Oscuro amanecer
XII
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Después de la guerra, la paz. Le desmovilizaron y le ofrecieron un empleo civil en un centro oficial. Lo aceptó y dio comienzo para él lo que se llama «vida normal». A las nueve de la mañana, presentarse en la oficina. Volver a casa a las dos. A las cuatro, otra vez a la oficina. A las ocho, asueto. A las diez, la cena servida en la mesa familiar. Su casa, con el largo pasillo, las desvencijadas sillas, la fea estufa… Y su padre, tan metódico, diciéndole todos los días:
—¿Cuándo vas a coger de nuevo los libros? No creo que pienses pasarte toda la vida de chupatintas.
Su madre, acabada, vencida, llena de sombras, arrastrando tristezas, que se lamentaba:
—No parece ya mi Martín. Antes era tan alegre, tan obediente, tan cariñoso…
La pobre señora no comprendía que tres años de guerra hacen dar un salto muy largo en la vida. De niño se pasa bruscamente a ser hombre, pero un hombre viejo. Como una página en blanco, impoluta y desconocida, queda lo que debiera haber sido el paisaje alegre y multicolor de la juventud.
Un día llegó tarde a la oficina. Otro día no fue. Su jefe le llamó al orden y él se insolentó. Su jefe tenía un aire apacible. Había engordado. Su cara era redonda y usaba gafas.
Martín, jugando los brazos como banderas de señales, le dijo:
—¡Yo he estado en Brunete!
—Yo, también —replicó su jefe.
—¡Y en Belchite!
—Yo, también.
—¡Y en el Ebro!
—Yo, también.
Martín se calló, abrumado. Entonces dijo su jefe:
—Y ahora estoy aquí y cumplo con mi deber, el mismo deber que tú debieras cumplir: trabajar. La paz es más difícil que la guerra, Martín.
¿Trabajar? Mover papeles de un lado a otro, tomar notas… ¡Horrible quehacer! Cuando se sentaba a la mesa de trabajo, creíase amarrado a un potro de tortura. Con la pluma en la mano, la imaginación volaba hacia atrás y recorría otra vez los caminos de la guerra, siempre inciertos y sorprendentes. Volvía a ver las muchachas de los pueblos, que le sonreían al pasar; los amaneceres del frente, lívidos, preñados de amenazas; las noches de refriega, cuando las filas de trincheras fosforescían y en el horizonte sin luz estallaban las rosas de fuego… Él daba órdenes, mandaba.
Volvía a la realidad cuando los demás empleados se despedían. Su trabajo quedaba amontonado, sin hacer. Su jefe movía la cabeza.
—¿Cuándo te vas a enterar, Martín, de que la guerra ha terminado?
Y, en su casa, su padre:
—¿Cuándo te vas a decidir a estudiar?
Y su madre:
—Sé obediente como antes, hijo mío.
Yo sé que eres bueno, pero estás… No acabo de comprender lo que te pasa, Martín.
No podía más. ¿Por qué? Un día, su jefe le reveló el misterio:
—Eres un inadaptado, Martín.
Estalló la guerra mundial y entonces ya no pudo resistir la oficina, ni su casa con su largo pasillo, con sus sillas desvencijadas, con su fea estufa. Devoraba la Prensa al atisbo de una oportunidad. Vivió una espera devoradora, frenética. Y fue de los primeros en alistarse como voluntario en la División Azul, que marchaba a la guerra de Rusia. Cuando de nuevo vistió el uniforme y oyó las voces de mando, se sintió renacido, resucitado. ¡Se encontró a sí mismo!
Primero, Alemania; luego, Rusia. Marchas, bosques inmensos, combates.
—Aquella sí que era una guerra grande, Federico. Sólo nos faltaba nuestro sol para el completo.
No se acordaba de los fríos glaciales, de las marchas agotadoras, del horror de la lucha. En su memoria sólo quedaba la huella de los momentos de furia y esplendor, de los hombres que afrontaban la muerte con los ojos abiertos, del estruendo de los combates, del olor a pólvora, del estallido de los obuses, del inmenso clamor que se levantaba de la tierra…
La División Azul fue repatriada, pero él optó por seguir en la guerra y se quedó en el ejército alemán. De Rusia, pasó a Francia, donde estuvo batiéndose a la desesperada hasta que cayó prisionero de los americanos, y, luego, los campos de concentración, hasta que logró fugarse. Y, no sabiendo ya a dónde huir, el retorno a España. Otra vez la oficina, otra vez el largo pasillo de su casa, las viejas sillas, la horrible estufa. Otra vez las admoniciones de su padre y los lamentos de su madre. Otra vez las reprimendas de su jefe cuando faltó dos días seguidos a la oficina. Se insolentó también entonces y otra vez le gritó, agitando los brazos:
—¡Yo he estado en el Voljov!
