Pijama azul
Capítulo 19
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Capítulo 19
Arlet Vila
Domingo, 10 de julio de 2022
—¿Seguro que sabes llevar este cacharro?
La doctora Teloy me mira con cierto aire gamberro mientras quita el caballete de la moto. Su pelo todavía está húmedo después de la ducha y la brisa hace que me llegue el aroma de su champú, haciendo que sienta un deseo casi irrefrenable de hundir la nariz en su pelo.
—Eres tú la que ha propuesto salir en moto, ¿vas a echarte atrás? —pregunta con chulería antes de ponerse el casco y ocultar su cicatriz con la visera.
Me pongo el que me ha dejado como toda respuesta y le abro la puerta para que pueda salir a la calle. La cierro y sin dudarlo ni un solo instante, apoyo el pie izquierdo en la estribera y después de agarrarme a sus hombros, me impulso hacia arriba y paso la pierna derecha hasta sentarme. El esfuerzo hace que la costra que todavía me queda en el costado se estire y me provoque una punzada de dolor que me sorprende y me hace aullar más fuerte de lo que me hubiera gustado. Teloy se sube la visera y se gira hacia atrás para mirarme.
—¿Estás bien?
—Sí, no es nada, solo me ha tirado un poco.
—¿Segura? Porque si es una excusa para que cojamos el coche te ha salido muy bien —dice y me guiña un ojo que me deja sin aliento.
—Vete a la mierda —respondo riendo y le doy un apretón en el hombro.
Ella responde haciendo rugir esa bestia y dándome una palmada en la pierna para anunciar que se pone en marcha.
—Agárrate bien, no me gustaría perderte por el camino —bromea y yo me río.
Teloy arranca con suavidad, serpenteando por las calles hasta llegar a la salida del pueblo, donde accede a la carretera general para perderse entre sus curvas con un dominio que me deja sorprendida. Me acomodo contra su espalda, rodeando su cintura con firmeza mientras asomo la cabeza por encima de su hombro derecho para disfrutar de las vistas. Me dejo llevar sin saber muy bien hacia dónde se dirige, hasta que media hora después veo el cartel que anuncia que hemos llegado a Ampuriabrava, una población costera de la provincia de Gerona conocida como la Venecia de la Costa Brava debido a los canales de agua que se adentran por gran parte de la población. Teloy conduce hasta la playa, donde dejamos la moto y nos apeamos para buscar un restaurante frente al mar.
—Espero que te guste el sitio, hace mucho que no vengo y me apetecía volver a dar una vuelta por aquí —dice cuando tomamos asiento en una de las terrazas.
—Me encanta este lugar —aplaudo sonriente—, yo también hacía mucho tiempo que no venía, de hecho, creo que hace demasiado que no voy a ninguna parte.
—Háblame de ti —me pide a bocajarro y yo me quedo muda porque no me lo esperaba.
El corazón se me acelera hasta hacerme sentir un cosquilleo parecido al que he sentido en su moto en alguna de las curvas, solo que ahora no es la adrenalina la que me lo provoca, sino ella.
—Antes has dicho que había muchas cosas de ti que podías contarme, quiero saberlas —exige como si debiese argumentar su interés.
Carraspeo y doy un sorbo a la copa de vino que acaban de servirnos como cortesía de la casa.
—¿Qué van a tomar? —pregunta un camarero grandullón que oculta su prominente barriga tras un delantal.
—¿Te apetece una paella para compartir? —le pregunto a Teloy y ella afirma.
—¿Carne o marisco? —pregunta el hombre.
Le hago un gesto a Teloy para que decida ella porque a mí me gusta de las dos maneras.
—Marisco —contesta y el hombre desaparece llevándose las cartas.
—Vale, ¿qué quieres saber? —le pregunto para que oriente la conversación por dónde quiera.
—Tu familia, ¿eres de Gerona?
—Nací y me crie allí entre semana, los fines de semana los pasábamos en Calella de Palafrugell, donde mis padres tenían un apartamento que ahora tienen alquilado. Tengo una hermana más grande, Berta, la conociste cuando vino a buscarme al hospital.
—La recuerdo —dice mirándome con atención, sin perderse ni un detalle de lo que le explico.
Su interés me pone nerviosa. Lo que empiezo a sentir por ella hace que de nuevo me entren dudas y no sepa si solo es educada o de verdad le interesa, en cualquier caso, me siento bien hablando con Vania.
—Está casada y tiene dos hijos, Héctor y Víctor, mis niños favoritos porque no tengo otros —bromeo y ella suelta una risotada sincera, la primera que le veo.
Dos hoyuelos simpáticos adornan la comisura de sus labios al estirarlos y el aleteo de mi estómago se amplía invadiendo todo mi pecho.
—Has sonreído —afirmo pletórica y ella se pone roja.
