Oscuro amanecer
XII
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XII
Mi hermana, muy nerviosa, me lo anunció al entrar en casa:
—Te esperan, Federico.
No pude saber quién o quiénes pudieran ser la persona o personas que me esperaban, pero por el aspecto y por el tono de voz de Alfonsina colegí que no se trataba de una visita de cumplido ni mucho menos. No quise preguntarle nada y me dirigí al comedor, desde cuya puerta contemplé la recepción. La mesa, a punto para ser servida la cena. Sentados a su alrededor estaban Fernando y dos hombres más que me eran completamente extraños y desconocidos. Los tres me miraron, unánimes, y yo advertí en los ojos de mi cuñado angustia y temor. En cambio, los de los otros no revelaban emoción alguna. Siguió un instante de aguda tensión y de expectante silencio, pero, apenas saludé a los presentes de forma impersonal, se levantaron los dos visitantes, que correspondieron a mi saludo con un leve movimiento de cabeza, y dijo Fernando, dirigiéndose a ellos y señalándome a mí:
—Este señor es Federico Olivares, mi cuñado.
Yo seguía sin acabar de comprender la situación. Venía de la casa del Jaro y me hallaba aún bajo el efecto de las palabras de Fuensanta:
—De verdad que éramos más felices en el pueblo, y no sólo porque entonces yo estuviera sana y ahora esté enferma, no. Es que, en Madrid, mi Juan y yo hemos echado siempre de menos la alegría del campo, y él más que yo todavía. Aquí no se ve más que piedras y cemento y todo parece artificial. Sí, don Federico, no sé cómo decírselo, pero no se encuentra nada que sea lo que debe ser. Si usted supiera qué gozo se siente al ver los trigos granados, al oír caer la lluvia o silbar al viento en la ventana por las noches… ¿Verdad, Juan?
Yo venía impregnado de ese esplendor de la vida que evocaban en mi imaginación el parloteo de Fuensanta y las afirmaciones del Jaro y, a su vez, deprimido por el rápido empeoramiento de la salud de aquella, cada día más pálida y enflaquecida, como si la parálisis avanzase con aviesa rapidez hacia su corazón e, inesperadamente, me encontraba con aquella visita intimidadora que nada bueno presagiaba. Era una sorpresa que me mantuvo suspenso hasta que uno de los desconocidos se adelantó y, levantando la solapa de su chaqueta, me mostró la chapa de los agentes de policía.
—¿Policía? —pregunté yo aún, estúpidamente.
—Sí, y tiene usted que acompañarnos a la comisaría para una diligencia. Le hubiéramos esperado fuera, pero la señora fue tan amable que nos hizo pasar dentro.
La luz plena se hizo en mi mente y entendí con toda claridad lo que estaba ocurriendo. Aquellos dos intrusos venían por mí. Quedaba detenido. Iría de nuevo a la cárcel. ¿Por qué? Vívidamente surgió en mi memoria la escena del garaje. Sería por eso. Pero no traté de averiguarlo, porque de sobra sabía que, en casos semejantes, lo mejor es obedecer y callar. Mis aprehensores no sabrían nada y, aunque lo supieran, no me lo dirían. La sorpresa y la incertidumbre son dos factores que juegan a su favor. Desconciertan al detenido y paralizan su defensa. Así, el preso no sabe nunca por dónde le van a atacar hasta que el ataque comienza.
Fue mi hermana la que habló:
—Te voy a preparar un bocadillo para que cenes, y una manta para que te abrigues esta noche. ¿Puedo? —y miró a los agentes.
Los policías condescendieron:
—Claro que sí. No faltaba más.
Alfonsina salió y nos quedamos solos los cuatro hombres. Los policías eran jóvenes. Vestían gabardinas, como yo, y ostentaban pequeños bigotes circunflejos. ¿Solteros? ¿Casados? ¿Qué clase de individuos eran? Parecían tranquilos, eso sí, e indiferentes, como si estuvieran habituados a trances análogos hasta el punto de encontrarse ya inmunizado contra toda emoción. Mi caso era, sin duda, uno más simplemente en su rutinario quehacer de cada día.
Fernando, que había permanecido inmóvil en su silla todo el tiempo, se puso en pie y se me acercó para agarrarme un brazo fuertemente, como si quisiera expresarme de ese modo sus afectuosos sentimientos hacia mí. Vi que estaba conmovido y le dije, en tono de broma, con el fin de aliviar la situación:
—Ahora sí que voy a tener tiempo para estudiar contabilidad. Te prometo que la estudiaré. De veras.
Fernando asintió a mis palabras con lentos movimientos de cabeza, sin levantar sus ojos hasta los míos. No, no era mala persona Fernando. Tampoco los policías presentaban ningún síntoma de serlo, porque ni su comportamiento ni sus palabras trascendían agresividad u odio ni se desprendía de ellos que sintieran ningún placer morboso al ejercer sus funciones. Y yo, ¿era acaso un criminal peligroso? No, claro que no. Sin embargo, los agentes, en cumplimiento de una orden impersonal, transmitida mecánicamente desde un origen ignorado y en virtud de inexplicables atribuciones, estaban cometiendo, fríamente, un acto de violación contra los derechos esenciales del hombre. Si individualmente no eran responsables de aquella tropelía, ¿a quién acusar? ¿A las leyes, al sistema, a la sociedad entera? Pero eran conceptos abstractos, palabras, sólo palabras. Sí, pero palabras que servían de tapadera, de excusa y de coartada, para que las conciencias de los verdaderos conspiradores contra el espíritu humano, y también las de sus secuaces, permanecieran tranquilas, impasibles, exoneradas de toda responsabilidad y de todo remordimiento. Así, aquellos policías y su superior jerárquico, y el ministro, y el jefe de los jefes, cenarían, se distraerían después con grandes o pequeños goces y podrían finalmente dormir en paz consigo mismos, ajenos al enorme, insondable, sufrimiento que sus acciones encadenadas hubieran derramado por doquier, allí mismo, en mí, en mis hermanos. ¿No se ha matado y se sigue matando en nombre de Dios, de la Patria y de la Ley? Pues del mismo modo y por la misma razón se encarcela, se tortura y se destruye, en nombre de esos o de otros principios igualmente inasibles y encubridores del verdadero monstruo, que es el instinto zoológico de dominación.