Su jefe le miraba en silencio.
—¡Y en las Ardenas!
Su jefe seguía mirándole sin despegar los labios.
—¡Y me he escapado de un campo de concentración!
Su jefe parecía haberse quedado mudo con los ojos fijos en él.
—¿.Qué te parece? Ya no dices nada, ¿eh?
Su jefe se levantó.
—¿Qué quieres que te diga? La guerra te ha envenenado, Martín.
Le insultó:
—¡Cobarde!
Llegaron a las manos. Él, Martín, más ágil, saltó sobre el hombre gordo y le derribó. Rodaron por el suelo, jadeantes, furiosos. Martín golpeaba y mordía, enloquecido.
—No sé lo que duró aquello. Mi jefe quedó tendido en el suelo y yo me vi con las manos manchadas de sangre. Pedí auxilio. No estaba muerto, pero tenía, al parecer, varias heridas graves. Me detuvieron, confesé la verdad y me trajeron aquí.
Se calló y el aire de la celda quedó limpio, en unos segundos, de la densa bruma de sus recuerdos evocados por las palabras. Los fantasmas huyeron y nos quedamos solos nuevamente:
—¿Curará tu jefe?
—Creo que sí. Ya está fuera de peligro.
—Entonces no estarás mucho tiempo preso.
—No lo sé. Dicen que es muy grave lo que hice.
—Sí, pero te apreciarán muchos atenuantes, creo yo.
—¿De veras?
Se incorporó sobre el petate apoyándose en un codo. Sus pupilas brillaban intensamente en la oscuridad, como las de un gato. Un relámpago de esperanza le hizo estremecerse, pero se dejó caer boca arriba sin decir palabra.
—¿Qué harás cuando salgas de aquí, Martín?
Le oí removerse en el petate.
—¿Que qué haré cuando salga en libertad? Pues, hombre, irme a la guerra que haya entonces.
—¿Y si no hay guerra?
—Alistarme en la Legión.
Quedamos en silencio largo rato. Yo me sentía deprimido, angustiado. De alguna manera, por una extraña carambola, las palabras de Martín habían hurgado en mis propias heridas. Marchando por caminos divergentes al parecer, pero, en realidad, paralelos, tanto Martín como yo éramos dos víctimas de la misma causa, la de pertenecer a una generación sacrificada en holocausto de los dioses terribles que se disputan el poder y la gloria. Con una sola diferencia: que Martín había participado en algún momento de uno y de la otra y yo, no, nunca.
—¡Qué largas se me hacen las noches! —exclamó de pronto Martín.
—Y a mí —dije yo.
Otro silencio y, luego:
—¿Y qué harás tú cuando salgas, Olivares?
La pregunta de Martín me desconcertó. La verdad es que no había pensado en ello.
—Tendré mucho tiempo para pensarlo, porque no espero salir de aquí por ahora.
—Bueno, pero si te dieran la libertad, ¿qué harías?
—No lo sé: Empezaría, creo yo, por orientarme… No sé. Te repito que no lo sé.
—¿Vuelta a jugar a la revolución, no? Hombre, a propósito, ¿qué entiendes tú por revolución?
—Es muy largo de explicar, Martín.
—De acuerdo, pero tendrás una idea, ¿no es eso?
—Puede que sí.
—Pues dímela.
—Podría decirte que… Es muy difícil sintetizar en pocas palabras una idea tan compleja. Pero yo diría que, en el fondo, se trata, creo yo, de conseguir que seamos todos de otra manera. Sí, eso es: cambiar la manera de ser de los hombres en comunidad.
—Ser todos de otra manera… No está mal. Ser todos de otra manera —repitió Martín, preguntándome después—: Eres anarquista, ¿verdad?
—No tanto, hombre, no llego a tanto. Ser un verdadero anarquista es tan difícil como ser ángel.
Siguió otro silencio casi palpable. Yo llamaba al sueño vehementemente para que me librase de las pesadillas que me asaltaban en plena lucidez mental, mucho peores que las que se apoderan de nuestros sueños dormidos.