—No es verdad —trata de negarlo, pero no sabe mentir y eso le produce más risa.
Me llevo ambas manos a la boca mientras la observo embobada, conteniendo con aplomo las ganas que tengo de alzar el cuerpo sobre la mesa para besarla y suplicarle que no deje de sonreír, porque eso la vuelve más bonita de lo que ya es ante mis ojos.
—Sería genial verte así más veces.
Mi mano se ha estirado sin obedecer a mi mente y ha cogido una de las suyas sobre la mesa. Teloy se tensa y contiene la respiración. Temo haberla incomodado y retiro la mano de inmediato sintiendo como el rubor se apodera de mis mejillas mientras me maldigo a mí misma por esta metedura de pata.
—Lo intentaré —dice para mi sorpresa, y se aparta cuando el camarero llega con nuestra paella.
Soy yo la que se encarga de servir una ración para cada una.
—¿Está buena? —pregunto cuando se mete la primera cucharada en la boca.
—Mucho —afirma saboreándola con deleite.
—Cierto —secundo tras probarla.
—¿Dónde vives ahora? —se interesa de nuevo.
—En Sant Feliu de Guíxols. Mis padres me regalaron una casa allí cuando me licencié, igual que a mi hermana, aunque ella la tiene también alquilada y vive en Palamós.
—¿Casada? —pregunta y el aleteo me deja la boca seca.
—Nunca. Aunque una vez estuve a punto, con la última de mis parejas —admito, y noto ese regusto amargo que me entra al recordarlo.
—¿Y qué pasó?
—Que cuando faltaban un par de meses para la boda me dijo que quizá nos habíamos precipitado dando ese paso. Yo me quedé un poco desconcertada porque precisamente fue ella la que me lo pidió, yo ni siquiera me lo había planteado hasta entonces.
Trato de valorar su reacción ante el hecho de que ahora sabe con certeza que a mí también me gustan las mujeres, pero Vania permanece observándome impasible, como si ya lo supiera o simplemente no le interese el dato en absoluto, lo cual me inquieta.
—Cancelamos la boda, a mí no me importó porque ese paso lo iba a dar por ella, porque le hacía ilusión. El caso es que las siguientes semanas empezó a estar rara. Se volvió distante, cada vez estaba más ocupada y tenía menos tiempo para nosotras, además la pillé en un par de contradicciones que me hicieron sospechar que había otra.
—¿Y la había? —se interesa rebañando los últimos granos de su plato.
—No lo sé. Me dejó antes de que pudiera averiguarlo. Le hicieron una oferta para un puesto en Inglaterra y decidió aceptarla alegando que era lo mejor para las dos, y después de aquello no me pareció que mereciese la pena indagar para descubrir algo que solo podía hacerme más daño.
—¿Cuánto hace de eso?
—Dos años y medio más o menos.
—¿Y desde entonces ha habido alguien más?
—Nada que merezca la pena reseñar —admito y ella asiente.
—Debió ser importante para ti si estabas dispuesta a casarte con ella —dice, y noto la sensación de pérdida en su mirada.
—Lo era, pero eso quedó atrás. Hay que mirar hacia delante, Teloy.
Me mira un instante antes de comenzar a marear con la cuchara el único grano de arroz que queda en su plato, jugueteando abstraída.
—¿Te puedo preguntar cómo estás?
Vania alza la mirada y me la clava de tal modo que el aliento se me congela.
—Sé que la gitana habló contigo, pero no quiero hablar de mí. ¿Cómo se llamaba tu ex? —pregunta.
Sé que no le interesa para nada su nombre y que lo único que trata es de reconducir la conversación hacia un lugar que no le duela.
—Estel.
—¿Estel? —repite con las cejas alzadas—. ¿Qué nombre es ese?
—En castellano sería Estrella.
—Es verdad —sonríe haciendo un mohín—. ¿Alguien más así de importante en tu vida?
—En la universidad me enamoré hasta las trancas de una profesora quince años mayor que yo.
—¿Y pasó algo entre vosotras? —se interesa con aire socarrón.
—Algo —admito y pongo los ojos en blanco—. Si te portas bien, quizá algún día te lo cuente, fue bastante intenso y lo pasé muy mal cuando se acabó.
—Lo siento.
—Yo también lo siento, Teloy.
La cuchara se le cae de la mano cuando de nuevo la mía ha cogido la suya para darle un apretón afectuoso que le deja claro que no hablo de mi pérdida, sino de la suya.
—Gracias —dice con un hilo de voz.
—¿Te apetece dar un paseo para bajar la comida? —propongo para sacarla de ese estado—. Podemos ir hasta las casetas y alquilar una barca para recorrer los canales.
—Solo si me dejas conducir a mí —dice, y se rasca la cicatriz haciendo que mis ojos se pierdan en ella.