarme a dormir aquí por primera vez. Me costó conciliar el sueño, acostumbrada al ruido constante de coches y autobuses en mi piso de Gerona, el silencio absoluto de las noches en Besalú me resultaba inquietante. Despierta desde hace más de una hora, y después de haber remoloneado en la cama tratando de decidir en qué invierto el tiempo hoy, me levanto y abro la ventana para ventilar. La primera imagen son esos montones de sacos agrupados en el rincón junto a la puerta trasera del jardín que tendré que ir tirando poco a poco al contenedor.
Ayer por la mañana compré maya anti hierba y también todo lo necesario para pintar el comedor y la habitación. Pensarlo me hace suspirar, quiero hacer tantas cosas que no sé por dónde comenzar, la organización nunca ha sido mi fuerte y, además, tengo los riñones molidos después de haberme pasado horas arrancando hierba. Lo primero que hago tras beberme un vaso de zumo es salir a correr, después me doy una ducha y me acerco al supermercado para comprar todo lo necesario por si decido quedarme aquí estos días.
Cuando vuelvo, me pongo un pantalón corto de estar por casa, una camiseta de tirantes vieja y comienzo a precintar todos los rincones para poder pintar después. Mientras lo hago, pienso en Arlet y en que es culpa suya que esté aquí, tratando con agobio de llenar las horas para que los días acaben cuanto antes y pueda volver a la única rutina que me deja respirar.
Son más de las dos cuando termino de pintar la primera pared del salón, el resultado me gusta, pero la idea de pintar otra me agobia y de repente, estar encerrada no es lo que más me apetece. Salgo al jardín, a ese que cuando vivía aquí me ocupaba de mantener cuidado y que solo está convertido en un montón de metros cuadrados de tierra virgen que debo ocultar si no quiero que esto se convierta otra vez en una selva. Cojo uno de los rollos de malla y, cuando me dispongo a desplegarlo para clavarlo en el suelo con piquetas, el móvil empieza a sonar en la repisa de la ventana en la que lo he dejado. Me seco el sudor de la cara con el brazo y descuelgo al ver el nombre de la gitana en la pantalla.
—Dime.
—Acabo de salir del hospital, me paso y comemos juntas —anuncia casi sin aliento.
—No estoy en Gerona, estoy en Besalú. Déjalo para otro día, gitana.
—Ya me imaginaba que dirías eso. Esta mañana le he encargado comida para las dos a Margarita. Ahora mismo la recojo y en media hora estoy ahí —dice y cuelga antes de que pueda negarme.
Le paso la ubicación porque, aunque le he hablado alguna vez de esta casa, jamás la he traído. Cuarenta minutos más tarde, y justo cuando tengo unos metros de malla a medio poner, suena la campana que hace de timbre en la puerta de la calle y me irrito al escucharla. Me acerco y cuando abro, encuentro a Maribel jugueteando con el cascabel y una amplia sonrisa.
—Qué pasada, ¿cuántos años tiene esta casa?
—Más de cien, y la próxima vez tocas el timbre, que para eso lo puse en su día —ladro y le señalo el botón.
—Paso, a mí me gusta la campana, es más misteriosa, como tú —dice antes de besarme en la mejilla y pasar por mi lado sin inmutarse.
Cierro la puerta tras ella y me quedo a su lado cuando lo escanea todo con la mirada.
—Qué desastre, ¿cuántos sacos de mierda hay ahí?
—Unos veinte, si te gustan, puedes llevártelos.
—Qué graciosa. ¿Tienes una mesa donde podamos comer? —pregunta mientras observa la malla y las herramientas que tengo desparramadas por el jardín.
—Algo podremos hacer, pasa.
El comedor no está mucho mejor, para poder pintar he tenido que mover el sofá y lo tengo pegado a la mesa, por no hablar de que está todo tapado con plásticos.
—La Virgen bendita, eres un puto desastre. ¿Qué ibas a comer si no llego a venir? —pregunta y yo no sé qué responder.