La vuelta de Alfonsina con sus paquetes puso otra vez en movimiento la representación. Mi hermana me abrazó y yo le dejé llorar sobre mi hombro, reprimiendo mi propia congoja, porque yo la quería entrañablemente y separarme así de ella me desgarraba por dentro.
—Vamos, vamos —tuve que decirle—, que no me voy al fin del mundo. No es para tanto, mujer. Lo que más siento es que no vamos a pasar juntos estas navidades después de haberlo estado deseando tanto tiempo.
Me separé suavemente de Alfonsina y, antes de que ella pudiera reaccionar, hice una seña a los policías y me dirigí rápidamente a la salida. Bajé la escalera, seguido de mi escolta, y, al pasar frente a la portería, vi que la portera me miraba con los ojos muy abiertos tras la vidriera de su zaquizamí.
A pesar del frío se veía todavía bastante gente circular por las aceras y cruzar la calzada, por donde los taxis con joroba, los automóviles particulares y los tranvías se abrían paso a golpes de timbre o de bocina. El coro de los mil ruidos diversos cantaba la disonante canción de las calles que recuerda el jadeo de las manadas trotando por los bosques o el rumor isócrono del mar.
Era la hora final de la jornada, cuando los amigos y los negociantes se despiden hasta el día siguiente en las puertas de los cafés; cuando las multitudes alucinadas se desencadenan a la salida de cines y teatros; cuando los acaparadores de empleos corren hacia sus casas, con las carteras bajo el brazo, enrojecidos los ojos, dolorida la espalda y ensombrecido el cerebro. Es la estampida. Todo el mundo quiere correr, y se suplica y se increpa a los taxistas, y se consuma el asalto final a los vehículos colectivos, y racimos de hormigas humanas, gesticulantes y pateadoras, se aplastan en sus enormes vientres que tiemblan como si fuesen a reventar.
Mis acompañantes me dejaron marchar solo, en vanguardia, y yo iba despidiéndome mentalmente de todo aquello. Nadie podía pronosticarme cuándo me sería permitido volver a contemplarlo. ¿Meses? ¿Años? Pasé junto a la camisería, cuyo escaparate ornaban ya los oropeles navideños: estrellas, guirnaldas, cadenetas y flores de papeles brillantes. Luego, la reformada farmacia, lírica y frágil como una canariera. Y la cafetería con sus muchachas vestidas de azul. Dos mujeres envueltas en risas y en aires de juventud se cruzaron conmigo sin verme. Me empujó un hombre que olía a cuero. Un lisiado pregonaba los títulos de los periódicos de la noche. En una esquina, tres jóvenes apuraban el último minuto discutiendo de técnica futbolística. Más allá, una hilera de silenciosos, pacientes y cansados peatones, aguardaba el paso de uno de esos tranvías que nunca llegan puntualmente. Y nadie me miraba siquiera.
Me despedía, sí, de todo aquello, pero mi despedida estaba exenta de tristeza. En el fondo, era como si me liberase de un gran peso que hubiera llevado a cuestas hasta entonces. En definitiva, volvía de una aventura desgraciada. La ciudad no me quería. La ciudad, hostil y orgullosa, me había desconocido y rechazado. No quiso asimilarme y, como un cuerpo extraño a su organismo, me segregaba al fin de sí misma. No, decididamente no era aquel mi mundo. Me eran extrañas sus ideas, su ritmo y su voz. Mi mundo era otro y se había quedado atrás. Lo único que quedaba de él eran los trozos momificados que aún persistían en las cárceles del país. Allí se pensaba como entonces, se hablaba en el idioma que me era familiar y su tiempo no pasaba por el reloj. Hacia allí volvía yo. Allí me esperaban, allí me querían, allí volvería a ser de nuevo Federico Olivares, el compañero o camarada Federico Olivares, veterano, amigo, pobre entre los pobres, igual entre iguales, fuera de la corriente que arrastraba a los de fuera con sus cuitas y sus vanos afanes. Era mejor soñar en ser libre, verdaderamente libre, estando encadenado, que vivir encadenado creyéndose libre.
Penetramos en una calle estrecha, débilmente iluminada. En los portales, a punto de cerrarse, se despedían las parejas con palabras apresuradas, quedas, sigilosas, como zureos, o con risas ahogadas. De una taberna con los cristales empañados se escapaban voces broncas y confusas. Pocos transeúntes. Al final, una puerta grande con dos faroles blancos: los ojos hipnóticos de la comisaría. Me detuve para dar tiempo a que me alcanzara la escolta y entramos los tres sin decir palabra. Los agentes tendrían prisa por terminar el último servicio de la jornada. En cambio, para mí, el tiempo ya no tenía sentido. Ya no sería nunca tarde o temprano. Allí estaba la frontera del tiempo y yo la traspasaba y salía de él.
El calabozo donde me dejaron a solas era un amplio rectángulo de paredes lisas y suelo de cemento. Las ventanas, sin cristales, se abrían a nivel mismo de la calle, a ras de la acera. Al pasar, había observado que uno de sus muros limitaba con el departamento de retretes y lavabos, donde sonaba un continuo fluir del agua por los grifos descompuestos. No había allí ni un solo mueble, ni siquiera una banqueta donde sentarse, pero al fondo, cerrando el ángulo de dos de sus muros, se alzaba una especie de poyete, también de cemento, que debía de servir de yacija a los detenidos.
