Pijama azul

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Capítulo 18

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Capítulo 18

Arlet Vila

Domingo, 10 de julio de 2022

En el momento que pones un pie sobre el puente románico de Besalú que sirve para salvar el río Fluvià, te sientes como si volvieses a la edad media. Calles estrechas y empedradas, casas con ventanas de madera, arcos y tiendas artesanales que sirven para dar entidad a una de las poblaciones de origen medieval más bonitas y mejor conservadas de Cataluña.

Sigo las indicaciones del navegador a pie hasta llegar a la casa que busco. Evito hacer sonar la campana tal y como me advirtió ayer la doctora Heredia cuando le pregunté dónde podía encontrar a Teloy. Pulso el timbre y al no obtener respuesta lo hago una segunda vez. Espero con paciencia, pero nadie sale a abrirme y temo que Vania haya podido verme asomada desde algún punto de la valla sin que yo la viese. Esta vez hago sonar la campana sin importarme en absoluto que pueda no gustarle, en cualquier caso, el resultado es el mismo.

Miro a un lado y a otro de la calle en busca de alguna terraza en la que sentarme a tomar algo, quizá Teloy haya salido a dar uno de sus largos paseos para evitar pasar el tiempo entre las cuatro paredes, pero en el último momento, decido bajar la maneta de la puerta para descubrir que está abierta. Empujo con cautela y accedo al jardín.

—¿Hola? —pregunto en voz alta.

No recibo ningún tipo de respuesta y, aunque debería abandonar la casa para que no me denuncie por allanamiento, la intriga al ver un montón de sacos amontonados en un rincón y un par de parches de césped artificial perfectamente colocado en un lateral, me hace caminar por las inmediaciones de la casa para descubrir horrorizada que lo tiene todo patas arriba. Hay rollos de césped a un lado y a otro, otros de malla artificial, herramientas esparcidas por el suelo y ni rastro de Teloy.

La puerta de entrada a la casa está abierta de par en par. Subo el escalón que da acceso y la vuelvo a llamar.

—Vania, ¿estás ahí?

Si el jardín es un desastre, el comedor es para salir corriendo. Todo el mobiliario está en el centro de la sala tapado por plásticos, dos paredes pintadas y otra que ha dejado a medias.

—¡Vania! —vocifero comenzando a preocuparme como si la hubieran secuestrado.

Salgo de la casa y decido rodear todo el jardín antes de permitirme invadir su intimidad para buscarla habitación por habitación si es necesario. Al llegar a la parte trasera de la casa, descubro que hay otra puerta de acceso que da a la calle de detrás y que también hay un garaje cuyo portón corredero de madera está también abierto. Al asomarme me quedo boquiabierta al descubrir a Teloy sentada en el suelo junto a una moto de gran cilindrada, con las manos llenas de grasa y parte del cuerpo también. Está tan concentrada engrasando lo que sea que engrasa, que no ha reparado en mi presencia.

—Teloy —digo con voz suave, aun así, no puedo evitar que dé un respingo y se ponga en pie de un salto.

—¡Joder! —brama en cuanto me reconoce—. ¿Qué haces aquí, Arlet? —exige saber de malas formas.

—Lo siento, he llamado varias veces y como no obtenía respuesta, he entrado a echar un vistazo cuando he descubierto que la puerta estaba abierta.

—No me refiero a eso, me refiero a cómo me has encontrado —ladra todavía sofocada por el susto.

Ya no puedo contestarle, mi mirada baila hipnotizada por su cuerpo, cubierto por un pantalón corto y una camiseta de tirantes. El pelo recogido en una cola alborotada con los mechones sueltos pegados en la cara por el sudor y una de las muchas manchas de grasa que cubren su piel, salpicando parte de esa cicatriz que llama tanto mi atención.

—No me lo digas, también se lo has sonsacado a la gitana —adivina ella—. ¿Hay algo más que deba saber de ti? Además de que eres una cotilla y que te gusta colarte en casas ajenas, claro.

—Hay muchas cosas que podría contarte sobre mí si algún día quieres —declaro, y consigo dejarla sin palabras durante unos segundos.

—¿Qué haces aquí? —insiste limpiándose con un trapo.

—Quería saber cómo estabas.

