Pasos de piedra
Capítulo 1
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Krystina
El viento azotaba a mi alrededor, haciendo que mi cabello me golpeara en la cara. Con impaciencia, lo aparté de mis ojos y busqué a tientas las indicaciones del lector de tarjetas de crédito en el surtidor de gasolina.
No, no quiero un lavado de auto. No, no quiero un recibo.
Lo único que quería era llenar mi tanque y salir de la lluvia. Había sido un largo día. El viaje de esa mañana a Stamford, Connecticut desde mi apartamento en Greenwich Village, había tomado más tiempo de lo esperado. El tráfico fuera de la ciudad había sido un desastre y esperaba regresar a tiempo para evitar a los conductores de la hora pico.
—Error de lectura de tarjeta. Por favor consulte al encargado —dijo una voz computarizada desde el altavoz de la bomba de gasolina.
—Maldita sea —solté. Metí apresuradamente mi tarjeta de crédito en el bolsillo de la chaqueta de mi traje, me apresuré hacia el edificio principal de la gasolinera.
Una vez dentro, me sacudí las gotas de lluvia de las mangas y me alegré de ver que no había cola en la caja.
—¿En qué puedo ayudarla, señorita? —preguntó el anciano caballero que trabajaba detrás del mostrador.
—La bomba no quiso leer mi tarjeta. Me indicó que entrara a pagar.
—Lo lamento. Esa se ha comportado mal todo el día. ¿Está intentando llenarlo?
—Sí, por favor. Treinta dólares deberían bastar.
—Bien. Déjeme revisar... —se alejó concentrado, bajándose las gafas por el puente de la nariz para mirar la pantalla de la computadora que tenía frente a él. Tomó mi tarjeta de crédito, comenzó a ingresar mi compra en la computadora de la caja registradora a un ritmo minuciosamente lento.
Golpeé con el pie, tratando de alejar la impaciencia que sentía. Observé la mercancía que se exhibía en la caja registradora como una distracción, revisé el surtido de barras de caramelos, de carne seca y de tabaco para mascar. Un paquete de chicles Big Red me llamó la atención y me hizo sonreír con nostalgia al recordar un inocente gesto de coquetería.
Casi instantáneamente, el dolor me atravesó el pecho y aparté ese pensamiento.
No pienses en ello.
Reaccioné por impulso, tomé el paquete de chicles con sabor a canela y lo arrojé sobre el mostrador.
—También me llevaré esto —le dije al canoso cajero.
Después de lo que pareció una eternidad, el hombre me devolvió mi tarjeta de crédito.
—Todo listo, señorita Cole. Que tenga una linda noche —me dijo, tomándome por sorpresa. Al vivir en la plástica sociedad actual, no creía que la gente prestara mucha atención a los nombres en las tarjetas de crédito.
En respuesta, agradecí al caballero, guardé mi tarjeta y el chicle en mi bolsillo, y salí para llenar mi tanque.
Cuando la bomba de gasolina se detuvo, volví a enroscar el tapón de la gasolina al viejo Ford prehistórico y me apresuré a volver al auto. Después de abrocharme el cinturón de seguridad, recliné la cabeza contra el asiento, temiendo el largo viaje de regreso a casa.
¿Realmente quiero hacer este viaje todos los días?
Sabía la respuesta, pero no tenía muchas opciones. Los trabajos de mercadotecnia en la ciudad de Nueva York estaban demostrando ser casi inexistentes. Cuando ayer había recibido la llamada para una entrevista de trabajo en Stamford, no lo pensé dos veces. Hoy me desperté muy temprano, arriesgué mi vida en la I-95 y superé con éxito la entrevista con LD Marketing Solutions. Me ofrecieron un trabajo en el acto.
Lo único que quedaba por hacer era aceptar el puesto.
Como si fuera una señal, mi celular hizo ping con un aviso de una notificación por correo electrónico. Era del coordinador líder de LD. Abrí el correo electrónico y escaneé rápidamente el contenido. Era una carta de agradecimiento con una propuesta formal de trabajo adjunta. No tuve que abrir el archivo anexo para saber lo que decía. Ya me habían comentado el salario inicial y el paquete de beneficios. Era un buen trato.
Frustrada, eché mi teléfono celular en mi bolso.
—Simplemente no sé qué hacer —dije en voz alta al auto vacío.
La razón por la que no acepté inmediatamente la oferta de LD Marketing me fastidió cuando puse el auto en marcha y me dirigí hacia la interestatal. En el fondo, sabía que todavía estaba indecisa sobre la oportunidad de trabajo con Turning Stone Advertising. Sin embargo, la solución a eso debería haber sido obvia.
Si quería evitar ver a Alexander Stone, no había forma de que pudiera trabajar en una empresa de su propiedad.
