Pijama azul

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Capítulo 22

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Capítulo 22

Vania Teloy

Martes, 12 de julio de 2022

Cuando entro de nuevo en la sala de urgencias me siento como si hiciera mucho tiempo que me fui. Lo miro todo como si esperase algún cambio hasta que mi mirada se queda clavada en ese box en el que murió mi mujer, el número dos.

—Buenos días, Teloy. Me alegro de verte de nuevo por aquí.

Abel Asensio pasa por mi lado sin detenerse mientras habla. Me quedo tan descolocada que para cuando decido contestarle, ya está demasiado lejos como para escucharme.

—Parece que estrecháis lazos —bromea Maribel apareciendo a mi lado.

—No digas gilipolleces —ladro y camino hacia el centro de la isla en busca de algo que hacer.

—No me digas que los días de castigo no han servido para nada, Vania. ¿Sigues siendo la misma gilipollas de siempre? —pregunta enfocándome con su linterna como si me examinase.

—Aparta eso, idiota —me río sin poder aguantarme.

—Umm, pues igual sí que hemos conseguido algo.

La gitana da un bote y se sienta sobre la mesa justo a mi lado. Mira en todas direcciones y cuando está segura de que no hay oídos indiscretos escuchando, se me acerca como si poseyese el mayor secreto jamás contado.

—¿Qué tal con la jefa? —susurra y yo me sobresalto.

—¿Qué?

—Con Arlet, tonta —aclara con los ojos en blanco.

—Ya sé quién es la jefa, y no sé de qué me hablas.

Soy consciente de lo absurdo que suena lo que acabo de decir, si Arlet se presentó en mi casa es porque alguien tuvo que darle la dirección, y ese alguien solo puede ser la caradura de la gitana.

—Venga, no me hagas tirarte de la lengua, Teloy. Llevo dos noches sin dormir por tu culpa —dice dramática—. Cuéntame.

—No sé qué quieres que te cuente, gitana. Me ayudó a pintar y después me invitó a comer.

—¿A ella la dejaste ayudar y a mí no? —pregunta haciéndose la ofendida—. Eso es que ella y tú…

—Ella y yo nada —la corto con un tono glacial que la deja parada.

—Perdona, no he querido insinuar nada, Vania.

—Sí que has querido, gitana. Y no pasa nada, perdóname tú, es que estoy…

No termino la frase y alzo las manos haciendo obvia la confusión que siento. Es evidente que Arlet me hace sentir cosas y está despertando en mí sensaciones que creía dormidas o incluso muertas, pero hay algo que me impide avanzar, y sé que, hasta que no solucione lo que sea que me pasa, seguiré estancada.

—Has de pasar página, Teloy —suelta como si estuviese leyendo dentro de mi cabeza.

—Ya lo sé, es que no sé cómo, gitana —admito angustiada.

Maribel me observa sin ocultar su asombro, es la primera vez que reconozco en voz alta que necesito ayuda.

—No te agobies —dice sonriente—. Estás avanzando aunque no te lo parezca. Hace un par de semanas eras insoportable y seguías anclada en aquel momento. Ahora te estás planteando dejar por fin el piso y comenzar de cero en Besalú, estás más dócil con Abel aunque sigas siendo una estúpida y estás dejando que Arlet entre en tu vida poco a poco. Me parece que ahora empiezas a encontrar el camino, Vania, solo te falta atreverte a transitar por él.

El teléfono sonando interrumpe ese momento de reflexión de la gitana con el que no sé si estoy de acuerdo, sin embargo, tampoco discrepo del todo y eso sí que es una novedad.

—Traen un tráfico —dice cuando cuelga—, un chico de dieciocho años.

—¿Grave?

—Nada, contusiones leves, pero al parecer lleva un pedo importante —dice resignada.

Si hay algo con lo que ningún médico se quiere encontrar nada más comenzar el turno, es con un chico borracho.

—Qué bien —contesto haciendo una mueca.

Dos minutos después la ambulancia entra en el garaje y bajan al muchacho.

—Tiene una contusión leve en la frente y una torcedura de muñeca —anuncia el médico que lo ha atendido.

El joven apenas puede abrir los ojos y balbucea algo inteligible. Percibo el olor del alcohol y arrugo la nariz mirando hacia otro lado mientras empujamos la camilla hasta el box.

—Ha vomitado en la ambulancia, no creo que le quede nada dentro —añade el médico con los ojos en blanco al mismo tiempo que arruga la nariz como si el olor del vómito se le hubiera quedado impregnado.

—¿Cómo ha pasado? —se interesa la gitana.

—Según una chica que pasaba por allí, parece que ha querido hacer un trompo con el coche y no le ha salido bien. Ha terminado empotrado contra una farola, suerte que a estas horas casi no había nadie en la calle. En fin, me marcho a limpiar su papilla.

—Que sea leve.

Mientras Maribel le va quitando la ropa, yo lo examino y pienso en lo lamentable que es que un día entre semana ya estén así.

—¿Cómo te llamas?

—Víctor —responde con más claridad de la que esperaba—. ¿Dónde está mi tía?

El muchacho me mira asustado y se lleva la mano a la cabeza para masajearse las sienes. Le pido a Javi que le ponga una vía y lo sigo examinando.