—Vamos a ver si podemos dormir —dije con objeto de poner punto final a nuestra charla y relajarme, abandonarme, pero Martín tenía aún algo que decirme:
—¿Sabes lo que estoy pensando?
—¿Qué?
—Que tú también eres un inadaptado, como yo.
Un inadaptado, un inadaptado… Posiblemente tuviera razón Martín. El funcionario me condujo hasta la puerta del locutorio de jueces. No tuve que esperar mucho.
—Pase, pase —oí que me gritaban desde dentro.
No era el juez, sino su secretario, un sargento.
—¿Es usted Federico Olivares?
—Sí, señor.
El hombre aquel me sonrió amistosamente.
—¿Sabe usted para qué le llamo?
—No.
—Le traigo la libertad.
—¿La libertad?
No lo podía creer.
—Sí, la libertad —recalcó el sargento—. No la esperaba, ¿verdad? Para que vea lo generosa que es la justicia de Franco, hombre. Hala, firme aquí —se levantó y me señaló con un dedo el sitio en el papel donde debía estampar mi firma.
Yo, la verdad, no salía de mi asombro. ¿En libertad tan fácilmente? El sargento secretario puso paternalmente una mano sobre mi hombro y añadió:
—Y ahora, a vivir.
—¿A vivir?
Me vi corriendo por las calles de la ciudad, como un sonámbulo, en busca de una sonrisa humana. Nadie me reconocía, nadie me brindaba su mano. Seguía ajeno a todo y a todos. Las puertas, cerradas contra mí, como si yo fuese portador de una epidemia. (¡Cuidado con él! Es un rojo). Otra vez sin empleo y sin dinero, teniendo que aguantar las groseras insinuaciones de mi cuñado. De nuevo vivir al amparo de Alfonsina. Sólo me quedaba el refugio de Celia, pero, ¿no lo habría perdido también?
Eso era la libertad para mí. Si la cárcel hubiera seguido siendo como en mi primera etapa de recluso, le habría dicho al sargento que guardase para otro la libertad que me ofrecía. Pero ni aun en la cárcel me quedaba un hueco apacible desde donde contemplar el paso de las horas como se contempla el discurrir del agua desde la orilla del río, y ser yo, sólo yo, a solas conmigo mismo, en mi mundo, mío, mío, mío.
—Pues, hombre, qué quiere que le diga. ¡Vivir! —contestó el sargento.
—Ya.
—Pues claro. Y a dejarse de hacer tonterías.
Firmé sin alegría, sin entusiasmo, sin ilusión. ¡Qué diferente de la primera vez, en que la pluma se me escapaba de entre los dedos y no pude signar, sino dibujar un garabato!
—¡Que tenga mucha suerte! —fueron las últimas palabras de aquel hombre que me incitaba a vivir y a no hacer más tonterías.
Le di las gracias y me dirigí al dormitorio para recoger mis cosas y cumplimentar los últimos trámites. Poco después llegaron mis amigos, sabedores de la nueva a través de los misteriosos conductos por los que se filtran las noticias en las prisiones. Mi libertad era para ellos el anuncio de la suya, posible ya en cualquier momento.
—Será cuestión de horas —dijo Ibáñez—. Ya os dije yo que habría sobreseimiento. El que se haya adelantado la libertad de Olivares se deberá, probablemente, a alguna gestión realizada por sus amigos o sus parientes.
—¿No te ha dicho nada el juez? —quiso saber Carlos.
Yo no sabía nada de nada. Era el primer sorprendido. Si, en efecto, mi familia había removido el asunto con ayuda de alguna persona influyente era cosa que yo ignoraba por completo. En todo caso, la misma resolución favorable alcanzaría también a todos mis compañeros. Eso era evidente por sí mismo. No existía ninguna razón especial para que así no fuese. Este razonamiento dejó tranquilos y contentos a mis amigos. Luego llegó la hora de las despedidas, siempre tristes, y de los abrazos, siempre sinceros en estos trances. No faltó Martín, que me susurró al oído:
—Ahora, mucho ojo, muchacho. Procura adaptarte, porque lo tuyo es más peligroso que lo mío.