No pienses en él. Apártalo y concéntrate en las posibilidades laborales.
Pero a pesar de los numerosos sermones que me daba, era difícil no hacer coincidir los dos. Si bien la oferta de LD Marketing era buena, la oportunidad en Turning Stone era aún mejor. Pasé de tener cero perspectivas laborales a tener dos prácticamente de la noche a la mañana. El problema era que el trabajo con Turning Stone venía con una gran carga.
Alexander.
Cruzar su camino sería inevitable y no estaba segura de tener la fuerza para resistirlo. De hecho, sabía que no tenía la fuerza. Nuestra relación de corta duración fue prueba de ello.
Para mí, era como una droga: tóxico y poco saludable, y sin duda adictivo.
Durante las pocas semanas que pasamos juntos Alexander y yo, algo cambió dentro de mí. Pero todavía tenía que determinar si era para bien o para mal. Descubrí partes de mí que no sabía que existían, revelando oscuros deseos de los que no había sido consciente. Sin embargo, estaba confundida por mi nueva pasión. No sabía si era real o si solo era algo revuelto en mi mente.
Pero, ¿cómo se supone que voy a saberlo? No es que tenga mucha experiencia.
Mi historia con los hombres era breve, pero estaba contaminada. La única relación a largo plazo que había tenido hasta la fecha era con Trevor Hamilton; el imbécil abusivo y controlador que me había golpeado y violado.
Me estremecí cuando los recuerdos amenazaron con resurgir.
Me había mantenido alejada de los hombres después de ese desastre, y había sido feliz.
¿Pero lo era realmente?
Pensaba que sí, hasta que Alexander Stone entró en escena. Nuestro encuentro casual había cambiado todo para mí. Me había sentido atraída por él desde el momento en que lo vi. No se podía negar la necesidad carnal que ardía entre nosotros. Con solo una mirada de él, el aire de la habitación silbaba y crepitaba, como la mecha de una bomba de tiempo a punto de explotar. Así que, decidí arriesgarme.
Sin embargo, Alexander resultó ser más de lo que esperaba. Incluso entonces, estaba dispuesta a darle más tiempo..., a darnos más tiempo. Pero luego Alexander me llevó al club nocturno del BDSM [Nota de la T.: BDSM, por sus siglas se traduce en 'Bondage' (práctica sexual de esclavitud); 'Discipline' (obediencia); 'SadoMasochism' (sadomasoquismo)]. Esa noche recibí una bofetada en la cara por mi feo pasado, lo que provocó una reacción instintiva. No estaba segura de si esa noche había sido una bendición o una maldición.
Quiero decir, ¿en serio? No había visto a Trevor en dos años. ¿Cuáles eran las probabilidades de verlo allí, de todos los lugares?
Sin importar cuáles eran las probabilidades, en un instante, mi pasado y mi presente colisionaron. Las líneas se volvieron borrosas y ya no sabía quién era. Entonces, hice lo único que podía hacer para sobrevivir. Me despedí de todo.
Incluido Alexander.
Hasta que pudiera arreglar las cosas, tenía que poner cierta distancia entre nosotros.
¿Distancia?
Solté un resoplido por el término.
Prácticamente esa noche en el Club O, había huido de Alexander.
En los días que siguieron, consideré volver con mi psiquiatra, pero decidí no hacerlo. Pensé en hablar con Allyson, mi compañera de cuarto, pero había demasiadas cosas que ella no sabía. Finalmente llegué a la conclusión de que no necesitaba que nadie más me dijera lo que estaba mal. Ya lo sabía. Mi pasado estaba interfiriendo con mi capacidad para tener una relación sana. Yo era la única que podía solucionarlo. Si eso significaba estar sola por un poco más de tiempo, que así fuera.
La idea de volver a estar sola me desgarraba el corazón y una sensación de melancolía se apoderó de mí.
Sal de ahí, Cole. Ya está en el pasado.
La luz de verificación del motor del auto parpadeó. Golpeé el tablero para ver si se apagaba. Por lo general, eso funcionaba, pero por alguna razón, esta vez no fue así. Fruncí los labios con molestia.
Realmente necesitaba llevar al servicio a este auto para saber qué estaba ocurriendo.
La única razón por la que todavía no lo había hecho era porque rara vez lo conducía. El transporte público era más fácil y barato en la ciudad, por eso no había sido necesario. Sin embargo, si decidía aceptar el trabajo en Connecticut, pronto tendría que buscar un juego de neumáticos más confiable.
Continué el viaje en silencio. No me atrevía a encender la radio ya que cada canción que escuchaba, de una forma u otra, parecía recordarme a Alexander. El silencio era mejor, ya que podía usar el tiempo para simplemente pensar.
No sobre el pasado, sino sobre mi futuro.