De entrada, el frío me atrapó como si, de repente, hubiera caído sobre mí un chorro de agua helada. No era el frío bravo y agresivo de la calle, sino ese glacial aliento de vacío y humedad que transpiran los pozos y las cuevas donde no se posa nunca el sol. Un frío que no araña ni flagela la carne, sino que le penetra sutilmente, que entumece los nervios y corroe la osamenta. Pensé que el mejor medio de combatirlo sería moverme, pasear de un extremo a otro de la estancia, a fin de activar la circulación de la sangre y evitar así el peligro de quedarme congelado. Y lo hice. Y, mientras paseaba, el silencio y la soledad me ayudaron a concentrarme y examinar la nueva circunstancia y sus antecedentes. ¿Cómo había llegado a conocimiento de la policía lo tramado aquella noche en la reunión del garaje? ¿Una confidencia? Pero, ¿de quién? Pasé revista mentalmente a todos y a cada uno de los conjurados, pero no hallé indicios especiales que me hicieran sospechar de ninguno de ellos en particular. Por otra parte, era yo el único detenido, precisamente yo, fracasado en el encargo que se me encomendara, mientras, que yo supiera, Ramón y Jaime continuaban libres, siendo los que habían logrado un éxito más completo en su cometido. Por fortuna, la acusación sólo podría basarse en un propósito, en un proyecto, en unas palabras genéricas, y no existía ni un escrito, ni un documento ni un papel que me comprometiera ni me inculpase. Entonces… Habría que pensar en una indiscreción. Y otra vez, ¿de quién?, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿por qué? Eran muchas interrogantes y yo me perdía en una maraña de posibles respuestas, ninguna de las cuales me llevaba a una conclusión verosímil ni me convencía.
Entre tanto, y pese a mis continuos paseos, el frío había logrado penetrarme. Del suelo, de las paredes y de los rincones surgían chorros de aliento letal que yo sentía renovarse en mi cara y deslizarse por las mangas de la chaqueta y por las bocas de los pantalones. Me castañeteaban los dientes y me dolían brazos y piernas. No valía de nada envolverme en la manta. Inútil frotarme las manos. Inútil patear el suelo. Estaba empapado de frío.
Temía perder el conocimiento, caer y quedarme engarabitado sobre el pavimento. Comprendí que sería inútil golpear la puerta y pedir auxilio. No me oirían y, si me oyeran, no me harían ningún caso o se limitarían a amenazarme con peores castigos si no me callaba. En vista de ello, reuní todas mis fuerzas y apelé al único recurso que me quedaba: correr con paso gimnástico, moviendo a compás brazos y piernas, a lo largo del circuito interior del calabozo. Olvidé mis preocupaciones, impulsado exclusivamente por la necesidad de dominar el frío, y corrí, corrí desatentadamente, corrí como una bestia. Y ya no pensaba en otra cosa que en correr, correr, seguir corriendo… Y experimenté algún alivio, sí, pero era evidente para mí que no podría seguir corriendo toda la noche. De pronto, chirrió la puerta. Yo me detuve, jadeante. Creí al pronto que acudía alguien en mi auxilio, que alguien había observado desde fuera, a través de la mirilla, mi desesperada lucha contra los efectos del frío y venía a liberarme de su acoso. Pero no, no se abría la puerta por eso. Se abría para dar paso a un nuevo inquilino, que entró con aire de perro apaleado y que me miró, asustado. Otro chirrido y quedamos frente a frente los dos hombres. Bueno, el recién llegado no era todavía un hombre, sino un mozalbete de unos dieciséis o diecisiete años, de tipo anémico, vestido solamente con un mono y calzado con unas alpargatas rotas, sin calcetines. El muchacho se recostó en la pared y siguió mirándome despavorido; aterrado, sin duda, al verme con los cabellos en desorden, con las mandíbulas contraídas, respirando ruidosamente por la nariz. Y, en verdad, mi aspecto debía ser verdaderamente impresionante. Su pinta, en cambio, era la clásica del golfillo, del pequeño delincuente habitual, del descuidero que, en el lenguaje carcelario, se llama también pringoso o chorizo. Se va a quedar helado si no se mueve, pensé. Esta idea llegó a apoderarse de mi cerebro, a repiquetearme, a martillearme, a herirme en él.
—¿Por qué no corres como yo? Te vas a morir de frío —le grité.
Pero el muchacho, con los ojos de par en par, como si viese en mi a un fantasma, movió la cabeza negativamente y me gritó, con voz débil, tartamudeando:
—Yo no puedo correr.
—¿Por qué no? —insistí.
—Porque no tengo fuerza para moverme.
Me acordé entonces del bocadillo que me preparara Alfonsina y se lo ofrecí.
—Toma. No es mucho, pero te quitará el hambre.
El golfillo extendió hasta él sus manos, moradas y temblorosas, y lo cogió.
Yo no estaba para contemplaciones. No podía entretenerme. El frío me hacía tiritar. Por eso, reanudé inmediatamente mi recorrido de noria, contando las vueltas. A la cuarta, me detuve, obligado por la irresistible necesidad de orinar. Lo hice dificultosamente contra la pared, en cualquier sitio. El orín humeaba, era un chorro de humo… Y otra vez a correr. Más vueltas: diez, once, doce… Ya no corría con ritmo gimnástico. Me faltaba el aire en los pulmones y las piernas me pesaban como si hincase los pies en barro espeso. Quince, dieciséis… (Me ahogo, me ahogo). Disminuí la velocidad de la marcha. Tropecé. (Que me caigo. Me voy a caer). Veinte, veintiuna… Ya no podía más. (Voy a reventar). Y me detuve, resonante, doblado sobre mí mismo.
Me recosté en el muro. Respiraba con la boca abierta y el aire silbaba en mi garganta. Mientras, el muchacho seguía mirándome con una fijeza terrible, como hipnotizado. El paquete con el bocadillo yacía caído a sus pies, intacto. Hice un esfuerzo y, tambaleándome, me acerqué a él.
—¿Por qué no comes?
Él hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No puedo. El frío no me deja.
Tenía los labios amoratados y los ojos, rebosantes de lágrimas que no acaban de caer.
—¡Vamos! ¡Muévete un poco! —le grité, fuera de mí y espantado por la idea de que pudiera quedarse muerto en la misma postura, tieso como un témpano.