—¿Tu tía iba contigo en el coche? —pregunto tratando de mantener una conversación coherente con él.

—No —contesta, y se pone a reír como si algo le hubiese hecho mucha gracia—. Mis padres me van a matar —dice acto seguido sin perder la expresión burlona.

—¿Y eso te divierte?

Se encoge de hombros y Javi me mira mientras niega con la cabeza.

—Bueno, creo que no me necesitas —dice Maribel quitándose los guantes—, voy a ver si puedo echar una mano por ahí. ¿Quieres que llame a alguien de tu familia? —le pregunta a Víctor antes de salir y él niega con la sonrisa tonta en los labios.

Me pregunto si sonreirá así cuando se le pase el globo que lleva. La gitana me da un apretón en el hombro y sale del box.

—¿Eres consciente del lío en el que te has metido, Víctor? En breve tendremos a los Mossos aquí y esa sonrisa se te borrará de un plumazo cuando te denuncien por atentado contra la vía pública y…

—Teloy… —me interrumpe la voz de Asensio.

Me giro hacia la puerta y lo encuentro con el hombro apoyado en el quicio. Odio los días que hay poco trabajo, todo el mundo mete las narices en todas partes.

—No he dicho nada que no sea cierto, ni he hablado mal —me defiendo y él asiente con un gesto que me desconcierta.

—Lo sé, pero deja que sea la policía y su familia quien lo ponga en su sitio. No es nuestra labor educar a nadie.

—De todos modos tampoco creo que recuerde nada después de dormir la mona —opina Javi, y me tengo que callar porque ambos tienen razón.

—A ti también te acaban de echar bronca —se ríe el niñato gilipollas.

—Nada en comparación a lo que te espera a ti, chaval —lo advierte Abel desde la puerta.

—Mi tía lo arreglará, ¿vais a llamarla de una vez? —insiste con voz pastosa y me giro hacia Abel, que se encoge de hombros como si Víctor estuviese loco.

—Si me dices su número la llamo.

—Pero si trabaja aquí —se ríe como si fuese un chiste muy bueno.

—¿Trabaja aquí? —pregunta Abel acercándose.

—Claro, es vuestra jefa, capullos, así que tratadme bien.

—¿Tu tía es Arlet Vila? —inquiere Abel arqueando una ceja.

Víctor asiente y yo frunzo el ceño, me niego a creer que semejante gilipollas comparta ADN con Arlet.

—Llévalo a rayos, Javi, que le hagan una placa de la mano.

El enfermero asiente y me mira con cierto aire de sorpresa, quizá porque es la primera vez que no le ladro, y eso me hace sentir esa sensación de mezquindad otra vez. Abel me hace un gesto con la cabeza para que salga y lo agradezco, porque en un espacio tan pequeño como el box, el aire ya está cargado con el aliento a alcohol de Víctor.

—La doctora Vila suele llegar a las ocho —dice mirando el reloj, que apenas marca las siete—. ¿Te apetece un café?

Miro a Abel a los ojos y me siento incómoda, no sé qué decirle.

—No sé si es buena idea, Abel —respondo algo agobiada.

—Me conformo con que te hayas dirigido a mí por mi nombre, tal vez otro día —dice y sonríe con ese aire seductor que tanto gusta a muchas mujeres de aquí.

—Sí, será lo mejor.

Una hora más tarde estamos los dos subiendo en el ascensor hacia el despacho de Arlet. Cuando Abel llama a su puerta y ella nos ve entrar juntos, la cara se le descompone. Seguro que piensa que he hecho algo y que Asensio me trae para exponer sus quejas, igual sería mejor eso que lo que vamos a contarle.

—¿Ocurre algo? —pregunta poniéndose en pie.

—Nada que deba alarmarte —le dice Abel, que siempre ha sabido apaciguar las aguas ante este tipo de noticias—. Tu sobrino está en urgencias, pero te repito que no le pasa nada, un par de rasguños.

—¿Qué? —pregunta tras quedarse bloqueada unos segundos.

—No tiene nada, Arlet, tan solo una torcedura en la muñeca, ahora está dormido —añado y Abel nos mira sorprendido por la confianza que hay entre nosotras y que no he sabido disimular.

—¿Cuál de los dos? ¿Qué le ha pasado? —pregunta agitada mientras coge su bolso.

—Víctor —contesta Abel—, ha tenido un golpe con el coche.

Arlet se queda inmóvil y me mira buscando que le diga que es mentira.

—Víctor no tiene permiso de conducir —titubea—. ¿Seguro que no es Héctor? —pregunta, y Abel y yo nos miramos confundidos.

—Yo creo que ha dicho Víctor —dice él con la duda sembrada en el rostro.

—Yo juraría que también.

—Bueno, da igual. Vamos —ordena Arlet.

La sujeto por el brazo cuando pasa por mi lado, el gesto es seco, no se lo espera y se gira de sopetón estando a punto de chocar contra mi cuerpo. Noto como el aire se me escapa de los pulmones en un instante y la mirada estupefacta de Abel me hace sentir algo incómoda.

—Hay una cosa que debes saber —susurro al mismo tiempo que la suelto y ella carraspea.

—¿Qué cosa?

—Estaba como una cuba —sentencia Abel.

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