Origen
Capítulo 10
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La sede de la archidiócesis de Madrid se encuentra en la catedral de la Almudena, un robusto edificio neoclásico situado junto al Palacio Real. Construida en el emplazamiento de una antigua mezquita, la catedral de la Almudena toma su nombre de la palabra árabe al-mudayna, que significa «ciudadela».
Según la leyenda, cuando en 1083 Alfonso VI reconquistó Madrid y expulsó a los musulmanes, se obsesionó con encontrar un valioso icono de la Virgen María que siglos atrás había sido escondido entre los muros de la ciudadela para que estuviera a buen recaudo. Incapaz de localizar la figura perdida, Alfonso VI se entregó a la oración hasta que una sección de los muros se derrumbó y dejó a la vista el icono que se encontraba dentro, todavía iluminado por las velas ardientes con las que había sido sepultado siglos atrás.
Hoy, la Virgen de la Almudena es la santa patrona de Madrid, y tanto peregrinos como turistas acuden en masa a la catedral para disponer del privilegio de poder orar ante su efigie. La sensacional localización de la iglesia, al otro lado de la plaza que comparte con el Palacio Real, proporciona un atractivo añadido a los visitantes: la posibilidad de ver a algún miembro de la realeza entrando o saliendo del palacio.
Esa noche, en lo más profundo de la catedral, un joven acólito corría por los pasillos presa del pánico.
«¡¿Dónde está el obispo Valdespino?!
»¡El servicio está a punto de comenzar!».
Durante décadas, el obispo Antonio Valdespino había sido rector y máxima autoridad de la catedral. Amigo y consejero espiritual del rey desde hacía muchos años, Valdespino era un declarado y devoto tradicionalista sin apenas tolerancia por la modernización. Por increíble que pudiera parecer, durante la Semana Santa, ese obispo de ochenta y tres años aún se ponía grilletes en los tobillos y se unía a los fieles que cargaban pasos por las calles de la ciudad.
«Si hay alguien que nunca llega tarde a misa es Valdespino».
El acólito había estado con el obispo hacía veinte minutos en la sacristía, ayudándolo con los paramentos sacerdotales. Justo al terminar, había recibido un mensaje de texto y, sin decir palabra alguna, se había marchado a toda prisa.
«¿Adónde habrá ido?».
Tras mirar en el santuario, la sacristía e incluso el cuarto de baño privado del obispo, el acólito recorría ahora a toda velocidad el pasillo que conducía a la sección administrativa de la catedral para ver si se encontraba en su despacho.
«¡El himno procesional ha comenzado!».
El acólito se detuvo de golpe frente al despacho del obispo y se sorprendió al ver una franja de luz por la ranura inferior de la puerta cerrada.
«¿Está aquí?».
Llamó suavemente con los nudillos.
—¡¿Reverendísima Excelencia?!
No hubo respuesta.
Volvió a llamar más fuerte y exclamó:
—¡¿Su Excelencia?!
Nada.
Temiendo por la salud del anciano, el acólito colocó la mano sobre la manilla y abrió la puerta.
—¡Cielos! —dijo con un grito ahogado.
El obispo Valdespino estaba sentado a su escritorio de roble mirando fijamente la resplandeciente pantalla de su portátil. Todavía llevaba la mitra sacerdotal en la cabeza y la casulla le cubría los hombros. El báculo episcopal permanecía apoyado informalmente contra la pared.
El acólito se aclaró la garganta.
—La santa misa…
—Está todo listo —lo interrumpió el obispo sin apartar los ojos de la pantalla—. El padre Derida me sustituye.
El acólito se lo quedó mirando desconcertado. «¿El padre Derida lo sustituye?». Que un sacerdote joven se encargara de celebrar la misa del sábado noche era algo extremadamente inusual.
—¡Ahora vete! —dijo Valdespino sin levantar la mirada—. Y cierra la puerta.
Con cierto temor, el chico hizo lo que le ordenaba, salió de inmediato y cerró tras de sí.
Mientras corría de vuelta en dirección a la zona de la que provenía el sonido del órgano, el acólito se preguntó qué podía estar viendo el obispo en su ordenador para que obviara sus obligaciones para con Dios.
En ese momento, el almirante Ávila se abría paso entre la creciente muchedumbre que atestaba el atrio del Guggenheim. Con gran desconcierto, comprobó que la gente charlaba con sus extraños auriculares. Al parecer, la audioguía del museo permitía mantener una conversación a dos bandas.
Se alegraba de haberse deshecho del aparato.
«Esta noche nada de distracciones».