Tiro del plástico que cubre la mesa y las sillas y me voy a la cocina a por platos y cubiertos. La gitana lo dispone todo mientras cojo algo para beber y cuando vuelvo, se me hace la boca agua. Margarita nos ha preparado carne en salsa, una ración doble de croquetas caseras y una ensalada mixta.
—Y de postre crema catalana, la tuya sin quemar —anuncia Maribel y nos sentamos.
Lo primero que hago es coger un trozo de pan y mojarlo en la salsa. Margarita debería patentar este guiso, jamás he probado un plato tan bueno como este en ningún sitio, y eso que es muy común.
—¿Cómo lo llevas? —pregunta Heredia con la boca llena.
Me encojo de hombros, no sé si lo llevo bien o lo llevo mal. Solo sé que tengo algo ahí dentro del pecho que me revolotea y no me deja centrarme.
—¿Has dormido aquí?
—Sí, y ha sido raro. El silencio, la frescura de las paredes de piedra, el canto de los pájaros a primera hora de la mañana. Ya no recordaba lo que era todo esto.
—Qué envidia, si yo tuviera una casa así, en un pueblo tan bonito como este, te aseguro que lo último que haría sería vivir en la ciudad. Deberías quedarte aquí, Vania, el cambio de aire te vendrá muy bien, y aquí también tienes sitios por los que salir a caminar.
—Ya.
—Ayer hablé con Arlet —anuncia de repente, y en cuanto escucho su nombre ese run run que tengo en el pecho se vuelve más intenso.
—¿De qué?
—De ti.
Me quedo inmóvil mirándola. No necesito que me lo aclare para saber cuál fue el tema principal.
—Me da igual si te enfadas, tiene derecho a saberlo.
—No he dicho nada —contesto de manera mecánica.
—No hace falta, tu expresión siempre ha sido demasiado transparente, Vania, no es difícil saber cuándo estás enfadada y cuando no.
—No estoy enfadada, es solo que no sé cómo estoy —confieso y mi amiga deja de comer para mirarme—. Me siento muy perdida últimamente.
—Creo que lo que te pasa es que sabes que ha llegado el momento de avanzar, Teloy, pero sigues tan anclada a lo que pasó aquel día, que te tiene bloqueada. Tienes que llorar a Lucía de una vez y cerrar ese episodio de tu vida, estoy convencida de que ella no querría esto para ti.
—Lo que ella quisiera da igual porque ya no está —escupo alterada.
—Exacto, ella no está, pero tú sí y pareces una muerta en vida. Deja de esconderte en esa culpabilidad absurda y afronta de una vez lo sucedido. Has apartado a todo el mundo de ti —dice sin dejarme responder—. En todo este tiempo no has ido a Galicia con tu familia ni una sola vez, dejaste de hablarle a Abel y te volviste tan hermética que ningún otro médico se atreve a acercarse a ti. Has trazado un círculo a tu alrededor que nadie puede traspasar, Vania, y eso no puede ser.
—Tú lo has traspasado —digo a modo de defensa.
—Yo no puedo ser la única persona de tu vida, Vania. ¿Por qué no empiezas la terapia? Yo creo que ya estás lista para hablar de aquel día con alguien profesional…
—Tú no tienes ni idea de si estoy lista o no. No pienso ir a la terapia, así que deja de pedírmelo —digo de mal humor.
Golpeo la mesa con los cubiertos y me levanto para salir al jardín y que me dé el aire. Heredia sale detrás de mí y su pecho se pega a mi espalda antes de que sus brazos me rodeen y me aprisionen con fuerza. Me tenso, y después me agarro a sus manos con las mías para que no me suelte. Las lágrimas amenazan con brotar de mis ojos y, aunque me gustaría llorar y sacarlo todo de una vez, de nuevo me esfuerzo y logro controlarlo.
—Perdona —exhalo en un susurro.
—No pasa nada —dice y me da un beso en el hombro—. ¿Nos comemos la crema catalana? Sería un pecado dejarla ahí —dice haciéndome reír.