Pijama azul

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Capítulo 21

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Capítulo 21

Arlet Vila

Lunes, 11 de julio de 2022

—No sé si esto es buena idea —piensa Vania mirándose el arnés que lleva puesto.

—¿Tienes miedo, Teloy? —le vacilo y ella frunce el ceño.

—¿Cuántas veces dices que has hecho esto?

—Decenas, probablemente más de cien, así que relájate, irás atada en todo momento al cable de vida con el disipador —digo alzando los dos mosquetones que cuelgan de su arnés.

—Ya, ya me lo has explicado.

—Pues tranquilízate. Lo probamos, y si no te gusta, en mitad de la vía hay una escapatoria, saldremos por allí y se acabó. ¿Trato hecho? —pregunto y le ofrezco la mano.

Teloy me la estrecha con mucha más determinación de la que hubiese esperado y se pone el casco. Repaso con ella por última vez como debe proceder para que siempre esté atada y le doy algunos consejos que la experiencia me ha dado y que sirven para avanzar con más comodidad. Situadas al borde del inicio del descenso hacia La Cala del Molí, la única vía ferrata que discurre aprovechando una serie de rocas en la Costa Brava, comenzamos a bajar.

—Normalmente suele estar abarrotada de gente, las vistas que ofrece y el hecho de que el primer tramo sea muy fácil y permita iniciar a personas como tú, la convierte en una de las más concurridas los fines de semana. A veces se forman unas colas de gente atrapada en aquella pared que pueden ser desesperantes —explico señalando el enorme muro de roca que se ve al otro lado.

Teloy lo observa mientras yo la miro a ella para estudiar su expresión corporal. Esta actividad no solo depende de la buena forma física, sino que un gran porcentaje hay que atribuirlo a cómo te sientas psicológicamente en el momento de realizarla, porque si te coge en un mal día, el paso más sencillo puede convertirse en todo un reto.

—¿Lista? —pregunto cuando llegamos al inicio.

Vania abre un mosquetón y lo engancha al cable de vida, después hace lo mismo con el otro, tal y como le he enseñado, y me hace un gesto chulesco con la cabeza para que comience a avanzar. Al principio le voy explicando cada paso que doy y presto una atención desmedida a todos los que da ella, sin embargo, enseguida me doy cuenta de que no solo lo hace todo correctamente, sino que parece estar tranquila, desconectada de esos pensamientos que no la dejan respirar en su día a día.

—¿Siempre están por aquí? —pregunta mirando las gaviotas que se posan sobre algunas rocas.

—Siempre.

Cruzamos un puente de madera y Teloy mira asombrada la poca distancia hasta el agua del mar que hay bajo sus pies. Proseguimos con el avance lateral por las rocas y llegado cierto momento, me pide que le ceda el primer lugar. Lo hago tranquila, me conozco la vía lo suficientemente bien como para advertirla de los pasos más complicados antes de llegar.

—Ahí está la escapatoria, ¿cómo vas?

—Seguimos —dice tajante girándose hacia mí con gesto concentrado.

Subimos por una pared vertical ayudadas por las grapas hasta llegar a un puente tibetano, donde solo hay un cable para poner los pies y dos para agarrarse con las manos. No tengo que decirle nada, en cuanto lo atravesamos, sigue avanzando sin quejarse porque el nivel de dificultad se eleve un poco.

Al haber poca gente en la vía, nos podemos permitir detenernos en algunos puntos para disfrutar de las vistas. Vania parece completamente relajada a pesar de la fuerza desmedida con la que se aferra a los agarres.

—Mañana vas a tener agujetas, que lo sepas —le advierto señalando sus nudillos blancos por el esfuerzo.

—Prefiero eso que caerme —concluye con una sonrisa de esas que se quedan a mitad de camino y a las que ya comienzo a acostumbrarme.

—Tranquila, vas con una doctora —bromeo y vuelve a mirarme.