Vania suelta una de sus risas nasales y sarcásticas y deja el trapo sobre la moto para salir del garaje.

—Pues ya ves, estoy perfectamente. Te agradezco la visita, pero como puedes ver, tengo bastante trabajo que hacer.

—Sí, ya me he dado cuenta de que eres un completo desastre —afirmo contundente mirándolo todo a mi alrededor.

—¿Perdona? —pregunta con irritación.

Lo que para ella pretende ser un gesto hostil, a mí me resulta seductor y tan magnético que la rodearía con los brazos y no la soltaría hasta sentirme saciada de ella.

—Lo has comenzado todo y no has terminado nada. Organización, Teloy, primero una cosa y después otra.

Vuelve a reír, esta vez de un modo diferente que no esconde su sorpresa cuando ve que le digo las cosas sin cortarme.

—¿Has terminado tu clase magistral?

—No —contesto y me ahueco la camiseta—. Sé educada e invítame a una cerveza o un vaso de agua si no tienes, porque vas a tener que llamar a la policía si quieres que me marche.

Vania abre la boca dispuesta a escupir alguna de sus perlas, sin embargo, en el último momento se lo piensa y se marcha indignada hacia el interior, para volver un minuto después con una cerveza fresca que me alivia un poco del calor sofocante.

—No sabía que tuvieras una moto —comento señalando hacia el garaje y ella se gira para observarla con orgullo.

—Hace mucho tiempo que no la cojo —confiesa después de dar un trago a su cerveza—. Le estaba haciendo una puesta a punto.

—¿Has terminado?

—Solo me falta probarla.

Me entrega su botellín y se sube encima de ese monstruo que pesa más que ella. Quita el caballete, presiona la palanca y el motor suelta un rugido que me sobresalta. Teloy da gas varias veces y suspira satisfecha antes de pararla y bajarse.

—Le he tenido que cambiar la batería, pero después de toda la mañana con ella, creo que ya está lista.

—Así que sabes de mecánica.

—Sé de muchas cosas, doctora Vila, puede que no sepa organizarme en casa, pero lo que hago, lo hago bien.

—No lo dudo. Vamos a terminar de pintar ese salón aprovechando el fresco de la casa. Después me das una vuelta en esa moto y a cambio te invito a comer.

Vania me observa perpleja, pero me sigue cuando me doy la vuelta y me dirijo hacia la entrada. Durante la siguiente hora y media, yo me ocupo de pintar las esquinas y hacer los remates pequeños mientras ella pasa con el rodillo por toda la pared. El resultado después del esfuerzo es espectacular y muy satisfactorio. El color ocre que ha escogido hace resaltar las vigas de madera que decoran el techo y algunas de las paredes. Como consecuencia, lo que tiene ahora es un espacio muy acogedor en el que no me importaría pasar el invierno con ella.

—Me encanta —digo mirando a un lado y a otro.

Vania permanece inmóvil con el rodillo en la mano, observando con seriedad.

—Por fin está acabado, odio pintar —reconoce y yo me río.

—No está acabado, ahora hay que retirar la cinta y colocarlo todo en su sitio.

Se gira hacia mí y me observa resoplando.

—No lo vamos a dejar a medias.

—Podríamos poner un trozo de césped del jardín —propone con agobio.

—Ya entiendo, no aguantas mucho rato en el mismo sitio —deduzco y ella carraspea al sentirse descubierta.

—Me agobio, yo no…

—No pasa nada. Yo me ocupo de esto, tú ve a ducharte antes de que la grasa te acabe entrando en los ojos.

Teloy me observa desconcertada y se aparta varios de esos mechones alegres y traviesos que se le escapan por la cara.

—La verdad es que no te entiendo —suelta por fin—, me suspendes de empleo y sueldo y ahora te presentas en mi casa para ayudarme a pintar e invitarme a comer. Eres la mujer más desconcertante que conozco.

Me gustaría decirle que ella es la mujer más bonita que he visto nunca, pero, para mi disgusto, es muy posible que no esté preparada para escuchar algo así y decido callarme.

—Me caes bien, Vania, y me gustaría que ahora solo me veas como a una amiga y no como a esa jefa a la que no soportas.

—Yo no he dicho que no te soporte, solo que eres un poco irritante —reconoce, y me da la espalda para dirigirse al baño.

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