Nadie me esperaba, tampoco esta vez, en la puerta de la cárcel. La densa bruma desdibujaba sus alrededores. Tuve que esperar un buen rato a que pasase el tranvía. ¡Otra vez la vuelta a la ciudad en tranvía! Llegó casi vacío, con los cristales empañados, húmedo y resbaladizo el suelo. Humeaba el aliento de sus escasos ocupantes. Cada vez que el cobrador abría alguna de las puertas correderas, penetraba un jirón de niebla que se diluía en la masa gris del aire. El conductor, expuesto al frío en la plataforma, se cubría con un largo capote azul, con una bufanda, por la que se escapaba el vaho blanquecino de su aliento, y con unos gruesos guantes de trapo, y golpeaba continuamente el suelo con los pies para desentumecerlos o para avisar a los peatones invisibles haciendo sonar el timbre, cuyo sonido ahogaba la niebla. Ésta crecía y se adensaba a medida que nos acercábamos al río, que aparecía completamente cubierto por ella. Algunos árboles parecían grandes ovillos de lana esponjosa, y se veían guedejas temblorosas prendidas en sus ramas desnudas. Los edificios se enfundaban en gasa transparente y sucia, y los viandantes eran pequeños bultos deslizándose silenciosamente por entre nubes de vapor. A mí, la niebla me traspasaba, más que de frío, de melancolía.
Iba pensando en lo que me esperaba. Ya lo sabía, porque mi hermana se había preocupado de comunicarme, a través de las rejas del locutorio, todas las novedades acaecidas en mi ausencia. Pocas novedades, por cierto. A los tres o cuatro días de mi detención fue el Jaro a casa. Quería hablar conmigo para hacerme saber que la enfermedad de Fuensanta se había agravado súbitamente y enterarse, de paso, de cuál era la razón de mi falta de trabajo.
—¡Se dicen tantas cosas por allí! Mire usted, la gente habla por no callar, ¿sabe? Cada uno da su parecer por las buenas, sin saber nada de nada. La verdad es que el personal, quitando algunos bocazas, lo ha sentido de veras.
Pero cuando Alfonsina le explicó lo que había ocurrido realmente, se puso blanco como el papel, primeramente, y, luego, rojo, como si fuera a estallar, y no dijo nada, sino que se levantó de la silla y se marchó sin despedirse.
—Yo le seguí, muy asustada, pero él mismo abrió la puerta y se lanzó escaleras abajo como si alguien le persiguiese.
¿Por qué? ¿Por miedo a que mi amistad le acarrease complicaciones y desgracias? Alfonsina no encontraba otra explicación a su conducta. Yo, que le conocía mejor que ella, no del todo, naturalmente, pero sí bastante, encontraba lógico su comportamiento. Seguramente, le sorprendió e indignó tanto mi percance que se le subió a la cabeza toda la furia tremenda de su genio. Incapaz de dominarse, prefirió salir corriendo de allí, con la tormenta dentro, antes que desahogarla a su modo en presencia de mi hermana.
—¡Qué tipo de hombre! Daba miedo verle.
Sí, así era el Jaro, aunque mi hermana no lo comprendiese. Otro día me trajo una carta de Celia. A petición mía, la abrió y la leyó en voz alta desde el otro lado de la verja. Era breve. Sólo unas letras para preguntarme también por qué había desaparecido sin previo aviso y sin ninguna clase de explicación.
—¿Es tu amiga, verdad?
—Sí, Alfonsina, es mi amiga.
Entonces mi hermana dio un giro a la conversación:
—Por cierto, el otro día se dejó caer por casa Susanita y, al enterarse de tu situación, me prometió que vendría a verte.
Y vino, juvenil, animosa, triunfante y deslumbradora. Pero la encontré tan segura de sí misma y tan satisfecha que provocó en mí una reacción de hostilidad. Ella encarnaba en aquellos momentos y, sin duda, inconscientemente, el espíritu de los triunfadores. Su presencia allí, sin proponérselo ni sospecharlo ella misma, servía más bien para recordarme lo mucho que nos separaba. Pertenecíamos a dos mundos contradictorios. Sus pensamientos y los míos no podrían coincidir jamás en las cuestiones fundamentales de la vida. Ella ignoraba el sufrimiento, el fracaso, la soledad, el vacío y el desencanto. En cambio, yo… Yo tendría que seguir, todavía por mucho tiempo, el camino de los derrotados, hasta que un día, ¿cuándo?, saliera el sol para los míos, y se acabase la guerra definitivamente, y desapareciera la dictadura, y la libertad aventase el odio, los rencores y las venganzas, y hubiese de nuevo alegría y serenidad en los espíritus, y…
Mi prima empezó por reconvenirme, como si yo fuese un chiquillo descarriado, por lo que llamaba mis sueños románticos. Según ella, el tiempo del romanticismo había pasado y era preciso que me atuviera a la realidad y me dejase de fantasías. Ella no dijo tonterías, como el sargento, sino fantasías, pero era idéntico el verdadero significado de ambas palabras.
