Pijama azul
Capítulo 20
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Capítulo 20
Vania Teloy
Domingo, 10 de julio de 2022
—¿Te puedo preguntar cómo te la hiciste? —inquiere Arlet, señalando mi cicatriz con curiosidad mientras navegamos por los canales de Ampuriabrava.
—Sorpréndeme con tus teorías —respondo mirándola de soslayo.
—Muy bien —dice con cierto aire de misterio que me divierte, y se gira hacia mí haciendo que quite la mano de la palanca del acelerador cuando sus dedos se posan en mi barbilla y ladea mi cara hacia ella.
Arlet observa mi cicatriz con ojo clínico mientras yo trato de comprender por qué me cuesta respirar y siento ese cosquilleo donde sus dedos están tocando mi piel.
—Vamos a ver —comienza haciéndose la interesante—. La cicatriz es muy antigua, me atrevería a decir que como poco de tu adolescencia, tal vez incluso más. Lo que me lleva a pensar que esto es fruto de alguna travesura que no salió como tú esperabas. ¿Me equivoco?
—Vaya —exclamo realmente sorprendida.
—¿Cómo fue? —pregunta acompañando sus palabras de una caída de pestañas que me detiene el corazón.
Me recompongo como puedo y vuelvo a accionar la palanca para seguir navegando.
—Tenía diez años y estaba en el patio del colegio cuando la niña que me gustaba pasó por el lado opuesto al que me encontraba.
—¿Diez años y ya te gustaba una niña? —se ríe abanicándose con la mano—, eras peor que yo, la primera me gustó a los doce —confiesa y su figura recortada de perfil con el sol de fondo me parece tan sensual que por un momento siento la tentación de besarla.
—En fin —carraspeo tratando de disimular el rubor—. Quise salir corriendo a su encuentro, así que atravesé el patio sin fijarme en que había dos niños en los columpios, o eso me dijeron, porque pasé demasiado cerca y el primero de ellos me azotó en la cara de pleno.
—¡Madre mía, Teloy! —exclama y yo me río porque todavía no le he dicho lo peor.
—Estuve en coma cuatro días.
Arlet abre la boca impresionada justo en el momento que llegamos a mitad de recorrido y detengo la barca.
—¿Puedo tocar? —pregunta con la mirada clavada en mi cicatriz.
No sé por qué motivo le parece tan atrayente, pero la idea de volver a sentir ese contacto de su piel sobre la mía me hace afirmar de inmediato. Arlet coloca su mano en mi cara y recorre mi cicatriz con el pulgar haciendo que cierre los ojos y por un momento me olvide de todo y solo seamos ella y yo. Cuando los abro, sus ojos entornados por el sol enfocan hacia mis labios, entreabiertos y brillantes porque me los acabo de humedecer. Deseo tan fervientemente que me bese que me asusto y el aire escapa de mi boca dejándome inmóvil. Arlet, a quien no se le escapa ni un solo detalle, me sonríe y alza sus labios hasta posarlos en mi frente con un beso suave que me agita y me deja fuera de juego.
—Creo que me toca conducir a mí —dice rompiendo el momento de tensión.
Nos cambiamos el sitio y estiro las piernas apoyando los pies al lado del volante. Cierro los ojos y dejo que el poco viento que genera este trasto me golpee en el rostro hasta que consigo relajarme.
—¿No crees que si alguien del trabajo te ve conmigo pensarán que es un trato de favor y que el hecho de que me hayas enviado a casa solo es una pantomima? —pregunto de sopetón, y Arlet me mira sin perder esa serenidad tan característica suya.
—Lo que pasa en el trabajo se queda en el trabajo, lo que yo haga con mi tiempo libre no le importa a nadie más que a mí y a la persona con la que lo comparto —concluye mirándome—. ¿A ti te preocupa?
—En absoluto.
Llegamos a Besalú cuando el sol se está escondiendo. Al quitarnos el casco me quedo mirando a Arlet, que se atusa el pelo usando el retrovisor de la moto. Una parte de mí quiere decirle que se quede, que la invito a cenar para culminar una tarde perfecta, sin embargo, el miedo atroz que siento ante lo que podría suceder después, me impide abrir la boca.
—Bueno, me voy que ya es tarde y mañana tengo que madrugar —anuncia mirando su reloj y yo arqueo una ceja.
—Yo no tengo que madrugar, ¿quieres saber por qué?
Arlet no se inmuta ante mi puya y se cruza de brazos esperando mi respuesta.
—Ten cuidado con el coche —digo rendida.
—Prometido.
Arlet me da un beso en la mejilla y se dirige hacia esa puerta que antes ha cruzado sin permiso.
—Oye —dice volviéndose hacia mí, justo cuando estaba a punto de cruzarla—. ¿Has hecho la vía ferrata de mi pueblo?
Me quedo un poco descolocada ante su pregunta y, finalmente, niego con la cabeza.
—No hagas planes para mañana por la tarde. Quedamos en mi casa a las cuatro, te envío la ubicación —decide sacando su móvil del bolso.
Aturdida por la oferta e incapaz de negarme porque cualquier plan que la incluya a ella me apetece, espero como una idiota hasta que mi móvil emite un zumbido y veo un número desconocido en la pantalla.
—Hasta mañana, Vania —dice al salir, y yo levanto la mano estúpidamente porque no puede verme.