Pero no me hizo caso. Entonces le di unos golpes en la espalda, para desentumecerle y animarle, pero el chico no se movió. En vista de ello, le azoté el rostro, primero suavemente, y, después, con más fuerza, aunque, en los dos casos, con precaución, a fin de no hacerle daño. Inútil. Lo único que conseguí fue atemorizarle.
—¡Déjeme! ¡No me pegue! —y las lágrimas, hasta entonces inmóviles, empezaron a descolgarse por sus mejillas.
Tuve que sostenerle para evitar que se derrumbara y como vi que no le quedaban fuerzas para reaccionar, me lo llevé, casi a rastras, hasta el poyete y lo tendí en él. Luego, me eché a su lado y abrí la manta sobre los dos. El muchacho entonces se abrazó a mí con las pocas fuerzas que le quedaban, plegó las piernas y se encogió cuanto pudo. Yo me acoplé a su postura de forma que la manta nos cubriese a ambos, y pronto nuestros alientos, confundidos, templaron el aire bajo ella. Mi joven compañero, pese a todo, se durmió en seguida, vencido por el helor, el hambre y el agotamiento. A mí también me acometían el sueño y el cansancio. Sentí como si flotara en el vacío, ingrávido, y, luego, como si el viento me arrastrase por el espacio desierto hacia una sima oscura, donde, al fin, fui hundiéndome lentamente. No obstante, me di cuenta del mal olor que exhalaba el muchacho, olor a mugre, a carroña, y las bascas del asco me subieron desde el estómago a la boca. Creo que intenté, que hice desesperados esfuerzos por desasirme de él, por apartarlo de mí, por arrojarle del cobijo. Pero no pude lograrlo. No me quedaban fuerzas para ello.
Poco a poco fue oscureciéndose mi cerebro y ya no supe de mí hasta que me despertaron las voces autoritarias de los guardianes.
Ya era otro día y el coche celular esperaba para trasladarme a los calabozos de la Dirección General de Seguridad, donde encontraría las respuestas que con tanto ahínco y tan inútilmente buscara la noche anterior, y donde quizá, quizá, quién podía saberlo, me estuviera aguardando algo peor que la muerte.
* * *
—¿Quién piensas tú que ha podido ser el chivato?
Formábamos corro en el patio de la nueva prisión de Carabanchel los integrantes del grupo de «Casa Felipe» y del garaje, excepto Ramón y Jaime, una fría mañana de invierno en la que el sol era impotente para disolver la pegajosa niebla que nos envolvía.
—Eso mismo pregunto yo, Ibáñez —dijo Duarte, golpeando una con otra sus manos enguantadas.
La pregunta constituía nuestra obsesión y la repetíamos cada mañana, como si fuera un saludo, al reunirnos en el patio.
¿Quién nos delató? El agente me obligó de malas maneras a sentarme en el taburete frente a la mesa cubierta de legajos, carpetas y ceniceros rebosantes de colillas. Yo llevaba dos días incomunicado en una celda, casi sin comer, porque me repugnaba el rancho que nos repartían, y, a consecuencia de ello, me encontraba muy débil y temía que no pudiera resistir dignamente el embate del interrogatorio, cuyo sistema, que conocía muy bien, me espeluznaba con sólo recordarlo.
Había compuesto una historia bastante verosímil que justificase la reunión, la fatídica reunión, de aquella noche en el garaje. Sí, yo había asistido a ella, pero sin saber a ciencia cierta con qué objeto. Luego resultó que se trataba de responder a la acusación de colaboracionistas que sostenían contra nosotros algunos antiguos compañeros porque nos negábamos a seguir sus directrices y porque, según ellos, nos manteníamos en una actitud inoperante frente al régimen franquista. Era para nosotros cuestión de honra salir al paso de semejante calumnia mediante un documento colectivo que haríamos público de alguna manera, y en el que, más que defendernos, atacaríamos a nuestros detractores. Discutimos largamente los términos en que debería ser redactado y se acordó que se aportarían varios borradores que serían examinados uno por uno en una próxima asamblea hasta concordar el definitivo texto. En cuanto a la forma de difundirlo, se pensó en algunos compañeros situados en los puntos neurálgicos de la red ferroviaria, para que así pudiese llegar con toda seguridad a los corresponsales de provincias. El correo era peligroso. En cambio, un pequeño paquete llevado en propia mano por un mensajero de confianza ofrecía todas las posibles garantías de discreción y eficacia. Convine conmigo mismo en confesar, si se me apretaba hasta ese punto en el interrogatorio, mi desplazamiento a Alcázar de San Juan con el fin de convencer a Lucilo de que nos sirviera de enlace, pero haciendo constar al mismo tiempo el resultado negativo de mi gestión, que Lucilo se había negado rotundamente a colaborar con nosotros, porque debía quedar él fuera del asunto a toda costa. Yo estaba convencido de que, en los interrogatorios, no es conveniente abroquelarse en la negativa ni cerrarse en banda ante el ataque de los interrogadores. Decir que no a todo, rechazar de plano los cargos o las insinuaciones, empecinarse en eludir la cuestión planteada, es una táctica torpe, de avestruz, finalmente ineficaz, porque el inquisidor es siempre el más fuerte y porque toda resistencia tiene un límite. Hay que resistir, evidentemente, pero la resistencia ha de ser elástica, flexible, como en la guerra, sacrificando una posición secundaria para evitar la quiebra y el desbordamiento de todo el sistema defensivo. Me acordé de mi primer interrogatorio, en circunstancias mucho más graves. Entonces se me acusaba, nada menos, que de conspirar contra el régimen de Franco, al mes escaso de haber terminado la guerra civil. Se pretendía con ello llevarnos rápidamente, a mis compañeros y a mí, ante el piquete de ejecución. La denuncia era falsa, por supuesto, pero yo no podía alegar testimonio ni prueba alguna en contra, sino sólo palabras. Negar simplemente no me hubiera valido de nada. Antes al contrario, mi negativa habría irritado, hasta un grado peligroso, a unos adversarios dispuestos a todo y, naturalmente, a emplear la violencia hasta el límite máximo con tal de conseguir mi confesión. Vi claro entonces que era preciso conceder algo, ceder un punto, algún terreno y, luego, maniobrar en el sentido que más me conviniera. Y eso hice en aquella ocasión. Ofrecí, a cambio de la falsedad que se me proponía, el relato verdadero de mis actividades en el período de la guerra, suficientemente comprometedoras por otro lado, y me creyeron. Me creyeron porque la verdad tiene una fuerza de convicción irresistible, y porque, en aquel caso, la presa quedaba de todos modos asegurada. Con lo que yo declaré espontáneamente había materia más que sobrada, según me dijeron ellos mismos, para que me fusilasen. Bien, pero, por el momento, me había librado de sus puños y de sus vergajos y, a la postre, aunque, efectivamente, me condenaron a muerte, se me conmutó, en última instancia, esa pena por la de treinta años de prisión y salvé la vida. De lo contrario, después de indescriptibles sufrimientos físicos y morales, tal vez habría acabado por admitir, sin ninguna capacidad ya de raciocinio, los falsos e imaginarios hechos que se me imputaban, con lo que hubiera cavado mi propia fosa, caso de no perecer antes en la prueba, como les ocurrió a otros. Probablemente.