—Tú, a lo tuyo. Ya te lo he dicho otra vez.
De qué buena gana le hubiera mandado callar. Pero no podía ser descortés con ella, porque comprendí que obraba de la mejor buena fe, convencida plenamente de la irrefutabilidad de sus razones y porque, además, seguía pareciéndome una muchacha encantadora. ¡Lástima que tuviese una mentalidad tan utilitaria! Yo la veía, mas, prácticamente, no la oía. Pero cuando me anunció que había conseguido para mí, por medio de sus amistades, una plaza de maestro en un colegio privado (Tú eres maestro, ¿no? Pues eso es lo tuyo), no tuve más remedio que salirle al paso enérgicamente. ¿Ocupar yo una plaza de maestro? ¡De ninguna manera! Yo no podía contribuir a formar monigotes fascistas. Yo no podía inculcar en los niños esa serie de aberraciones que imponía el sistema de educación vigente: extravíos imperialistas, mojigaterías, sumisión mecánica a la jerarquía y al mando, xenofobia, estilo cuartelero… ¡Ni pensarlo! Había visto desfilar por las calles a esos pobres niños disfrazados de combatientes, al son de tambores, esforzándose en mostrar una bizarría desafiante y provocadora, mirando con orgullo y desprecio a las gentes, en pleno paroxismo de belicosidad, y yo me había sentido, como maestro y como hombre, aterrado, avergonzado, asqueado y dolorido por tan infamante y grotesco espectáculo. ¡Pobres criaturas violadas espiritualmente en flor por la barbarie y el fanatismo! Y pobre país también que así formaba a sus hombres del futuro, que expurgaba las bibliotecas y quemaba los libros. ¿A dónde iríamos a parar haciendo de las escuelas cuarteles y beaterios, y, de los educadores, sargentos disciplinarios y monjes predicadores de cruzadas? ¡Qué horror! Yo no estudié mi carrera para eso, sino para todo lo contrario, para hacer hombres libres, conscientes y responsables. Por lo tanto, yo no sería jamás cómplice de semejante monstruosidad. Prefería cualquier trabajo, por duro que fuese, al de maestro en esas condiciones y para esos ideales.
—Te lo agradezco, Susana, pero no puedo aceptar lo que me propones. Yo no me vendo ni me traiciono.
Mi prima no esperaba, por lo visto, una reacción tan apasionada ni una negativa tan rotunda por mi parte, porque se quedó perpleja, sin saber qué replicar. Parpadeó ligeramente y, luego, echó mano al socorrido recurso de mirar la hora en su reloj de pulsera.
—¡Huy! Se me ha hecho muy tarde.
Siguió una pausa en que nos miramos en silencio. Entonces se hizo evidente a ambos la enorme distancia que nos separaba.
—Bueno, como quieras, Federico.
Y se fue muy disgustada, sin alcanzar, por primera vez quizás en su vida, lo que se propusiera. Pero yo me quedé tranquilo.
En las calles anchas de la ciudad, la niebla espesa había descendido a medio metro sobre el suelo. Desde ahí para arriba era sólo una transparente neblina azulenca, como la del humo del tabaco. Los escaparates de las tiendas aparecían velados y, en torno a las farolas, se condensaban nebulosas opacas. En cambio, en las calles estrechas, la niebla, encajonada, trepaba por los balcones hasta los tejados, y la gente aparecía y desaparecía por ellas como si entrase o saliese de una nube.
Alfonsina me recibió con el corazón y los brazos abiertos mientras Carlota se abrazaba a mis piernas. Fue la primera emoción del día. Después de las primeras efusiones quise saber si era cierta una sospecha que me rondaba desde unas horas antes, desde que el juez me llamara.
—No. El tío Federico no pudo hacer gran cosa, porque el juez ya había dictado el sobreseimiento. Si acaso, adelantar unas horas tu libertad.
Me invitó a que dejase mis cosas en cualquier sitio y me aseara.
—Mientras, te prepararé un buen almuerzo, porque tendrás hambre, ¿verdad?