Pijama azul
Capítulo 23
Página 24 de 33
Capítulo 23
Vania Teloy
Martes, 12 de julio de 2022
La mañana es extraña y bastante desconcertante. Arlet no se ha movido del box salvo para hablar con la pareja de Mossos d’Esquadra cuando han venido a hablar con su sobrino. Poco después ha llegado el famoso Héctor y los dos han discutido mientras Víctor, ajeno a todo porque sigue durmiendo la mona, resopla como un oso.
—¿No crees que deberías sacarla de ahí? —me susurra Maribel.
—¿Sacarla? No es un perro, gitana.
—Ya lo sé, pero lleva en el box toda la mañana, tal vez le venga bien que le dé el aire y comer un poco.
—Ya —digo un poco cortada—. Quizá debería ir, ¿no?
—Madre mía, tanto aplomo para todo y cuando se trata de la doctora te cagas viva.
—Yo no estoy cagada, es solo que está con su familia y no quiero molestarla.
—Su familia son un niño borracho y otro que juega con el móvil, ve al rescate.
Me aclaro la voz, me recoloco la camisa del pijama azul por algún motivo que desconozco y me dirijo hacia el box con decisión. Entro y compruebo absurdamente el suero ante la mirada inquisitiva de Arlet, que sabe que esto es cosa de Javi.
—¿Puedes salir un momento? —pregunto finalmente.
Arlet se levanta con gesto aliviado y sale cerrando la puerta a sus espaldas.
—Tengo un rato libre. ¿Te apetece un café? —pregunto recuperando la compostura.
—Por favor —contesta meneando la cabeza disgustada.
Nos dirigimos hacia la cafetería del hospital y pido dos cafés para llevar y un par de bocadillos.
—Vamos a la azotea, allí seguro que te despejas —propongo, y la doctora Vila me sigue tras un gesto de afirmación.
—Pensaba que no vendrías nunca a rescatarme —protesta una vez sentadas en el suelo con aire informal.
—Lo siento, me daba apuro entrar con tu otro sobrino allí.
—No sabía que fueses tan vergonzosa.
—No lo soy, es solo…
—Ya lo sé, es broma —dice y me golpea suavemente la rodilla.
—¿Tú, cómo estás?
—Cabreada. ¿A quién se le ocurre? —brama mosqueada—. No es solo que Víctor no puede conducir, es que el coche se lo ha dejado el tonto de su hermano, a quién a su vez se lo dejó mi cuñado en un gesto de confianza.
—Son jóvenes, Arlet.
—Yo también fui joven, Vania…
—¿De verdad? —la interrumpo burlona.
—Sí, idiota —dice dándome un suave empujón en el hombro—, y nunca se me ocurrió coger un coche sin permiso de conducir, y más estando borracha. Encima su hermano tiene el morro de pedirme que haga desaparecer el resultado del análisis de sangre —dice cada vez más exaltada.
—¿Y qué vas a hacer?
—¿En serio me lo preguntas? —inquiere horrorizada y yo me encojo de hombros.
—Es tu sobrino, solo digo que se puede entender.
—No le haría ningún favor, Teloy. Prefiero convertirme en la tía horrible y despiadada, pero del único modo de que aprenda, es asumiendo las consecuencias de sus actos.
—Una mujer íntegra —afirmo y la miro con algo más que admiración.
Arlet deja lo que queda de su bocadillo sobre el suelo y su mano, sin que sepa muy bien cómo, se desliza por mi mejilla hasta llegar detrás de mi oreja y acercarme lentamente hacia ella.
—Tranquila —dice en un susurro, y su aliento roza mis labios provocando un cosquilleo que me obliga a mordérmelos para calmarlo—, no te besaré hasta que no estés lista, solo espero que no tardes mucho. ¿Te parece bien?
Meneo la cabeza afirmativamente de un modo muy lento, porque todavía estoy procesando sus palabras. Que reconozca que quiere besarme me provoca la misma cantidad de alegría que de vértigo y ganas.
Su móvil emite un pitido y lee en voz alta el mensaje que su sobrino Héctor le ha enviado para avisarla de que Víctor está despierto. Agradezco la interrupción porque me había quedado sin palabras.
—Le firmaré el alta y se podrá ir a casa, una ducha le sentará bien —digo incapaz de mirarla.
—Yo también me iré, me aseguraré de que no salen de allí y después llamaré a mi hermana para darle el notición antes de que se entere por otra persona. Menudo par de idiotas —lamenta y yo la miro sin dejar de pensar en ese comentario que ha hecho antes sobre que no tarde mucho tiempo en estar lista.
Supongo que no me puede esperar siempre.
—Quizá debería ir a ver a un psiquiatra.
Arlet se acaba de poner en pie y me extiende la mano para ayudarme.
—Mi sobrino lo que necesita es un buen castigo…
Da un tirón fuerte y me incorporo de golpe hasta impactar contra su cuerpo. La miro, asustada por el burbujeo que siento por el cuerpo y porque no puedo razonar con claridad cuando la tengo tan cerca.
—Te refieres a ti, ¿verdad? —deduce sorprendida y yo me encojo de hombros.
—A lo mejor tenéis razón la gitana y tú y debo probarlo —digo aturdida, angustiada ante la idea de intentar hablar del tema.
—Eso sería estupendo, Vania —dice colocando su mano en mi mejilla otra vez.
No consigo aguantarle la mirada cuando me observa sonriente y después se humedece los labios antes de tragar saliva.
—Si me das permiso, te pido cita con una amiga que te hará un hueco hoy mismo. Es muy buena.
—¿Tanta influencia tienes? —trato de bromear, aunque suena más a reproche y ella lo pasa por alto.
—Solo ve, Vania, si después no te apetece hablarle, no lo hagas, pero ve.
Su mano todavía sigue ahí, quemándome la piel de la cara cuando con la otra arrastra un mechón de mi pelo y lo coloca detrás de mi oreja. El escalofrío que me provoca me hace encogerme y a ella sonreír antes de soltarme.
—¿Y bien?
—Vale, llámala.