Consultó la hora en su reloj y levantó la mirada hacia los ascensores. Ya estaban llenos de invitados que se dirigían hacia la presentación, de modo que Ávila optó por la escalera. Mientras subía, sintió el mismo estremecimiento de incredulidad que la noche anterior. «¿De verdad me he convertido en un hombre capaz de matar?». Las almas impías que le habían arrebatado a su esposa y a su hijo lo habían transformado. «Mis acciones cuentan con la aprobación de una autoridad mayor —se recordó a sí mismo—. Hay bien en lo que hago».
Al llegar al primer rellano, una mujer que se encontraba en una pasarela cercana llamó su atención. «La nueva celebridad nacional», pensó mirando a la famosa belleza.
La mujer llevaba un vestido blanco entallado con una elegante franja negra que le recorría el torso en diagonal. Su esbelta figura, el pelo negro exuberante y su porte agraciado resultaban llamativos, y Ávila reparó en que no era el único que la estaba observando.
Además de las miradas de admiración de los otros invitados, la mujer de blanco contaba asimismo con la atención ininterrumpida de dos agentes encubiertos que la seguían de cerca. Esos hombres se movían con la cautelosa seguridad de una pantera y llevaban ambos un blazer azul adornado con un blasón y dos grandes iniciales: «GR».
A Ávila no le sorprendía en absoluto su presencia, pero, al verlos, no pudo evitar que se le acelerara el pulso. Como antiguo miembro de las Fuerzas Armadas españolas, sabía muy bien lo que significaban aquellas iniciales. Esos dos escoltas iban armados y estarían tan bien entrenados como el mejor guardaespaldas del mundo.
«Si están aquí, debo tomar todas las precauciones posibles», se dijo el almirante.
—¡Eh! —exclamó una voz masculina a su espalda.
Ávila se dio la vuelta.
Un hombre barrigón que iba ataviado con un esmoquin y un sombrero negro de vaquero le sonreía.
—¡Bonito traje! —le dijo, señalando el uniforme militar de Ávila—. ¿Cómo puedo conseguir uno igual?
El almirante se lo quedó mirando y cerró los puños en un acto reflejo. «Con toda una vida de servicio y sacrificio», pensó.
—No hablo inglés —respondió Ávila encogiéndose de hombros, y continuó subiendo la escalera.
Al llegar al segundo piso, encontró un largo pasillo y siguió los letreros que conducían al lejano cuarto de baño que había al fondo. Estaba a punto de entrar cuando las luces del museo parpadearon: la primera señal que instaba a los invitados a dirigirse a la sala en la que iba a tener lugar la presentación.
El almirante entró en el cuarto de baño desierto, se metió en el último cubículo y cerró la puerta. A solas, pudo sentir que los demonios familiares pugnaban por salir a la superficie y amenazaban con arrastrarlo de nuevo al abismo.
«Cinco años y los recuerdos todavía me acosan».
Ávila apartó esos horrores de su mente y cogió el rosario que llevaba en el bolsillo. Con cuidado, lo colgó de la percha que había en la puerta y admiró el trabajo de las cuentas y el crucifijo. A un devoto tal vez le habría horrorizado que alguien pudiera profanar el rosario creando uno como ese. Aun así, el Regente le había asegurado que la desesperación de los tiempos en los que vivían permitía cierta flexibilidad en las reglas de la absolución.
«Cuando la causa es sagrada, el perdón de Dios está garantizado», le había prometido el Regente.
Además de la protección de su alma, el almirante también se había cerciorado de salvaguardar su cuerpo del mal. Bajó la mirada al tatuaje que llevaba en la palma de la mano.

Al igual que el antiguo crismón de Cristo, el símbolo estaba formado únicamente por letras. Ávila se lo había hecho tres días atrás con tinta ferrogálica y una aguja, tal y como le habían enseñado, y aún tenía la carne sensible y enrojecida. El Regente le había asegurado que, si lo detenían, lo único que debía hacer era mostrar la palma de la mano a sus captores y al cabo de unas horas volvería a estar libre.
«Ocupamos los rangos más altos del gobierno», le había dicho el Regente.
Ávila ya había sido testigo de su sorprendente influencia. Era como estar cubierto por un manto de protección. «Todavía hay gente que respeta las antiguas costumbres». Algún día esperaba unirse a las filas de esa élite, pero, de momento, se sentía honrado con el mero hecho de poder interpretar un papel, por insignificante que fuera.
En la soledad del cuarto de baño, el almirante sacó el teléfono móvil y marcó el número seguro que le habían dado.
La voz al otro lado de la línea contestó al primer tono.
—¿Sí?
—Estoy en posición —respondió Ávila, a la espera de las últimas órdenes.
—Perfecto —dijo el Regente—. Solo tendrá una oportunidad. Es crucial que la aproveche.