Esta vez el sol recorta su silueta y me congela la respiración. Vania me mira fijamente y avanzo hasta ella para situarme tan cerca que podría besarla, sin embargo, tras unos segundos de ambiente electrizado que se me antojan insoportables, alzo la mano y le enderezo el casco, que se le gira constantemente hacia un lado.

—¿Por qué tienes dos equipos? —pregunta nerviosa, tratando de serenarse tras un momento de tensión—. ¿Alguna de tus novias?

—No —contesto riendo—. El que yo llevo es el viejo, lo cambié el año pasado por el que llevas tú ahora. Nunca suelo deshacerme del último por si alguien como tú se anima a probar —le guiño un ojo y Teloy carraspea antes de girarse hacia el otro lado y seguir avanzando.

Solo en un paso que presenta algo de dificultad porque la propia roca te empuja hacia atrás y, además, cuesta ver dónde tienes que poner el pie para poder seguir avanzando, es en el que la tengo que guiar.

—Buff —resopla una vez conseguido y se aferra de nuevo a las grapas que sobresalen de la pared para descansar.

—Lo has hecho muy bien, un poco más y terminamos —la animo.

Cuando salvamos el último paso y la vía se acaba, caminamos hacia una zona donde no haya peligro de caída y Vania se quita el casco con una sonrisa pletórica en la cara.

—Ha sido una pasada —dice sin poder dejar de sonreír.

Su pecho sube y baja agitado, tratando de recuperar el aliento. Con la excusa de ayudarla a quitarse el arnés, me pego lo suficientemente a ella como para que una descarga de corriente me recorra toda la columna y me haga apartarme de repente. Ahora es Teloy la que se acerca y se coloca a mi lado mirando hacia el mar. Ninguna de las dos habla, pero yo estoy tan ansiosa por besarla y por sentirla, que me giro de repente y la encaro sin dejarle escapatoria. Vania me mira entre excitada y asustada y, ante el temor a que no esté lista y un beso estúpido lo arruine todo, le apoyo una mano en el abdomen y ladeo la cabeza volviendo a enfocar el mar.

—Arlet, yo… —susurra tan desconcertada que no es capaz de terminar la frase.

—Tranquila —le digo, y vuelvo a girarme hacia ella atraída por esa fuerza magnética que desprende.

Ahora es ella la que clava su mirada brillante en mis labios y yo la que siente ese vértigo en la boca del estómago, el mismo que sientes cuando estás al borde de un precipicio.

—Creo que es mejor que nos marchemos, todavía tengo un rato hasta mi casa y mañana tengo que madrugar porque la doctora Vila me ha levantado el castigo —bromea, aunque la electricidad sigue flotando en el ambiente.

—Y más vale que no llegues tarde —la advierto comenzando el camino de regreso—. ¿Sigues durmiendo en Besalú?

—Esta noche sí, mañana ya veremos —dice algo más seria, y comprendo de inmediato que todavía no ha terminado de decidirse a abandonar el piso que compartía con su difunta mujer.

—¿Has terminado de poner el césped?

Hace una mueca burlona y pone cara de inocente.

—¿En serio, Teloy?

Me sonríe y de nuevo siento esa caída hacia el vacío que me hace contener la respiración.

—Empiezo a pensar que buscas una excusa para que vaya a ayudarte.

Esta vez soy yo la que bromea, sin embargo, estaría encantada de que me lo pidiese.

—No puedo seguir abusando de ti de esa manera. La próxima vez que vengas a mi casa lo tendré acabado, prometido.

—¿Eso significa que vas a invitarme? —la tanteo sin poder controlarme.

Teloy me mira sin contestar, haciendo una pausa que me angustia hasta que por fin afirma.

—Me encantaría que volvieses —afirma rotunda—. Gracias por todo, Arlet.

—A ti, espero que mañana en el hospital seas igual de encantadora que fuera de él.

—No te prometo nada —contesta con una mueca burlona antes de subirse en la moto.

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