No lo sé. Lo que sí sé es que salí indemne gracias a mi forma de proceder. En la nueva prueba a que iba a ser sometido pensaba actuar de la misma manera, aunque las circunstancias fuesen muy otras, menos dramáticas, y las consecuencias que pudieran derivarse, mucho menos graves también. Lo que más me preocupaba era que no coincidiese mi versión con las de los demás encartados. ¿Qué habrían dicho ya o dirían mis compañeros? Si discrepábamos, quedaría en evidencia mi artimaña y sobrevendrían consecuencias incalculables. De las contradicciones surgiría la duda para los interrogadores y éstos se inclinarían por la versión más desfavorable a todos y pondrían en juego sus poderosos medios coactivos para conseguir su aceptación por cada uno de nosotros, por las buenas o por las malas. ¿Por qué antes de separarnos aquella noche no preparamos la coartada para el caso de que nos detuviesen y nos interrogasen? ¡Qué fallo! ¡Qué falta de previsión! Habíamos procedido como unos insensatos. ¡Insensatos, insensatos, insensatos! Por si ello no fuera bastante, el funcionario que tenía frente a mí, al otro lado de la mesa, no era un inexperto como el joven falangista de la primera vez. Tendría unos cuarenta años y su aspecto y su forma de mirar y de moverse sugerían la imagen de un hombre avezado, de mucho oficio, la de un verdadero profesional ducho en triquiñuelas y maestro en técnicas inquisitoriales. Frío, flemático, impasible, una máscara bajo la que, probablemente, encubriera un carácter agresivo y despiadado. En fin, un ser deshumanizado e impersonal en su cometido, una máquina. Si alguien le preguntase la razón de que ocupara aquel sitio, es muy posible que no supiese responder o contestase que estaba allí y ejercía de inquisidor porque ese era su trabajo, un trabajo como otro cualquiera, por el que le pagaban, o dijese que así creía desempeñar una alta función imprescindible en defensa de una sociedad a cuyo servicio estaba, o alegase ser un combatiente contra el mal, contra las ideas disolutas, contra los enemigos de Dios y de la patria. Vaya usted a saber por dónde saldría. Y yo me preguntaba: ¿A cuántos hombres habrá interrogado, sometido y roto en esta misma habitación?
Una chispa versátil de luz brincaba en los cristales de sus espejuelos de concha aguzando aún más su mirada, ya de por sí muy penetrante. Se puso de codos sobre la mesa y apoyó la barbilla en sus manos cruzadas. (¡Ahora! ¡Empieza la función!) Movió, en efecto, los labios. Su voz me pareció tranquila, lejana, opaca, casi irreal. Y yo no le entendía, no le entendía… No podía entenderle. ¿Cómo? ¿Que si nos reuníamos en «Casa Felipe»? Y volví a preguntarme: ¿Será un cambio de frente? ¿Es que me ataca por un flanco? ¿A dónde querrá llevarme? ¿O lo sabe todo, todo? Pero no me dejaba tiempo para pensar la respuesta. Así que… Pues sí. Yo solía ir a «Casa Felipe» algunos lunes, no todos, para charlar un rato con antiguos compañeros y amigos de la cárcel. ¿Que de qué hablábamos? Pues, hombre, intercambiábamos noticias acerca de nuestra situación y de la de otros conocidos comunes. Nuestro principal problema era el trabajo. Por ejemplo, yo me había colocado donde trabajaba últimamente gracias a una de esas informaciones, ¿comprende? Me dijeron que necesitaban allí un listero, me presenté y me dieron el cargo. Sin más ni más. Todos queríamos mejorar, encauzar nuestras vidas, en una palabra, prosperar, y, sobre todo, volver cuanto antes al ejercicio de nuestra profesión, aunque, de momento, uno tuviese que agarrarse a lo que saliera, como yo. No, no formábamos ninguna célula ni ningún grupo homogéneo políticamente. Sí precisamente nos juntábamos hombres procedentes de todos los sectores ideológicos…
—Bien, ya sabemos que «Casa Felipe» es un nido de rojos. Hablarían de política también, ¿o no?
Claro, a veces, aunque la verdad es que estamos muy escarmentados de la política que no nos ha traído más que desgracias. En una conversación de un par de horas o más entre hombres como nosotros se habla de cualquier cosa, hasta de fútbol.
—¡Vaya! ¿También de fútbol?
Pues sí, señor, también, y, por supuesto, de política si se terciaba alguna noticia importante, si bien las discusiones y los comentarios no pasaban de ser de tipo general. Noticias leídas en la Prensa nacional, naturalmente. También, en algún caso, de la BBC de Londres o de Radio España Independiente. ¿Por qué iba a negarlo? Yo no escucho nunca la radio, ni la española ni las extranjeras, pero eso no quiere decir que todos hagan lo que yo.
—¿No se acordaban ustedes de que están en libertad provisional y que cualquier desliz puede llevarles de nuevo a prisión hasta el cumplimiento total de la pena?
—Sí, señor, ya lo creo que lo sabemos y lo recordamos. ¿Cómo podríamos olvidarlo si tenemos que pasar todos los meses por la comisaría? Precisamente por eso ninguno de nosotros quiere meterse en líos. Bastante hemos penado ya.
—Eso quiere decir que están ustedes de acuerdo con el régimen del Caudillo, ¿no es eso?
Era una pregunta capciosa, pero no podía eludirla. ¿Mentir? No. De ninguna manera. Aparte de que no se tragaría el anzuelo, me degradaría vergonzosa e inútilmente ante sus ojos. Además, me repugnaba mentir. Y dije una verdad, pero sólo a medias. No es que estuviésemos de acuerdo o en desacuerdo con el régimen del Caudillo, porque se trataba de algo que estaba por encima de nosotros, de nuestra voluntad. Lo que sí podía asegurarle es que no conspirábamos contra él. Si un día nos rendimos con las armas en las manos, cuando todavía teníamos un ejército, y cañones, y aviones, ¿en qué cabeza cabía que nos fuésemos a rebelar ahora media docena de hombres sin relieve, sin dinero, sin influencia, desarmados y desorganizados? Mi respuesta era convincente desde el punto de vista de la razón y de la sensatez. A simple vista, ¿qué peligro podíamos representar nosotros para Franco? Menos que una pulga para un elefante. Y eso lo sabíamos muy bien nosotros. Así era objetivamente.
Corrió por los labios del inquisidor una leve sombra y brilló una chispa de burla tras los cristales de sus gafas. Hizo una pausa. Levantó la cabeza y, sin dejar de mirarme, sus manos extrajeron un cigarrillo del paquete que estaba sobre la mesa y lo encendió. Dio una larga chupada, después, al tabaco y expulsó lentamente el humo. Entonces sonó a mi espalda otra voz, metálica y agresiva:
—¿Quién fue el que dijo que tanto Franco como el general Muñoz Grandes son dos criminales de guerra que debían haber comparecido ante el tribunal de Núremberg?
¡Ah! ¿Con que era eso? Al fin quedaban las cartas boca arriba. Era verdad que se habían pronunciado esas o parecidas palabras, más de una vez, en nuestras reuniones. Es más, nuestras pláticas tenían casi como único objetivo la crítica implacable y apasionada de la dictadura. Claro que era cierto. Pero yo, en vez de contestar, me volví para verle la cara al autor de la pregunta. Entonces, el funcionario que estaba sentado frente a mí me amenazó:
—¡Eh! Que no se te ocurra volver la vista atrás otra vez.
De pronto, me tuteaba, señal de que se acababan los buenos modos y de que el interrogatorio se endurecía. Empezaba el peloteo. Y yo era la pelota. Al hombre de atrás lo vi joven, fornido, mal encarado, en mangas de camisa, listo para la faena. No obstante, dominé mi miedo y contesté, simulando una tranquilidad y un aplomo que estaba muy lejos de sentir. Dije que era muy probable, no digo ni que sí ni que no, que se hubieran dicho alguna vez palabras como aquéllas, pero que yo no podía recordar cuándo, cómo ni por quién. El hombre de atrás gruñó algo ininteligible, me agarró por el cuello y me zarandeó violentamente.
—Con que no te acuerdas, ¿eh, cabrón?
Me lo gritó varias veces. Y yo grité también que no y que no, y que lo único que podía decir era que no habían salido de mis labios. Me dolía el cuello y se me atragantaba la voz.
—Pues voy a hacer que cantes más que un mirlo. ¡Cantas o…!
Al fin el hombre de atrás soltó mi cuello y yo quedé con la cabeza caída sobre el pecho y con los ojos cerrados.
—Vamos a ver si nos entendemos.
Era otra vez la voz apacible y fría del hombre de la mesa. Me enderecé sobre el taburete y abrí los ojos. Sobre su cabeza y desde una gran fotografía, Franco, juvenil y redondo, vestido de general, destocado y con una mano apoyada ligeramente en la esquina de una mesa, sonreía con levedad, a la manera misteriosa de la Gioconda.
—Así que admites el que solíais reuniros los lunes en «Casa Felipe» para hablar de política, que criticabais al Glorioso Movimiento Nacional y que, en alguna ocasión, alguien de los presentes, cuya identidad tú no puedes precisar ahora, insultó gravemente al Jefe del Estado y al heroico general Muñoz Grandes, ¿no?
No me pasó, desde luego, inadvertida la interpretación tendenciosa que daba a mis manifestaciones, pero, dadas las circunstancias, pensé que salir de aquel trance a ese precio resultaba un buen negocio. Algo había que perder y perdía lo mínimo. El que no hubiera salido a relucir el episodio del garaje, que era lo que yo más temía, me liberaba, y liberaba a todos los participantes en él, de la única responsabilidad que a los ojos de aquellos dos hombres, de su mentalidad y de su oficio, hubiera constituido un motivo lo suficientemente grave como para hacernos pasar por un verdadero calvario. Por eso, asentí con un gesto. El hombre de la mesa hizo una señal al de atrás y éste se adelantó hasta mostrarse plenamente al descubierto ante mí.
—¿Ya? ¿Va a escapar así?
El de la mesa dijo que sí y, cambiando de actitud, tomó una de las carpetas que tenía delante y preguntó:
—Es el último del grupo, ¿verdad?
El hombre de atrás contestó afirmativamente y así me enteré de que era yo, de entre los contertulios de «Casa Felipe», el que había prestado declaración en último lugar. También deduje que les aguardaban otros trabajos más importantes y que, debido a ello, les corría prisa acabar con el nuestro. ¡Nuevamente me protegía el azar! Luego, hube de repetir, una vez más, mi nombre, mis apellidos y todos los demás datos concernientes a mi persona. El hombre de atrás transcribió todo ello a máquina, añadiendo, casi con sus mismas palabras, el resumen que de los hechos que se me imputaban hiciera pocos minutos antes el hombre de la mesa. Cuando concluyó, dio lectura de lo escrito en voz alta y el de la mesa, levantando su vista desde los papeles a mis ojos, me preguntó:
—¿Conforme?
Dije que sí.
—Firma.
Firmé.
—Que se lo lleven.
Días más tarde, ya en la prisión de Carabanchel, supe que mis compañeros habían declarado poco más o menos lo que yo, qué casualidad, y corroboré mis sospechas en cuanto a la necesidad que apremiaba a mis interrogadores de acabar cuanto antes nuestro asunto. En efecto, numerosos detenidos políticos de última hora aguardaban en los calabozos del departamento su turno para ser sometidos a la prueba de los interrogatorios.
Jordán era de los que no dormía ni vivía tranquilo pensando a todas horas en quién o quiénes pudieran haber sido los soplones.
—Repito que no hay que pensar en los que faltan —dijo—, porque tanto Jaime como Ramón son dos compañeros a toda prueba. Si no están aquí es porque la policía no los encontró en el nido cuando fue por ellos. De Felipe, el dueño del bar, sabemos que ha ayudado más de una vez a huidos de la cárcel o perseguidos por la policía. Los mozos del mostrador y los camareros son amigos de Felipe. Así que… Ha debido ser algún baboso de esos que andaban por allí hablando de fútbol para disimular su verdadera condición de confidentes.
—Es lo más probable —dije yo—, porque la poli sospecha que «Casa Felipe» es un nido de rojos. Me lo dijeron en el interrogatorio.
Intervino Ibáñez:
—El problema consiste en que estamos aquí, en que hemos fracasado una vez más.
—Exactamente —dijo Carlos.
—Yo lo presentía —siguió diciendo Ibáñez—, pero consentí en participar en el asunto para que no me creyérais tibio o cobarde. Demasiado sé que perdimos hace ya mucho tiempo nuestra oportunidad. Nuestro mundo ya no lo comprende o no quiere comprenderlo nadie. Estamos solos unos cuantos grupos como el nuestro en medio de un pueblo desilusionado que no quiere saber de revoluciones o cosa parecida. La gente ha quedado muy escarmentada y lo único que pide es que la dejen vivir en paz, aunque sea a trancas y barrancas, aunque sea pasando hambre y trabajando hasta el agotamiento. De aquí a unos años, cuando los chavales de hoy lleguen a ser hombres, ya será otra cosa, pero entonces, los que ahora andamos por los cuarenta no seremos más que fantasmas, si es que vivimos.
—Puede que tengas razón, Ibáñez, pero no me negarás que somos unos estupendos tipos románticos —dijo Carlos.
—Sí, unos insensatos tipos románticos —accedió aquél—. Si estuviéramos libres de mujeres e hijos, no estaría mal, no, el juego, pero complicamos la vida a otros seres y a eso no tenemos derecho. No somos dueños de nosotros mismos, esa es la verdad.
—Afortunadamente, yo soy soltero, igual que Federico —replicó Carlos.
—Pero tenéis familia.
—Yo, no.
—Federico, sí.
—Bueno, Ibáñez, era una broma. Te comprendo perfectamente.
—De todas maneras, Carlos, en una obra como la que nosotros pretendimos llevar adelante, no es posible contar solamente con hombres solteros, ni de estas o aquellas cualidades. Hay que echar mano de lo que se tiene. Y ya ves lo que resulta. Los hombres, en su mayoría, prefieren la seguridad al riesgo y a la aventura. Yo he trabajado con Lucilo, el compañero de Alcázar de San Juan, quince años, compartiendo la misma mesa en las oficinas de M.Z.A. ¿Y qué le contestó a Federico cuando supo que iba de mi parte? ¿Qué te contestó, Federico?
—Me suena, me suena…
—Me suena, me suena… Pues yo os digo que Lucilo Fernández fue siempre un militante dispuesto a jugarse el tipo por la causa de los trabajadores. Se lo jugó en 1934 y en 1936 y no digamos las veces que se lo jugaría durante la guerra.
Carlos, como siempre, fumaba tabaco rubio y vestía con un atildamiento que le distinguía en medio de nuestras prendas de campaña, en muchos casos residuos de la intendencia militar, envejecidas y deterioradas en el anterior período carcelario sufrido por todos nosotros. Mientras Ibáñez seguía perorando, yo dejé vagar mi mirada por el patio de la prisión. Se veían pocos grupos de presos políticos en relación con el grueso del censo carcelario, cuya mitad, por lo menos, estaba constituida por delincuentes comunes: carteristas, pederastas, proxenetas, ladrones de todas clases y algún homicida. ¡La cárcel! Tampoco era ya la de entonces, la de unos años antes. Había desaparecido en ella aquel su aire característico de gran familia. La lucha entre las diversas facciones para conseguir la hegemonía dentro de la prisión ya no era más que puro instinto de defensa frente a la creciente marea de los nuevos inquilinos, gente que no era de fiar. Tipos capaces de la mayor felonía por un plato de rancho. Sin embargo, ellos eran ahora los moradores en propiedad de la cárcel y nosotros, los forasteros; todo lo contrario de lo que sucedía en nuestro tiempo, cuando ellos apenas representaban una minoría insignificante en medio de la gran masa de presos políticos. Además, ¿dónde estaban aquella ebullición de ideas y aquella permanente controversia que mantenían tensa y excitante la vida en las prisiones? ¿Qué había sido de tantos proyectos para el futuro, de tantos planes, de tantos compromisos, de tantas alianzas y de tantas promesas, urdidos en las largas horas de los incontables días pasados, consumidos, quemados, entre los muros de las numerosas prisiones en que encerró a tantos españoles la victoria fascista? Yo apenas si había advertido los síntomas del cambio en los últimos años de mi estadía en la cárcel, porque, en la de Zaragoza, la afluencia de guerrilleros atrapados en el monte vino a llenar los huecos que iban dejando los liberados por los sucesivos indultos. Pero mi retorno a la prisión, tras unos meses de andar suelto por Madrid, me descubrió la nueva realidad. Ya ni la cárcel era «mi cárcel», la que yo conocía y en la que yo desgranara los mejores sueños y los mejores años de mi juventud. Era otra cárcel y, asimismo, otros presos, otro estilo, otro ambiente, otra moral. «Aquello» se fue, desapareció. Así, pues, los últimos restos de aquel mundo que nosotros mantuviéramos vivo, como en un laboratorio, o conserváramos estático e imperturbable, como en un museo, había sido aventado por el tiempo. Muerto definitivamente, ya nunca más lo encontraría, como no volvería a vivir jamás los años pasados. Quedaba atrás, perdido para siempre.
—Menos mal que no salió lo del garaje —decía Ibáñez.
—No me hables de eso, porque se me ponen los pelos de punta. ¡Aviados estaríamos ahora si alguien le hubiera ido con el soplo a la policía! —exclamó Duarte.
—Tengo noticias de que habrá sobreseimiento —afirmó Ibáñez—. Y, mirándolo bien, no hay por qué sorprenderse. ¿De qué nos acusan, en definitiva? ¿De que hemos hablado mal del régimen? Ni el juez lo ha tomado en serio, porque, ¿quién no habla mal del régimen en este país? —hizo una pausa y añadió—: De todas maneras es una advertencia. Así que ¡ojo, compañeros! Cuando salgamos de esta, lo que tenemos que hacer es encontrar un buen trabajo y aguantarnos hasta que llegue nuestro turno, si es que nos coge entonces con vida y ganas.
—Nada. Está visto. Pondré una tienda —terció Carlos—. No me queda más salida que convertirme en burgués.
Sonó entonces, vibrante, el grito de uno de los voceadores:
—¡Oído!
Cesaron repentinamente las conversaciones y todos nos volvimos a mirar al punto de donde había partido la llamada de atención.
—¡Federico Olivares, a jueces!
Quedé paralizado. ¿A jueces? ¿Para qué? ¿Habría ampliación de diligencias? El voceador repitió la llamada y Jordán contestó por mí:
—¡Va!
Me empujaron mis compañeros mientras yo les preguntaba, aturdido:
—¿Para qué será?
—Aquí no te lo van a decir, hombre —repuso Ibáñez, añadiendo—: Sea lo que sea, tienes que ir. Anda, hombre. A lo mejor es una buena noticia.
Me despedí de mis amigos con una mirada y me dirigí lentamente a la puerta del patio. Desde allí me volví a mirarles.
La niebla los difuminaba, los empequeñecía y los alejaba, como a los paisajes que vemos correr hacia atrás desde el tren. Los demás reclusos habían reanudado sus paseos para combatir el húmedo frío cuajado en el aire. Apartado de todos y agitando las manos amistosamente, me saludaba Martín «el divisionario». Era un tipo huraño que miraba siempre a lo lejos, como por encima y más allá de las personas que tenía ante los ojos. Mirada típica de marinero. Se distinguía también por sus movimientos ágiles y sinuosos y por el aseo y orden que se advertían en su persona y en sus cosas. Me interesó desde el primer momento, pero me fue muy difícil llegar con él al terreno de las confidencias. Todos los tanteos y escaramuzas que aventuré con ese fin me fallaron, hasta que cierta noche, al filo ya del toque de silencio, y al extender la colchoneta, me preguntó de repente, vuelto de espaldas a mí:
—Tú eres político, ¿eh?
—Sí.
—¿Trabajo clandestino?
—Sí.
—Yo, no; común. Bueno, eso dicen. Si es eso lo que querías saber…
De momento, no supe qué decirle. Él, entre tanto, se había sentado en el petate y me miraba sonriendo irónicamente.
—¿Qué? ¿No te gusta eso? —y empezó a descalzarse.
Por toda respuesta, le invité a fumar, aunque nos estaba prohibido, y él aceptó. Aproveché la pausa de liar el cigarrillo para decirle:
—No me importa nada la clase de delito que te haya traído aquí, ¿sabes?
—Entonces, ¿qué?
Me miraba fijamente con el cigarrillo junto a los labios, a punto de ensalivar el borde engomado del papel. Yo pegué el mío y, luego, dije:
—El hombre. A mí sólo me interesa el hombre en estos casos.
Martín guardó silencio. Encendimos los pitillos y fumamos. Luego, esparcimos el humo a soplos y tapamos aquellos con las palmas de las manos por si se le ocurría a algún guardián espiarnos por la mirilla.
—Claro. Para catequizarme, ¿no? —dijo, al fin, sin mirarme.
—¡Oh, no!
—Tengo entendido —y me miró de frente— que en todas partes, pero especialmente aquí, os dedicáis a hacer prosélitos. Si es así, te advierto que conmigo das en hueso.
—Descuida —y le sonreí—. No he pensado en ello ni un instante siquiera.
—Entonces puede que nos entendamos.
Sonó el toque de silencio, como un gemido prolongado perdiéndose en la noche, y el aire de la celda se apretó de angustia. Por el alto ventanuco celular empezó a deslizarse el tropel de fantasmas de la vida: añoranzas, recuerdos, y esas voces olvidadas del remoto ayer que de nuevo nos hablan de todo lo perdido. A los reclusos se nos ordenaba dormir, pero muchos quedarían en vela, en una semivigilia enconada, acosados por las quimeras. Nos desvestimos rápidamente y nos arropamos con las mantas. Quedamos como dos navegantes solitarios en un oscuro mar. Aunque nuestros lechos estaban próximos, nos sentíamos separados por una enorme distancia. Sólo la voz podía unirnos, como un cable invisible, la voz de Martín en aquel caso, que fue reviviendo pausadamente algunos episodios de su vida pasada.
Martín fue alférez provisional en la guerra civil, de los que tuvieron la suerte de desfilar en triunfo por Madrid. ¡Tantos meses de lucha desesperada entre el frío, el calor, la sed, el miedo y el delirio! Al fin, el día de la victoria, marchando al son de los himnos marciales, bajo las banderas desplegadas, ente la mirada encendida de las mujeres.
—¿Qué sentiste ese día, Martín?
—¡La gloria!